Relato travesti colectivo

Con la misma inercia de incentivar la participación de las lectoras y los lectores, se me ocurrió que entre todos escribamos una historia relacionada con la feminofilia. La idea es simple: Comenzaré escribiendo la base y ustedes la continúan en los comentarios. Yo iré actualizando este post para agregar las nuevas partes a la historia original. Únicamente un par de reglas:

  • La historia puede tener tintes eróticos, pero sin llegar a ser explícita. No escribir escenas pornográficas.
  • No emplear palabras altisonantes.

Sin más dilación, aquí vamos.

Eran las 6:15 am cuando sonó el despertador. De mala gana, Efraín estiró la mano para alcanzar su celular y desactivar el molesto pitido. La habitación estaba a oscuras, pues todavía era muy temprano para que se asomara el Sol por la ventana. Dicen que cuando el sentido de la vista se encuentra atenuado, los demás se intensifican, y en ese momento Efraín pudo constatar que el tacto se encontraba agudizado. Sintió cada uno de los pliegues del camisón de satín sobre su piel. Sonrió, y su instinto animal lo llevó a posar su mano en su entrepierna y comenzar a acariciarse. Despacio. Poco a poco, de arriba hacia abajo, hasta que sintió cómo su zona sexual también despertaba lentamente aquella fría mañana de enero.

Cerró los ojos para agudizar aún más el tacto. Aprovechó para dejar volar su mente: imaginó que quién estaba acostado en la cama no era él. Bueno, en estricto sentido sí era él, pero no era Efraín, sino Natalia, la contraparte femenina que vivía en su interior. En su fantasía, ella se disponía a comenzar la semana con mucha actitud, pero se permitía un momento de relajación antes de salir de la cama. Todo esto lo imaginaba mientras continuaba autoestimulándose. Qué deliciosa sensación. Cuando estuvo a punto de llegar al clímax, se detuvo, pues había hecho esto las suficientes veces como para saber que, de culminar, la culpa lo habría invadido y las ganas de sentirse mujer desaparecerían. Sí, era un hecho que volverían, pero no sabía cuánto iban a tardar y él, o ella, tenía muchísimos planes femeninos para esta semana. Así que salió de la cama y puso rumbo a la ducha.

Efraín o, mejor dicho, Natalia, vivía sola. Tenía 29 años y hacía dos había decidido salirse de la casa de sus padres para gozar de la libertad de travestirse cuando las ganas la invadieran. Esta soledad le permitía darse ciertos lujos, como tener una habitación dedicada a su lado feminófilo. Con las paredes pintadas de un rosa pastel; un tocador repleto de productos de belleza y con un gran espejo enmarcado con luces; un clóset lleno de blusas, faldas, vestidos, zapatos, pelucas y ropa interior y un librero con animales de peluche y plantas, esa habitación no dejaba lugar a dudas de que su inquilina era una mujer.

Salió del cuarto y se metió en la regadera. Aprovechó el baño para rasurarse completamente al ras. Su champú desprendía un alegre olor a fresas. El estropajo y el jabón eran rosas. Dos días antes se había rasurado todo el vello del cuerpo, y las puntas comenzaban a asomarse a través de su piel, así que decidió dar un retoque. Tomó el rastrillo femenino y así lo hizo. Al salir, se dirigió de nuevo a su dormitorio, donde yacía el atuendo que había escogido la noche anterior: un bralette color verde pistache con unas undies de satín a juego y pantimedias naturales, No era mucho, pero no quería que nada se notara bajo la ropa de hombre que llevaría al trabajo: una aburrida camisa blanca, un hosco pantalón gris y un suéter azul marino.

(Min) Todavía sintiendose Natalia, se desenredó la toalla que traía puesta hasta las axilas como toda una señorita; por supuesto, también traía otra toalla envolviendo su cabello. Decidida a disfrutar el proceso, se colocó las undies intentando que la parte frontal se notara plana. Después, el bralette; al pasar los brazos por debajo de los tirantes pensó que le hubiera gustado mucho más usar un brassiere, pero las varillas y breteles se podían notar y consideró esto un riesgo innecesario. Además, el bralette tenía un hermoso encaje y no se notaba nada a través de la camisa y del suéter. Por último, deslizó las pantimedias, sintiendo el roce con sus piernas recién depiladas, una de sus sensaciones favoritas al transformarse. En este punto decidió mirarse en el espejo de cuerpo completo que había adquirido para admirar y modelar sus atuendos. Sintió ganas de permanecer así por más tiempo y un dilema se abrió en su cabeza.

(Leyla) Sobresaltado, descubrió que su cuerpo lo invitaba a dejar de lado el plan de asistir a la oficina, para disfrutar todo el día ataviada como tanto le gustaba. Sin embargo, la emoción por la sensación de asistir y pasar el día en esa mezcla entre hombre y mujer hacía que su día se transformara en una experiencia muy erótica y satisfactoria.

Su sentido de responsabilidad la hizo continuar con su día a día en las labores de oficina. No obstante, sentir sus piernas cubiertas por ese delicado roce de las medias, así como el bralette cubriendo su pecho, hacían de esa jornada una ocasión especial, pues era la primera vez que se atrevía a cruzar el umbral de su habitación. Sentía que su cuerpo se llenaba de un mar de sensaciones, debido a que, en el traslado hasta la oficina y durante todo el trayecto, esta vez en transporte público, creía ver, al pasar por los aparadores el reflejo de Natalia, quien le sonreía en cada uno de los escaparates y provocaba que tomara más tiempo de lo habitual en llegar a la oficina, y le llenaba la mente de nuevas ideas e ilusiones.

Ese día era especial. Desde la noche anterior había elegido las prendas que usaría como Natalia. Su lado femenino había tomado el control de su persona y Efraín se había transformado en un simple espectador, el cual estaba fascinado con lo que estaba experimentando, dejando que su parte femenina tomara las riendas de su vida, aunque fuese por ese día, aunque fuese a medias.

¡Continúen!

Libro: Mi camino hacia el amor propio – Victoria Volkóva

Conocí a Victoria Volkóva hace ya varios años, cuando la vi como ponente en un debate acerca de distintos tópicos de sexualidad en Telehit. Entré a su canal de YouTube al verlo anunciado en dicho programa para ver qué clase de contenido creaba, pues sus opiniones me parecieron muy acertadas y quise conocer su historia un poco más a fondo.

En este espacio ella hablaba de cuestiones personales, pero no muy profundas, sino más bien de sus relaciones, de su imagen, de maquillaje y contaba un poco acerca de su proceso de transición y cómo afecto este a su familia y a su entorno. Cuando supe, el año pasado, que había publicado un libro, la curiosidad me llevó a comprarlo, para ver qué historias tenía que compartirnos.

El libro es bueno, sin más. No descubre el hilo negro ni está destinado a convertirse en una referencia en el tema de la transexualidad, pero sí muestra un lado más humano de la autora, lejos de sus poses de influencer, de sus reels, sus historias y sus videos de maquillaje, moda y estilo. Es, pues, una visión más personal, un acercamiento a la persona detrás del personaje.

Debo decir, y esta es mi opinión muy particular, que lo que no me gustó para nada fue el uso de “lenguaje inclusivo” durante toda la narrativa. No quiero entrar de nuevo en debates, pero me pareció un recurso innecesario. En fin, no es una lectura imprescindible, pero sí resulta entretenida para un fin de semana sin mucho qué hacer.

Un post interactivo

La semana pasada me quejaba amargamente acerca de la falta de comentarios en este espacio. No me malentiendan; las estadísticas mejoran mes tras mes, y el número de visitas y de suscriptores ha aumentado, lo cual me llena de felicidad. Sin embargo, la gran mayoría de los visitantes se va sin comentar. Mi objetivo es hacer de este blog un lugar interactivo, en donde no sea solo yo quien comparte opiniones o puntos de vista, sino que, entre todas, nos enriquezcamos por medio de las experiencias de otras chicas en una situación similar a la nuestra.

Amablemente algunas lectoras me recomendaron escribir posts más interactivos, como el de Chismógrafo y Chismógrafo 2 (para quienes nos leen desde fuera de México, el chismógrafo es una libreta con una pregunta en cada renglón, que se pasa de persona a persona para que todos las respondan. Son muy populares en los primeros años de la educación secundaria) en aras de incentivar la participación.

Me encantaría entrevistar a otras feminófilas en mi canal de YouTube para conocer sus historias, pero, como sé que eso es un poco imposible, les dejo aquí algunas de las preguntas que me gustaría hacerles para que, al menos en forma de texto, nos sea posible conocer diferentes experiencias. Lo que les pido es que las contesten con un poco de profundidad, que no se limiten a solo un sí o un no. ¡Extiéndanse todo lo que gusten!

Cuéntanos un poco sobre ti. ¿De dónde eres?

¿Qué te gusta hacer (además de vestirte de mujer, claro)?

¿A qué edad y cómo empezó tu camino en la feminofilia?

¿Qué tan seguido tienes la oportunidad de vestirte?

¿Hay alguna actividad que te guste hacer mientras estás transformada?

¿Te has atrevido a salir a la calle en tu rol de mujer? Si sí, ¿podrías compartirnos un poco de tu experiencia?

Platícanos una anécdota que te haya sucedido a raíz de tu gusto por las prendas femeninas.

¿Ten han descubierto o le has contado a alguien tu secreto?

Si tus padres no lo saben, ¿cómo crees que reaccionarían si se enteraran?

Si todavía no lo has hecho, ¿te atreverías a contárselo a tu pareja?

¿Cuál consideras que es la mejor estrategia para que tu novia o esposa entienda este lado tuyo?

¿Qué mujeres son tu inspiración cuando te travistes?

¿Qué consejos le darías a alguien que va comenzando?

¿Cuál es el error más grande que has cometido, referente a tu feminofilia?

¿Cuál es la opinión general del travestismo en el lugar donde vives?

La historia de Sandra, una de nuestras lectoras.

Hola, Nadia.

Soy una seguidora de tu blog desde hace unos años, pero nunca me había animado a escribir por temor a salir de la seguridad del anonimato. Lo que al final hizo que me decidiera es que quiero dejar de vivir con miedo a la opinión que los demás tienen de mí y pasar mi vida a mi manera, así que te platicaré mi historia de forma más bien resumida.

Mi nombre de mujer es Sandra y actualmente vivo en Medellín, Colombia, pero soy nacida en Santiago de Chile. Descubrí mi travestismo a una edad no muy temprana, como he leído que a varias de ustedes les ha pasado. La primera vez que me vestí de mujer tenía 27 años. Hoy tengo 58 y desde que comencé no he parado. No he podido, aunque valga decir que lo he intentado muchas veces. Algunas por iniciativa propia, y otras más por necesidad.

Mi historia comenzó de manera fetichista, pues a modo de juego con una exnovia durante un encuentro erótico, me puse su sujetador y sus bragas. Fue notoria la erección a través de la tela de estas últimas y mi desempeño sexual fue mucho mayor comparado con las veces anteriores, así que a partir de allí lo que ella me pedía era que me pusiera esas prendas más seguido, antes de comenzar a intimar.

Yo no sentía la necesidad de ponérmelas en algún otro momento de mi vida, ni tampoco anhelaba la ocasión de los encuentros sexuales con el fin de vestirme de mujer. Lo veía, en ese entonces, como una mera herramienta para aumentar mi capacidad de satisfacer sexualmente a mi pareja. Funcionaba y ya está. Sin embargo, el punto en donde todo cambió llegó en una fiesta de disfraces. Mi pareja me retó a que, bajo mi disfraz, me colocara el brassiere y las bragas durante toda la fiesta. Nunca me las había dejado puestas durante tanto tiempo, y la adrenalina al pensar que alguien podía verme me encantó.

Ahí inició el viaje y considero ese punto como el nacimiento de Sandra. Desde ese momento, siempre asesorado por mi pareja, fui atreviéndome a usar más prendas y durante períodos más prolongados. Me llevaba medias al trabajo, usaba blusas ocultas bajo mis camisas, me pintaba las uñas de los pies. Comencé a desesperarme por llegar a casa para vestirme por completo con indumentaria femenina. Compraba mis propias prendas y, en algún momento, me vestía aun cuando mi pareja no estaba presente, hecho que fue dañando poco a poco la relación, pues ella ya no lo veía como parte de un juego entre ambos, sino como una costumbre que yo llevaba a cabo sin importar si estaba con ella o a solas.

Dos o tres años después la relación llegó a su fin. No fue explícitamente debido a mi travestismo, sino a otra clase de problemas, pero hay que decir que esta conducta sí que nos alejó y debilitó el noviazgo que manteníamos. Cuando me vi hundida en la soledad, Sandra explotó y tomó el control de mi comportamiento. Aunque siempre a solas, pues, como ya dije al principio, vivía presa de la opinión que los demás tuvieran de mí. Fue también por eso, y gracias a que mi trabajo me daba la oportunidad de viajar con mucha frecuencia, que restringía mis transformaciones solamente a ciudades fuera de la mía, en la que el número de personas que me conocían era extremadamente limitado.

Siempre cuidé muy bien de mi segunda identidad, la mantuve en extremo secreto. Aprendí a vivir con esta doble personalidad y a ocultar muy bien las huellas propias de esta actividad… hasta que un descuido mínimo desencadenó una serie de eventos que terminó en que una compañera de trabajo descubriera mi “pasatiempo”.  No entraré en detalles, pero te cuento que esto no fue del todo malo, pues pareció que el destino no hizo más que juntar a dos personas con mentalidades y aficiones parecidas. Ella era una mujer que se permitía ciertas tendencias bisexuales, así que mi travestismo le pareció un buen modo de dar escape a sus inquietudes sin dar un paso más definitivo.

Transcurrió algo más de un año y la monotonía tocó a nuestra puerta. Entonces yo decidí dar por terminada la relación, cosa que a ella no le sentó muy bien. A manera de tratar de retenerme, amenazó con develar mi secreto entre mi ambiente laboral, lo cual era mi mayor temor. Al final no lo hizo, pero la situación propició que yo me replanteara seguir laborando en ese lugar y busqué poner distancia entre ella y yo. Así fue como llegué a vivir a Colombia. Se me acaba el tiempo para seguirte contando, Nadia. Pero ya te escribiré para seguir relatándote mi historia.

Kit de maquillaje básico

El mundo del maquillaje es un lugar complejo, difícil e infinito. Adentrarse en él es como comenzar a andar por un frondoso bosque lleno de laberintos y encrucijadas; es sencillo perderse y, a veces, ni siquiera es clara la manera de cómo empezar a recorrer el camino. Existen multitud de productos, trucos, accesorios, colores y técnicas, y en algún momento todo esto llega a ser tan abrumador que simplemente nos dan ganas de ni siquiera intentarlo.

Tratando de presentar una guía introductoria, y sin querer aparentar ser una experta en este tema (no lo soy, sigo aprendiendo), presento un pequeño kit con los productos que considero suficientes para dar los primeros pasos en este maravilloso, pero complejo mundo. Aclaro que este paquete no está pensado para lograr un look de fiesta ni tan siquiera para salir a la calle. No. Su única intención es sacar esa espinita de aplicarnos maquillaje por primera vez.

Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 1

Tres décadas son un tiempo considerable en una vida humana. Tres décadas es lo que llevo con mi feminofilia. A través de todo este tiempo, mi gusto por vestirme como mujer ha ido mutando, transformándose poco a poco y generándome ciertas dudas en el proceso, mismas que se han ido disipando hasta dejarme hoy con una idea mucho más clara de lo que soy: una feminófila.

Una gran parte de mi travestismo la viví en secreto, confinada en la soledad de mi habitación y a veces a altas horas de la noche, aprovechando que mis papás dormían. Agazapada en las sombras y sin atreverme a cosas que hoy me parecen imprescindibles, como el uso de maquillaje o de una peluca. No lo sé, pero siento que es la manera en que la mayoría de nosotras comenzamos a andar este femenino camino.

Las únicas prendas de las que disponía en los inicios de mi travesía eran de mi mamá o de una de mis tías, y me quedaban considerablemente grandes. No obstante, ya era yo entonces una fanática empedernida de las sensaciones que el satín producía en mi piel, siendo los fondos las prendas que con mayor frecuencia me colocaba. Algunas veces encontraba también un par de zapatillas, en las que mis pies nadaban y con las que se me dificultaba enormemente caminar. Pero no importaba, me sentía mujer. Por supuesto que en ese momento carecía del entendimiento necesario del fenómeno como para deducir que esa parte de mí necesitaba su propio nombre femenino, pero ya se asomaba mi gusto por utilizar los adjetivos correspondientes a mi vestimenta.

Al ir creciendo, lentamente adquirí las proporciones físicas para que la ropa que tenía a mi alcance ya no me quedara tan holgada, pero seguía dependiendo del gusto de mi mamá, que no siempre concordaba con el mío. Yo anhelaba vestir más juvenil; probarme minifaldas, zapatos de tacón o blusas sin mangas, pero me conformaba con el estilo aseñorado del ropero de mamá. Afortunadamente, ella siempre ha gustado de maquillarse, aunque no de manera muy profesional, sino más bien sencilla. Pero podía encontrar labiales y sombras en su maletín de maquillaje. Así fui también aprendiendo, de forma completamente autodidacta (hablamos de una época sin acceso a internet), algunas primitivas técnicas y trucos para aplicar esos colores en mis labios y párpados.

Hubo un período en que mis dos padres trabajaban, y gracias a eso podía permitirme pasar las tardes enteras sola en casa. Estaba yo cursando la secundaria en ese tiempo, así que todavía mi cuerpo era lampiño, pero mi estatura y proporciones comenzaban a plantear la dificultad de que la ropa de mi mamá no me quedara más. Haciendo acopio de mis ahorros escolares, empecé entonces a comprar mis propias prendas. Claro que esto no fue sencillo, pues desconocía por completo la diferencia entre las tallas de mujer y de hombre; se presentaba además la carencia de un lugar en dónde ocultar esa ropa con seguridad. Mi estrategia consistía en la prueba y el error, y desperdiciaba a veces ese poco dinero que lograba reunir en ropa que no me quedaba. Aun cuando la casualidad me inspiraba para encontrar algunos undies o unas pantimedias de mi talla, prendas que solía comprar por su menor volumen y mayor facilidad de ocultar, el miedo por ser descubierta me llevaba a deshacerme de ellas con relativa rapidez, tan solo después de haberlas utilizado un par de ocasiones.

Siendo hija única, con el pasar de los años desarrollé una relación cercana con mis primos y primas, quienes eran como mis hermanos. Sin embargo, no nos veíamos muy seguido. Pero cuando teníamos oportunidad de convivir, yo envidiaba profundamente los atuendos de mis primas, sobre todo las de edad más cercana a la mía. Así que era natural, supongo, que aprovechara las oportunidades que se me presentaban para probarme algunas de las prendas suyas que más me gustaban. Cabe aclarar que no me robaba estas prendas, sino que solo las tomaba prestadas (sin el consentimiento ni conocimiento de las dueñas, claro está); las llevaba a mi casa a escondidas, me las colocaba y echaba a volar mi imaginación, pensando en que yo era una hermosa y sensual adolescente, y al cabo de unos días las regresaba a sus ubicaciones originales, lo cual a veces planteaba un reto mucho mayor al de sustraerlas.

Más o menos de la misma manera transcurrieron unos veintidós o veintitrés años de mi existencia, travistiéndome con prendas ajenas y sin confesar mi secreto a nadie, fuera de las veces en que mis papás me descubrieron.

Con la pubertad llegaban nuevos problemas: el vello, el ensanchamiento de la espalda, la masculinización de las facciones, el cambio de voz, entre otros. Cada vez era más difícil encontrar ropa que se ajustara a mis medidas entre el guardarropa de mi mamá o de mis primas, pues mi cuerpo se iba diferenciando más del suyo con cada día que pasaba. Además, la utilización de medias o pantimedias ya no me provocaba tanto placer como antes, por culpa de los vellos en mis piernas, que hacían que estas prendas lucieran un tanto grotescas. Algo similar ocurría en mis axilas, provocando que el uso de blusas o vestidos sin mangas se tornara en un recuerdo lejano. Estas mutaciones hicieron que el espejo dejara de reflejar a una tierna niña adolescente, para dar paso a la imagen de un hombre vestido de mujer, aumentando así la distancia entre la mujer que habitaba en mi imaginación y la realidad del hombre en que me estaba convirtiendo.

Después de vivir así por algún tiempo más, llegó una transición importante en mi vida, época que me permitió por primera vez atreverme a rasurarme ese vello de piernas, axilas, pecho y abdomen que ya me resultaba insoportable para mis propósitos travestis. De eso les platicaré en una siguiente publicación.

Tutorial: Cómo subir el cierre del vestido sin ayuda

¿Te ha sucedido que, estás colocándote un hermoso vestido, emocionada por cómo se te verá e impaciente por mirarte en el espejo, tan solo para encontrar tus planes frustrados por la incapacidad de subir completamente el cierre trasero? Bueno, este tutorial te ayudará a que eso no ocurra más, tan solo con la ayuda de un clip y un listón.

¿La feminofilia es un mito?

Tengo por costumbre compartir mis escritos en algunos grupos de Facebook relacionados con travestismo y feminofilia. Últimamente se han abierto debates en los comentarios entre quienes defienden que es posible ser travesti heterosexual, y quienes afirman que este concepto es tan solo una manera de ocultar o disimular una homosexualidad reprimida.

Yo no soy capaz de discernir o adivinar aquello que se encuentra en las psiques de cada persona, pero sí que puedo hablarles desde mi propia experiencia con el tema. Mi travestismo fue algo que descubrí a una edad muy temprana. Claro que, en ese entonces, no sabía que mi condición se llamaba travestismo. Tan solo me gustaba sentir la textura de las telas en mi piel e imaginar que era una niña. Tenía yo tres o cuatro años cuando esto me sucedía. A esa edad, ninguna persona ha desarrollado todavía una preferencia sexual, por eso defiendo con ahínco que mi feminofilia no tiene nada que ver con temas sexuales. Yo me vestía de mujer porque me gustaba sentirme como una, identificarme como una, no lo hacía para atraer hombres, ni con intención de gustarles.

Fui creciendo y mi travestismo siguió acompañándome. Pasé por algunas etapas de confusión, durante las que creí que, si me gustaba sentirme y vestirme como mujer, entonces debían gustarme los hombres, como si fuera una obligación, como si no hubiera alternativa. Entonces pasaba largos ratos observando a mis compañeros de la escuela, tratando de buscar en ellos algo que me agradara, que me atrajera, y me frustraba bastante al no encontrarlos atractivos. Observaba también a los galanes juveniles de aquella época, esos que acaparaban las portadas de las revistas y aparecían en videos musicales luciendo sus musculosos abdómenes. Tampoco encontré en ellos algo que me agradara.

Por el contrario, a las mujeres sí que las veía atractivas. Nunca he sentido ni la más mínima curiosidad por experimentar algo sexual ni romántico con un hombre. Ni siquiera estando transformada en Nadia. He leído testimonios de compañeras travestis que comentan que, en su rol masculino, son completamente heterosexuales, pero que, una vez travestidas, se animan a cruzar el límite de esa heterosexualidad y se prueban, por ejemplo, a besar a otra travesti o a otro hombre. Muy respetable su situación, pero a mí eso no me ocurre y estoy segura a algunas otras tampoco.

Hay también quien comenta que lo que nosotras buscamos al travestirnos es sentirnos mujeres, y en eso concuerdo al cien por ciento. En lo que difiero por completo es en la segunda parte de esta afirmación, que dice que únicamente un hombre es capaz de lograr hacernos sentir mujeres. Esta postura me parece, además de errónea, muy machista. Parece indicar que una mujer es un ser incompleto en ausencia de un hombre, y que solo en presencia de este puede alcanzar la plenitud, sentirse completa. Yo no necesito a un hombre; es más, no necesito a ninguna otra persona, hombre o mujer, para sentirme femenina. Me basta con verme transformada en el espejo para sentirme así.

Con este post no busco crear controversia, ni debates, ni peleas entre nosotras. Si alguna de ustedes se siente atraída por los hombres, o si requieren que alguien del sexo masculino valide su propia feminidad, respeto eso de manera total y no pienso cambiarlo ni convencerlas de lo contrario. Lo único que les pido es no generalizar y no tratar de imponer su realidad particular como regla general. El hecho de que alguna de ustedes haya descubierto que le gustan los hombres después de algún tiempo de travestirse, no quiere decir que sea el camino que todas nosotras hemos de recorrer.

No tengo la información suficiente para afirmar que todas las travestis son heterosexuales, pero cuento con la suficiente para decir que existe al menos una que lo es completamente: yo.

-Nadia.

¿Por qué las feminófilas tenemos un nombre de mujer?

Recientemente recibí mediante correo electrónico la cuestión que da nombre a este post. La esposa de un hombre feminófilo me hizo llegar una carta en la cuál me formula dicha pregunta. Pensé que sería una buena idea publicar tanto su carta (con la debida autorización del remitente) como la respuesta a esta interrogante, de manera que otras personas con la misma duda puedan leer estas líneas y quizá aclarar un poco su mente.

Me gustaría que las feminófilas que lean esto complementen mi respuesta con sus comentarios, para que existan más puntos de vista, y la profundidad y extensión de la respuesta sean mayores. Sin más dilación, la carta:

“Hola, Nadia.

Hace algunas semanas encontré tu blog mientras buscaba información acerca de hombres que se visten de mujeres en internet. El mes pasado descubrí que mi esposo estaba usando ropa interior femenina y al cuestionarle por qué, me lo contó todo. Me dijo que ha sentido una atracción muy grande por las prendas de mujer desde que era niño, pero que no le gustan los hombres. ¿Cómo es eso posible? Ni siquiera me cabe en la cabeza. Es por eso que entré a buscar información acerca de esta conducta y así me topé con tu blog.

Lo que encontré fue una serie de explicaciones que me han ayudado a entender un poco. Confieso que lo primero que pensé es que mi marido era homosexual, pero ya entendí que lo uno lo está relacionado con lo otro. Pero me queda una duda que mi esposo no ha logrado resolverme y espero que tú puedas hacerlo. Él y tú coinciden en que no quieren ser mujeres, que están a gusto siendo hombres, pero entonces ¿por qué tienen nombres de mujer?

Eso me parece un poco contradictorio. Entiendo que dices que es algo parecido a representar un personaje, pero un actor no tiene una cuenta de Facebook con el nombre de ese personaje, cosa que ustedes sí tienen.

Espero que puedas sacarme de esta duda y muchas gracias por el trabajo que realizas para que mujeres como yo podamos entender mejor a nuestros esposos con el gusto por vestirse de mujeres.”

Hola, estimada lectora.

Antes de responder tu interrogante, quiero agradecer que te hayas tomado el tiempo de escribirme para aclarar esta duda relacionada con el travestismo de tu esposo. Es motivante saber que estos escritos llegan a las personas a quienes están dirigidos y que resultan de ayuda para que el mundo de un hombre feminófilo esté rodeado del amor y de la comprensión de su ser más amado, que es su pareja.

La cuestión que planteas es algo que parece desconcertar a algunas personas cuando comienzan a enterarse del fenómeno de la feminofilia, y trataré de explicarlo de la mejor manera. Mientras nosotros nos encontramos en la faceta masculina, no somos diferenciables de un hombre promedio, es decir, no tenemos rasgos, actitudes o movimientos que dejen entrever nuestra afición por transformarnos en mujer. En un modo similar, cuando estamos inmersas en nuestra faceta femínea, nos embriaga un sentimiento que lo acapara todo. Resulta muy placentero ser llamadas con nombres, pronombres y adjetivos propios del género femenino.

Espero no causar más confusión con esta respuesta. No somos dos personas en una misma, no tenemos una doble personalidad. Aun transformadas, seguimos siendo la misma persona que al ser hombres. Mantenemos los gustos, la forma de pensar, así como nuestras opiniones e ideales. En otras palabras, no somos bipolares ni esquizofrénicas. Es verdad que tenemos cuentas de Facebook y otras redes sociales con ese nombre de mujer que hemos escogido, pero es necesario entender que, por razones de seguridad, nos vemos orilladas a mantener un cierto anonimato respecto a nuestra vida masculina.

En mi perfil de Nadia tengo agregadas a unas cuatrocientas personas, de las cuales no conozco la identidad masculina de ninguna de ellas, y así mantenemos nuestro secreto a salvo, pintando una raya entre ambos mundos de los que formamos parte. Compartimos nuestro secreto solo con aquellas personas que viven historias similares a la nuestra, que sabemos que no nos juzgarán, insultarán ni se burlarán de nosotras, cosa que sí podría suceder entre nuestros contactos del mundo real.

En adición a esto, gustamos de vivir una experiencia completamente inmersiva cuando nos transformamos en nuestras contrapartes femeninas. Nos metemos de lleno en el papel de esa mujer que hemos ido construyendo a lo largo del tiempo. Si lo quieres ver así, al ser hombres somos muy hombres, y al ser mujeres somos muy mujeres.

Espero que esta respuesta complemente la que tu esposo te proporcionó y que, de esa manera, logres una comprensión mayor de este tema. Gracias por poner de tu parte para resolver este asunto entre tú y tu pareja de la mejor manera.

-Nadia.