Noche mexicana… y femenina.

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Me encanta septiembre. Pero a diferencia de la enorme mayoría de mexicanos, mi gusto por estas fechas no tiene nada que ver con la perspectiva de las borracheras o la parranda. Mi concepción de una noche mexicana ideal incluye, por supuesto, los tradicionales antojitos, pero además un toque un poco diferente: en lugar de asistir caracterizado con carrilleras, un rifle falso, sombrero y bigotes exagerados, ansío asistir a una fiesta mexicana ¡caracterizada como Adelita!

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Llegar al lugar de la fiesta luciendo una falda hecha de las telas más suaves y con los colores de la bandera mexicana, una fajilla de satín, una blusa de razo con mangas muy cortas y femeninas, un rebozo de seda y una cabello precioso amarrado en dos hermosas trenzas.

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Y es que en serio, cada que voy caminando por las calles y paso por alguno de los infaltables triciclos llenos de banderas y demás parafernalia septembrina, mis ojos inmediatamente se posan en los accesorios femeninos, como los aretes, los moños, los rebozos, las blusas, etc., y sueño con el día, o mejor dicho, la noche mexicana, en que pueda celebrar así con mi novia y un selecto grupo de mis mejores amigas feminófilas.¡Viva México!

La importancia de llamarse.

Hola

Recuerdo que durante la Secundaria y los primeros años de Preparatoria tenía mucho tiempo a solas, mismo que aprovechaba para vestirme de mujer. Durante aquéllas sesiones de crossdressing, me conformaba con ponerme las prendas de mi mamá y andar así por la casa haciendo mis actividades cotidianas. Cuando sabía que se acercaba la hora en que mis padres llegarían, me quitaba la ropa de mujer, la guardaba cuidadosamente en su lugar, me ponía mi atuendo masculino y la vida seguía como si nada.

Creo que todas, o al menos la mayoría de nosotras, tenemos lo que se conoce como role models. Es decir, nos identificamos con una figura femenina y buscamos ser como ella e incluso, por qué no decirlo, nos imaginamos ser ella, mientras estamos disfrutando de nuestra feminidad. Mi role model de aquellos años se llama Rachel Stevens, quien pertenecía a un grupo de Pop adolescente llamado S Club 7.

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Cuando me encontraba vestida, yo era ella, imaginaba vivir su vida, cantar sobre el escenario, asistir a las sesiones fotográficas y dar autógrafos a mis admiradores… a falta de una identidad propia como mujer, tomaba la de ella.

Pero al ir creciendo, mientras mi personalidad se desarrollaba cada vez más y veía la vida de manera diferente, me di cuenta de que no quería imaginar ser una mujer, sino ser yo misma una mujer (aclaro, sólo mientras estaba vestida) y se fue haciendo necesario construir esa identidad. Es algo que, según he visto ahora que pertenezco a varios grupos y páginas de Facebook que tratan sobre el tema, hacemos todas las feminófilas: adoptar un nombre de mujer sobre el cuál construimos nuestro personaje.

En esas épocas de Secundaria y Prepa yo no sentía la necesidad de tener un nombre de mujer, pues vestirme era suficiente. Ahora ya no. Hoy no sólo me visto, sino que me transformo en Nadia Mónica, quien tiene sus propios gustos, su manera de ser, de expresarse, de pensar. Estoy convencida e que toda feminófila necesita un nombre de mujer, pues ayuda incluso a diferenciar nuestro lado masculino de la vida diaria, de esa parte femenina propia de la intimidad.

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No conozco el nombre de varón de mis amigas feminófilas y es algo que no me interesa, porque dejaríamos de ser amigas para entrar en terrenos en donde quizás ya no tengamos nada en común. Prefiero conocerlas sólo por eso que disfrutamos en igual medida: la ropa de mujer.

Actualmente sigo teniendo role models, mujeres a las que admiro y de las cuales trato de sacar lo mejor de su comportamiento, modales y estilo. Pero ya no imagino ser ellas, sino que trato de aplicar esas mejoras a mi propia personalidad femenina.

Tres vestidos.

El primer vestido que mi memoria recuerda haber utilizado perteneció a una de mis tías; la hermana menor de mi mamá. Se trataba de una hermosa prenda blanca en corte de princesa que, obviamente, al contar yo con 5 o 6 años de edad, me quedaba enorme. Durante esa edad, la inocencia de la niñez me hacía ignorar completamente el hecho de que vestirme con las prendas propias del género femenino era algo “malo”, pues  para mí era sólo ropa diferente a la que yo solía vestir, y que me gustaba mucho. Sin embargo, recuerdo que mi mamá parecía molestarse y preocuparse cada vez que lo hacía, pero otra de mis tías, quien –hasta la fecha- es capaz de hacer cualquier cosa con tal de consentirme, tuvo la ingeniosa idea de decirle a mi mamá que yo usaba ese vestido con el único propósito de jugar a ser un ángel.

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El camino estaba allanado para que yo me pusiera el vestido cuando así deseara hacerlo, pero la preocupación de mi mamá no se esfumó con esa mentirilla y, al poco tiempo, el vestido desapareció del ropero en donde invariablemente se encontraba, lo cual, a la edad con la que contaba entonces, constituía el más grande de mis problemas: mi hermoso vestido de princesa se había ido para siempre.

Los años pasaron entre varios incidentes relacionados con mi feminofilia, incluyendo algunos episodios amargos y confusión, pero las ganas de vestirme de mujer nunca se fueron. Ya en mi adolescencia, tuve la fortuna de que mis dos papás trabajaran todo el día, y, como además tengo a mi favor la circunstancia de ser hij@ únic@, las tardes después de la escuela eran simplemente maravillosas. La rutina era llegar a casa y despojarme inmediatamente de mi ropa masculina, quedándome solamente en ropa interior; dirigirme al armario de mi mamá, en donde ya tenía perfectamente ubicadas mis prendas favoritas; enfundarme en ellas y estar así hasta que calculaba que mis padres estaban a punto de regresar.

Durante una de esas incursiones al clóset de mamá, mis mal-maquillados ojos vieron algo inusual, algo que saltaba a la vista como una bola de baloncesto en una alberca de pelotas: un vestido. ¡Un vestido! Mi emoción fue tanta, que comencé a temblar completita. Recuerdo que mis brazos se estiraron lentamente, disfrutando cada segundo de la distancia que me separaba de esa preciosa prenda, y que cada vez se acortaba más y más. Cuando mis manos al fin asieron la suave tela de la que estaba hecho, mis ojos se cerraron por instinto, para permitirme agudizar el sentido del tacto y disfrutar de esa maravillosa textura.

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Al descolgarlo del gancho, mi euforia se encontraba al límite; por fin, después de más de una década de no hacerlo, ¡estaba a punto de ponerme un vestido otra vez! Lo coloqué en el suelo y metí mis piernas en esa especie de círculo que formaba. Tomé los delicados tirantes y comencé a subirlo muy despacio, con mi respiración agitada y mi corazón desbocado. El contacto del forro con mis piernas me hizo lanzar un pequeño suspiro de emoción. Una vez que estuvo colocado por completo, no podía dejar de mirarme y sonreír. La pequeña cantidad de pasos que se interponían entre mi posición y el espejo de cuerpo completo de la casa fue enormemente disfrutable gracias al roce de la tela con mi cuerpo.

Al llegar, no contemplé la verdadera imagen que el espejo me ofrecía, sino aquella que mi imaginación formaba en mi mente: una hermosa y sexy adolescente lista para asistir a un evento social familiar. El resto de la tarde se me fue imaginando que estaba así vestida sentada en una mesa en un elegante salón de fiestas platicando con mis primos y primas, para quienes yo no era un hombre vestido de mujer, sino la más preciosa e interesante de sus primas. Mis tíos me hacían cumplidos, diciéndome que me veía más linda que la última vez que me habían visto y yo sonreía con toda la naturalidad y delicadeza de una adolescente consciente de su belleza.

,Lamentablemente, la hora en la que mis padres habrían de volver se acercaba de manera peligrosa, así que tuve que guardar el vestido en donde originalmente había estado y regresar a mi aburrido atuendo masculino. Ese vestido me proporcionó inconmensurables momentos de feminidad absoluta, hasta que, al parecer debido a que mi mamá sospechaba que lo usaba, un fatídico día desapareció. El segundo vestido se había ido de mi vida para nunca regresar.

Dos vestidos han marcado, hasta el momento, un par de los mejores recuerdos que tengo de mi lado femenino. Un tercero está a punto de dejar su marca también: el que mi novia me regaló en mi cumpleaños. Estoy segura que la historia que esa prenda escribirá en mi vida será digna de recordarse también. Tengo una linda relación con los vestidos, pero sé que el que hoy tengo en mis manos no habrá de abandonarme misteriosamente.

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5 errores de feminófila principiante.

1c39e54a9283b9f2ddbee51ae3846c59Quizás llamar principiante a una feminófila que comienza a vivir este maravilloso mundo de sentirse mujer es injusto. Si algo he aprendido durante los más de 20 años que llevo con esta pasión por vestir las ropas y adoptar las actitudes propias del género femenino, es que una no deja NUNCA de ser una aprendiz. Querer imitar a las mujeres es una tarea que no finaliza jamás. Requiere horas frente al espejo, practicando el maquillaje, los peinados, las poses y las actitudes. Pero con la palabra “principiante” quiero hacer referencia a aquellas nenas que dan sus primeros pasos en la feminofilia.

Como ya he comentado anteriormente, mis papás llegaron a sorprenderme vestida en más de una ocasión, y debo reconocer que yo tuve la culpa en todas ellas, pues las cosas sucedieron por culpa de descuidos que pudieron ser evitados de una manera sencilla. Por ello quiero hacer una lista de errores que, si ustedes logran evitar, las sacarán de más de un apuro.

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1.- Maquillarte antes de vestirte. En matemáticas se dice que el orden de los factores no altera el producto. Sin embargo, esto no aplica a la hora de vestirte de mujer con prendas tomadas del clóset de tu mamá o tus hermanas, pues si primero te maquillas y después te vistes, corres el riesgo de manchar las prendas y delatarte.

2.- Aplicarte lápiz labial y no desmaquillarte. Cuando comenzamos a maquillarnos, casi siempre lo primero que nos aplicamos es lápiz labial, por creer que éste es lo más fácil de quitar. ¡Gran error! Si lo haces, asegúrate de retirarlo utilizando desmaquillante, pues aunque en apariencia ya no traigas nada en los labios, al estar comiendo, una servilleta que utilices para limpiarte ¡puede revelar tu secreto!

3.- Comprar ropa que no es de tu talla. Puede sonar como algo obvio, pero es muy común que, si estás en un centro comercial y ves alguna prenda de tu agrado, por querer comprarla y salir de ahí lo más rápido posible, compres ropa que no te va a quedar. Dinero tirado a la basura, mi estimada amiga. Además, las prendas de mujer están diseñadas ¡para mujeres! Y tú, por muy femenina que te sientas en el momento, no dejas de ser biológicamente un hombre. Considera eso antes de comprar algo que se ve divino en el maniquí pero que a ti no te lucirá igual.

4.- Comprar más ropa de la que puedes guardar con seguridad. Creo que éste es uno de los problemas más comunes cuando vives con tu familia. Viste una falda preciosa y la compraste. Una semana después te enamoró una blusa y la adquiriste. Un mes después tienes demasiada ropa de mujer para seguir guardándola en esa pequeña maleta y debes decidir qué conservar y qué tirar. No llegues a ese extremo y sé más precavida.

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5.- Vestirte sin saber a ciencia cierta cuánto tiempo estarás a solas. Despiertas un domingo y te encuentras sola en casa. Piensas que tus papás fueron al servicio religioso semanal, así que sabes que tienes una hora para dejar salir a tu chica. Estás vestida y escuchas con terror la llave de la puerta principal abriendo la cerradura. Tus papás no asistieron al servicio, sino que fueron por víveres al supermercado. No quieres ni imaginar lo que sucederá después. Siempre que vayas a vestirte asegúrate de saber a qué hora volverá tu familia, y desvístete al menos 15 minutos antes ¡para que te dé tiempo de guardarlo todo!

Como consejo adicional, sugiero que cuando te vistas, dejes toda tu ropa de hombre en el baño. De esa manera, si tus papás vuelven de forma imprevista, puedes correr a encerrarte y cambiarte en él, dejar la ropa de mujer escondida ahí dentro y volver luego por ella, cuando se encuentren distraídos.

Espero, como siempre, que  este post sirva de algo para ayudar a que disfruten su faceta de mujeres, siempre con precaución y seguridad. ¡A maquillarse!

La vez que me descubrieron vestida de mujer… parte 2.

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Una vez en casa, comenzó la peor parte de ese día, pues mis padres estaban convencidos de que yo era homosexual. Ellos, al igual que muchas personas en la actualidad, conciben la sexualidad de una forma binaria, es decir, eres heterosexual o eres homosexual. Eso es. No hay nada más. No es posible (para ellos) que exista algo como un hombre al que le gusta vestirse de mujer y ser tratado como tal mientras lleva puesta esa ropa, pero que sigue conservando su atracción hacia las mujeres. Y la verdad es que no los culpo; yo llevo siendo feminófilo más o menos 26 años, y me costó muchos entender que no soy gay ni quiero convertirme en mujer a tiempo completo.

Comenzaron las amenazas, diciéndome que si lo que me gustaba era utilizar faldas y vestidos, entonces me comprarían muchos y me exhibirían así ante mis compañeros de la escuela y ante mis vecinos. Consideraron la posibilidad de enviarme a estudiar a un internado de monjas, para que ellas curaran mi”trastorno”. En resumidas cuentas, encontrar a su hijo vistiendo ropa de mujer para ellos fue la mayor decepción. No puedo saberlo a ciencia cierta, pero creo que para ellos el golpe fue si no peor, sí semejante a que hubieran descubierto que ingería drogas o algo por el estilo. Y no me malentiendan, no estoy tratando de juzgar a mis padres, pues los amo con toda mi alma y dada su educación y sus conocimientos limitados al respecto, reaccionaron de la única manera que habrían podido hacerlo. Si a alguien se puede culpar es a la sociedad, no a mis padres.

Las semanas y los meses siguientes continuaron siendo complicados, pues su confianza en mí era totalmente nula. No podían salir a la tienda y dejarme en casa 5 minutos porque pensaban que yo iba a correr a vestirme de mujer. Tenía órdenes precisas de salir de la escuela y esperar en un lugar visible a que ellos llegaran por mí, pues quién sabe si por el camino fuera yo a hacerme novio de alguno de mis compañeros. Las caricaturas que veía eran continuamente supervisadas en busca de mensajes que pudieran transmitirme la idea de vestirme de mujer. Cuando llegué a la secundaria, la presión para que tuviera amigas y no sólo amigos era muy fuerte, cosa que para mí era un tormento, pues siempre he sido muy tímida para hablar con chicas y empezar a relacionarme con alguna.

Por supuesto que la feminofilia es algo tan fuerte que no puede apagarse por más cuidada y supervisada que se encuentre la chica en cuestión. Algunos años después del incidente, cuando mis padres me habían devuelto la confianza suficiente para volver a dejarme sola en casa (pues los dos tenían que trabajar todo el día) al llegar de la escuela me despojaba de mi atuendo masculino y me vestía con la ropa del clóset de mi mamá. Obviamente era muy cuidadosa de no dejar evidencia, al grado de fijarme en los más ínfimos detalles como la posición de una blusa en un cajón o el lugar exacto donde estaban los zapatos.

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Hoy han pasado casi 20 años desde aquélla última vez que me descubrieron vestida, pero ha habido otras ocasiones en las que me he escapado por un pelo. También otras en las que lo que en un principio parecería una exageración y un exceso de precauciones ha resultado ser un salvavidas. Yo sé que 20 años después mis padres no confían en mí del todo en ese aspecto. Algo en su interior les dice que su hijo tiene algo diferente, algo que lo hace distinguirse del resto de los hombres. Y tienen razón: su hijo es un hombre tratando de superarse.

La vez que me descubrieron vestida de mujer… parte 1.

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Estoy casi por cumplir 30 años de edad y mi gusto por vestir ropas femeninas lo descubrí desde que tenía como 3 o 4, así que ya llevo bastante rato en esto. Siendo así, la probabilidad dicta que, viviendo con mis padres, era cuestión de tiempo para ser descubierta en flagrancia. Y así fue. He sido atrapada “con las manos en la masa” en más de una ocasión y pienso platicárselas todas. Sin embargo, no pienso comenzar en orden cronológico, sino de importancia. Así que hoy les contaré la primera parte de la última vez que me descubrieron, misma que fue la peor.

En aquélla ocasión estábamos mis dos padres y yo de visita en casa de unos tíos que no tienen hijos. Cursaba yo sexto de primaria y era un domingo. Después de haber comido, mis papás y mis tíos se quedaron en la sala platicando de “cosas de grandes” y yo subí a la planta alta de la casa a mirar la TV, o al menos eso fue lo que les dije, pues mi intención en todo momento había sido dirigirme a probarme una falda que mi tía se había comprado el día anterior en el Palacio de Hierro.

Pensaba hacerlo rápido, pues era consciente de que no contaba con mucho tiempo para poder disfrutar de la suavidad de aquél forro y de la caída de la tela, pero quedé seducida por sus atributos y me la dejé puesta más de lo que tenía planeado. Estaba tan contenta estrenando yo la faldita, que me puse realmente a ver la TV con ella puesta, imaginando que era yo la dueña de la casa y que me encontraba descansando, agotada después de un largo día de shopping y descansando antes de una pesada jornada de trabajo al día siguiente, seguramente en algún empleo que requiriera el uso de falda, medias y tacones (aeromoza, secretaria ejecutiva, corredora de bolsa…)

En ese ensueño me encontraba, cuando de pronto escuché que mi papá me llamaba desde la planta baja mientras sus pies recorrían rápidamente los escalones hacia la habitación en donde me encontraba. Presa del pánico, sólo atiné a correr al baño con la falda puesta y mis pantalones en la mano, pero al salir de la habitación me crucé en el camino de mi padre, quien me ordenó detenerme y comenzó a llamar a mi madre, exhortándola a subir.

Mi papá empezó a cuestionarme (de manera retórica, pues la respuesta era evidente) sobre lo que estaba haciendo, y yo, sin poder articular palabra, me puse a llorar y me desplomé a sus pies. Cuando mi mamá llegó, observó la escena: mi papá de pie y yo tendido y abrazado a sus pies ataviado con una falda y llorando. Como ya he dicho antes, no era la primera vez que me sorprendían vestido de chica, por lo que ya existían antecedentes. No estaban dispuestos a tolerarlo una vez más.

Me obligaron a cambiarme y sin que hubiera todavía dejado de llorar, nos despedimos de mis tíos y partimos hacia casa. Sólo 15 minutos en automóvil separaban ambos hogares, pero el silencio glacial los hizo parecer los más largos que yo recuerde haber vivido. Al llegar a casa la situación no mejoró en absoluto, sino todo lo contrario. Pero como no quiero aburrirlas eso se los contaré en el siguiente post. ¡Hasta entonces¡

Sigue leyendo la segunda parte aquí.

Los básicos.

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Biológicamente soy un hombre, pero debido a mi feminofilia, es decir, mi gusto por vestir prendas femeninas y actuar así por ciertos períodos de tiempo, he aprendido mucho de las mujeres, pues para las feminófilas como yo es importante observarlas a profundidad, no sólo en cuanto a la moda y a los movimientos se refiere, sino también en lo enfocado a sus actitudes, su forma de enfrentarse al mundo y, lo más importante, su forma de razonamiento.

Ello me ha llevado a distanciarme un poco de la manera de pensar típica de un ejemplar macho de nuestra especie, e incluso, a sentirme algo incómoda al estar conviviendo con ellos, pues es definitivo que sus procesos mentales son inmaduros comparados con los de las mujeres. Un día, hablando con mi novia al respecto de esta situación (ella es plenamente consciente de mi gusto por vestirme y actuar como mujer), comentamos en broma que la Selección Natural ha dado pie a la permanencia de los hombres en este mundo debido a que son necesarios para la preservación de la especie, pero en cuanto la Evolución sea capaz de crear una mujer que pueda reproducirse por sí misma, la supervivencia masculina estará condenada.

Y es que ¿se han puesto a pensar en todas las acciones sin sentido que un hombre promedio realiza en un día? Vamos, que ni siquiera tienen clara la manera de poder cortejar a una pareja para cumplir esa misión de preservar la especie. Creo sinceramente que son el ejemplar más inútil para dicha tarea en todo el Reino Animal. Se supone que para poder atraer a una hembra, el macho debe mostrar sus mejores atributos, hacerle ver a la potencial pareja por qué debe escogerlo a él y no a sus competidores. Los hombres (hablando en general) ¿lo hacen? Mmmm creo que no. Cuando ven a una mujer atractiva la primera idea genial que sus neuronas son capaces de producir es “comenta algo por demás vulgar sobre sus atributos físicos, es seguro que así caerá rendida a tus pies” o quizás algo como “quédate viendo su trasero o su pecho con mirada pervertida mientras pasa frente a ti, ¡eso les encanta!”

Otra técnica común es presumir los logros personales. Ésta realmente es una buena idea, pues de esa manera pueden mostrar sus fortalezas y las ventajas que poseen con respecto a los demás. ¿De qué creen ustedes que hablarán? Seguramente de sus logros deportivos. Tal vez de sus proezas académicas o de los planes que tienen para lograr el éxito en la vida. Pues no. Resulta que de todas estas posibles opciones, deciden platicar historias de sus múltiples borracheras, jactarse de la cantidad de alcohol que son capaces de ingerir antes de que su sistema colapse y de las fiestas a las que asisten con sus amigos y en las que terminan haciendo desfiguros causados por la ingesta excesiva de sustancias tóxicas.

Estos puntos son los referentes a su comportamiento frente a una pareja potencial pero, ¿qué hay de lo que hacen cuando se encuentran en compañía de otros de su mismo género? Hablar con mayor profundidad de borracheras pasadas, planear borracheras futuras, alburearse, hablar en doble sentido, sentirse orgullosos de acudir al table dance, contar chistes machistas aun cuando en el fondo saben que las mujeres son superiores en cualquier aspecto (incluso en la fortaleza física, pues su umbral de dolor es más alto), competir por ver quién es capaz de producir el eructo más sonoro o la flatulencia más desagradable, hablar de autos, presumir de sus infidelidades… y todo ello mientras siguen tomando bebidas embriagantes.

Cabe mencionar que conozco todo esto de primera mano, pues al ser un feminófilo de clóset, me veo forzado a convivir con ellos como su fuera uno más, como si compartiera su forma de pensar y de actuar. Al principio no me era tan difícil camuflarme con ellos e incluso reirme de sus ocurrencias, pero a medida que el tiempo transcurre resulta frustrante ver cómo no son capaces de madurar y actuar correspondientemente con su edad. Dicen que las mujeres maduran más rápido que los hombres. Yo me atrevería a recortar el enunciado y dejarlo tan sólo como “las mujeres maduran”. Y es que las actividades que aquí describí son aplicables a cualquier hombre o grupo de ellos, sin importar la edad que tengan. Quizás el hecho de que las mujeres hayan estado tantos siglos relegadas por los hombres es debido a que su instinto les decía que, de haberles dejado explotar todo su potencial, habrían terminado por barrerlos de cualquier actividad que requiriera el uso de la razón y el ingenio.

Hoy estudiaríamos en los libros de historia a las mujeres inventoras del Teléfono, la Televisión, el Internet, el Automóvil, el Motor Eléctrico; las descubridoras de la Teoría de la Relatividad, de la Ley de la Gravitación Universal o de las fuerzas que gobiernan nuestro Universo.

Este post se titula “los básicos” debido a que el comportamiento de los hombres no es complejo en absoluto; todas sus actividades están basadas en conseguir alcohol y mujeres. Para eso estudian, para eso trabajan y para eso ahorran. Es necesario e importante aclarar que no todos los hombres entran en esta clasificación, pues existen algunos raros ejemplares que salen del parámetro y actúan de manera diferente, racional. Sin embargo, es una descripción del género humano masculino en términos amplios, en un panorama general.

Amigas feminófilas y travestis, si de verdad deseamos ser como las mujeres, no nos limitemos a copiar simplemente su manera de vestir durante unos momentos, adoptemos también su forma de pensar durante toda la vida.

 

 

 

 

 

 

45 razones por las que es maravilloso sentirse mujer.

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El presente post es una traducción de un artículo en inglés titulado 101 Reasons Why I Want To Be A Girl (101 razones por las que quiero ser mujer) leído originalmente en este enlace. Se trata de las razones de una persona transexual, es decir, que nació hombre pero quiere transformarse permanentemente en una mujer. Sin embargo, fui capaz de encontrar algunas razones válidas que aplican también a nosotras las feminófilas, algunos puntos que, sin transformarnos definitivamente en mujeres, sin duda podremos disfrutar. Aquí la lista.

01.- Que te digan cosas como “tierna” o “bonita”.
02.- Vestidos y faldas.
03.- Medias y pantimedias.
04.- Tacones.
05.- Maquillaje.
06.- Manicuras y pedicuras.
07.- Joyería, especialmente aretes.
08.- Jeans a la cadera.
09.- La experiencia de comprar tu primer bra.
10.- Preocuparte de que el bra se vea a través de tus blusas delgadas.
11.- Tener que arreglar tu cabello cada mañana.
12.- Vestidos cortos.
13.- Tener que despertar una hora más temprano para alaciar o rizar tu cabello.
14.- Bikinis.
15.- Depilarte o rasurarte las piernas.
16.- Vestidos largos formales.
17.- Preocuparte de que se te corra el rímel.
18.- Ser odiada por otras mujeres que piensan que eres más bonita que ellas.
19.- Coquetos disfraces de Halloween.
20.- Ser tratada como princesa.
21.- Comprar zapatos.
22.- Comprar en Victoria’s Secret.
23.- Comprar cualquier clase de ropa de mujer.
24.- Que te digan señorita.
25.- Ser femenina.
26.- Sentarse para ir al sanitario.
27.- Participar para ser la Reina del colegio.
28.- Imaginar tu fiesta de graduación.
29.- El 14 de febrero.
30.- Que te digan que eres hermosa.
31.- Los uniformes de porrista.
32.- Tener menos vello corporal.
33.- Preocuparte acerca de tus atuendos.
34.- Preocuparte por tu peso.
35.- Cambios de humor.
36.- Tener la última palabra.
37.- Citas en el salón de belleza.
38.- Llorar en las películas tristes.
39.- Emocionarte en las películas románticas.
40.- Ser envidiada por otras mujeres.
41.- Estilos de cabello. ¿De cuántas maneras pueden agitar su cabellera las mujeres?
42.- Las mujeres pueden usar pantalones o faldas y verse increíbles con ambos.
43-. El spa.
44.- Los hombres sudan, las mujeres brillan (el sudor es sexy en las mujeres).
45.- Tener animales de peluche.

¿Qué les parecen estas razones? ¿Cuál agregarían? ¿Cuál quitarían? ¡Comenten!

¿Soy gay? ¿Soy travesti? ¿Soy transexual?

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Quiero aprovechar este espacio de expresión para intentar ayudar a aquéllas feminófilas que se encuentran todavía en proceso de autodescubrimiento, pues sé que el proceso de aceptación no suele ser nada sencillo debido a la poca información que existe sobre el tema. Esperando realmente que este post les sea de ayuda, comencemos entonces.

¿Es malo ser hombre y vestirse de mujer? El acto de disfrutar vistiendo atuendos femeninos no tiene nada de malo por sí mismo. Mientras no afectes a otras personas, vestirte de mujer es algo que puedes disfrutar en tu intimidad alejado de remordimiento alguno. Es parte de tu forma de ser y no debes sentirte avergonzado al respecto. No es algún defecto físico, no es una enfermedad ni mucho menos un signo de locura. Es un gusto. Nadie ha insinuado jamás que el hecho de que te guste más la vainilla que el chocolate quiere decir que estés loco, ¿o sí?

Si me gusta vestirme de mujer, ¿significa eso que debo operar mi cuerpo para convertirme en una? No necesariamente. Este es un punto delicado debido a la amplia gama de personalidades y gustos de cada ser humano. Lo que debes tener bien presente en todo momento es cómo te sientes en tu interior. Pregúntate cosas como ¿siento que soy una mujer? ¿Me gustaría estar vestida como mujer todo el tiempo? ¿Me atraen los hombres? ¿Me gustaría dejar de tener pene y tener vagina? Más importante aún que hacerte estas preguntas, es el hecho de que las respondas honestamente. Recuerda que para lograr que los demás te acepten es indispensable aceptarte tú mism@ primero. El test COGIATI (Combined Gender Identity And Transsexual Inventory, o Identidad Sexual Combinada e Inventario Transexual) puede ser un excelente punto de inicio para descubrir quién eres en cuanto a temas sexuales se refiere. ¡Lo mejor es que está disponible en español! Accede a él dando clic aquí.

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¿Cuál es la diferencia entre un travesti, un feminófilo y un transexual? Ninguna. Todas son personas y seres humanos. Sin embargo, y con el único propósito de aclarar un poco más el panorama, me permito dar las siguientes definiciones:

Un travesti es una persona, puede ser de género masculino o femenino, que disfruta vistiéndose y actuando como un ser del género opuesto por períodos relativamente cortos de tiempo. La ropa que usa no está de ninguna manera ligada a sus preferencias sexuales ni a su autorreconocimiento como hombre o mujer. Es decir, aunque esté vestid@ con la indumentaria propia del género opuesto, es perfectamente consciente de quién es en realidad y no desea cambiar de sexo. Lo que sí puede suceder es que esta persona, el travesti, sienta atracción física y sexual por personas de su mismo género, por el opuesto, o por ambos.

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Por otro lado, un feminófilo es un subconjunto de los travestis. Podemos definir a un feminófilo como un hombre travesti (que le gusta vestir como el género opuesto, o sea, como mujer) y que, al igual que éste, no desea cambiar permanentemente su sexo biológico. La principal diferencia entre un feminófilo y un hombre travesti, es que el primero es 100% heterosexual, es decir, que aunque esté vestido con ropa femenina sigue manteniendo su gusto por las mujeres, mientras que el segundo puede ser homosexual o permitirse fantasear o llegar a mantener relaciones sentimentales y/o sexuales con hombres, al menos mientras está en el papel de mujer. En palabras más simples, un feminófilo es un hombre travesti heterosexual.

Por último, un transexual es una persona que ha iniciado o completado el tratamiento psicológico, médico y quirúrgico para transformarse en una persona del género opuesto a aquél con el que nació. Se les suele llamar “mujeres atrapadas en cuerpos de hombres” o visceversa, antes de iniciar su tratamiento. Estas personas no se sienten satisfechas simplemente con vestirse de hombres o mujeres (según corresponda) de vez en cuando, sino que desean ir más allá. Sienten que sus cuerpos no corresponden con sus personalidades, y que es vital para ellas buscar transformarse en lo que en realidad son, vivir de manera permanente como el género con el cuál se identifican. Una vez más, ese sentimiento no está ligado con sus preferencias sexuales, pues existen casos de hombres que se transforman en mujeres pero siguen conservando su gusto por éstas.

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¿Dios me va a castigar si me visto de mujer? ¿Es pecado vestirse de mujer? No me gusta entrar en temas religiosos, pues son susceptibles a interpretaciones personales, temporales e incluso geográficas. Sin embargo, y recalcando que este es mi punto de vista particular, estoy convencida de que lo que a Dios le importa, en cualquier religión, es que seas una buena persona. Que seas honesto, que ayudes a los que te rodean, que seas una persona de provecho y te guíes bajo los preceptos de la ética y la moral. Y para hacer todo eso, la ropa que te guste utilizar es completamente irrelevante.

Me gusta vestirme de mujer. ¿Deben gustarme los hombres? No somos capaces de controlar nuestros gustos, pues éstos son emociones y como tales no provienen de un proceso racional. Imagínate ¡qué genial sería decidir que a partir de hoy te gustarán más las verduras que la comida chatarra, o que te gustará más leer que jugar videojuegos! Lamentablemente las cosas no funcionan así. Te gusta lo que te gusta y no hay manera de remediarlo. Lo que sí puedes y debes hacer es ser honesto contigo mismo y aceptar aquéllo que te gusta sin importar las convenciones sociales. Nadie, ni tú mismo, tiene el poder de imponer lo que te debe gustar y lo que no.

¿Debo confesarle a alguien que me gusta vestirme de mujer? Lo más recomendable es que sí, por tu propio bien. Es mucho más sencillo compartir este secreto con alguien, pues el diálogo puede servir como una manera de descargar la presión, de desahogar tus preocupaciones y problemas. Es recomendable que sea una persona digna de toda tu confianza, que no divulgue esta información sin tu expresa autorización y que además sea una persona plenamente capaz de comprender todos los aspectos de este fenómeno, alguien que no intente cambiarte o “curarte”, pues te recuerdo nuevamente que esto no es una enfermedad. Si te decides a contárselo a alguien, te recomiendo ampliamente que tú y esa persona lean el libro “El Travestista y su Esposa” de Virginia Charles-Prince (disponible aquí), además del post “Feminofilia: preguntas frecuentes” (aquí) para una mayor y mejor comprensión del tema.

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¿Soy la única persona a la que le ocurre esto? Para nada. Debido a la propia naturaleza del fenómeno, y a que no todos vamos por la vida anunciando que nos gusta vestirnos de mujeres, es difícil tener una estadística de la presencia de la feminofilia en nuestra sociedad, pero algunas estimaciones afirman que, si se elige un grupo de 20 hombres al azar, existe una alta probabilidad de que al menos uno de ellos sea feminófilo. En fin, quizás sea un dato demasiado optimista, pero en internet podrás encontrar grupos de personas con gustos similares a los tuyos y te darás cuenta de que ¡no estás solo!

Realmente pongo mis esperanzas en que esta información que he escrito ayude a aclarar más esas dudas que tienes acerca de quién eres y qué es lo que quieres hacer. Recuerda que si tienes alguna duda, comentario o sugerencia, puedes ponerte en contacto conmigo a través de los comentarios, o directamente por medio de mi cuenta de Facebook: Nadia Mónica Martínez, o mi dirección de correo electrónico: nadia_m.mtz@hotmail.com. Vive feliz y nos leemos después.

Un pequeño reclamo.

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Desde hace algún tiempo mi novia y yo formamos parte de un grupo en Facebook que es exclusivo para travestis y sus parejas. Ella es nueva en estos temas, pues no hace todavía ni un año que le confesé mi afición por vestirme de mujer. Sin embargo, yo he entrado y salido de distintos grupos de este tipo, siempre con la intención de encontrar amigas con gustos similares a los míos para conversar, intercambiar algunos secretos, trucos, historias, anécdotas  y consejos. Pero me he dado cuenta de que esto casi nunca sucede. Las personas que se afilian a dichos grupos lo hacen tan sólo con la intención de encontrar a alguien con quién sostener relaciones sexuales.

¿Por qué es preocupante? Porque dicha actividad no hace más que confirmar el estigma social del que somos víctimas todas las que nos etiquetamos bajo el término feminófilas. Nosotras no estamos buscando encontrar a un hombre que nos haga sentir mujeres, nosotras no queremos adoptar la prostitución como medio de vida, a nosotras no nos gustan los hombres (recuerden que feminofilia es travestismo HETEROSEXUAL). Lamentablemente, la sociedad en la que vivimos no puede concebir a una persona que le guste vestirse de mujer, pero que no sienta atracción alguna por los hombres, o más aún, que esa persona pueda ser su abogado de confianza, el carnicero al que le compran cada semana, un ingeniero exitoso en una empresa transnacional, un famoso  multimillonario hombre de negocios. Para ellos, la palabra travesti es sinónimo de prostitución y sexo con otros hombres. Ustedes, quienes pueblan esos grupos, colaboran activamente a que la sociedad tenga esa imagen de nosotras, y es culpa suya que este tema esté tan impregnado de prejuicios incluso entre la misma comunidad LGBT.

Dicen que se visten de mujeres porque las admiran y por ello quieren ser como ellas, vestirse como ellas, actuar como ellas. No puedo imaginar una manera más directa de denigrar al género femenino que el implicar que ser mujer es exhibirse en fotografías vistiendo prendas vulgares  anunciando su desesperación por conseguir un hombre para que “las haga sentir mujeres”. Sentirse mujer es saberse guapa y sexy sin necesidad de desnudarse, ser capaz de ser exitosa por una misma,  ser disciplinada y actuar utilizando la razón y no el instinto. Eso, amigas mías, es rendir homenaje a la mujer.