El espejo, nuestro mejor amigo

Cuando planeamos nuestras sesiones de transformación, solemos enfocarnos en tres cosas: las prendas, el maquillaje y los accesorios. Escogemos con emoción lo que habremos de usar y disfrutamos cada segundo del ritual de enfundarnos en esas ropas. Aplicamos el maquillaje que tengamos al alcance y adornamos la imagen con pulseras, anillos, collares o lo que encontremos a nuestro alrededor. Algunas chicas pueden incluso permitirse el uso de otros auxiliares, como pelucas, pantimedias o zapatos, pero, de manera unánime, al finalizar el protocolo nos valemos de la retroalimentación obtenida de un juez inmóvil y silencioso: el espejo.

¿Alguna vez vieron la serie animada Captain Tsubasa? Es posible que la reconozcas más con su nombre en español: Supercampeones. En ella, el protagonista Oliver Atom desarrolla una increíble destreza en la práctica del fútbol debido a su afirmación de que el balón es su amigo. Creo que nosotras, las feminófilas, podemos afirmar en un símil, que el espejo es nuestro amigo. Y no solo eso, también es nuestro cómplice, nuestro confidente y testigo de nuestros momentos más felices.

Para quienes somos de clóset, es una práctica común que, a pesar de ataviarnos con ajuares dignos de asistir a una función de ópera o una cena de gala, nos quedemos encerradas en cuatro paredes. Nos arreglamos estupendamente pero no permitimos que nadie nos vea. Nuestras mejores prendas y aplicaciones de maquillaje están reservadas para nosotras mismas. Acaso compartidas de manera digital a través de fotografías en redes sociales. El espejo, ese objeto inanimado al que, desde tiempos ancestrales se le adjudican poderes extraordinarios en incontables historias fantásticas, es el único que está presente cuando ocurre la magia de la transformación. Observa, sin juzgarnos, todas las etapas que se suceden mientras dejamos atrás nuestra imagen masculina para mutar progresivamente en nuestra mejor versión: la de mujer.

Es testigo de nuestras poses, de nuestros gestos de coquetería, de lo que más nos gusta de nosotras mismas y da fe de lo que necesitamos mejorar. Él, a diferencia de la mayoría de las personas, no ve trastorno, perversión ni locura en lo que hacemos, sino que se percata de nuestra verdadera esencia, penetra en nuestra alma y nos ve por lo que somos en realidad: seres con alma de mujer.

Si nuestros espejos fueran capaces de hablar, ¡la cantidad de historias que podrían contar! Recordarían nuestros primeros pasos en este fascinante mundo de prendas suaves y coloridas, relatarían nuestro progreso, lento pero perseverante, en nuestra habilidad para acercarnos cada vez más en el exterior a la mujer que vive dentro de nosotras. Quizás podría dar testimonio de los tiempos pasados de oscuridad, en los que fuimos presas de culpas, miedos y confusión, y se sentiría orgulloso al contar cómo superamos esos obstáculos para aceptarnos y enorgullecernos de ser feminófilas.

El espejo es, sin temor a exagerar, un elemento indispensable valioso dentro de nuestras vidas. Común denominador que forma parte de las habitaciones de travestis primerizas y experimentadas, jóvenes y veteranas, tímidas y extrovertidas. Por medio de su opinión ecuánime es que podemos darnos cuenta si necesitamos poner especial énfasis en arreglar algo que no nos agrada del todo sobre nosotras mismas. Él nos muestra lo que hacemos bien y lo que es necesario mejorar. No se guarda nada.

Gracias, amigo espejo, por ser un elemento tan importante en nuestras vidas y por permitirnos disfrutar de la fantasía de ser mujer.

Dejé que me vieran vestida de mujer.

Durante años y años ejercí mi travestismo completamente en secreto y refugiada en la privacidad de mi habitación, acostumbrada a tener al espejo como único testigo y compañero en esas solitarias noches de transformación. Uno de mis mayores temores durante aquellos años era que alguien se enterara de mi gusto por ataviarme como mujer, pues pensaba que nadie lo entendería y me podría acarrear muchísimos problemas, así que tomaba todas las precauciones posibles para que eso no sucediera.

Fue así como me acostumbré a arreglarme para mí misma. De vez en cuando me tomaba algunas fotos que guardaba para la posteridad, pero, de igual manera, dichas imágenes eran solo para mí, nadie más tenía acceso a ellas. Para mí era completamente normal que mis sesiones de transformación fueran privadas y alejadas de miradas ajenas.

No obstante, un día sucedió algo que me tomó por sorpresa. Ya les platiqué acerca de la confesión de mi feminofilia con la pareja que tuve hace algunos años. Fue un proceso que avanzó despacio, pero eventualmente logró comprender las motivaciones que me llevaban a presentar dicha conducta. Una vez que sus dudas fueron resueltas, me sorprendió diciéndome que tenía ganas de verme transformada en mi versión femenina. ¡Lo que sentí en ese momento fue una mezcla de miedo y emoción! Por un lado, me daba un gusto inconmensurable el hecho de que aceptara 100% mi forma de ser, que no hubiera decidido alejarse de mí. Pero, por otro, temía su reacción cuando me viera con falda y blusa.

A lo largo del tiempo había leído algunas historias ligadas a este hecho, y el común denominador parecía ser que, al contemplar la imagen de sus novios o esposos con ropa de mujer, las parejas rompían en llanto y sentían una profunda decepción, ya que la figura del hombre viril y protector se resquebrajaba al ver a su femínea contraparte, lo que las llevaba a entrar en una especie de depresión que, a la larga, conducía al término de la relación. Ese era mi temor.

Le expresé esas inquietudes, y ella me tranquilizó diciéndome que, pasara lo que pasara, no me dejaría. Así fue como definimos una fecha para dar el paso. Yo todavía vivía con mis papás en ese período, así que dependíamos de encontrar un espacio en el que ellos no estuvieran en casa, hueco que encontramos unas tres semanas después. Días antes del gran día, yo me preparé lo mejor que pude. Rasuré completamente el vello de piernas, axilas, pecho y abdomen y hasta intensifiqué un poco la rutina de ejercicios para verme lo mejor posible. No contaba con el guardarropa que tengo hoy en día, ni con peluca, tacones o un estuche nutrido de maquillaje, así que tendría que arreglármelas con los recursos que había a la mano.

La fecha inevitablemente llegó. Unos minutos antes de la hora convenida tocó a la puerta y yo la recibí en mi faceta de hombre. Me encontraba notablemente nerviosa, pero su actitud despreocupada y normal ayudó a que me relajara un poco. Estuvimos unos minutos actuando como si nada extraordinario sucediera, pero no pudimos prorrogar más el momento clave de nuestra cita.

-¿Estás listo?

-No -respondí con un temblor en mi voz-.

-Ándale, ve a cambiarte y aquí te espero.

Me dirigí a mi habitación, en donde ya estaban preparadas las prendas que utilizaría. Una falda negra de lápiz y una blusa blanca con encaje que, de hecho, ella me había acompañado a comprar; pantimedias naturales y unas sandalias de tacón de mi mamá, que me quedaban chicas, dicho sea de paso. Cuando estuve completamente vestida se lo hice saber.

-Ya estoy.

-Ven, déjame verte -pronunció las palabras con un atisbo de divertida impaciencia-.

Suspiré, cerré los ojos y salí de la habitación, que daba directamente hacia la sala, en donde ella se encontraba.

Permanecí completamente quieta y sin abrir los ojos por algunos segundos, hasta que ella me pidió que los abriera. Cuando nuestras miradas se encontraron, vi que estaba sonriendo. Yo sentía cómo mis piernas y mi cuerpo entero temblaban. Las mejillas me ardían de tan rojas que estaban y no podía articular palabra. Solo sonreía nerviosamente. No sabía qué hacer, cómo comportarme o qué decir. Fuera de las veces que mis papás me descubrieron vestida, nunca había estado voluntariamente con ropa de mujer en presencia de otra persona. Todas las sensaciones eran nuevas para mí.

Tenía miedo de todo, hasta de caminar. Sentía que la imagen que proyectaba era una burda imitación de una mujer. ¿Y si mis movimientos no eran lo suficientemente femeninos? ¿O si resultaban exageradamente femeninos? Ella se acercó para darme un abrazo y me dijo que le daba gusto conocerme. Me invitó a sentarme a su lado y estuvimos conversando de temas lo más alejados posible del travestismo; cosas banales, mundanas, sin importancia, hasta que poco a poco fui sintiéndome más cómoda en esa situación. Lo que me daba mucho miedo y vergüenza era utilizar adjetivos y pronombres femeninos, pero ella me pidió que lo hiciera, porque de lo contrario resultaba incongruente que me refiriera a mí misma como hombre estando vestida como mujer.

Más tarde rebuscamos entre el poco maquillaje que mi mamá tenía en la casa para darme una “manita de gato”. Me indicó cómo sentarme con decoro y cómo caminar con tacones. Recibí algunos otros consejos de su parte y, antes de que llegara la hora de tener que regresar al país de la masculinidad, nos tomamos una foto para celebrar que ya nos habíamos conocido. Al final del día el nerviosismo dio paso a la emoción y a la alegría, pues esas preocupaciones de que se decepcionara de mí quedaron atrás y fue el inicio de una etapa de crecimiento en mi feminidad.

En el inicio me costó dejar que alguien me viera transformada en mujer, y ahora lo que me cuesta es no poder mostrárselo a más personas. Cómo cambia la vida para bien.

Soy mujer por un día. Parte 3

Tal como lo esperaba: las opciones en mi clóset son tan amplias que me es imposible decidirme por algo a primera vista. La variedad de colores, estilos, formas y texturas es tan basta que solo imaginar el número de posibles combinaciones me marea. ¿Cómo voy a decidir qué ponerme? Hay faldas, pantalones, vestidos, blusas, tops, jumpsuits, abrigos; satín, mezclilla, encaje, poliéster… esto va a tardar un buen rato.

Antes de comenzar a probarme cosas, he de definir las prendas que me voy a poner. Y algo resulta muy claro: no voy a pasar el único día que tengo para ser mujer utilizando pantalones, de ningún tipo, por muy hermosos y fashion que sean. ¿Shorts? Podría ser, pero necesito algo más formal. Falda, definitivamente utilizaré una falda. Pero ¿de qué color? Es en este momento que noto algo más que me sorprende: Ya no veo solo los típicos colores como verde, rosa, rojo, azul, morado. Ahora mi espectro se ha ampliado y soy perfectamente capaz de distinguir entre un mostaza y un amarillo, o entre un rosa y un melón, así como entre un morado y un lila o fucsia, cosa que no hace más que complicar la elección de mi falda.

Pero, antes de escoger alguna, mi mirara viaja hacia la sección de vestidos. Hay de todo; cortos, largos, formales, casuales, de día, de noche… Diosa mía. ¿Será más apropiado usar vestido? Yo creo que sí. Entonces abandono la idea de la falda y vuelco mi atención a los preciosos ejemplares que cuelgan en el guardarropa. Cierro los ojos y dejo que el azar se encargue de la elección. Tomo uno a ciegas, lo descuelgo de su posición y abro los ojos. Sonrío al ver que, quien esté al mando en esta fantasía, no se equivoca al guiarme, ya que el elegido es uno blanco. Básico pero efectivo. El estilo consiste en hacer que lo simple luzca espectacular. Al examinarlo con más detenimiento, caigo en la cuenta de que es muy pequeño. ¡Jamás lograré entrar en esa diminuta porción de tela!

Reviso la etiqueta y es talla XS. Extrachica. Yo suelo estar en el otro extremo, XL. Un momento, mi complexión de hombre es XL. ¿Podrá ser que hoy, en mi día de mujer, sea capaz de entrar en un XS? Siento una nueva oleada de excitación entre mis piernas ante la posibilidad de entrar en esa prenda. Como embriagada por la emoción del momento, comienzo a colocarme el precioso vestido. Se desliza por mi cuerpo como si lo hubieran mandado hacer exclusivamente para mí, parece salido de un molde con las dimensiones exactas de mi cuerpo. Me miro nuevamente al espejo y, otra vez, ¡no puedo creerlo! ¡Vaya! Estoy utilizando un vestido de la talla más pequeña que hay, y me queda exquisito. Además de que realza mis atributos, pero no de una manera vulgar, sino glamorosa, con clase.

No tiene escote, lo cual apruebo, ya que no quiero conseguir el empleo gracias a las porciones de piel que se asomen a través de mi atuendo. Sí, la ropa será una herramienta, pero no el único recurso. Lo que sí es que es un poco más corto de lo que me gustaría, pero sé que puedo manejarlo. Después de todo, tengo unas hermosas piernas que quiero lucir. Complemento el outfit con un abrigo estilo militar de color mostaza, pantimedias naturales y unos pumps del mismo color que el abrigo. Me coloco un collar plateado con perlas incrustadas y los aretes a juego. Decido dejarme el cabello suelto. A falta de bolsillos en mi ropa, opto por usar un bolso blanco para llevar mi celular, mis llaves, credenciales y dinero. Justo después de verme al espejo y aprobar el atuendo, escucho la voz de mi papá.

-¿Nadia? ¿Estás lista?

-¡Estoy lista, papá!

Pude haber contestado solo “sí”, pero quiero aprovechar todas las oportunidades que tenga para utilizar adjetivos y pronombres femeninos en mí al interactuar con otras personas.

-Te espero en el auto, hija -me dice con un atisbo de prisa en su voz-.

-Sí, ya bajo y te alcanzo.

Me dirijo hacia la planta baja y me sumerjo en el placer auditivo del sonido que mis tacones hacen contra el piso de las escaleras a cada paso que doy. Imposible no notar también el sonido del nailon de las medias cuando mis piernas rozan una contra la otra. No puedo hacer más que sonreír. Al llegar al piso inferior me encuentro con mamá, quien también sonríe al verme tan arreglada.

-¡Nadia! ¡Te ves hermosa! ¡Sin lugar a duda los deslumbrarás, hija!

-¡Gracias, mama!

-¡Pero ni creas que saldrás de esta casa con el estómago vacío, señorita¡ -me dice, cambiando su tono suave a su característico modo severo-. Anda, ahí está tu almuerzo.

-Ya no hay tiempo, mi papá me espera en el auto.

Así que solamente bebo una taza de café y salgo de ahí corriendo, ignorando la perorata de mamá. Me alegro al percatarme de que mi habilidad para andar en tacones me permite correr sin ningún problema. Al salir, veo que el auto de papá está esperándome, así que aprieto el paso todavía más y, cuando estoy a punto de subirme, veo que él está en el asiento del copiloto, y me hace señas para que me suba del otro lado, en el lugar del conductor. Un poco desconcertada, le hago caso y rodeo el vehículo para ocupar dicho asiento. Una vez a bordo del vehículo y, mientras me coloco el cinturón de seguridad, noto que me observa detenidamente, antes de decir:

-¿No tienes frío? -con un dejo de sarcasmo en su tono-.

-No, papá. Para nada -respondo, fingiendo que no comprendí el trasfondo de la pregunta-.

-¿En serio? Yo traigo pantalón y siento el frío en mis pantorrillas. No imagino cómo tú no lo sientes con las piernas tan descubiertas. ¿No quieres ponerte algo más abrigador?

-Papá, soy tu hija, así que sé directo. ¿Crees que me veo mal?

-¡No! ¡Para nada! Luces hermosa. Es solo que… creo que estás muy destapada. Pero, está bien. No me entrometeré en tus decisiones.

-Gracias, pa -Le digo acercándome para darle un beso en la mejilla- Eres el mejor. Arranco el auto y nos vamos hacia la entrevista.

Parte 1.

Parte 2.

Reconsiderando

¡Hola, queridos seguidores de Feminófila!

Quiero agradecer a todas las hermosas muestras de apoyo que me hicieron llegar a través de distintos medios, en verdad me conmoví al leer las diferentes historias y al saber que he logrado aportar mi grano de arena para la aceptación de muchas de ustedes por parte de sus parejas y de ustedes mismas.

Debido a algunos días de reflexión y ayudada por estos testimonios, fue que decidí no abandonar este proyecto. La semana pasada me vi afectada por algunos comentarios negativos, pero me di cuenta de que eso es algo que siempre va a existir. Y yo no me debo a la opinión de los haters, sino a la de mis seguidoras, pues para ustedes es mi contenido y mi trabajo.

Quizás suene pedante, pero no deja de ser cierto que, a quien no le guste lo que hago, quien tenga problemas con mi imagen y con lo que soy, NO TIENE NECESIDAD ALGUNA DE ESTAR CONSUMIENDO MI CONTENIDO. No les estoy pidiendo el favor de que lo vean ni forzándolos de alguna manera. Tan libres son ustedes de consumirlo como de no consumirlo.

Varias de mis seguidoras sugirieron que desactivara los comentarios en los videos del canal, pero no lo haré, ya que la retroalimentación es importante para mí. Me gusta conocer sus opiniones y puntos de vista. Y no, no busco que todos los comentarios que me dejen sean bonitos y halagadores para aumentar mi ego. Si algo no les gusta, ¡siéntanse libres de decirlo! Es su derecho de libre expresión. Lo único que les pido es que lo hagan sin ofender, menospreciar o insultar.

¡Estoy de vuelta, feminófilas! Motivada y lista para traerles más y mejor contenido.

Gracias por darme la fuerza para continuar.

-Nadia.

Despedida momentánea

Hola a todos y todas.

Debido a una serie de comentarios bastante desagradables en algunos videos de mi canal de youtube, es que he tomado la decisión, temporal de momento, pero que se puede hacer permanente, de dejar de publicar contenido, tanto aquí, como en facebook, como en el propio canal.

Agradezco de sobremanera a todas las personas que dan like, comentan y comparten el contenido que he creado, mismo que no será borrado por ahora, pero tal vez en un futuro sí.

Lamentablemente, existe todavía mucha incomprensión acerca de este fenómeno, y siento que mis esfuerzos por lograr que se entienda son infructuosos e inútiles, así que no le veo el caso a seguir intentando.

Un abrazo enorme a todas y todos, y de nuevo, muchísimas gracias.

-Nadia.

Feminizando el cuerpo con esponjas

A través del canal de Pam Sashaa, quien es una drag queen, descubrí este interesantísimo video que muestra cómo hacer prótesis de glúteo y cadera para dar una imagen más femenina de nuestro cuerpo. No lo he intentado, pero por lo que pude observar no parece que sea algo muy complejo de realizar. Además, lo mejor del caso, es que los materiales que se requieren para llevar a cabo estos explantes son muy económicos y fáciles de conseguir.

El video está perfectamente bien explicado y nos lleva paso a paso a través del todo el proceso, tanto de fabricación como del uso de las mismas, pues se vuelve necesaria la utilización de varios pares de medias y leggings para lograr el efecto deseado. Pero bueno ya, me dejaré de tanta palabrería y las dejo con el video en cuestión. ¡Disfrútenlo!

Autoginefilia, o excitarse por la propia imagen femenina

¿Alguna vez han escuchado el término “autoginefilia”?

Si es que no, ¿a qué les suena? Básicamente está formado por tres vocablos griegos: auto, que significa a uno mismo/una misma; gine, que viene de mujer; y filia que viene de gusto o atracción. Uniendo los tres, sería algo así como el gusto o la atracción que siente un individuo por sí mismo cuando está caracterizado como mujer. ¿Ya les suena más?

El concepto fue propuesto por vez primera a finales de la década de los ochenta por el psicólogo canadiense Ray Blanchard, en un intento de explicar las motivaciones que llevan a un varón a convertirse en mujer. Es una teoría por demás controvertida y que, actualmente, no goza de mucha aceptación entre la comunidad académica ni entre la comunidad transexual, pues se considera sexista. Sin embargo, es un término que, frecuentemente, suele enarbolar las banderas de los colectivos feministas radicales, pues encuentran en la autoginefilia la razón perfecta para argumentar que las mujeres trans no son mujeres, y, por lo tanto, no se les deberían dar los derechos que ellas buscan obtener.

Les confieso que carezco por completo de los conocimientos psicológicos necesarios para omitir una opinión al respecto, pero creo que tengo las habilidades requeridas para abordar el tema desde el punto de vista práctico. La primera cuestión que yo planteo es ¿existe realmente la autoginefilia? Y mi respuesta es que sí. Al menos, en el sentido literal de la palabra. Y lo digo con conocimiento de causa, porque yo la he vivido. En multitud de ocasiones me ha sucedido que, terminando mi transformación y viéndome al espejo convertida en mi representante femenina, experimento una excitación sexual por mí misma. O, lo que es lo mismo, me atraigo como mujer. Eso me lleva a tomarme gran cantidad de fotografías, pues quiero dejar una constancia de ese momento en el que me gustó cómo me arreglé.

Pienso que esto es normal hasta cierto punto, pues me parece comprensible que las travestis tratemos de encajar, como mujeres, en el estándar de belleza que nosotras mismas tenemos. Si vamos caminando por la calle y, de repente, vemos a una mujer que nos atrae, porque encaja en nuestro concepto de belleza, es muy probable que observemos no solo su belleza física, sino también su atuendo, y tomemos notas mentales para tratar de replicarlo en nuestra próxima sesión de transformación. De alguna manera en nuestra psique se guardan estas notas y, debido a ello, cuando dejamos salir a nuestro lado femenino estaremos tratando de imitar a las mujeres que nos han gustado en el transcurso de nuestra existencia.

Resulta entonces natural que, al mirarnos al espejo, desarrollemos cierta excitación sexual por lo que estamos viendo, que nos guste y nos excite nuestra propia imagen femenina, entrando así entonces en los terrenos de la autoginefilia. Tema aparte será si realmente es esta la que lleva a alguien a adoptar un rol femenino ante la sociedad permanentemente, o no, ya que es esta la base de la mayor discusión respecto del fenómeno. Es una cuestión que no me corresponde analizar y que está fuera de los límites de mi conocimiento y de la temática de este espacio, así que se la dejo a los profesionales de la materia.

Mi única intención es hacerles saber a ustedes, amigas feminófilas, que existe un nombre para lo que, estoy segura, nos ocurre a muchas de nosotras al travestirnos… ¿o no? ¡Compártanme su opinión en los comentarios! Les dejo un par de recursos al respecto para que se formen su propia opinión.

Autoginefilia: qué es y por qué no se considera una parafilia.

Travestismo autoginéfilo

Autoginefilia en la Wikipedia

Manejando con falda y tacones

Pocas son las veces en las que me he atrevido a salir de mi casa ataviada como mujer. Todas ellas han sido de noche y, en la mayoría, me limito solo a manejar mi auto por algunas calles aledañas a mi domicilio. No obstante, el solo acto de encontrarme fuera de mi refugio seguro me provee de la adrenalina que necesito para salir de mi rutina. Cada semáforo en rojo es una inyección de dopamina, pues, cuando otros autos se detienen junto al mío, es en donde me siento más vulnerable de ser descubierta, pero también más emocionada. Cuando llevo a cabo esta actividad, suelo estar transformada completamente, es decir, no solo llevo mi atuendo elegido, sino también maquillaje, peluca y zapatos.

Sin embargo, durante el transcurso de esta semana me atreví a manejar con falda y tacones a plena luz de día y en el centro de mi ciudad. Por azares del destino, el pasado sábado me vi forzada a acudir a una sucursal de Forever 21 a cambiar unas prendas por una talla más grande (acto derivado de mi obesidad ☹), pero, como quería aprovechar la mayor parte del día para grabar contenido para el canal, fui lo más temprano que pude. Cambié las prendas sin inconveniente alguno y salí muy contenta del lugar. Debido a que había aparcado mi vehículo en un estacionamiento público, y me tocó, literalmente, en el lugar más recóndito, oscuro y alejado de la vista de los encargados, antes de salir del lugar me cambié mis pantalones de varón por una de las faldas que llevaba en la bolsa.

Siempre cargo unos tacones debajo del asiento del pasajero, así que también me los puse y salí manejando de ahí luciendo espectacular de la cintura para abajo con las ventanas completamente abiertas para sentir el correr del aire en mis piernas descubiertas. Esta vez no sentía tanta adrenalina en los semáforos, pues a los conductores que se detenían junto a mí les resultaba imposible lograr ver mi atuendo completo, pero me olvidé de contemplar al transporte público. Desde estos vehículos, al ser más altos que los automóviles, se tiene una vista completa de los coches que circulan a los lados, así que desconozco si algún chófer o pasajero se percataron de que yo iba manejando con falda y tacones.

Al final del día eso no es lo relevante, sino que yo me sentía plena en ese momento, y no me importaba si los demás lo notaban o no. Puse mi música más girly e iba cantando a todo pulmón, sin poder evitar mirar de cuando en cuando lo bonitas y femeninas que lucían mis piernas. Quizá para chicas con más experiencia saliendo a la calle transformadas, esta pueda parecer una experiencia muy mundana y básica, sin nada de emocionante, pero para mí fue algo muy divertido y que valía la pena platicarles en este espacio. A aquellas chicas que no lo han hecho, las exhorto a que lo intenten, eso sí, tomando todas las precauciones para evitar que las descubran si es que no quieren que eso suceda.

¡Una cosa más, amigas! Manejar con tacones es completamente diferente a hacerlo con el calzado al que estemos acostumbradas a hacerlo, así que, si lo intentan ¡tengan cuidado! Acostúmbrense primero a la presión que tienen que hacer sobre los pedales para evitar cualquier accidente. Si son de clóset, como su servidora, lo que menos querrán es que haya una colisión y tengan que bajarse del vehículo con su atuendo femenino.

Si ya lo han hecho o si se animan a hacerlo por primera vez, ¡no se olviden de platicarnos su experiencia en los comentarios! Y pueden adicionar algunos consejos para que las demás disfrutemos mucho más al hacerlo.

Soy mujer por un día. Parte 2

Antes de comenzar a disfrutar de este gran día, no puedo resistirme a hacer algo que durante mucho tiempo he imaginado; me fascinó cómo mi mamá se dirigió a mí mediante mi nombre de chica y con adjetivos femeninos, y es por eso por lo que quiero verla cara a cara como su hija. Me quito la bata y sin detenerme a ponerme zapatos, bajo corriendo las escaleras hacia donde sé que se encontrará, la cocina. Lo único que me cubre es mi camisón, que es precioso y ultrasuave. Tiene un color palo de rosa y está fabricado en satín. En los bordes tanto inferior somo superior, tiene encaje negro. Los tirantes son delgaditos y me llega hasta poco arriba de la rodilla.

-Ay, hija -exclama mi madre al voltear a verme-, ¿cuántas veces te he dicho que te abrigues bien? ¡Duermes muy destapada y eso te puede hacer daño!

-No las suficientes, ma -respondo sin dejar de sonreír y abalanzándome a darle un abrazo y un beso en la mejilla-. ¡Te quiero!

-Y ¿ahora a ti qué te pasa? ¡Apúrate! O tu papá te va a dejar y a ver cómo te vas a tu entrevista entonces.

Regreso corriendo hacia la planta alta y me meto al baño. Ahí me despojo de la bata y por primera vez presto atención a la ropa con la que desperté. Es un short también de satín y un bralette, ambos del mismo color: rosa. Sí, es mi color favorito. Lo más interesante no son las prendas en sí, sino cómo se ajustan a mi curvilíneo cuerpo. El bralette sostiene mis pequeñas boobs y las levanta. Siento el roce de la tela en mis pezones y no puedo evitar exclamar un pequeño gemido de placer.

El diminuto short apenas es capaz de contener mi prominente trasero. Me fascina cómo luce completamente plano de la parte que queda entre mis piernas. Anticipando lo que imagino que descubriré, me despojo del short y veo que mis undies son también suaves, delicadas y pequeñas. ¡Son de Victoria’s Secret! Vaya, tengo buenos y caros gustos. Con una mezcla de temor, desconfianza, emoción y excitación, me llevo las manos hacia el borde de mis undies y las estiro para revelar lo que se esconde por debajo. Ahí veo, llena de alegría e incredulidad, que tengo una preciosa vagina.

¡Tengo vagina! ¡Soy una mujer! Rápidamente me quito el bralette y, cuando mis senos quedan sin nada que los sostenga, noto aún más su peso en mi espalda. Abro la regadera y me meto bajo el chorro del agua. Me percato de que hay una mayor variedad de champús que a los que estoy acostumbrada, pero, como si de un instinto se tratara, voy tomándolos y aplicándolos en el orden correcto. Nunca imaginé que lavar el cabello largo fuera tan difícil. No dejo todavía de sorprenderme con la suavidad de mi piel. Me complace ver mi cuerpo completamente desprovisto de vello. ¡Enjabonarme las boobs fue toda una experiencia! Otro poco y no logro terminar el baño a tiempo por querer continuar experimentando el tacto en mis pezones.

Con algo de tristeza, cierro la regadera y tomo una toalla. Me seco y luego, como si mis movimientos fueran automáticos, tomo otra toalla del mueble de baño y me la enredo en el cabello. Siempre me había preguntado cómo lo hacían las chicas, y ahora estoy yo aquí haciendo lo mismo con toda la naturalidad del mundo.

Tomo mi ropa y abro la puerta del baño. Al dirigirme hacia mi habitación me cruzo con mi padre, quien se dispone a entrar en él. Sin saber cómo actuar, me quedo petrificada ante su mirada, todavía sin acostumbrarme al hecho de que, en esta clase de universo paralelo, él siempre me ha conocido como su hija Nadia.

-Buenos días, hija -me saluda dándome un beso en la mejilla-. ¿Lista para esa entrevista? Quiero que les enseñes de qué estás hecha, ¿entendido?

Soy incapaz de responder. Mi cerebro continúa procesando lo maravilloso que sentí que mi padre me tratara como a su hija. Solo atino a sonreír como boba.

-¡Ah! -se vuelve nuevamente hacia mí, que continúo parada en el pasillo-. No importa lo que diga tu madre, yo no tengo prisa. Tómate todo el tiempo que necesites para alistarte. Quiero que los deslumbres. Así que escoge algo impactante, ¿de acuerdo?

¡Esa era una excelente noticia! Antes de salir de mi habitación había echado una mirada superficial al guardarropa y había constatado que la cantidad de prendas era mayúscula, por lo que decidirme por algo iba a llevarme más tiempo del que, como hombre, me tomaba escoger qué ponerme. Ahora, al saber que no había tanta prisa, no puedo evitar sonreír una vez más. Nunca antes había sonreído tanto antes del desayuno.

Me dirigo a mi cuarto, cierro la puerta y camino hacia los cajones donde guardo la ropa interior. Al abrir uno de ellos, me sorprendo por el desastre que hay dentro; decenas de panties sin ningún orden ni secuencia se apretujan entre sí, formando una maraña de satín, encaje y colores que tiene su encanto. Comprendo que la selección, quienquiera que la haya hecho, es magistral, así que cierro los ojos y saco la prenda al azar. Resulta ser una tanga de aerie color arena, con listones a los laterales y una gotita metálica en el centro, que cuelga de una pequeña cadenita. ¡Gracias, señor azar!

Intuyo que en el cajón de abajo estarán los sujetadores, y tengo razón. El desastre es comparable al del cajón previo, pero también reina el buen gusto y la elegancia. Puedo elegir cualquiera, al fin y al cabo, se trata de prendas que nadie verá. Pero no quiero ser la clase de chica que no utiliza ropa interior combinada, así que rebusco entre los cientos de bras hasta que encuentro la contraparte perfecta para mi tanga. Me coloco ambas prendas y me miro al espejo. No puedo creerlo, pues este me devuelve una visión que ni en mis más atrevidos sueños me imaginé tener.

Desde el reflejo me observa una mujer de 1.72 m de estatura, cabello negro, ojos cafés, labios carnosos, pómulos sobresalientes, 24 años de edad y tan solo ataviada con un brasier y una tanga que no hacen más que acentuar sus agradables atributos físicos. Y esa mujer soy yo. Nuevamente siento la excitación y esa humedad que había percibido momentos antes, pero ahora soy testigo de cómo se forma una pequeña mancha en mis undies. Opto por dejar de verme en el espejo y voy al guardarropa a elegir el atuendo para escoger algo impactante, como había sugerido papá.

Lee aquí la parte 1.

Lee aquí la parte 3.

Soy mujer por un día. Parte 1

Estoy segura de que muchas de nosotras, si no es que todas, en algún momento hemos imaginado lo que haríamos si fuéramos mujeres. ¿Cómo sería nuestra personalidad? ¿Cómo sería nuestro físico? ¿Cómo sería nuestra vida en general? ¿Cuál sería nuestro trabajo? En mi caso, existe un variado número de profesiones que me gustaría desempeñar si fuera mujer. En la lista están:

  • Sobrecargo de aviación (TCP)
  • Secretaria
  • Bailarina
  • Ama de casa

Y otras más aventuradas como

  • Modelo
  • Actriz
  • Cantante
  • CEO de alguna importante empresa
  • Peleadora de artes marciales

Entre otras.

Hoy les platicaré lo que haría si, de repente, me despertara y al levantarme y verme al espejo me doy cuenta de que soy una mujer. Desconcertada, comienzo a tocar todo mi cuerpo solo para confirmar que todas las protuberancias son reales. De pronto suena mi celular; un nuevo mensaje ha llegado. Es de un número desconocido y en él solo se lee “disfrútalo, solo tienes veinticuatro horas y después todo volverá a la normalidad”

No lo comprendo del todo, pero, ya más calmada y emocionada al mismo tiempo, regreso a contemplarme nuevamente al espejo. Mi cabello es largo, negro, lacio y abundante. Mis facciones son femeninas y delicadas. Mis cejas son más delgadas y mis pestañas naturalmente largas. Aun sin maquillaje soy bonita, llamo la atención. Me paso las manos por mi cara y siento la suavidad de mi piel. No hay rastro alguno de barba incipiente. En ese momento, al ver mis manos reflejadas en el espejo, me percato de que mis uñas son largas y están pintadas de un color coquetamente rosa. Mis manos lucen tersas, pequeñas y delgadas. Mi mirada es atraída hacia mi pecho, que luce unas pequeñas pero redondas boobs; noto su peso en mi espalda y eso me excita… pero esta excitación es diferente, pues no hay nada entre mis piernas que tienda a levantarse. Más bien me limito a sentir un agradable calor mezclado con una humedad que es nueva para mí.

Me giro para seguir inspeccionando mi cuerpo y es ahí cuando percibo la imagen más agradable de mí misma: mis nalgas. Son redondas, prominentes, eróticas, perfectas. Sin duda resultan ser mi mejor atractivo. La humedad entre mis piernas se incrementa. ¡Diosa mía! ¡Estoy excitándome con mi propia imagen reflejada en el espejo!

En ese momento reparo en que percibo el mundo de una manera un poco diferente: el borde superior del espejo parece más lejano, y entonces caigo en cuenta de que soy más bajita que mi versión masculina. Tengo la estatura de una mujer promedio. Continúo en esta autoexploración visual y sigo con mis piernas, que son carnosas y torneadas. Las uñas de mis pies lucen el mismo tono de rosa que el de las manos. Observo mis pies y concluyo que también calzo un número mucho más pequeño que mi yo de hombre. Me deleito al tomar conciencia de que todo mi cuerpo es libre de vello. Estoy completamente maravillada.

Inspecciono mi habitación con la mirada en busca de pistas que me digan qué soy, quién soy, qué se supone que debo hacer, pero no encuentro nada. El dormitorio es el mismo al que estoy acostumbrada, pero la decoración sí tiene ligeros cambios: las paredes están pintadas de otro color y mis cobijas son muy coloridas; al abrir el cajón de mi buró para sacar mi reloj, veo que está repleto de collares, anillos, pulseras y demás accesorios femeninos. Eso me hace preguntarme ¿qué habrá en el guardarropa? Corro hacia allí para averiguarlo, y con gran felicidad descubro que todas mis oscuras y aburridas camisas han desaparecido, y han sido remplazados por decenas de vestidos, blusas, faldas y abrigos.

-Menuda muestra de opulencia para solo veinticuatro horas -pienso-.

Las opciones son tan enormes, y tengo tantas ganas de ponerme todo, que estoy segura de que tardaré, por lo menos, cuarenta minutos en escoger algo para empezar mi día. ¡Empezar mi día! Y ¿qué se supone que haré? ¡Ni siquiera sé a qué me dedico! Se me ocurre una idea. Me pongo un camisón y una bata de satín que encuentro al lado de mi cama y abro la puerta de mi habitación con cautela. Asomo la cabeza de manera temerosa e inspecciono el exterior. No se ve absolutamente nada. La casa es ciertamente mi casa, entonces me atrevo a exclamar

-¿Hola?

El sonido de mi voz es lo más dulce que he escuchado en la vida. Tiene un tono seductor pero, al mismo tiempo, inocente y tierno.

Escucho sonidos de pasos en la planta baja

-¿Hola? -Repito- ¿Hay alguien ahí?

-¡Nadia¡ ¡Deja de hacerte la graciosa, que se te va a hacer tarde! -Me responde una voz inconfundible: la de mi mamá.

Pero ¿acaso acaba de llamarme Nadia? ¿Me dijo que dejara de hacerme “la graciosa”? ¡No puedo creerlo!

-Anda, métete a bañar, que tu papá no te va a esperar toda la mañana -Me grita mi madre en un tono imperativo-.

Sí, ya recuerdo. Se supone que hoy tengo una entrevista laboral y acordé con mi papá que me llevaría antes de irse a trabajar. Entonces esta debe ser mi vida normal, pero con la única diferencia de que hoy soy una mujer. “Pequeña” diferencia. Muy bien, ahora las cosas comienzan a tener algo de sentido y las piezas se van acomodando poco a poco en mi cabeza. ¡Estupendo! Estoy decidida a hacer de este día el mejor de mi vida. Hoy el mundo conocerá a Nadia Mónica.

Parte 2.

Parte 3.