Por un mundo con más feminófilos

En más de una ocasión, de esas noches en las que caigo presa del insomnio y mi cerebro se entretiene imaginando las situaciones más inverosímiles posibles, he imaginado cómo sería nuestra existencia si hubiera más hombres feminófilos, si el gusto de un hombre por vestir y actuar como mujer fuera la regla y no la excepción. Claro que se puede argumentar que si tal fuera el caso, quizá el propio travestismo perdería el sentido, ya que dejaría de ser un acto transgresor para convertirse en parte de la indumentaria aceptada también para los varones.

Como he expresado antes, parte del atractivo que para nosotras tiene el vestir como mujer radica en que es algo “prohibido”. Si alguien me pusiera enfrente un pijama de satín para mujer, y uno para hombre hecho exactamente de la misma tela, escogería mil veces el de mujer. No es solo la tela, no es solo la sensación. Es también la forma y el acto de violar ese límite imaginario impuesto por la sociedad.

Como sea, y dejando a un lado el tema de la vestimenta, quiero concentrarme en el lado emocional del feminófilo promedio. Solemos ser mucho más comprensivos con la mujer que el hombre no-feminófilo. Nos ponemos en su lugar, ya que tenemos un punto de vista más cercano a su entorno y su realidad. Sabemos lo que se siente el temor a salir a la calle con cierta prenda a causa de las miradas indiscretas, los piropos malintencionados, los insultos o, incluso, las agresiones físicas. Despreciamos el machismo y repudiamos todo atisbo de supuesta superioridad masculina. Sabemos que hombres y mujeres somos diferentes, pero creemos en la igualdad derechos y oportunidades. Nos sentimos profundamente ligados al género femenino, aun cuando no pertenecemos directamente a él.

No nacimos en el país de las mujeres, pero hemos decidido adoptar dicha nacionalidad. Para ganárnosla hemos observado y calcado los comportamientos femeninos, así como su forma de pensar. Somos alumnas silenciosas, observando y tratando de aprender lo más posible de esas maestras que nos enseñan sin saberlo. Es por eso que estoy convencida de que un mundo con más feminófilos sería un lugar más equitativo para la humanidad. Podría ser una estupenda herramienta para acabar con ese sentimiento tan dañino de menospreciar a la mujer por el simple hecho de serlo.

Existirían menos abusos. Seríamos más comprensivos, menos violentos. Dejaríamos de criar hijos basándonos en anticuados estereotipos de género. Entenderíamos que formamos parte de un enorme abanico de diversidad en el que hay cabida para todos. Pararíamos de sexualizar a las mujeres, pues muchas de nosotras las vemos con genuina y profunda admiración, y no como alguien a quien queremos agredir sexualmente.

Al final del día, la sociedad nos ha hecho refugiarnos en las sombras y en la clandestinidad. Existimos sin existir. Somos un mito, un tabú. Un habitante de un mundo paralelo. Pero quizá, después de todo, seríamos pieza clave en el cambio que el mundo necesita urgentemente.

Tú ¿cómo imaginas que sería una sociedad con más feminófilos?

¿Somos especiales?

Hace un momento leía en Facebook una publicación de una feminófila en la que decía que su vida era prácticamente normal, exceptuando, por supuesto, su afición por vestirse de mujer.

Es claro que, para el ciudadano promedio, aquel que no tiene un conocimiento específico de lo que es la feminofilia, la palabra travesti le evoca una imagen negativa, grotesca quizás. Esta imagen es producto de la desinformación y el mal uso que históricamente se le ha dado a dicho vocablo, que se utiliza para designar genéricamente a quienes se prostituyen mientras portan vestimentas femeninas.

Pero no todos los travestis deseamos prostituirnos. Muchos somos felices simplemente vistiéndonos en la intimidad de nuestra habitación, alejados de las miradas morbosas, con nuestros espejos y cámaras fotográficas como únicos testigos de nuestra transformación. Lejos de esa imagen que se forma en las mentes de los que desconocen el verdadero significado, en donde tal vez nos caracterizan como un ser lascivo, ávido de sexo, pervertido, inestable mental, maniático e incluso depresivo, el feminófilo estándar no posee alguna característica especial. Somos, en cierto sentido, bastante aburridos.

Es muy probable que, incluso, podamos llegar a decepcionar a alguien que desee conocernos sin saber de nosotros nada más que nuestra afición por transformarnos en mujeres. No tenemos nada de especial. Espero que esto no se malentienda. ¡Claro que somos especiales! Nuestra feminofilia nos hace ser únicos. A lo que me refiero es a que nuestro aspecto no delata para nada nuestra condición. No damos indicios de ser diferentes al varón promedio.

Nuestras vidas cotidianas no tienen mucho de extraordinario. Vamos a trabajar, tenemos pareja, practicamos deportes con nuestros amigos, jugamos videojuegos, escuchamos música, nos gusta leer, mirar series, nos ocupamos de las reparaciones de la casa, y un largo etcétera.

No somos ninguna clase de monstruos. No vamos por la vida buscando sexo desenfrenado, no pasamos todo el tiempo transformados en mujeres. Somos seres humanos con una única particularidad: nos gusta vestir las prendas propias del género opuesto. Nada más.

Si pudieras ser mujer por un día, ¿qué escogerías?

Aparece frente a ti una extraña pastilla rosa. Al lado de ella, una conveniente nota explicativa que dice: Esta píldora tiene el poder de transformar. Quien la tome, podrá vivir por un día la vida de su elección, con las ventajas y desventajas que eso implica. Marque la casilla y a continuación ingiera la pastilla para convertirse en eso que siempre ha deseado:

  • Novia (desde la mañana de la boda hasta el término de la fiesta)
  • Quinceañera (desde la mañana de la celebración hasta el término de la misma)
  • Sirvienta (desde el amanecer hasta el anochecer haciendo labores domésticas)
  • Participante de Miss Universe (Desde la mañana del día del certamen hasta coronarse como ganadora)
  • Estrella internacional de Pop (traslado en avión, conferencia de prensa, firma de autógrafos y concierto)
  • Vocalista de banda de Rock/Metal (traslado en avión, conferencia de prensa y concierto)
  • Sobrecargo de aviación (en vuelo transcontinental)
  • Secretaria (Asistente personal de CEO de empresa tecnológica de su elección)
  • Ejecutiva de empresa (CEO de empresa tecnológica de su elección)
  • Modelo (en Victoria’s Secret Fashion Show)
  • Estrella de cine (En entrega de premios Oscar)
  • Princesa (hija de los Reyes de un territorio ubicado en el siglo XVI)
  • Otra (especifique)

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Sexto aniversario de este blog

No me había dado cuenta, pero el pasado viernes 11 de marzo se cumplieron seis años del primer post publicado en este espacio. Seis años han pasado ya desde que me decidí a comenzar esta aventura con el afán de crear un lugar para compartir mis anécdotas, consejos y puntos de vista acerca de la feminofilia, también llamada travestismo heterosexual. Mi principal objetivo ha sido brindar una esfera alejada del morbo, vulgaridad y exhibicionismo que suele rodear a las páginas y grupos de travestis en las redes sociales, en donde es extremadamente difícil encontrar información que sea de utilidad para quienes tienen dudas referentes al tema, o no saben muy bien qué es lo que les sucede y de dónde vienen esas ganas por ataviarse con las prendas de su mamá, sus hermanas, sus primas o lo que tengan al alcance.

Gracias a todas quienes forman parte de esta comunidad. A las que se han suscrito. A las que leen mis escritos con regularidad. A quienes se toman el tiempo y la molestia de dejar sus comentarios. A quienes me han sugerido temas acerca de los cuales escribir. Un abrazo para todas ustedes. Continuemos luchando para hacerle saber al mundo acerca de una condición llamada feminofilia.

8M

Como hombre, es aventurado emitir una opinión respecto al Día Internacional de la Mujer. Y digo como hombre, porque por más femenina que pueda sentirme en según qué momento, sigo siendo un hombre. A diferencia de las mujeres Trans (que, dicho sea de paso, son mujeres), nosotras las travestis no necesitamos ser reconocidas como mujeres por la sociedad. Esta faceta femenina la vivimos en nuestra vida privada, acaso con la compañía de un puñado de personas con las que hemos decidido compartir nuestro secreto, pero nada más. No somos percibidas como mujeres por nuestros compañeros de trabajo o de la escuela, ni por nuestros vecinos, ni por la persona que nos entrega el café en el McDonald’s.

Es por ello que quizá no seamos conscientes de la dificultad que plantea una vida completa desde la trinchera de la feminidad. Nosotras hablamos desde el privilegio masculino, que existe, por más que se quiera negar su existencia. Sí, es verdad que ser mujer también plantea ciertas ventajas respecto a los hombres, pero es innegable el hecho de que, al menos en México, y me atrevo a decir que en toda Latinoamérica, se tiene un menor riesgo de sufrir una agresión, un abuso o un secuestro por el hecho de pertenecer al género masculino. Y ya ni hablamos de las brechas salariales o las oportunidades de acceso a la educación, sea esta básica, superior o de posgrado.

Como feminófilas nos encanta ponernos en la piel de las mujeres. Cuántas veces no hemos fantaseado con ser una de ellas, aunque sea por un día o unas horas. A cuántas de nosotras nos ha asaltado la inquietud de querer transicionar y convertirnos por siempre en esa mujer que interpretamos por unos momentos. No obstante, ¿nos hemos realmente puesto a pensar en lo que implicaría? Tendríamos que decir adiós a ir solas a una fiesta, por ejemplo. O manejar por la ciudad a altas horas de la noche. Conoceríamos la odisea de viajar en transporte público y exponernos a ser toqueteadas o, de menos, víctimas de miradas lascivas o comentarios ofensivos. Comenzaríamos a frustrarnos al no obtener un empleo para el que tenemos todas las calificaciones y la experiencia tan solo por el hecho de estar embarazadas o ya tener un hijo. O, si la suerte es buena y conseguimos ese puesto, deberíamos conformarnos con un sueldo injusto y por debajo del de nuestros colegas hombres.

¿Cuántas veces, al estar disfrutando de la privacidad de tu habitación, te has vestido con esa hermosa minifalda, esa increíble blusa sin mangas y tus preciosos tacones de trece centímetros? Es muy fácil, ¿verdad? Ponerte las prendas, mirarte al espejo y caminar así por tu cuarto o tu casa. La historia sería completamente diferente al salir a la calle. Ya no digamos porque la gente te señale por ser un hombre vestido como mujer, sino incluso siendo una de ellas. Qué horror no poder vestirte como te gustaría, debido al miedo de que un imbécil quiera propasarse contigo porque su estúpido cerebro interpreta la elección de tus prendas como que necesitas tener sexo con quien se atraviese en tu camino y entonces él está dispuesto a hacerte el favor. No se vale tener que elegir entre vestirte como te plazca u optar por algo más discreto con el afán de preservar tu integridad.

Hermanas feminófilas: el simple hecho de vestirnos como mujeres no nos hace una de ellas, ni tampoco sus aliadas en esta lucha por la equidad. Si realmente quieres aliarte con ellas, puedes hacerlo desde donde te toca. Educando a tus hijos desde pequeños y hacerles saber que no hay juguetes ni labores domésticas para hombre ni para mujer. No te rías de los chistes machistas de tus amigos y hazles saber lo erróneo de su postura cuando los cuenten. Respeta a tu pareja y recuerda que el abuso no solo es físico, también verbal y emocional. Hoy aprovecha para verte en el espejo que tantas veces te ha reflejado una imagen femenina, pero esta vez úsalo para mirar dentro de ti e identificar las actitudes machistas de las que no te has percatado, y cámbialas. Creo que ese es el mejor legado que puedes dar hacia el objetivo de lograr un mundo con justicia, igualdad y equidad.

Documental: La “T” Invisible

En este documental de Patricia Ortega se nos presenta la crónica de Sharom, una travesti heterosexual. Ella nos va platicando su historia conforme se va transformando de hombre a mujer con ayuda de su esposa. Vemos todo el proceso desde la afeitada de la barba hasta la colocación de la peluca y los zapatos, mientras la protagonista reflexiona acerca de lo que para ella significa ser travesti.

Soy la T invisible y silente del LGBT. Soy travesti de clóset. De diario tengo vida, estilo y cara de varón. Pero, cuando llego a mi casa, cuando me provoca, cuando me siento bien, soy una princesa.

Un punto fundamental que Sharom menciona en el transcurso del corto, es el clóset en el que muchas de nosotras vivimos. Algunas a gusto, otras no tanto. Pero, creo que tiene mucha razón al mencionar que cada quién sale de él a su propio ritmo. Incluso algunas no “salimos”, sino más bien invitamos a unas cuantas personas elegidas a entrar a ese closet y compartir con nosotras ese espacio tan personal el íntimo.

Estoy segura que más de una se sentirá identificada con la historia que aquí se relata. ¡Espero les sirva y les agrade!

Maquillaje de hombre a mujer

El día de hoy quiero compartir con ustedes un video de Perry D. Lovegood con el que me topé hace algunos años y que me sirvió para animarme a intentar nuevas cosas respecto al maquillaje. Como el nombre lo dice, es un tutorial de cómo maquillarse para aparentar unos rasgos más femeninos. A diferencia de otros tutoriales que he visto, este me gustó porque está especialmente dirigido hacia hombres que gustan de transformarse en mujeres, así que todos los consejos son acertados.

Quiero aclarar que es un instructivo con cierto grado de complejidad. No te frustres si lo que muestra el video no te sale a la primera, pues, como todo aquello que se desea dominar, requiere práctica. Yo todavía no logro resultados convincentes en el dibujo de la ceja, y por eso siempre que me maquillo opto por dejarme la mía natural. Aunque sí me gustaría dibujarme una más femenina. Quizás con el tiempo lo logre. Sin más rodeos, el video en cuestión.

Una conversación entre mis dos personalidades

-Hola, Nadia.

-¡Hey! Hola, qué milagro que me hablas directamente.

-Lo sé. Es que nunca nos hemos cruzado, pues cuando tú llegas yo me tengo que ir y viceversa. Solo sé de tu existencia por el relajo que dejas y que yo tengo que recoger cuando te vas.

-¡Mira quién lo dice! El que usa mi cuerpo y lo deja lleno de vellos, mismos que me tardo más de una hora en retirar.

-Bueno, basta de reclamos. ¿Cómo estás?

-Pues aquí encerrada. Un poco aburrida, ya que hace algún tiempo que no salgo libremente. Has estado muy arraigado en los últimos días. ¿Todo bien?

-Sí. Bueno, más o menos. Fíjate que durante este año he estado experimentando algunos cambios. Me mudé de domicilio y sigo en el proceso de acostumbrarme a mi nuevo hogar. No he terminado de desempacar y no he podido ordenar tus cosas, que siguen metidas en las cajas. Por cierto, ¡vaya guardarropa, eh! Ocupa más espacio que mis atuendos.

-Ay, ¡qué pena! Siento que mis cosas ocupen tanto espacio. El problema es que ni yo misma me di cuenta de cómo fui adquiriéndolas. Un día compraba una blusita, luego unos zapatos, después alguna que otra falda, una peluca por allá, un vestido por acullá y, de repente, tengo maletas llenas de cosas.

-No te preocupes. Me gusta tener tus cosas, pues eres parte inseparable de mi propio ser. Es solo que, al tener tus pertenencias todavía empacadas, no me atrevo a invitarte a que vengas en tu plenitud y tomes el control de mi vida por algunas semanas, como acostumbras hacer. Pero te prometo agendarte un espacio próximamente e invitarte a que me visites al menos un fin de semana.

-¡Me encantaría! Fíjate que, mientras he estado alejada, he pensado en algunas ideas para cuando regrese. Tengo algunos planes que sé que te encantarán. Además, ¡no creas que no he notado que has subido de peso, jovencito! Y procrastinas demasiado.

-Tienes toda la razón, Nadia. ¡Discúlpame! Cuando tú te vas y veo los resultados de tu esfuerzo con el ejercicio, realmente quisiera continuar el trabajo, pero sabes bien que nunca he sido muy constante. Me esfuerzo por algunos días, pero después me desentiendo y hasta dejo de rasurar las piernas y el pecho. Por eso encuentras un desastre cada que llegas.

-Ay, niño ¡niño! ¿Qué haremos contigo? Bueno, ya ni modo. En cuanto regrese tomaré de nuevo las riendas.

-Oye, y ¿qué haces cuando no estás presente?

-Ja, ja, ja. ¡Siempre estoy presente! Nunca me voy del todo. Es imposible. Sí, es verdad que no siempre puedo aparecer cuando te miras en el espejo. El reflejo no va a ser el de una mujer todo el tiempo. Quizá tú ves a un hombre con barba, con las cejas desarregladas, ataviado con una aburrida playera, jeans, unos empolvados tenis y una sudadera. Pero por dentro estoy yo. Aparezco de repente cuando no te das cuenta. Cuando llenas un formulario y te dan ganas de marcar el cuadrito de “femenino” en lugar de “masculino” en el apartado de género. Cuando, en tus soliloquios, te refieres a tu persona en femenino. Cuando cruzas la pierna de manera diferente. Cuando escribes en tu libreta con espirales rosas y con tu lapicero de tinta morada con brillitos.

» Aquí estoy siempre. Tal vez mi imagen no se manifieste, pero soy yo quien está pensando en ideas para escribir en el blog, en videos para el canal, en contenido para las redes sociales. Quien administra las finanzas para saber si esta quincena podemos darnos el gusto de comprar esa prenda, ese accesorio, ese maquillaje. Soy como una app que está permanentemente corriendo en segundo plano.

-¡Es verdad! Vaya, eso me da muchísimo gusto, ¿sabes? Porque significa que entonces no te tengo reprimida. No estás encerrada. Eres libre de salir cuando tú quieras, de asomarte al mundo y dejar tu huella, aunque los demás no sepan que eres tú y crean que soy nada más yo. Eres la parte responsable de que yo sea una persona especial. ¡Gracias!

-¡De nada! Aquí estaré cuando me necesites. ¡Ah! Pero una cosa más. Ya, en serio, en buena onda, ponle más empeño a tu imagen personal. Algún día me lo agradecerás.