Una fantasía largamente postergada. Me vestí de novia

Cada que me transformo en Nadia es para mí un momento por demás disfrutable. Aunque únicamente porte un accesorio, sentirme femenina es algo que me fascina y que no cambiaría por nada del mundo. Sin embargo, hubo una ocasión especialmente memorable, y fue cuando me vestí de novia… bueno, un poco de truco hay en esta definición, ya que el ajuar no era como tal el de una novia, sino un simple vestido blanco, pero como ya dije una vez, la imaginación juega un papel protagonista al momento de no contar con los recursos necesarios.

Siempre he tenido el anhelo de vestirme de novia, y digo sin temor a equivocarme que es una fantasía común a la gran mayoría de feminófilas. Creo que se debe a que una novia es uno de los mayores exponentes de feminidad que existen en el universo observable. Y no, no tiene nada que ver con algo machista relacionado con que la mujer se entrega o se somete a su pareja, sino con que todo en ese momento irradia delicadeza: el hermoso vestido blanco impecable e impoluto, los tacones, la lencería, el maquillaje, el peinado.

Para ese día me preparé con ahínco, tratando de cuidar todos los detalles para que fuera perfecto, como si de una novia real se tratara. La idea nació un día que, atendiendo asuntos completamente desligados de mi lado femenino, me encontraba recorriendo las calles del centro de la ciudad. Pasé afuera de un negocio por el que siempre me gusta hacerlo, pues disfruto de ver las novedades en vestidos que tienen ahí. Un atuendo blanco llamó mi atención y encendió el foco de la idea de adquirirlo para utilizarlo como vestido nupcial. Ya tenía, desde años atrás, la intención de adquirir uno de estos, pero dificultades logísticas como el precio (ya que no suelen ser económicos), el tamaño (pues soy una chica de una estatura fuera del promedio) y el lugar para ocultarlo no me habían dejado consolidar ese plan. Pero ese vestido que vi en la tienda era asequible, había tallas grandes en existencia, y no era muy voluminoso. ¡Perfecto! Entré a la tienda y lo compré.

Conduje hacia mi casa presa de una impaciencia creciente por probármelo, así que, al llegar, me despojé de mi atuendo masculino para enfundarme en tan ansiada prenda. Fue una sensación maravillosa, de esas que nos orillan a cerrar los ojos para concentrarnos en cómo la tela abraza nuestra piel. Pero me detuve. No quería que el momento que por tanto tiempo había soñado se llevara a cabo de esa manera. Caminé hacia el espejo y me observé, como si de mi prueba de vestido se tratase. El atuendo era ceñido, y sobresalían algunas zonas indeseables. Así que me lo quité y me quedé contemplando mi figura desnuda con el fin de identificar lo que sobraba para lograr la imagen tan largo tiempo fantaseada.

Tomé una libreta e hice un plan de tres meses. Me sometería a un régimen alimenticio y de ejercicios para bajar seis kilos. Eso era lo más importante. En paralelo, tenía que adquirir algunas cosas más para complementar la indumentaria, tales como:

  • Velo
  • Tiara
  • Zapatos blancos
  • Bra blanco
  • Undies blancas
  • Pantimedias Blancas
  • Aretes
  • Collar
  • Anillo
  • Peluca
  • Liga

Eran bastantes elementos y no podía permitirme comprar todo de una vez, así que también planee el presupuesto para lograr tener todo dentro de los tres meses que duraría el régimen para bajar de peso. Al igual que la masa de sobra, el espejo también evidenció una notable diferencia de tono a lo largo de mis brazos, producto de mi exposición al Sol con playeras de manga corta, por lo que sería necesario lograr un bronceado uniforme, ya que el vestido blanco dejaba mis brazos descubiertos.

Comencé con el ejercicio y la mejora en la alimentación. Cada semana monitoreaba el avance en la báscula. Tuve algunos reveses, pero, en general, llevaba buen paso. Tres meses para bajar seis kilos no era algo tan exigente. En ese transcurso de tiempo compré un par de revistas de bodas para darme ideas sobre cómo verme más femenina. Pensé en hacerme una pedicura. Pero, ¿cómo me la haría? Yo no tenía ni idea ni las herramientas para realizar tal procedimiento, por lo que debería acudir a un salón de belleza. ¿Me animaría? Un sábado, entré a Google a buscar lugares en donde ofrecieran ese servicio. Llamé a un par y pude agendar una cita para ese mismo día. Llegué nerviosa, con atuendo de hombre, por supuesto, pero la chica que me atendió tenía una actitud que me inspiró confianza. En un punto del tratamiento, le pregunté que si se le haría raro si le solicitaba que me aplicara barniz en mis uñas, a lo que dijo que no, que ella respetaba los gustos de cada quién. Me decidí, obviamente, por un color blanco aperlado. ¡Salí de allí encantada!

Los zapatos fueron imposibles de encontrar. Recorrí todas las zapaterías del centro sin hallar un par de calzado blanco de tacón de mi número. Me di por vencida. Los remplazaría con unas sandalias rosas que ya tenía. El velo fue sencillo de encontrar, aunque por motivos de presupuesto, adquirí uno para primera comunión, pero cumpliría su cometido con creces. La tiara y la liga las compré en la misma tienda que el velo.

La lencería también fue rápida de encontrar. Bastó una visita a aerie para comprarme un bra y unas undies blancas. La peluca la ordené a través de internet y llegó dos días después. Los aretes, el collar y el anillo fueron proporcionados por Todo Moda, también a un precio muy accesible. Wal Mart solucionó el punto de las pantimedias y, una vez en ese almacén, pensé en añadir unas pestañas postizas a la lista. También me llevé unas uñas ficticias, pues concluí que se conjuntarían bien con la pedicura.

Antes de la fecha estipulada ya tenía todos los requisitos cumplidos, así que decidí adelantar la ocasión. Sería un sábado, para tener el día completamente libre y dedicarlo a cumplir mi más anhelada fantasía. La noche anterior al evento dormí completamente ataviada como mujer, como un preámbulo al gran día. Amaneció y estaba impaciente. Fui a correr para aliviar un poco la tensión. De camino a casa pasé por una florería y reparé en que ¡no tenía ramo! No llevaba dinero, entonces fui a mi casa por el necesario y regresé a comprar una docena de rosas blancas. Las puse en agua al llegar a mi domicilio.

A las cinco de la tarde comenzaría mi transformación. Con una creciente ansiedad, comencé a preparar los detalles. Puse a cargar una bocina inalámbrica y mi teléfono, pues las fotos serían algo de vital importancia. Preparé el trípode y lo ajusté a la altura deseada. Me aseguré de tener una iluminación adecuada en la habitación y dejé lista en Spotify la canción de Sueño de una Noche de Verano, más conocida como la Marcha Nupcial. Me metí a bañar, rasurando el vello de cara, axilas, pecho, abdomen, y piernas. Al salir, depilé y di una forma sutilmente femenina a mis cejas e hidraté la piel de cara y cuerpo. 

Había llegado la hora de comenzar a prepararme. Era el día de mi boda y yo era la novia. ¡No podía creerlo! Me atavié con la lencería y la emoción causó una reacción predecible en mi cuerpo. Me relajé para que pasara. Luego me coloqué las medias; Las uñas de mis pies, pintadas de ese blanco nupcial, lucían espectaculares a través del nailon.  Procedí a maquillarme. Sí, antes de ponerme el vestido, porque no quería verme reflejada en el espejo portándolo todavía. Coloqué los correctores, la base, las sombras, las pestañas postizas, el rímel, el delineador y el lápiz labial con esmero. Me tardé más de una hora en esa actividad, comenzando desde cero en varias ocasiones ya que no me convencía el resultado y deseaba que todo fuera de mi total agrado.

Cuando estuve satisfecha, me puse el collar, los aretes de clip y el anillo. Luego fui por los zapatos y la liga. Cada paso provocaba en mí una sensación de estar en la gloria. Me sentía flotar por el suelo, destilando feminidad. Caminé en ese éxtasis hasta el clóset en donde tenía guardado el vestido. No lo había vuelto a sacar desde el día que lo compré y me lo probé, así que verlo de nuevo fue una experiencia estupenda. Lo descolgué del tubo y lo trasladé a la cama, sobre la que lo dejé con cuidado. Lo observé y reflexioné sobre mi situación en ese momento. Era yo una mujer alistándose para su boda. Me encontraba en tacones, pantimedias y bra, preparándome para enfundarme en mi vestido de novia. Mi corazón latía desbocado y escalofríos recorrían mi cuerpo entero.

Tomé el vestido por los tirantes, lo coloqué frente a mí llevando la parte superior a la altura de mis rodillas. Introduje una pierna, luego la otra y lo fui subiendo muy lentamente, disfrutando al máximo cada roce de la tela con mis piernas recién depiladas y cubiertas por las pantimedias. Celestial. Introduje los brazos bajo los tirantes y corregí lo que había quedado mal colocado. No era momento aún de verme al espejo, pero ya me sentía toda una diosa. Saqué la peluca de su envoltorio y me la puse con mucho cuidado. Tomé el velo y la tiara y fui al baño, porque ahí tengo un espejo solo de cara. En ese lugar ajusté la posición de esos dos elementos sobre mi cabeza, también hasta que estuve completamente satisfecha.

Dejé la colocación de las uñas postizas para el último, ya que sospechaba que con ellas puestas se me dificultaría maniobrar y hacer otras cosas. Ya, no había más por hacer. Caminé con toda la calma del mundo hasta el espejo de cuerpo completo, saboreando cada instante previo a la gran revelación, sintiendo cómo el corazón se me salía del pecho. Me posicioné frente al espejo con los ojos cerrados y los abrí poco a poco. Lentamente se materializó frente a mi vista una imagen que había imaginado desde muchos años atrás: yo vestida de novia.

No podía parar de ver mi propio reflejo. Mis ojos recorrían de arriba abajo la imagen que el espejo me devolvía. Nunca en mi vida me había sentido tan femenina, tan mujer. Registraba en mi memoria todos los detalles de ese impecable vestido blanco que, en combinación con el velo y la tiara no dejaban lugar a dudas. Yo era una novia en el día más especial de su vida. Un día con el que había soñado desde hacía años, hoy por fin se materializaba. Pero faltaba una cosa muy importante: el ramo, así que lo tomé del florero en donde lo había dejado unas horas antes.

Tomé mi celular y lo puse en el trípode en modo cámara de video. Comencé a grabar y acto seguido le di al botón de reproducir a la Marcha Nupcial. Me grabé entrando a mi cuarto mientras sonaba esa pieza, imaginando que era el momento en el que entraba a la iglesia de la mano de mi padre, seguida por todo el cortejo nupcial, caminando por una alfombra blanca hasta el altar. Los invitados se volvían en sus asientos para mirarme y escuchaba sus exclamaciones ahogadas cuando contemplaban la belleza y feminidad que de mí emanaba. Yo era la protagonista en ese momento. Todos estaban ahí para verme entrar y caminar hasta el altar. Al llegar, me arrodillé ante mi Diosa y le agradecí por permitirme vivir aquel momento.

Un par de videos y decenas de fotografías quedan como testigos de ese mágico instante. Sí, funcionó para calmar esas ansias de transformarme en una hermosa novia, pero todavía no puedo ponerle palomita al cuadrito del check list, ya que tengo la firme intención de portar un verdadero vestido de novia, además de hacerme un peinado y maquillaje profesionales para la ocasión. Es una de mis metas en la vida.

-Nadia.

La construcción de mi identidad femenina

Ser travesti es complicado por muchas razones, pero entre ellas se encuentra la identidad. ¿Somos hombres que se visten como mujeres? ¿Somos mujeres que se disfrazan de hombre todos los días? ¿Somos una mezcla de ambas facetas sin acabar de ser ni la una ni la otra? Vaya, estas preguntas lucen dignas de un diván de terapeuta, y definitivamente aquí no tendrán una respuesta aclaratoria. Sin embargo, puedo decir que me siento muy orgullosa de mi identidad de mujer, misma que he ido construyendo con el pasar de los años, y se ha afianzado en paralelo con mi identidad masculina, hasta un punto en el que las dos han alcanzado el punto de fusión.

Anteriormente yo era muy celosa con la separación de mis dos personalidades, y me esforzaba por evitar la mezcla entre una y otra.

“A Nadia le gusta el Pop y a mi lado masculino el Rock y el Metal”

“Nadia ve chick flicks y mi lado masculino ve películas de acción o de suspenso”

“Nadia lee novelas rosas y mi lado masculino prefiere la divulgación científica o la ciencia ficción”

“Mi lado masculino es procrastinador, mientras que Nadia es responsable y productiva”

Todas estas frases se expresaban en mi cerebro a manera de pensamientos y reflexiones, hasta que me di cuenta de lo agotador que resulta mantener dos personalidades separadas. En algún punto de mi evolución y maduración como individuo, me di cuenta que Nadia y mi “lado masculino” no somos dos personas distintas ni independientes. No somos divisibles. No tengo doble personalidad ni síndrome de bipolaridad. No somos dos almas habitando un mismo cuerpo ni un cerebro partido por la mitad. Somos la misma persona.

En el sentido más estricto, Nadia ni siquiera existe. Nadia es el nombre que yo mismo (como hombre) le di a la necesidad de expresar mi lado femenino sobredesarrollado, pero no es otra persona. Soy yo. A mí me gusta tanto el Pop como el Rock, los filmes de comedia romántica y las películas de miedo, las novelas con final feliz y el suspenso a lo Stephen King, soy yo quien a veces se levanta con más ganas de hacer las cosas que el día anterior o la semana pasada.

Con el pasar del tiempo he aprendido esta lección. Sí, es verdad que tengo un lado femenino, lo llamo Nadia Mónica, y bajo ese pseudónimo me comporto de una manera diferente a como lo hago en mi vida diaria y cotidiana, pero ella no es alguien que exista por sí misma. Claro que es la responsable de muchos aspectos de mi personalidad, que me hacen exhibir comportamientos sociales que difieren al de los no-travestis, y que tal vez, solo tal vez, me dotan de una capacidad un poco mayor para entender a las mujeres.

A través de la línea del tiempo he tenido varios nombres de mujer, cosa que ya conté en un post anterior. He sido Paola, Karla, Marlenne, Karissa, Valeria, Sharely, Melissa, Andrea, Denisse y varios de los que no me acuerdo, pero todos esos son solo alias que me sirven para meterme en un personaje que al principio yo creé, pero que se fue fundiendo conmigo hasta que la línea de distinción se hizo invisible. Es importante también tener en cuenta que, así como sucede en la industria cinematográfica, los personajes no necesariamente tienen la misma edad que el actor o la actriz que los interpreta. Puede que incluso un personaje nunca envejezca, pero no es el caso de esa mujer a la que decidí llamar Nadia. Reitero, ella no es un personaje, soy yo. Yo envejezco y ella envejece conmigo. Ella madura conmigo. He conocido a algunas feminófilas que avanzan a través del tiempo y van creciendo, pero que dejan a su lado femenino congelado en una cierta edad o época. Ellos viven en sus cuarenta o cincuenta y creen que todavía tienen la edad para que su alter ego luzca una minifalda o una blusa sin mangas como lo haría una veinteañera. Aprendamos que la vida se mueve y algunas cosas ya no van con nuestra edad. Siempre encontraremos prendas que nos permitan lucir lo más bellas posibles, en lugar de apostar por lo que puede verse fuera de lugar.

Carta de la novia de una feminófila

Hace algunos años recibí, como lo especifica el título de este post, la carta de la novia de una chica travesti. En esta misiva, habla acerca de lo que para ella significa el hecho de tener un novio con esta conducta, y que, si bien al inicio fue un shock importante que derivó en días de tristeza y desesperación, al final avistó la luz al término del túnel y aprendió no solo a ver el lado bueno de la condición de su pareja, sino a disfrutarlo, pues comprendió que no hay amor más puro que el de aceptar a una persona con defectos y virtudes. Sin más preámbulo, les comparto la carta en cuestión.

14-Noviembre-2015

Hola.     

Mi novio y yo llevamos tres años con seis meses de una relación hermosa. Hace algunos meses, alrededor de seis, mi novio me confesó que es travesti; eso quiere decir que venera al género femenino a tal grado de que disfruta vestirse como una mujer, usar accesorios, lencería, maquillaje, entre otras cosas.

Por la educación que me dieron mis padres y por mi forma de ser, me considero una persona conservadora. Por esta razón, la confesión de mi novio no fue algo muy agradable para mí, pues no conocía nada sobre el tema. Lo primero que hice fue sentirme terrible, me la pasaba llorando cada que él me tocaba el tema, pues me sentía muy triste. Mi relación con él es maravillosa; es un hombre amoroso, comprensivo, atento, servicial, respetuoso, caballeroso, detallista, siempre al pendiente de mí buscando mi bienestar. Por todo esto, al enterarme de sus gustos, sentí que el mundo se me venía encima, pues siempre pensé que él era demasiado bueno para ser verdad y creí que no me había equivocado cuando estuve al tanto de esa situación.

Por lo que he leído, la mayoría de las parejas de los travestis, al enterarnos, lo primero que pensamos es que son homosexuales, ya que la sociedad siempre ha relacionado el atuendo femenino con la necesidad de atraer a un hombre, cosa que la mayoría de las mujeres (aquellas que nos respetamos y sabemos que somos valiosas sin la necesidad de un hombre a nuestro lado) sabemos que no es cierto. Pero en el momento tenemos tantos sentimientos encontrados, que es muy difícil pensar con claridad. Inconscientemente caemos en este error y a mi parecer es lo que nos hace sentir peor.

Otra cosa que pasó por mi cabeza fue que tal vez yo no era suficientemente “mujer” o femenina para él y que eso lo había orillado a desarrollar esa conducta. Después entendí que, al sentirse tan atraído por la feminidad, él no podría estar con alguien que no cumpliera con esta característica y eso me tranquilizó.

Creo que el error que cometen muchas mujeres cuando sus parejas les confiesan su travestismo o, en el peor de los casos, ellas los descubren “vestidos”, es no permitirles que les expliquen la situación, no escucharlos y abandonarlos. Para mí, es una decisión muy cobarde: ¡qué fácil es salir huyendo de los problemas en lugar de enfrentarlos! Algo que me parece muy impactante es que, tristemente, muchas mujeres perdonan a sus parejas infidelidades, maltratos, golpes, insultos y demás abusos, pero, teniendo a un hombre bueno que las ama con todo su ser, no le permiten ni siquiera hablar, decir lo que siente, por qué lo hace. Simplemente los abandonan en el momento en que más las necesitan, cuando bien saben que ellos jamás, bajo ninguna circunstancia, las dejarían a su suerte por el amor que les tienen, porque son su vida entera. Debemos estar conscientes de esto: somos sus compañeras, las que eligieron para toda la vida, la única con la que comparten absolutamente todo. ¿De verdad es más fácil darles la espalda?

En mi caso, nunca pasó por mi cabeza dejarlo. Lo amo tanto que sé que no podría estar sin él, así que me dediqué a leer todo lo que pude encontrar respecto al tema y a comentarle todas mis dudas e inquietudes. No fue todo perfecto, se cometieron varios errores durante el proceso. A pesar de que le pedía que fuera completamente sincero conmigo, él seguía ocultándome cosas por miedo a mi reacción, lo que nos ocasionó varios problemas. Pienso que lo peor que puedes hacer como travesti al momento de comentárselo a tu pareja es decir verdades a medias. Si decidiste compartir esto con ella, lo mejor será que le des tu plena confianza, para que no se sienta excluida y la ayudes en la medida de lo posible a asimilar todo lo que tenga que entender para que puedan seguir siendo tan felices como antes, o incluso más.

Algo que me ayudó mucho a aceptar la personalidad femenina de mi novio fue leer las características que los hombres con este gusto tienen, que por lo que vi, son muy semejantes en todos ellos. Resultó que todo aquello que me tiene tan enamorada de él, tiene que ver con su lado femenino desarrollado. Aquí fue cuando me di cuenta de que realmente no estaba en presencia de otra persona al conocer a Nallely (nombre con el que bautizamos a la parte femenina de mi novio). Más bien, siempre estuvo presente y fue quien me enamoró.

Muchas soñamos con un hombre que nos entienda, que nos valore, que reconozca todo lo que implica ser mujer y que quiera compartir con nosotras todos los aspectos de nuestra vida, no solo nuestro cuerpo. Eso es precisamente lo que hace un travesti: es el cuerpo de un hombre con la mente de una mujer, no hay mejor combinación para mí.

Otro punto muy importante es que mi novio no tiene características afeminadas durante su faceta de hombre, actúa como los demás (claro, sin ser un machista ni un patán) y hoy que conocí a Nallely pude darme cuenta que también puede ser una mujercita muy linda y femenina, lo cual me encantó.

Por mencionar otra ventaja, un travesti puede ser para nosotras, sus parejas, nuestra creación, si decidimos apoyarlos. Ellos aceptarán cualquier sugerencia de zapatos, ropa, maquillaje… podemos enseñarles muchas cosas y, por supuesto ayudarles, ya que lo necesitan de sobremanera.

Creo que el mayor beneficio que nosotras podemos obtener al aceptar y amar a nuestros queridos novios o esposos, es su inmenso amor. Por supuesto que ya nos aman, por algo decidieron compartir con nosotras este aspecto tan importante de sus vidas; no hay mayor prueba de que quieren una vida a nuestro lado y que los conozcamos por completo, y no solo la faceta que conocen todos los demás. Al aceptar y amar su lado femenino, puedes notar como inmediatamente su amor por ti crece significativamente, porque, como me dijo mi novio, haces su sueño realidad, te conviertes en lo más especial para él, en una mujer por demás única, alguien que no creyeron encontrar jamás y, por tanto, estarán agradecidos de por vida.

En mi experiencia, una vez que mi novio se decidió a ser completamente sincero conmigo, me platicó todo por lo que ha pasado y todo lo que él siente, no pude hacer otra cosa más que brindarle todo mi apoyo, ofrecerle mi ayuda para cualquier cosa que necesite y convivir con Nallely cada que es posible. Ahora que la conocí en persona me hizo muy feliz saber que ambas nos sentimos muy a gusto juntas y disfrutamos mucho el momento.

Hoy puedo decir que no me arrepiento de nada. La relación con mi novio está sin duda en su mejor etapa, pues ahora lo conozco por completo y nos amamos más que nunca, somos una pareja plena y feliz. Nallely se ha convertido en mi mejor amiga, me siento muy a gusto con ella y disfrutamos nuestros días para nosotras. Ella me dijo que está feliz de ya no estar sola, ahora me tiene a mí y me tendrá toda la vida porque la amo.

                                                                                                                     La novia de Nallely.

Mi aceptación como travesti

Advertencia: El presente texto contiene palabras como “maricón”, “joto” y otras. Estas no se utilizan en un sentido homofóbico, sino únicamente para dar contexto a los diálogos y situaciones de la sociedad mexicana en la década de los 90 y principios de los 2000.

La primera ocasión en que escuché la expresión “travesti” fue con un significado peyorativo. Tendría yo alrededor de diez u once años de edad y acompañaba en su auto a uno de mis tíos y a su novia para ir los tres al cine. De camino al lugar de la proyección, pasamos por una llamada “zona roja” de la ciudad, punto en donde suelen concentrarse aquellas personas que brindan servicios sexuales a cambio de remuneración. Mi tío hizo un comentario diciendo algo como

-Mira, amor, esa de ahí está bien grandota.

Y mi tía, luego de observar a la persona en cuestión, respondió diciendo

-Ay, Alejandro, esa no es mujer. Luego luego se ve que es travesti.

Travesti. Una palabra que nunca antes había escuchado. Mi corta edad la relacionó con travesura. ¿A qué se referían? Desde el asiento trasero del vehículo, y gracias a la pausa en nuestro trayecto generada por un semáforo en rojo, pude observar detenidamente al aludido travesti. Era un hombre de estatura considerable ataviado con una minifalda muy pequeña, altos zapatos de tacón, medias de red, una blusa de tirantes azul que dejaba su ombligo descubierto, una peluca rubia y maquillaje exagerado. En general, de aspecto vulgar. ¿Eso es un travesti? Me pregunté en mi fuero interno.

Con la intención de aclarar la incertidumbre, expresé esta vacilación en voz alta

-¿Qué es un travesti?

La respuesta me dejó intranquila por años, y no exagero:

-Un hombre como ese que está ahí –señaló mi tío al sujeto, sin disimular-, que les gusta vestirse de viejas para tener sexo con otros hombres a cambio de dinero. Maricones, pues.

Madre santísima. Yo era un hombre que se vestía de mujer. Entonces, ¿yo era un travesti? ¿Yo era un maricón? ¿Mi futuro era acabar parada en una esquina con ropa provocativa para encontrar hombres que me dieran dinero a cambio de favores sexuales? ¿Ese travesti había empezado igual que yo?

Durante esta época yo pasaba por una enorme confusión y no tenía claro quién era. Me había prometido en múltiples ocasiones abandonar el hábito de vestirme de mujer, sin lograrlo, claro está, pero era algo que quería dejar de hacer. A partir de que supuse que lo que me esperaba en mi futuro era la prostitución, intenté todavía con más ahínco dejar de ataviarme con ropas femeninas. Y, cuando recaía, la angustia y tristeza que me atacaban eran enormes. Lloraba en la soledad de mi habitación, sin poder contarle mi pesar a nadie.

No muchos años después de eso entré a la secundaria. Gran parte del humor adolescente masculino se basa en tópicos sexuales, y en ese grado escolar se aprenden muchas cosas, tanto verdaderas como falsas. Pero eso sí, no cabe duda alguna de que nadie quiere ser señalado como el maricón o el jotito del salón, porque los demás compañeros se encargarán de hacerle la vida imposible a base de burlas y bullying. Crecen los estigmas contra lo diferente. A pesar de que yo sabía que era diferente, me esforzaba por proyectar una imagen de normalidad ante los demás, para evitar estos abusos de los que les hablo. Pero yo sabía que esto era solo una fachada, y que, tarde o temprano, mi destino esperaba pacientemente, reservando una esquina de una zona roja nada más para mí.

Fue en estos años cuando mi papá adquirió nuestra primera computadora. Tenía acceso a internet y esto representó una salvación para mí. Todavía novata en el manejo de la red de redes, mi página de inicio era la que el ordenador traía por omisión: el portal de MSN. Tenía este un primitivo buscador que yo utilizaba para investigar información relativa a mis tareas. En una tarde de ocio, introduje en el buscador las palabras que, estoy segura, más de una de nosotras ha escrito en la pulcra caja blanca con el cursor parpadeante

Me gusta vestirme de mujer

Enter.

Ahí inició la apertura hacia la verdad. El buscador devolvió algunos sitios web que abordaban el tema. No existían las redes sociales, pues estamos hablando de 1999. Tampoco YouTube. Pero encontré una primitiva página de una mujer llamada Carla Antonelli en donde explicaba que ella era un varón biológico pero que le gustaba vestirse como mujer. Y, lo que era aún mejor, decía que era algo que les ocurría a muchos hombres en el mundo. La joya de la corona: explicaba que esa condición no estaba relacionada de manera alguna con la homosexualidad. Sentí cómo un enorme peso era retirado de mis hombros. Dejé de percibirme como una rareza, como un error de la naturaleza. ¡Ah! ¿Cómo se llamaba esa condición? Travestismo heterosexual. Pero travestismo al fin y al cabo.

Teclee ese vocablo en el buscador. Me encontré con todo tipo de resultados. Personas que ofertaban sus servicios sexuales, otras que los buscaban, sitios de pornografía… pero había algunas páginas rescatables, y en una de ellas se hablaba de la raíz etimológica del término, que quería decir “cruzar o ir más allá de la vestimenta”. No hay ninguna connotación sexual en la palabra. Tampoco habla de preferencias ni de identidad de género. Tan solo es ir más allá de la vestimenta. ¡Qué alivio! Mi tío, y muchas de las personas que conocía, estaban equivocadas. Es decir, sí, en el sentido estricto, aquel hombre ataviado como mujer en esa esquina que había visto años antes sí era un travesti, pero era solo un tipo de travesti. No todos son así. Todos los pulgares son dedos, pero no todos los dedos son pulgares. Podemos extrapolar esta idea y decir que

Todos los hombres que se visten como mujeres y se prostituyen son travestis, pero no todos los travestis se prostituyen.

Existe el travestismo heterosexual. Tanto de hombre a mujer, como de mujer a hombre, mismo que tiene una mayor aceptación entre la sociedad, dicho sea de paso. Sin embargo, aun conociendo esta información, la palabra “travesti” me seguía haciendo sentir incomodidad, debido a las ideas y prejuicios que se formaban en la mente de las personas al escucharla. Prefería mantenerme alejada de esa expresión.

En una era más tardía de mi travestismo, di con un libro del que ya les he hablado en ocasiones anteriores: El Travestista y su Esposa, cuya lectura fue determinante en un momento de mi existencia. Fue en estas páginas en donde conocí el término “feminofilia”, al parecer acuñado por la propia autora del texto aquel, justamente en un intento de evitar la imagen que “travesti” evoca en la mente de las personas, pero que no logró una trascendencia mediática. Inmediatamente me etiqueté con la palabra. Yo era, y sigo siendo, una feminófila. De ahí el nombre de este blog.

Sin embargo, en últimos años, creo que producto de una madurez emocional (eso quiero pensar), ya no tengo problema alguno en identificarme como travesti. Es lo que soy y no me da pena admitirlo. Si en la mente de la gente se forma una imagen particular al escuchar lo que soy, es el resultado de sus propias ideas, conocimientos y experiencias, y yo no soy responsable de eso. Tampoco soy responsable de explicar la diferencia entre su percepción y la realidad. Un travesti es una persona que va más allá del uso de las prendas que están socialmente aprobadas para su género, y utiliza las del opuesto para diversos fines. Sí, entre esos fines puede que esté la prostitución, pero no es el único propósito. No todas lo hacemos por eso. No a todas nos atraen los hombres. No todas buscamos vivir permanentemente como mujeres.

Mi total respeto para quienes sí persiguen esos objetivos y tienen esos gustos. Yo no las juzgo ni trataré de cambiarlas. Mi propósito hoy es simplemente dejar constancia de que me acepto como soy.

Soy travesti y no me da vergüenza serlo.

Calaverita feminófila

La noche del Día de Muertos

Entró la muerte a una casa

Tenía un plan muy perverso

A muchas almas dar caza

Llegó a una habitación

Vio las luces encendidas

Eso le causó emoción

Se llevaría algunas vidas

Accedió entonces al lugar

Sin pretextos, sin excusas

Nunca se esperó encontrar

A un hombre con falda y blusa

¿Qué es lo que estás haciendo?

Dijo llena de sorpresa

Como una mujer vistiendo

Respondió él con su franqueza

¿Es que acaso no eres hombre?

Lo que tú haces no es normal

Pareciera que en el fondo

Tú eres homosexual

Claro que no soy tal cosa

Tan solo me gusta vestirme

Con estas preciosas ropas

Y como mujer sentirme

Mas no lo hago con el fin

De un día poder convertirme

Soy un hombre, sé que sí

Pero me gusta travestirme

Amo las faldas, tacones,

Medias, blusas y vestidos

Me provocan sensaciones

Que jamás había sentido

Esto no lo conocía

Dijo la muerte asombrada

Te perdonaré la vida

Y de aquí me voy calmada

Una condición te dejo

Para que sigas viviendo

Y es que al mundo muestres esto

Que lo vayan entendiendo

No es un signo de locura

Tampoco una enfermedad

No necesitamos cura

Y no es anormalidad

Así se marchó la muerte

Aprendió que es necesario

No juzgar tan duramente

Sin primero investigarlo

Película: Una nueva amiga – François Ozon

Basado en un relato corto escrito por Ruth Rendell, este filme francés nos cuenta la historia de una pareja conformada por David y Laura, quienes contraen nupcias. La mejor amiga de Laura se llama Claire, quien a su vez está casada con Gilles. Laura y Claire han sido íntimas amigas desde la infancia y su amistad es retratada como muy profunda y fuerte. Ellas hacían todo juntas cuando niñas, incluso pasaban los veranos en la casa de campo de la familia de Laura.

Poco tiempo después de la boda, David y Laura tienen a una bebé, pero la mamá enferma de manera grave y le pide a Claire que, después de su inminente partida de este mundo, cuide a su hija y a su esposo, cosa que ella acepta de buena gana. En una ocasión, decide visitar al viudo y a la hija de su fallecida amiga para ver cómo la estaban pasando en ausencia de Laura y, para sorpresa de Claire, ve a una mujer arrullando a la bebé, antes de caer en la cuenta de que dicha mujer era realmente David ataviado con las ropas de su finada esposa. Claire se sorprende y, como es tan común en nuestras respectivas historias, lo primero que piensa es que David es homosexual.

Sin embargo, él le explica que es un travesti heterosexual, que Laura siempre lo supo y no tenía inconveniente con esta situación, siempre y cuando mantuviera su actividad confinada dentro de su casa. Claire pasa parte de la película tratando de entender este lado de David, y al cabo se convierte en su cómplice cuando él busca expandir sus aventuras fuera de los muros del hogar. Lo acompaña de compras y lo ayuda a acondicionar los vestidos de su exesposa para que le queden mejor.

Esta es una de las pocas películas que he visto que tratan el travestismo heterosexual como lo que realmente es: una condición por sí misma, y no la antesala a la transexualidad. Me maravilló el tratamiento que hacen del tema, pues se nota que el director hizo las investigaciones pertinentes para retratar el fenómeno lo más fiel a la realidad. Recomiendo mucho que la vean si no lo han hecho, créanme que no se arrepentirán.

Recomendaciones de ropa, maquillaje y accesorios

Como todo en la vida, el travestismo también va mutando, transformándose. Ustedes que se encuentran leyendo este post, tomen un momento para voltear a ver cómo vivían su feminofilia hace diez años y se darán cuenta de las profundas diferencias. En mi caso, yo comencé poniéndome la ropa de mi mamá y de mis tías. Dependía completamente de los atuendos que a ellas les agradaran. Si bien era capaz de encontrar cosas que me llamaran la atención entre sus vestimentas, sus gustos no coincidían completamente con los míos, pero no es que yo pudiera permitirme comprar mi propia indumentaria. Era lo que había y yo me aguantaba, o hacía uso de mi imaginación.

A día de hoy tengo la oportunidad de contar con mi propio espacio para sacar a mi mujer interior sin rendirle cuentas a nadie, y también de adquirir prendas más acordes a mis gustos y necesidades. Ya pasó la época de vestirme con algo que no me agradaba únicamente para saciar la urgencia de vestirme de mujer. Sigo teniendo esas urgencias, pero ya me visto como a mí me agrada. He probado ropa y accesorios de varias marcas y presupuestos. Algunas me han gustado y otras no tanto. Hoy quiero hablarles un poquito de las que me han fascinado y de las que me declaro fanática.

Forever 21. Esta tienda cuenta con un estilo de moda muy juvenil. Sobre todo, soy admiradora de las telas y los estampados. Al igual que a mí, les gusta mucho el satín. Fue por eso que hicimos clic. Esta marca se ha convertido en mi favorita para adquirir minifaldas y vestidos cortos. Un gran plus es el hecho de que las vendedoras siempre me atienden con total naturalidad en todas las sucursales que he visitado. Nunca me he sentido intimidada, juzgada ni observada. 10/10 para Forever 21.

Vertiche. Tendencias actuales a precios accesibles. Enorme variedad en colores, formas, estampados, telas y estilos. Piensa en algo que te guste: ¿una falda blanca de mezclilla con botones al frente? ¿una blusa ombliguera con un estampado del Nevermind de Nirvana? ¿Un saco negro a medio camino entre lo casual y lo formal? Seguramente encontrarás las tres cosas en una tienda de Vertiche.

aerie. Mis proveedores de undies por excelencia. Su amplia gama de diseños y colores me cautivaron desde la primera vez que entré a una de sus tiendas. La calidad de sus productos es superior, pues son muy resistentes y durables. Los vendedores aquí pueden llegar a ser exasperantes, pero vale la pena soportarlos diez minutos con tal de salir de ahí con unas hermosas pantaletas… ¡o cinco!

Fiorentina. Lencería, lencería y más lencería. Bras, bodies, ligueros, baby dolls, batas. Lo que puedas tener en mente para sentirte la mujer más sexy del mundo, lo encontrarás en una boutique de Fiorentina.

Adidas y Reebok. No hace mucho tiempo que me volví aficionada a la ropa deportiva femenina. Me fascina ataviarme con un sport bra y unos leggings para hacer mis rutinas de ejercicio, resulta por demás motivador. Asimismo, esta ropa resulta más que cómoda para realizar actividades cotidianas en el hogar y estas dos marcas (que, por cierto, son hermanas) cuentan con los materiales más suaves al tacto, cosa que, al menos para mí, es indispensable en la indumentaria femenina.

Oroblù. Mis pantimedias favoritas en todo el mundo mundial. Sí, tienen la desventaja de que no son precisamente económicas y son muy, muy pero muy delicadas. Pero ¡están preciosas! Sus diseños tienen ese algo que no se encuentra en otras marcas. No exagero, pero estas pantimedias se sienten como una caricia permanente en las piernas.

Mac Cosmetics. Me declaro fangirl de la marca, pero fangirl pobre, porque no tengo muchas cosas procedentes de ella. Solo un estuche de tres sombras y un lápiz labial. Pero me fascina visitar sus tiendas y admirar todo lo que ofrecen. ¡Con eso podría hacer maravillas! Claro, con el presupuesto adecuado para adquirir los productos. Ni modo, hay que comenzar a ahorrar.

Capa de Ozono. En sus sucursales he logrado adquirir zapatos que sí me calcen bien. Manejan números grandes y no he tenido problemas para encontrar lo que me agrada en mi talla. Sandalias, botas, flats y hasta pantuflas. Tienen modelos realmente hermosos y los precios no son desorbitados.

Todo Moda. La mayor contribución quincenal a mis gastos hormiga. ¿Por qué? Es uno de los pocos lugares en donde he logrado encontrar aretes de clip, muy necesarios para mí ya que no tengo las orejas perforadas. También he adquirido pulseras, anillos, moños, collares e incluso algo de maquillaje.

Sweet Like Candy de Ariana Grande es mi elección preferida de perfume. Huele delicioso. Soy pésima para describir olores, pero a mí me remite a algo floral y muy delicado. Huele femenino, es lo que puedo decirles.

¿Cuáles marcas o establecimientos recomendarías para la adquisición de prendas, zapatos o accesorios femeninos? Los comentarios son todos tuyos.

-Nadia.

P.D.: Este post no está patrocinado por ninguna de estas marcas… ojalá así fuera, pero no.

Tutorial: Cómo hacer boobs realistas, baratas y sencillas

Una de las seguidoras de este blog solicitó un tutorial de cómo crear explantes de boobs que brindaran una sensación realista tanto de tamaño como de forma y peso. Para que vean que estoy atenta a sus comentarios y sugerencias, hoy les presento este video de cómo hacer dichos explantes con pantimedias y arroz. En cinco minutos estarán luciendo todavía más femeninas. ¡Ojalá les guste!

La urgencia de la visibilidad travesti

En días recientes me vi en la necesidad de confesarle mi feminofilia a alguien muy importante para mí. Lo que sucedió fue lo previsible: lo primero que pasó por su cabeza es que me gustan los hombres y que, eventualmente, voy a convertirme en mujer a tiempo completo. Es decir, confundió totalmente y mezcló tres condiciones que son diferentes entre sí: travestismo, homosexualidad y transexualidad. No la culpo. Creo que la principal causa por la que esto sucede es debido a la falta de información que existe sobre el tema. Muy pocas personas ajenas al fenómeno del travestismo heterosexual saben de la existencia del propio travestismo heterosexual.

Es equiparable a como si un astrónomo nos dijera que existen nubes de gas que tienen la extensión equivalente a decenas de planetas Tierra. Entre el gremio, quizá es información ampliamente conocida, tal vez se las enseñan en primer semestre de la Universidad, pero la mayor parte de la gente de a pie no lo sabe y se sorprende al escucharlo. Unos cuantos incluso pueden llegar a dudar de la veracidad de la afirmación. ¿Por qué es algo que, si los astrónomos saben, la mayoría de la gente ignora? La respuesta es la misma que para el desconocimiento del travestismo: falta de difusión. Información que no se transmite es información que no se recibe, así de simple.

En últimos tiempos me he percatado que un tema que sí está siendo ampliamente difundido es la transexualidad. Y me da mucho gusto, porque, a pesar de las opiniones divididas que suele generar, el hecho de que sea una tendencia que se discute colabora para que cada vez más gente sepa que las personas trans existen, que son seres humanos y que tienen derechos. Puede ser que comulgues o no con ellos, pero saber que están ahí es ganancia. Cada vez más mujeres trans ocupan cargos políticos o se postulan para aspirar a ellos. En los recientes Juegos Olímpicos participaron atletas trans. Hay participantes trans en los concursos de belleza. Existen ya las modelos trans, que podemos ver en campañas de marcas de cosméticos y moda, así como en portadas de revistas. ¡Enhorabuena! Es lo que el colectivo más necesita, visibilidad. Que la sociedad sepa que existen, y que no son un mito como Pie Grande o Nessie (el Monstruo del Lago Ness).

Lamentablemente, por nuestro lado, nosotras sí que seguimos viviendo en la mitología. “Espera, ¿qué? ¿Me estás diciendo que hay hombres heterosexuales a los que les gusta vestirse y comportarse como mujeres? ¡No! ¡No te creo! Seguramente son homosexuales, solo que no lo aceptan. Espérate unos años y verás que resulta ser gay.” Las personas no saben que existe esa categoría, y tratan de clasificar lo que les es desconocido dentro de lo que sí les es familiar. Es más sencillo que crear una nueva categoría en sus mentes. Insisto, no es su culpa, es parte de la cultura y el entorno en el que han crecido. Yo me siento con la obligación moral de dar visibilidad a este colectivo travesti, y pienso que todas las que somos así deberíamos aportar nuestro granito de arena, participar desde nuestra trinchera. No es necesario que le anuncies al mundo tu condición, que vayas por la calle gritando “Hola, soy Fulanito y soy travesti heterosexual. ¿Sabías que existimos?” No, no se trata de eso.

Pero sí puedes colaborar desde el anonimato publicando y compartiendo la información que llegue a tus manos. Sacando el tema entre tus amigos o familiares de manera aparentemente despistada, sin crear la controversia que los lleve a pensar que tú eres travesti. La evolución en el pensar de la sociedad es lenta. La homosexualidad ha estado presente entre la humanidad desde el inicio de la misma, hace ya miles de años, y es apenas que se está logrando cierto entendimiento y tolerancia, que está dejando de ser un tabú. Estoy segura que, si hoy comenzamos la lucha por hacer del travestismo algo visible, no nos tocará a nosotras vivir los beneficios de una mediana aceptación social, pero seguramente a nuestras futuras hermanas les beneficiará de sobremanera. ¡Únete a la difusión!