Kit de feminófila principiante.

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Ser feminófila no es tarea sencilla, sobre todo durante los primeros años, cuando comienzas a recorrer este maravilloso camino de vestirte de mujer. Sin duda, cuando yo comencé, me habría encantado tener alguien que me guiara, que me diera consejos y que me enseñara esos trucos o tips que tuve que aprender por mí misma, a veces “a la mala” Es por eso que, tratando de servir precisamente como guía, presento una lista de lo básico que debes tener para entrar de lleno a la feminofilia.

Lo primero que se requiere es algo que no es fácil de conseguir y es lo más importante: la actitud femenina. Al principio, y sobre todo si aún dependes económicamente de tus padres, será difícil que puedas obtener aquellas prendas que deseas, y tendrás que conformarte con las que tengas a tu alcance, pero mientras tú te sientas femenina y sexy, la ropa que estés usando es lo de menos.

Por otro lado, un par de medias es esencial. ¡Amarás sentir el roce de la suavidad del nailon en tus piernas! Sobre todo si te acabas de depilar, o si eres lo suficientemente joven para ser lampiña. La enorme ventaja de las medias es que no ocupan mucho espacio, y por lo tanto, son fáciles de ocultar. Además, puedes llevarlas bajo los pantalones de hombre y nadie se dará cuenta.

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Otra cosa de alta importancia es un lápiz labial. Pero ¡ojo! ¡Es vital que no sea indeleble! Pues de lo contrario será casi imposible que puedas quitarlo de tus labios y así deshacerte de la evidencia. Ten en cuenta que el maquillaje suele ser bastante caro, y si estás iniciándote en la feminofilia, no te conviene gastar en un labial tan elegante, pues ni siquiera has aprendido a maquillarte todavía. Sin embargo, durante esas transformaciones a escondidas en tu habitación, querrás sentirte muy mujer, y el lipstick definitivamente te ayudará a lograrlo.

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Si te decidiste por el lápiz labial, y quizás por algo más de maquillaje, ¡necesitas también desmaquillante! Puedes conseguirlo en cualquier centro comercial y guardarlo con facilidad en un cajón o incluso en tu mochila, dado que usualmente viene en envases compactos. Borlas de algodón y/o toallitas húmedas son asimismo ampliamente recomendables.

La ropa interior resulta igualmente necesaria, aunque yo no te recomendaría mucho que forme parte de tu guardarropa secreto, dado que estas prendas tienden a ensuciarse por su propia naturaleza, y lavarlas sin que te descubran es una tarea un poco complicada. Ahora que, si te arriesgas, puedes lavarlas en la ducha mientras te bañas, y ponerlas a secar en algún lugar donde sabes que no las encontrarán.

Una peluca podría parecer también una buena idea y algo básico para transformarte en esa bella chica que imaginas ser, pero si alguien descubre tal prenda escondida en tu habitación, será muy difícil explicar su existencia de una manera convincente.

Si lees este post y se te ocurre algo más que podría formar parte del kit de prinicpiante, ¡no dudes en agregarlo en los comentarios!

Con cariño: Nadia Mónica.

 

Pequeños placeres que los hombres jamás disfrutarán.

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Existe una enorme cantidad de satisfacciones, tanto sexuales como no sexuales, derivadas de esta extraordinario gusto por vestirse de mujer. Y dichas satisfacciones son algo que los hombres que no practican la feminofilia nunca experimentarán. Y al ser algo cotidiano para las mujeres, lo más seguro es que ellas ni siquiera se fijen en esos detalles que para nosotras son la gloria, tales como:

  • Sentir la suavidad de las medias cuando las piernas están recién depiladas.
  • Despertar completamente vestida de mujer y admirar cómo el camisón se ciñe a tu piel, formando pequeñas arrugas de increíble suavidad.
  • Acomodarte los tirantes del sujetador cuando se resbalan.
  • Cuando abrochas el sujetador sin ver por primera vez.
  • Comprar ropa de mujer en los grandes almacenes y que sepas que la empleada sospeche que es para ti.
  • Cuando logras caminar con tacones sin parecer Bambi.
  • Hacer las labores domésticas vestida como para una noche de gala.
  • Cuando alguien que conoce tu secreto te trata como mujer.
  • Acomodar tus medias cada que se bajan.
  • Orinar sentada.
  • Alisar la falda cada que te sientas
  • Cuidar de no abrir tus piernas cuando ya estás sentada.
  • Cómo lucen tus piernas con falda y medias.
  • Ese dolor en los pies cuando te quitas los tacones después de traerlos por mucho tiempo.
  • Dejar manchas de lipstick en los vasos.
  • Doblar las rodillas cuando te agachas a recoger algo.
  • La primera vez que te encanta cómo te queda tu maquillaje.

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Podría pasar toda la tarde listando razones para amar la feminofilia, ¡pero prefiero que tú me digas cuáles son las tuyas!

 

Lo que he aprendido en 25 años de ser feminófila. Parte 1.

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25 años es, en otras palabras, un cuarto de siglo; tiempo suficiente para aprender muchas cosas, e incluso dominar alguna disciplina, como un idioma, un instrumento musical o un arte marcial. Si bien no considero que yo domino el arte de vestirme de mujer, sí creo que he aprendido lecciones muy importantes que hoy quiero compartir con ustedes.

La primera de ellas, y probablemente la que más trabajo me costó entender, es que no soy homosexual. Sé que este gusto por vestirme de mujer no va de la mano con mis preferencias sexuales. Soy feminófila, pero sigo siendo un hombre heterosexual, lo que me lleva de la mano al segundo punto que quiero compartir.

No soy y jamáś seré una mujer. Ni quiero serlo tampoco. Es comúń entre la sociedad la falsa idea de que todos los hombres que nos vestimos de mujeres tenemos el deseo de convertirnos eventualmente en una de ellas. Habrá muchas feminófilas para las que sí aplique dicha idea, pero en mí no. Me fascina jugar a ser mujer durante algún lapso, pero no es mi intención cambiar de sexo.

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A lo largo de estos años, mi mujer interna ha madurado junto con mi ser masculino, pues cuando ambos éramos adolescentes, pensábamos que la apariencia era lo más importante. Hoy en día, sé que lo que importa más que cómo me veo vestida de mujer es cómo me siento al hacerlo: si me siento hermosa soy hermosa, si me siento sexy soy sexy, si me siento atractiva es porque lo soy. Al final del día, ser mujer es algo que está en mi imaginación, así que más me vale ser la mujer que tengo en mente cuando me visto.

Hablando de imaginación, la mujer que aparento ser cuando me visto vive en mí, y depende precisamente de mí si deseo que el mundo exterior conozca su existencia. ¿Es indispensable salir del clóset? Depende de cada quién. En mi caso, no lo es. Basta con que lo sepan las personas que para mí son importantes y/o sé que lo entenderán y apoyarán esa faceta mía. No quiero que lo sepa el mundo, pues como ya lo dije antes, no deseo ser mujer de manera permanente.

Creo que es momento de dejar este post en pausa, y continuarlo en una segunda parte.

Feminófilas al grito de ayuda.

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Estimada amiga feminófila: hoy no quiero contarte una historia, ni darte consejos, ni mostrarte mis prendas de vestir favoritas. No. Hoy quiero invitarte a que leas o veas las noticias mexicanas y te solidarices con aquellas personas que en este momento necesitan de toda la ayuda que puedan recibir, Y no sólo en la CDMX, sino también en estados como Hidalgo, Morelos, Puebla, Estado de México, y sin olvidarnos de Chiapas o Oaxaca.

Quiero exhortarte a que hagas un pequeño sacrificio en nombre de nuestros hermanos mexicanos que se han quedado sin nada. Hoy no te compres esa falda, esa lencería, ese vestido, esa peluca; mejor gasta ese dinero comprando pañales, toallas sanitarias, gasas, vendas, agua oxigenada, alimento para perros y gatos, baterías, lámparas, papel higiénico o cualquier otro artículo que sepas que hace falta en una catástrofe como la que el país está atravesando.

Sólo por un día, nada más hoy, deja de pensar en ti y piensa en los demás, México te necesita.

#FuerzaMéxico #PrayForMexico

Las desventajas de vestirse de mujer.

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Para mí, existen dos reglas inviolables en el Universo, dos conceptos que no pueden ser cambiados ni traspasados: la velocidad de la luz y el equilibrio de las cosas. Dado que éste no es un blog de ciencia o tecnología, dejaré de lado la primera y me enfocaré en la segunda, el equilibrio.

Todo, absolutamente todo tiene una contraparte. El bien tiene al mal, la luz tiene a la oscuridad, la felicidad tiene a la tristeza, y los pros tienen a los contras. Por mucho que amemos vestirnos de mujer, por más que disfrutemos ponernos un vestido, una falda, una blusa encantadora o un par de los tacones más altos que podamos encontrar (y soportar), hay que reconocer que existen ciertas desventajas al hacerlo. La primera de ellas, y que considero la más importante, es la soledad. Vestirse de mujer es una actividad que suele estar reservada para hacerse a solas, por lo menos, durante los primeros años de practicarla.

Es verdad que esto no ocurre con todas las feminófilas, pero sí que les pasa a la gran mayoría -incluyéndome.- Debido a que no es muy bien visto por la sociedad que un hombre tenga afición por ataviarse con ropas propias de las mujeres, las transformaciones generalmente ocurren cuando estamos a salvo en la soledad de nuestras habitaciones. Conforme pasan los años y aprendemos a mejorar nuestras técnicas de maquillaje y somos capaces de adquirir mayor guardarropa, podemos arreglarnos de una manera increíble, con las ropas más elegantes, las pelucas más caras y el maquillaje más fino, pero nos limitamos a quedarnos en casa a ver películas o hacer labores domésticas, pese a portar atuendos dignos de un evento de gala.

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En mi caso, siendo feminófila 100% heterosexual, y con un balance más o menos equilibrado entre mis lados masculino y femenino, mi feminofilia me ha impedido en varias ocasiones dejarme crecer la barba, pese a ser algo que mi lado de hombre quiere hacer. Me explico: yo no me siento mujer todo el tiempo, y mientras mi personalidad es dominada por mi yo masculino, decido dejarme la barba; pero cuando ya tengo un avance de una o dos semanas, Nadia aparece de repente, con unas ganas tremendas de transformarse, y ponerse inmediatamente ropa de mujer, forzándome a rasurar esa barba que durante un par de semanas me he esforzado en crecer. Y entonces, cuando ella se va, tengo que volver a empezar y el ciclo se repite.

Otra desventaja que considero importante es la complexión. Por muy mujeres que podamos llegar a sentirnos, nuestro cuerpo no es de mujer. No estamos diseñadas para entrar en esas coquetas y sensuales ropas femeninas. Teniendo en cuenta mi propia estatura (1.82 m), cuando veo alguna prenda que me encanta, me resulta prácticamente imposible encontrar una de mi talla, y esto me obliga a establecer, como primer criterio para adquirir ropa, la que me queda, por encima de la que me gusta. Y si hablamos de zapatos ¡ni se diga! Calzando del 8 1/2, es literalmente imposible hallar un par que me quede.

Además de todo lo anterior, está el hecho de que mis hormonas masculinas hacen que me crezca vello por todas partes y en una cantidad considerable, obligándome a rasurarme piernas, abdomen, pecho y demás zonas por lo menos 2 veces a la semana, si quiero estar lista para usar una falda o un vestido cuando me lleguen las ganas de hacerlo.

En fin, podrá haber éstas y otras desventajas, incluso algunas que lleguen algunas veces a hacer que nos preguntemos si realmente vale la pena vestirse de mujer. Yo sé que la respuesta siempre será “sí”, No hay ninguna posible desventaja que se compare a las sensaciones que esta condición brinda, y no cambiaría mi feminofilia por nada.

 

10 atuendos que quiero usar.

Ser mujer es un aspecto muy importante de mi vida. Para mí es más que un hobby, pues no es algo que hago sólo por diversión, sino que trato de poner atención a cada detalle sin importar que la preparación dure horas. Estoy segura de que el proceso de transformación es algo que la mayoría de las feminófilas disfrutamos más que el propio resultado. Todas tenemos ideas de los atuendos de ensueño que nos gustaría usar, mismos que por una u otra razón aún no hemos podido hacerlo. Hoy les presento los míos.

10.- Mucama. No nada más me gustaría utilizar este atuendo, sino realmente entrar en el papel y ¡hacer todas las labores domésticas utilizándolo!

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9.- Azafata. El nombre correcto de la profesión es Tripulante de Cabina de Pasajeros, aunque todas las conocemos como Azafatas. Ellas irradian feminidad y seguridad en sí mismas, cualidad que las hace verse muy sexys.

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8.- Porrista. Un sueño que tengo desde la adolescencia, cuando veía películas en las que las chicas más populares eran siempre las cheerleaders. ¡Esas falditas tableadas son simplemente divinas!

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7.- Elsa. No sé por qué, pero me fascina ese vestido azul.

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6.- Bella. No lo digo sólo porque está de moda. Si el vestido de la versión animada ya me parecía precioso, el que utiliza Emma Watson en la reciente adaptación es algo que tengo que usar algún día!

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5.- Vestido de noche. Uno de mis mayores anhelos y sueños es acudir a alguna gala al lado de mi novia, ambas ataviadas con sendos y elegantes vestidos!

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4.- Reina de belleza. Con un vestido como el de abajo, mi corona y un ramo de flores.

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3.- Bailarina (belly dancer). Tan solo una falda y un bra bastan para hacerme sentir sensual.

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2.- Colegiala. ¡Las faldas escocesas son algo que siempre he anhelado usar!

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1.- Novia. Llegamos por fin a mi mayor sueño, mi mayor fantasía: vestirme de novia. Me fascinan los atuendos nupciales, pues creo que no existe prenda más femenina que ésta. No quisiera hacerlo sólo una vez. ¡Quiero tener varios de estos vestidos!

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El arte de ser clandestina.

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Ser feminófila de clóset y vivir con tus padres es una mala combinación. Una mezcla que, en mi caso, me ha dejado algunos malos ratos derivados de haber sido descubierta en fragante ataviada con ropas de mujer. Dicen que cada mala experiencia es un aprendizaje, y estoy convencida de que es una gran verdad, pues a partir de que mis padres me cacharan vestida en un par de ocasiones (que debo admitirlo, se debieron a descuidos míos) me volví mucho más cuidadosa, cayendo a veces en la obsesión, a la hora de prestar atención a los detalles en cada una de mis transformaciones.

Tengo la suerte de ser hija única, y durante mi adolescencia fui afortunada de que mis dos padres trabajaran, así que tenía las tardes para mí sola, mismas que disfrutaba abriendo el guardarropa de mi madre de par en par y utilizando todas sus hermosas y suaves prendas. Sin embargo, debido a las ocasiones en que fui descubierta, suponía que mis padres estarían alerta ante cualquier indicio que pudiera delatar la manera en la que pasaba mis tardes, así que antes de tomar una prenda de su lugar, me fijaba entre cuáles estaba ubicada, el lado hacia el que el frente de la prenda miraba, el color del gancho del cual colgaba y su posición exacta. Si se trataba de alguna blusa que no estaba colgada, sino doblada y metida en un cajón, de igual manera tenía qué memorizar entre qué otras se encontraba, y volverla a doblar con los mismos pliegues, de modo que no se notara movimiento alguno.

Cabe mencionar que dichas precauciones no sólo las tomaba con la ropa, sino también con el maquillaje, los zapatos y los accesorios. Mi paranoia era tal, que incluso estaba convencida de que algunas veces mi mamá colocaba sus cosas de un cierto modo intencionalmente, para poder detectar si su indumentaria era manipulada por mí, y mirando en retrospectiva quizás no estaba muy equivocada al respecto. Se dice que la intuición de una mujer es un arma poderosa, y más si se trata de una madre, así que una parte de mí me dice que mi mamá intuye que me agrada vestirme de mujer, aunque seguramente no quiere enfrentar el hecho por temor a que su hijo sea homosexual (lo cual no es el caso, pero ella cree que lo sería).

Hoy sigo viviendo con mis padres. Algunas semanas transcurren completas sin que ni un sólo día utilice ropa interior de hombre, pues utilizo sólo mis pantys de mujer. Sin embargo, como mi mamá se encarga de la lavandería en casa, a diario debo tomar calzones limpios de mi guardarropa de hombre y arrojarlos al cubo de la ropa sucia, para no levantar más sospechas de las necesarias.

¿Vives o has vivido una situación similar?

Entrevista a mi otro yo.

Desde que supe, gracias al Internet, que existen en este mundo más hombres feminófilos que aman pasar sus ratos libres enfunfados en ropa femenina, quise poder compartir mis modestas experiencias con la idea de que pudieran ayudar a quienes aún se encuentran confundidos o en fase de autodescubrimiento. El siguiente vídeo es un intento más de lograr esa meta. Se trata de una entrevista que mi yo masculino le hace a mi yo femenino, rescatando varias de las preguntas que en algún momento yo misma me cuestioné cuando aún no sabía quién era realmente. Si les agrada este vídeo, siéntanse libres de compartirlo.

Disfraces: estímulo y tortura.

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Como feminófila de clóset que soy, las fechas que se avecinan brindan la oportunidad perfecta para estimular la imaginación, pero al mismo tiempo son una tortura. Hablo de Halloween y el Día de Muertos.

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Al pasear por las calles es común ver cientos de disfraces de todos tipos y para todos los presupuestos: catrina, novia zombie, bruja, diablita; y, para las más atrevidas, enfermera, colegiala o mucama. Las telas con los que estos disfraces están hechos suelen ser de una suavidad exquisita, sin mencionar las pelucas, el maquillaje y los accesorios que acompañan a quien se caracteriza de los mencionados personajes. En fin, un sueño para cuaquier amante de la feminidad.

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Quizás quienes sean dueñas de un carácter extrovertido encuentren en las fiestas de disfraces una oportunidad perfecta para dejar salir esa mujer que cada día es más difícil mantener quieta dentro de su ser, pero para mí no resulta tan fácil. No sé si es miedo al quedirán o a que sospechen de mi condición de travesti, pero la cuestión es que año tras año me quedo con las ganas de disfrazarme con un atuendo femenino.

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Ahora que mi novia sabe de mi condición y la disfrutamos juntas, podría ser más sencillo hacer realidad esa fantasía de vestirme con un disfraz de mujer, pero el problema es que no tenemos un lugar para hacerlo. Pero en cuanto logremos poner nuestras manos en un refugio seguro, uno de mis objetivos será celebrar cada una de las tradiciones del año ataviada con el correspondiente disfraz de mujer.

 

 

Tolerancia… vino del ser menos pensado.

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Hay un dicho que reza: “entre más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Nunca había sido tan consciente de la veracidad de dichas palabras hasta una vez que, presa de esa irrefrenable urgencia por transformarme en Nadia, esperé hasta que mis papás se fueron a dormir para encerrarme en mi cuarto, sacar mis mejores ropas de su escondite y comenzar con el maravilloso ritual de feminización que sólo nosotras sabemos lo mucho que se disfruta.

Ahí estaba yo, tan concentrada en aplicarme debidamente correctores, bases, polvos, delineadores, poniéndome las medias naturales con cuidado de que subieran derechitas, deslizando la falda de patinadora hacia mi cintura, disfrutando la deliciosa sensación del roce de su tela con mis medias y mis piernas recién depiladas, poniendome la blusa de encaje y la peluca rizada con fleco, que me olvidé por completo de la otra presencia que había en mi habitación: la de mi perro.

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Él, por supuesto, se encontraba acostado en su lugar y no prestaba atención a lo que yo estaba haciendo. Cuando terminé y me levanté de la silla en donde estaba sentada fue cuando llamé su atención, y lo que pasó a continuación me dejó perpleja y me hizo reflexionar profundamente: se me quedó mirando, clavó su mirada en la mía, vino hacia mí y con su lengua lamió mi mano, buscando mi caricia en su cabeza y bajo el mentón… como siempre lo hacía. Es decir, su aparente falta de intelecto hizo que fuera capaz de darse cuenta de que yo seguía siendo yo, sin importar la ropa o accesorios que trajera puestos.

En ese momento lamenté que el ser humano utilice su capacidad de razonamiento para sinsentidos como los prejuicios y la discriminación. Que a pesar de que nos proclamamos como los seres más inteligentes que han pisado la faz de este planeta, nuestro cerebro siga juzgando a las personas basándose más en la ropa que visten que en la propia personalidad.

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Tenemos mucho que aprender de aquéllos a quienes consideramos intelectualmente inferiores, pues ellos, en su presunta ignorancia, son capaces de distinguir la esencia de las personas a quienes quieren, dejando de lado aspectos tan mundanos como la ropa que los viste en determinado momento. Ellos nos quieren igual cuando somos hombres y cuando nos transformamos en esas lindas mujeres llamadas feminófilas.