La culpa que nos da después de travestirnos – EFP #7

Amigas, les presento el séptimo episodio del podcast Entre Falda y Pantalones.

Estoy segura que, en más de una ocasión, les ha pasado que, después de saciar sus ganas por vestirse de mujer, las asalta una culpa repentina que las hace prometerse nunca más volverlo a hacer, aunque siempre recaemos. Así que, ¿por qué mejor no dejar de sentirnos avergonzadas y disfrutar plenamente de nuestro travestismo?

¡Vacaciones!

Estimadas amigas feminófilas y todos aquellos que son seguidores de este blog:

Durante este 2022 ha sido para mí un verdadero placer ver que esta plataforma de expresión crece mes tras mes. El número de vistas y comentarios se ha visto incrementado al compararlo con años anteriores. Esto me habla de que los temas presentados han sido de su agrado, por lo que me siento tremendamente agradecida.

84 posts han sido los que he escrito en lo que va de este año. Tal vez para algunos pueda no parecer mucho, pero créanme cuando les digo que el tiempo y el esfuerzo invertido en ellos no es trivial. ¡Me encanta hacerlo! Escribir es una de mis mayores pasiones, pero, por más disfrutable que sea una actividad, realizarla periodicamente conlleva cierto desgaste que puede traducirse en falta de ideas o creatividad. Es debido a esto que he decidido tomarme unas vacaciones de la escritura por lo que resta del presente ciclo anual, retomando la actividad en enero del 2023. Los podcasts, no obstante, seguiré grabándolos y publicándolos cada semana.

¡Espero que esta pequeña pausa no signifique una caída estrepitosa en sus visitas ni en sus comentarios! Hay 182 posts que pueden leer mientras esperan pacientemente mi regreso, ja, ja, ja.

Entre los más destacados, les dejo:

La vez que me descubrieron vestida de mujer… parte 1

Travestismo: preguntas frecuentes

¿Por qué me gusta vestirme de mujer?

5 errores de travesti principiante

Cómo convivir con mi pareja que se viste de mujer

Consejos para evitar ser descubierta

Y algunos otros que pueden descubrir navegando por los archivos del blog.

Nuevamente, ¡gracias infinitas por el tiempo que dedican a leerme! Y nos vemos en 2023, no sin antes desearles unas felices fiestas llenas de alegría y hermosos momentos al lado de sus seres queridos.

Siempre suya: Nadia.

Se buscan colaboradoras para este blog

Feminófila ha sido mi bebé desde el año 2016. Un blog que comenzó como un proyecto personal para desmitificar el travestismo y ayudar a otros varones con el gusto por vestirse como mujeres a aceptarse y entender el fenómeno. Hoy en día, la idea se ha extendido a un canal de Youtube y una página en Facebook, en donde he logrado alcanzar una audiencia más amplia.

Durante todo este tiempo he sido la única autora de contenido en estas plataformas, pero creo que ha llegado la hora de dejar de sobreproteger a esta creación mía y abrir las puertas a otras chicas que disfruten de contar sus anécdotas y compartir sus consejos e inquietudes, así que formalmente abro la convocatoria para encontrar a más autoras para este blog. Si cumples con tres requisitos muy sencillos:

  • Tener excelente ortografía
  • Facilidad de redacción
  • Gusto por escribir acerca de temas relacionados con el travestismo

Mándame un correo a nadia_m.mtz@hotmail.com con el asunto “Convocatoria Feminófila” diciéndome por qué te gustaría colaborar y redactando un post de prueba con un máximo de 800 palabras.

Ten en mente que este blog no percibe ningún tipo de ingreso monetario, ya que no hay publicidad incluida en él, así que las colaboraciones tampoco serían pagadas, sino completamente voluntarias.

¡Espero ansiosa sus correos, amigas!

Entrevista a la esposa de un travesti. Parte 2

Continuó hablando alrededor de diez o quince minutos, en los cuales trató de dejar muy claro que no sentía ninguna atracción hacia los hombres, cosa que yo no terminaba de creer del todo. Mientras él estaba hablando, en mi cabeza se formaban más preguntas:

¿Para qué vestirse de mujer si no es para sentirse deseado por los hombres?

¿Será que no soy lo suficientemente femenina para él?

¿Nuestra relación de diez años es tan solo una fachada?

¿Significa esto el fin de nuestra relación?

¿Existe una cura para esta enfermedad?

Estos pensamientos fueron interrumpidos cuando él mencionó la palabra travestismo.

En ese momento casi sentí que me desmayaba. ¿Travestismo? ¿Mi marido es un travesti? Eso me tomó por sorpresa, pues yo había crecido con la noción de que el travestismo está directamente relacionado con la prostitución. Mi reacción natural fue preguntarle si en algún punto de su vida se había prostituido, a lo que respondió que no.

No sabía qué hacer. Quería creerle, pero había algo en mí que no me lo permitía. Sentía que todo lo que me decía era una elaborada mentira para convencerme de cosas que no eran verdad. Que realmente él era un hombre homosexual que no se atrevía a confesarme su condición por temor a enfrentar una separación o un divorcio.

En un punto de la conversación yo ya no podía más. Me sentía abrumada y no quería saber nada del tema. Le pedí que me dejara descansar, que necesitaba estar a solas por unos días para pensar y tratar de aclarar mis ideas y mis sentimientos. No voy a mentir diciendo que nunca pensé en dejarlo. Ese pensamiento estuvo muy presente en mi cabeza durante algunos meses, pero también estaban mis sentimientos hacia él. Lo quería, lo amaba. Él era el padre de mi hijo, él era quien había estado para mí en mis momentos difíciles. Era la persona con la que había compartido mis alegrías y mis triunfos.

Mi marido era una persona a la que yo admiraba. Durante nuestra época de novios, me encantaba escucharlo hablarme de temas profundos e interesantes. Ya de casados, disfrutaba de verlo trabajar en casa, concentrado y enfocado en resolver lo que fuera que necesitara resolver. Cuando me sentía flaquear, trataba de recordarme todo aquello y me servía para darme fuerzas y seguir adelante.

El resto de la semana que coincidimos en casa no dormimos juntos. Yo sentía que no podía tener su cuerpo tan cerca de mí. Ese cuerpo que no sabía en dónde ni con quién había estado, ni lo que había hecho, pero que en mi imaginación se trataba de cosas muy pervertidas y escandalosas. Cuando volvimos a cambiar de turno las cosas no mejoraron mucho. Nuestra comunicación se volvió distante, y nuestro hijo estaba empezando a notarlo, aunque nosotros nunca le dijimos nada.

Feminófila: ¿Cómo fue que comenzaste a entenderlo?

Entrevistada: No sé si sería cosa del destino, de la suerte o de Dios, como se le quiera llamar, pero más o menos unas tres semanas después de que esto pasara, en un programa de televisión llamado Cosas de la Vida salió una familia hablando justamente de este tema. Se trataba de un muchacho adolescente al que le encantaba vestirse con la ropa de su hermana mayor. Su padre, el clásico estereotipo de hombre macho, lo había golpeado y corrido de la casa al enterarse de esto, pero su mamá lo defendía y abogaba por que regresara a vivir a su casa. Cuando leí el tema del programa “Mi hijo se viste de mujer”, la curiosidad me ganó y lo vi en su totalidad.

Antes de acabar el programa, salía una psicóloga comentando cosas relacionadas al tema que se había tratado, y entonces explicó que existía un concepto llamado travestismo heterosexual. Me sentí plenamente identificada cuando mencionó que la palabra travestismo generaba un impacto negativo en quien la escuchaba, por culpa de los prejuicios con los que muchas personas habíamos crecido, pero que literalmente significaba atravesar la vestimenta, sin implicar en ningún momento algo relacionado a la preferencia sexual.

Dijo también que era algo que muchos hombres hacían en secreto, muchos más de los que imaginábamos, que en ocasiones era un fetiche sexual, pero que en otras era una conducta más arraigada en el subconsciente de la persona que lo vivía. Dijo que el travestismo no debería confundirse con la transexualidad, ya que el travesti no desea cambiar permanentemente su género. Al escuchar todo esto sentí cómo un enorme peso se evaporó de mis hombros, porque supe que mi pareja no me mentía, que no se estaba inventando todo eso de no ser gay. Volví a llorar, pero esta vez al sentirme de pronto liberada de una presión que llevaba en mi pecho.

No recuerdo si ese mismo día o al siguiente me dirigí a un ciber café, pues no contábamos con internet en casa. Ahí me dispuse a buscar información referente al travestismo heterosexual y encontré algunas páginas y foros que hablaban profundamente al respecto. No me acuerdo del nombre del foro, pero me registré y dejé una pregunta intentando ponerme en contacto con otras personas que estuvieran en alguna situación parecida a la mía.

Dos o tres días después volví para revisar si había tenido respuestas, y me sorprendí cuando vi que tenía cerca de una docena. Casi todas eran de otros hombres travestis, pero había dos o tres que eran de otras esposas en la misma condición que yo. Una de ellas había dejado su dirección de correo electrónico por si quería escribirle, así que lo hice, expresándole todas mis dudas y preocupaciones. Mantuvimos correspondencia durante algunos meses y realmente fue gracias a ella que comprendí la condición de mi marido. Ya no tenemos comunicación, pero ella salvó nuestro matrimonio y le estaré eternamente agradecida.

F: ¿Qué fue lo que te dijo que te hizo finalmente aceptarlo?

E: Lo curioso es que no me dijo nada que mi marido no me hubiera dicho cuando habló conmigo, pero el hecho de que fuera alguien más quien me lo dijera, y que además fuera también la esposa de un travesti, de cierto modo les dio validez a esas palabras. Me platicó que ellos llevaban veintitantos años juntos y que fue él quien se lo confesó antes de casarse. Me dijo que el travestismo heterosexual es real, no es solo un mito. Que durante el tiempo que ella había compartido ese secreto con su pareja, nunca había notado un problema con su desempeño ni su apetito sexual, así que de eso tampoco debería preocuparme. Algo que definitivamente me marcó fue que me dijo:

Comprendí que su lado femenino es el responsable de muchas de las cosas que más me gustan de su forma de ser.

Eso me hizo reflexionar y darme cuenta de que también aplicaba en mi caso.

F: ¿Después de eso, aceptaste al 100% el travestismo de tu pareja?

E: Sí lo acepté al 100%. O sea, quiero decir que entendí que era algo que no iba a poder cambiar, pero que era parte del paquete con el que venía mi marido. No podía decir “sí lo quiero, pero solo hasta aquí”. O lo quería todo o no lo quería nada, así que decidí quererlo todo. Me puse a pensar en que, seguramente, también había cosas de mí que a él no le gustaban y que él aceptaba porque me quería. Fue una especie de revelación que me recordó que yo estoy muy lejos de ser perfecta, pero que él decidió amarme así.

Lo que no acepté de inmediato fue verlo transformado en Julieta, que es como se autonombraba cuando expresaba su lado femenino. Me resultaba muy duro ver al hombre con el que había escogido compartir mi vida moviéndose y comportándose como una mujer. Sentía cómo la imagen que tenía de él se derrumbaba bloque a bloque cada que me lo imaginaba con una falda o unos tacones. Así que, una vez que hablé con él y le platiqué todo esto, el acuerdo fue que lo hiciera fuera de casa, en donde nadie pudiera darse cuenta de su “pasatiempo”.

Le dejé muy claro que no quería en nuestra casa nada femenino de él. No quería ver maquillaje ni ropa que le perteneciera. Mucho menos fotos. Acordamos que tendría oportunidad de transformarse dos veces al mes, pero le pedí la mayor discreción al respecto. Nuestras familias, nuestros amigos y nuestros vecinos no deberían enterarse de esto. Por supuesto, nuestro hijo tampoco. Aceptó esas condiciones y así vivimos durante algunos años.

F: A partir de que le permitiste vivir su feminofilia, ¿notaste algún cambio en su comportamiento?

E: Completamente, pero no de la manera en que me lo esperaba. Tenía el temor de que, a dejarlo explorar su lado femenino con relativa frecuencia, esas actitudes amaneradas rebasaran el límite acordado e invadieran nuestra vida de pareja. En pocas palabras, temía que se convirtiera en un hombre afeminado. Comencé a poner más atención en sus movimientos, en sus expresiones, en su entonación, en sus gestos, en sus posturas, en busca de algún pretexto para arrepentirme de mi decisión, pero no encontré nada. Era como si su alter ego femenil se fuera a dormir cuando estábamos juntos.

Debo mencionar que, aparte de las pequeñas pistas que detecté cuando éramos novios, él no era un hombre que se notara afeminado. Desde siempre ha sido aficionado al fútbol, tanto a practicarlo como a verlo. No tiene muchos amigos, pero convive mucho con los que tiene. Le gusta dejarse crecer la barba y es capaz de reparar cualquier desperfecto en casa. Vamos, que es un hombre que, aunque tiene un lado femenino muy desarrollado, no le pide nada a uno que no lo tenga.

El cambio en su comportamiento que sí noté es que se veía más feliz, más pleno. Lejos de que esta situación nos separara, nos unió mucho más. Aumentamos la calidad del tiempo que pasábamos juntos. Él era un hombre detallista de por sí, pero mi aceptación de su travestismo lo hizo todavía más. Nunca imaginé que este lado suyo tuviera ventajas, pero la verdad es que sí las tiene. Al inicio la noticia me cayó como agua fría y no paraba de pensar que se trataba de una especie de castigo o de karma, pero eventualmente me di cuenta de que es todo lo contario y hoy, años después, no podría visualizar a mi esposo sin Julieta. Sé que son indivisibles y que no puede existir uno sin la otra.

F: Mencionas ventajas. ¿Cuáles ventajas encuentras?

E: Pues, como ya dije, lo primero es verlo feliz, contento. Y eso se traduce directamente en una mejor relación de pareja. Si él es feliz, esa felicidad se transmite a la relación. Se percibe un aumento en el cariño, porque, como él me dijo una vez, nosotras nos convertimos en algo muy valorado. Somos la mujer que nunca pensaron encontrar y por eso nos cuidan y su cariño por nosotras aumenta.

A la larga, acepté verlo transformado y me di cuenta de que podía ayudarlo bastante. Se vestía más o menos bien, pero su maquillaje era simplemente terrible. Y ¡ni qué decir de su forma de caminar con tacones! Para entonces ya vivíamos en una sociedad distinta, con mayor apertura a temas relacionados con lo que se sale de lo convencional, así que mi mentalidad también cambió y decidí apoyarlo completamente. Le enseñé lo poquito que yo sabía acerca de maquillaje y eso le sirvió bastante. También le compramos una peluca a Julieta y un día la maquillé. El resultado mejoró en un 200%.

A mí me sirvió porque aprendí muchas cosas que me sirvieron para mejorar mi propia imagen. Ya con acceso a internet, practicaba en Julieta algunos looks que veía y quería intentar en mí. También puse un mayor cuidado en mi imagen, pues mi ego no me permitía dejar que mi marido se viera mejor como mujer que yo. Julieta me motivó a hacer ejercicio, a cuidar mi alimentación, a hidratar mi piel, a arreglarme más, y eso contribuyó a elevar mi autoestima, lo que repercutió en mi seguridad y me otorgó hasta ascensos en mi trabajo. Hoy sé que sin la condición travesti de mi marido eso no hubiera ocurrido. Entendí, años después de que me lo preguntara, que una vestimenta linda no tiene nada que ver con gustarle o no a un hombre, sino con cómo nos hace sentir con nosotras mismas.

F: ¿Qué hay de su hijo? ¿Él lo sabe?

E: No, no lo sabe. Mi esposo y yo varias veces hemos considerado decírselo, pero no lo hemos decidido todavía. Lo hemos criado lo más abierto a temas sexuales que hemos podido y es un hombre que no discrimina a nadie, sin embargo, no sabemos cómo reaccionaría al saber que su padre se viste de mujer. Ambos tenemos claro que es algo que le diremos, pero no hemos decidido cuándo todavía.

F: Finalmente, ¿qué consejo le darías a otras esposas de travestis?

E: Sé de primera mano que es difícil aceptarlo al inicio. Al enterarnos sentimos morir, pensamos que será imposible vivir con un esposo así, pero yo les diría que se den la oportunidad de intentarlo. Reconozco que mi historia no va a ser la misma que la suya, que es posible que las cosas puedan salir mal y que acaben separados, pero, al menos, inténtelo.

Al darse por vencidas, la probabilidad de fracaso es del 100%. Por el contrario, si deciden intentarlo, existe una cierta posibilidad de éxito. Es mejor apostar por algo que puede funcionar que por algo que seguramente no lo hará.

Si se sienten inseguras respecto a algo relacionado con el travestismo de su pareja, pregúntenselo honestamente. Traten de buscar información acerca del tema. Hoy existe mucha más que antes y es más fácil acceder a ella. No permitan que sus prejuicios e ideas preconcebidas arruinen algo que puede ser muy bonito para ambos. El amor se trabaja y se cuida, y siempre requiere sacrificios, pero vale la pena realizarlos si se traducen en algo que nos da felicidad.

Parte 1.

Entrevista a la esposa de un travesti

Había estado tratando de lograr una conversación con alguna esposa de una chica travesti desde hace ya un buen rato. He escrito ya varios posts acerca de la feminofilia pero todos han sido desde nuestro punto de vista, y quería abordar el tema desde la perspectiva de alguien que lo vive en carne propia desde el otro lado. Finalmente, la esposa de una seguidora de este blog accedió a hablar al respecto, con la condición de mantener en el anonimato tanto su nombre como el de su pareja.

Fue una plática larga, así que decidí publicar la transcripción de dicha entrevista en dos partes y así hacer que la lectura sea más llevadera. Posteriormente, estaré también publicando el audio en formato de podcast, para que estén pendientes. A continuación, la primera parte de esta transcripción.

Feminófila: ¿Cuánto tiempo llevas de casada?

Entrevistada: 16 años. Cumpliré 17 en marzo del próximo año.

F: ¿Cómo fue que te enteraste de la feminofilia de tu esposo?

E: Llevaba algún tiempo con la sospecha. Básicamente, desde que éramos novios notaba algunas actitudes raras de él, pero yo misma trataba de convencerme de que estaba imaginando cosas. El tenía una fascinación extraña por las medias y muy seguido me pedía que me pusiera un par cuando salíamos a algún lugar; frecuentemente me preguntaba qué se sentía utilizarlas. Nunca ponía objeciones a la hora de acompañarme a comprar ropa o zapatos y sin importar cuánto me tardara en escoger algo, él iba conmigo tienda por tienda. Aunque, sinceramente, eso era algo que me gustaba, porque es una actividad que la mayoría de los novios no hacen o hacen de mala gana.

Ya de casados en la intimidad prefería que yo estuviera utilizando alguna prenda de lencería en lugar de estar 100% desnuda. Tanto en mi cumpleaños como en Navidad o alguna otra fecha especial siempre me regalaba ropa. Siendo sincera, la verdad es que tenía muy buen gusto y siempre acertaba con la talla, así que yo no me quejaba.

Durante un tiempo yo trabajaba rolando turnos mientras que él siempre trabajaba en la mañana. A veces, cuando me tocaba estar en el turno de la tarde o de la noche, llegaba a casa y notaba pequeños cambios en mi ropa: aparecía en lugares diferentes a donde yo la había dejado; prendas recién lavadas tenían manchas; vestidos que guardaba en buen estado estaban rotos o descocidos cuando los sacaba, se me perdían prendas y cosas así.

Al inicio pensé que podía tratarse de una infidelidad por su parte, pero me parecía raro que le estuviera prestando mi ropa a otra mujer, no tenía mucho sentido. Además, en honor a la verdad, es un marido cariñoso, responsable, trabajador y muy buen padre. Mi intuición me decía que no me estaba engañando, pero también que algo inusual pasaba.

Cuando las cosas raras con mi ropa comenzaron a suceder más seguido, decidí tomar una fotografía de mi guardarropa y hacer un inventario de mi ropa interior. Un par de meses después, cuando regresé del trabajo por la mañana y él ya había salido hacia el suyo, comparé el clóset con la foto que había tomado, y me di cuenta de que una falda y una blusa estaban colgadas en posiciones diferentes. Esto confirmó mis temores de que algo realmente estaba pasando y que no se trataba nada más de mi imaginación.

Así que hice un plan: Antes de entrar a trabajar esa noche, pedí permiso a mi jefa para salir algunas horas más temprano, argumentando una junta en la escuela de mi hijo. Pensaba llegar a la casa a tiempo para alcanzar a mi esposo antes de que se fuera a trabajar y así fue. Cuando entré a la vivienda él estaba tomando una ducha en el baño de la habitación, a la que entré sin hacer ruido. Escuchaba cómo cantaba mientras se bañaba. Lo más silenciosamente posible, abrí la puerta del baño y vi, sobre la tapa del retrete unas pantimedias que él me había regalado en nuestro aniversario de bodas.

Sin poder contener mis emociones, que en ese momento eran una mezcla de coraje, confusión, decepción, perplejidad y tristeza, entré en el baño, tomé las pantimedias y lo confronté (no sin antes sacarle un buen grito de susto). Lo bombardeé con preguntas:

¿Qué significa esto?

¿Por qué están mis pantimedias encima de la ropa que pensabas llevarte al trabajo?

¿Eres homosexual?

¿Quieres ser mujer?

¿Desde cuándo me lo has estado ocultando?

Las lágrimas llenaron mis ojos mientras él solo atinaba a decirme que me calmara, que no era lo que yo pensaba, que iba a explicármelo todo, pero realmente necesitaba que me tranquilizara. Salí del baño enfurecida y me desplomé en la cama hecha un mar de lágrimas. Me sentía engañada, traicionada y tonta por no haberme dado cuenta antes.

F: ¿Por qué te sentías traicionada?

E: En ese momento llevábamos siete años de matrimonio. Antes de eso duramos poco más de tres de novios. Creía conocer al hombre con el que había decidido compartir mi vida desde hacía diez años, pero en ese momento sentía que todo había sido una farsa, que me había visto la cara de idiota, que había jugado con la confianza que yo había depositado en él. Sentía que él realmente era homosexual y que me había utilizado como fachada para que nadie lo sospechara. En resumen, sentía no conocer a la persona con la que me había casado.

F: ¿Cómo fue que él te explicó lo que le sucedía?

E: No lo recuerdo muy bien, ya que yo no quería saber nada del tema y estaba muy alterada. Solo me acuerdo de que él me repetía constantemente que no era gay, que no le gustaban los hombres, pero yo no le creía. En ese momento pensaba “si no le gustan los hombres, entonces ¿para qué se viste de mujer?” Llegó el punto en el que tuvo que irse a trabajar y nuestro hijo se levantó para ir a la escuela. Yo no tenía ánimos de ir a dejarlo, así que le hablé por teléfono a una vecina para que me hiciera el favor de llevarlo.

Todo el día me la pasé triste, de malas y llorando. Sentía que el mundo se me venía encima. ¿Por qué me pasaba esto a mí? ¿Qué había hecho para merecer este castigo? Amaba a mi marido, de eso no me quedaba duda, pero en ese momento sentía que él no era mi marido. No, no podía ser. Yo me había enamorado de un hombre en toda la extensión de la palabra. Y un varón al que le gusta vestirse como mujer no es un hombre. Sentía como si estuviera enloqueciendo. Por más vueltas que le daba al asunto, no lograba comprender nada y no podía tranquilizarme.

Sin ganas de hacer nada, apagué mi celular, desconecté el teléfono de casa y me recosté en la cama. El cansancio de mi jornada laboral me ayudó a quedarme dormida unas tres o cuatro horas, pero, al despertar, sentí una punzada de desesperanza al darme cuenta de que todo era real, no lo había soñado. De repente, sentí náuseas al estar rodeada por mi ropa. Desconocía cuántas de esas prendas él se había puesto y había aprovechado su soledad para pavonearse con ellas por toda la casa, sintiéndose una señorita, así que no soportaba estar en la recámara viendo mi propio guardarropa.

Encendí mi celular para llamar a mi jefa y decirle que no podría ir a trabajar esa noche debido a que me sentía bastante enferma. Al hacerlo, me llegó un mensaje de mi esposo, que solo decía “Te amo. Nunca lo dudes” y eso solo me hizo sentir peor. No quería que esa persona me amara. Quería que el hombre que yo creía conocer me amara, pero no esa versión de él, que para mí era alguien completamente diferente y extraño.

Para no hacer esto tan largo contando el resto de los días tan a detalle. Solo diré que pasaron de una manera muy similar a la que acabo de platicar, con la única diferencia de que, al volver al trabajo, me distraía un poco de los problemas de casa. También ayudó el hecho de que no nos vimos como por tres o cuatro días, debido a nuestros horarios laborales. Cuando por fin volvimos a coincidir en nuestros turnos y, por lo tanto, estábamos en casa al mismo tiempo, fue cuando nos sentamos a hablar al respecto.

Yo no tenía ganas de hacerlo. Me daba miedo no saber a lo que me enfrentaría, pero también necesitaba respuestas y solo él podía dármelas. Antes de que comenzáramos a hablar, solo lo abracé y lloré por un buen rato. Me alegró darme cuenta de que mi amor por él todavía estaba ahí. Seguía siendo él la persona con la que corría cuando las cosas se ponían feas. Él seguía siendo mi refugio.

Nunca olvidaré las palabras que me dijo cuando se decidió a romper el silencio:

“Soy la misma persona que conoces desde hace diez años. Solo que hoy sabes algo más sobre mí”

Eso quebró algo en mi interior, pero no para mal, sino al contrario. De cierta manera esas palabras derribaron la barrera que yo había puesto entre nosotros y que me llevaba a pensar que él era una persona diferente de la que yo me había enamorado. Tenía razón. Yo no lo había visto de esa manera, pero en ese momento me daba cuenta de que, muy probablemente, ese gusto por vestirse de mujer no era nuevo, sino que lo había estado haciendo a escondidas desde mucho tiempo atrás. Seguía molesta porque, de cierta manera, me había ocultado una parte de su personalidad. Me había engañado al hacerme creer que él era el hombre que yo quería para mí. Lo escogí porque no lo conocía completamente. Si lo hubiera hecho, es posible que ni siquiera hubiera considerado la opción de ser su amiga.

Parte 2.

Mi primera prenda femenina

No recuerdo con mucha claridad la primera prenda de mujer que me puse, debido a la corta edad a la que comencé a travestirme. Aunque, haciendo un poco de análisis deductivo, concluyo que debió ser un fondo blanco satinado de una de mis tías, ya que sí que tengo presente que me lo ponía muy seguido y era lo primero que buscaba cuando llegaba a su casa. La que sí recuerdo con total precisión es la primera prenda femenina que compré para mí. No puedo decir que la adquirí con mi dinero, ya que, en ese entonces, yo no tenía ingresos propios, sino que dependía de lo que mis padres me asignaban para mis gastos personales.

Transcurría el año de 1999. Hasta entonces las únicas prendas con las que me travestía eran de mi mamá, de mis tías o de algunas de mis primas, pero tenían la desventaja de que no me quedaban o no me gustaban del todo. Necesitaba ropa de mi talla y de mi agrado, pero viviendo con mis padres tenía el problema de no contar con un espacio para guardarla y evitar que ellos la descubrieran y comenzaran a hacer preguntas incómodas y acusatorias.

Más o menos por esa misma época había descubierto la página de Carla Antonelli, de la que ya les he hablado en escritos anteriores; era mi lectura de cabecera cada que accedía a Internet. En uno de sus múltiples artículos hablaba brevemente de consejos para travestis primerizas, y entre ellos había uno que decía que las pantimedias eran la mejor opción para esconder con seguridad, pues debido a su tamaño, grosor y material, se ocultan fácilmente en casi cualquier rincón. Además, decía ella, cuando llegue el momento de deshecharlas, puedes meterlas a la bolsa de la basura cuando tus papás te manden a tirarla (actividad que, casi invariablemente, está reservada para los hijos).

Así que decidí seguir el consejo y adquirir las pantimedias. Por aquellos tiempos yo estudiaba la secundaria, así que no contaba con mucha experiencia en… pues en casi nada. Recuerdo con vívida fidelidad la emoción que sentía de camino al centro comercial, que era un Wal Mart no muy cercano a mi domicilio. Había escogido esa ubicación en particular, ya que entonces solo había dos en mi ciudad (a diferencia del presente, que hay como 276 Wal Marts) y era el más alejado de mi hogar. Mi lógica era que, entre más lejos estuviera de casa, menor era la probabilidad de encontrarme a alguien conocido.

La emoción que sentía iba acompañada en la misma medida por mi nerviosismo. En mi cabeza desfilaban cientos de imágenes catastróficas que tenían el común denominador de terminar con mis padres enterándose que había acudido a comprar unas pantimedias. Pero las ganas de poseer una prenda de mujer eran muy superiores a los temores de ser descubierta, por lo que continué con mi avanzada.

Tomé un carrito, entré en la tienda y lo primero que hice fue dar un recorrido por todo lo largo y ancho, tratando de asegurarme de que no hubiera rostros conocidos. Paseaba por diferentes secciones con el objetivo de que los empleados me vieran llenando el carrito de otros artículos y así, en mi lógica, pensaran que las pantimedias que compraría eran un encargo de mi mamá o de alguna de mis inexistentes hermanas.

 Después de llenar el dichoso carrito de artículos inverosímiles, llegué a la sección de ropa de dama. Había algunas mujeres viendo las prendas y yo era el único varón entre ellas. La mayoría de las féminas no me prestaron atención, pero una ya de avanzada edad que se encontraba precisamente en el pasillo de las pantimedias, me miraba con recelo, lo que causó que yo comenzara a transpirar copiosamente.

Al ser la primera ocasión que compraba un artículo de vestimenta femenina, desconocía la talla que debía adquirir, así como la diferencia entre una y otra marca de las múltiples que había en el estante. Queriendo salir de allí lo antes posible, tomé las primeras que estuvieron a mi alcance, que resultaron ser unas de talla chica y de color champagne. Acto seguido me dirigí a la caja.

Evidentemente, no contaba con el dinero suficiente para pagar todo lo que traía en el carrito de la compra, pero no quería llegar a la caja nada más con las pantimedias, porque me daba pena que la cajera intuyera que las pantimedias eran para mí. En mi fuero interno, era mejor llevar otros artículos para así distraer, de cierto modo, a la chica que se encargaría de cobrarme. Opté por llevar también una barra de jabón para el cuerpo, que era lo que mi presupuesto me permitía adquirir.

No sé si sería producto de mi nerviosismo, pero me pareció percibir que la cajera me vio sospechosamente cuando deposité los artículos en la banda transportadora (sí, a pesar de mi sofisticado e infalible plan de llevar un producto extra), así que mi razonamiento, para no dejar duda alguna de mi hombría ante esa desconocida mujer, fue hacer la voz lo más grave que pude cuando le dije “buenas tardes”.

No estoy del todo segura si pensó algo al respecto de los productos tan dispares que me cobró. Hoy en día podría parecer irrelevante que una cajera de un centro comercial haga el trabajo mental de relacionar los enseres depositados en la banda con la persona a quien se los cobrará; para ella será simplemente un cliente más llevando otros artículos más. Sin embargo, estamos hablando del final de la década de los noventa, y las cosas eran muy diferentes en ese entonces, así que es posible que no esté del todo equivocada al percibir que estaba siendo juzgada mientras pagaba lo que había comprado.

Una vez saliendo de la tienda, experimenté un enorme regocijo al pensar que acababa de comprar una prenda femenina para mí. Sentía que eso me validaba más como una mujer verdadera y me fascinaba esa sensación. Ya de regreso en mi casa no esperé más de lo que me tomó ver el reloj para calcular mentalmente de cuántas horas de soledad disponía antes de que mis padres regresaran a casa para abrir el paquete y sacar esas hermosas pantimedias.

Nada más sentirlas en mis manos pude disfrutar de su exquisita e incomparable suavidad. Mi mamá no acostumbraba a usarlas, así que era realmente la primera vez que sentía la finura del nailon en mi piel. Como si hubiera perdido la gobernabilidad de sus movimientos, mi cuerpo se puso en acción de manera autónoma para despojarme del pantalón que hasta entonces vestía y quedar, tan solo, en ropa interior. Torpemente traté de colocarme las medias y me di cuenta de que, aunque parecen calcetines largos, ¡no lo son! Estuve batallando por algunos minutos para lograr que me quedaran de una manera más o menos aceptable tan solo para descubrir que había comprado una talla más chica de la que necesitaba.

No sé si a alguna de ustedes le sucedió algo parecido, pero tristemente el destino de esa primera prenda de mujer que compré fue, tal como Carla Antonelli lo aconsejaba en su blog, la bolsa de la basura, por culpa de la inexperiencia y la falta de previsión. No obstante, su recuerdo prevalece en mi memoria y fue la puerta de entrada o la línea de inicio hacia un camino maravilloso de feminidad, en el que hoy me encuentro irremediablemente envuelta y feliz.

Masculinidad frágil: manéjese con cuidado

Como feminófila de clóset, la mayor parte de mi tiempo fuera de casa lo paso mimetizada entre varones, conviviendo con ellos y haciéndome pasar como uno más, como si de una espía se tratara. Debido a ello, no en pocas ocasiones me ha tocado escuchar comentarios machistas, de mal gusto o que denotan la fragilidad de su masculinidad, pues rehúyen y evitan cualquier situación que los ponga ligeramente en contacto con su lado femenino.

La idea de escribir este artículo me surgió el día de ayer, 15 de noviembre del 2022, cuando me encontraba en mi trabajo y, al estar en una línea de producción, alguien encontró unas pinzas para depilar tiradas en el suelo. El compañero responsable del hallazgo las recogió y asumió inmediatamente que pertenecían a una mujer. En el lugar en donde nos encontrábamos había nada más una chica y por los menos seis o siete varones. Al cuestionarle a la compañera si las pinzas eran suyas, ella respondió que no.

En ese punto fue en donde las cosas comenzaron a ponerse raras: entre risas y comentarios sarcásticos, el sujeto que tenía las pinzas en su poder se acercó uno por uno al resto de sus camaradas afirmando cosas como:

-Ten, se te cayeron tus pinzas.

-Creo que estas son tuyas.

-Guárdalas, no se te vayan a perder.

No hubo un solo individuo que no se indignara con la insinuación de que la propiedad del accesorio era suya, rechazando la idea con desaprobación y algunos hasta con asco, sintiendo que el hecho de admitir la pertenencia automáticamente los etiquetaría de “poco hombres”, afeminados o, incluso, homosexuales.

Me surgieron entonces las preguntas:

¿En qué cabeza tan primitiva hay cabida para la idea de que un hombre es homosexual por llevar consigo unas pinzas de depilar?

¿De qué manera imaginan estos seres que poseer un accesorio de belleza afecta su desempeño sexual o su valía como personas?

Uno de los involucrados en esta historia incluso era incapaz siquiera de tocar las pinzas, como si fueran a transmitirle un virus o una infección mortal y, debido a ello, los demás comenzaron a sujetarle las manos y los brazos para forzarlo a que las agarrara. En cuanto lo lograron y lo soltaron, él las arrojó al suelo, como si tenerlas en la piel le causara quemaduras.

Es realmente curioso, por decir lo menos, cómo un artículo tan pequeño e insignificante es capaz de provocar paranoia entre un grupo de adultos masculinos desarrollados. Estos hombres que les platico trabajan en líneas de producción, lidian con fallas de maquinaria que tienen que reparar, están constantemente sometidos a estrés y presión y todo esto parece no afectarlos. Superan metas, consiguen objetivos y en sus manos tienen la responsabilidad de que estas líneas sigan operando. Son, en pocas palabras, excelentes en lo que hacen. Me resulta inconcebible que crean que unas minúsculas pinzas de depilar van a derrumbar su imagen de hombres o a restarles valía.

Lo preocupante de toda esta historia son las implicaciones ocultas, pues si ellos sienten que el estar relacionados con algo mínimamente ligado a lo femenino les resta valor ante los demás varones de su entorno, es porque ellos también le restan valor a cualquier hombre igualmente ligado a lo femenino. Viven con el miedo a ser discriminados por los mismos motivos por los que ellos discriminan a otros.

Esto se traduce directamente en una de las principales razones por las que muchas feminófilas nos vemos forzadas a mantener nuestra conducta en estricto secreto y, en la medida de lo posible, alejada de nuestro entorno laboral, ya que, si alguien se enterara de nuestra tendencia hacia lo femenino, probablemente las oportunidades de desarrollo se verían truncadas y la razón no tendría nada que ver con nuestra capacidad o habilidad para ocupar un puesto de trabajo, sino con la valía disminuida que nuestros congéneres nos asignarían debido a nuestro travestismo.

Lamentablemente esto se extiende más allá de lo laboral, alcanzando también el terreno de lo familiar. Son abundantes los casos de feminófilos, transexuales u homosexuales que son desterrados de sus núcleos familiares debido a estas condiciones, pues a ojos de sus parientes, son seres inferiores tan solo por que son diferentes a ellos. Realmente tengo esperanza en que las nuevas generaciones comiencen a cambiar este sesgo. Afortunadamente parece que así será, ya que se percibe en ellas una mayor tolerancia y apertura de mente. Esperemos que así sea.

Trucos para disimular la espalda ancha

Siempre he dicho que, por muy mujeres que nos sintamos en determinado momento, nuestra fisonomía no se corresponde con ese sentimiento. Y un factor determinante en el desarrollo del físico masculino es el ensanchamiento de los hombros y la espalda. Este hecho se traduce en una enorme desventaja para las feminófilas, pues la mayoría de las prendas de mujer están diseñadas para espaldas compactas.

No obstante, no todo está perdido. Como en casi todos los aspectos, es posible valerse de ciertos trucos para desviar la atención de esa parte del cuerpo y llevarla a otros lados, logrando con ello transformar esa desventaja en algo favorable.

En este video que les comparto, se nos presentan algunos consejos de vestimenta para quienes tenemos espalda ancha, y así lograr mejorar nuestra imagen femenina.