Carta de un travesti a su novia

Hola, amor ¿Cómo estás? Espero que te encuentres de maravilla, tranquila y en paz, porque hoy necesito contarte algo que es muy importante para mí y quizás puede tomarte por sorpresa o causarte una impresión inicial equivocada, pero necesito que me leas con atención, para que al final de este escrito me conozcas un poquito más y tengas la información necesaria al respecto para que lo entiendas.

Soy travesti. Sí, soy travesti. Y por más incómoda que suene esa palabra, he aprendido a aceptarme sin sentir pena ni vergüenza. Soy varón, pero en ocasiones muy puntuales me gusta vestir, actuar y pensar como mujer. Amo las faldas, los vestidos, los zapatos de tacón, las pantimedias, los brassieres, el maquillaje, las pelucas, los rellenos, las blusas. Todo lo que tenga que ver con feminidad me fascina. He escogido un nombre acorde con este sentir, un nombre de mujer, y me refiero a mí misma con adjetivos y pronombres femeninos.

Cuando estoy a solas, me despojo de mis aburridos jeans y camisas, o de mi traje y corbata, y me dirijo al sitio secreto en donde escondo mis mayores tesoros para enfundarme en atuendos dignos de una noche de gala. Aplico mis primitivos conocimientos de maquillaje, me coloco una peluca y me transformo en una mujer. Tan solo el espejo y una cámara fotográfica son testigos de este espectáculo. Lo disfruto mucho, ¿sabes? Uno de mis mayores placeres es sentir el roce de un suave vestido contra mi cuerpo y contra la lencería que llevo puesta, mientras lo recorro de abajo hacia arriba hasta que llega a su posición final. Disfruto cada milímetro de ese recorrido.

Otras veces, cuando por alguna circunstancia no puedo gozar de tiempo conmigo misma, me llevo la ropa de mujer por debajo de la de hombre. Quien me vea en mi trabajo o en la escuela puede pensar que soy un individuo común y corriente, sin nada especial en él, pero no se imaginan que mi ropa interior es femenina, y también llevo medias, bra y hasta un liguero.

Aunque no solo es la ropa lo que me atrae; disfruto todo lo que esté relacionado con ser mujer. Te confieso que, a veces, utilizo incluso toallas femeninas. Sí, sé que son completamente innecesarias para mí, pero me ayudan a aumentar esa fantasía de que, por un momento, soy una chica. También debo decirte que me gusta orinar sentada. De la misma forma que con las toallas higiénicas, no es algo que necesite hacer dada mi fisiología, pero contribuye a mis ganas por sentirme femenina. Asimismo fantaseo con casarme vestida de novia. Cuando nadie me observa, mis movimientos son muy delicados y camino contoneando mis caderas. Amo que se me baje el tirante del bra y tenga que estar acomodándolo. ¡Ojalá todos los problemas fueran como ese!

Ya que estoy siendo honesto contigo, te cuento también que a veces observo a otras mujeres. Pero no es con morbo ni lascivia. Veo su ropa. Admiro cómo combinan diferentes colores y diferentes estilos. Hago notas mentales de qué tipo de falda va con qué tipo de zapatos. Y sí, a veces también me regodeo en la satisfacción de saber que camino mejor en tacones que alguna que otra compañera de trabajo. Quizá llegará un punto en el que en mi guardarropa haya más ropa de mujer que de hombre, o que un día decida remplazar todas mis trusas y bóxeres por undies femeninas de satín y encaje, así que te pido que no me tildes de maricón, poco hombre o “rarito”, porque no soy homosexual ni soy menos hombre que alguien que no sea travesti. Tampoco soy una mujer trans de closet o que no se atreve a dar el paso hacia una vida completamente como mujer ante la sociedad. El travestismo y la transexualidad son dos cosas separadas y no tienen una correlación entre sí. Mucho menos soy un enfermo mental, ni un desviado, ni pecador, ni degenerado o depravado. No es mi deseo vestir como chica con el fin de prostituirme ni de atraer hombres.

Por favor, no me propongas que busquemos una cura, porque esto no es una enfermedad, ni una moda, ni una etapa, ni un capricho ni algo temporal. Hablar con un psicólogo, con un sacerdote o con un curandero o chamán no va a hacer que deje de ser un travesti, pues no es un hechizo ni algo maligno. Creo que ir con un terapeuta es buena idea, pero no buscando que me “quite” esta conducta, sino más bien que nos ayude a integrar mi travestismo en nuestra relación sin que ninguno de los dos tenga que sufrir a causa de ello.

Amor, te amo con todo mi corazón y es por eso que me atrevo a contarte mi mayor secreto, pues quiero que me conozcas tal cual soy. Mi lado femenino no es tu competencia. No tienes que luchar contra mi otro yo por atención. No prefiero quedarme en casa a travestirme en lugar de estar contigo, pero es una necesidad que requiero saciar de vez en cuando. Si tú estás dispuesta a compartirla conmigo, ¡adelante! Estaré encantada de vivir esta experiencia a tu lado. Sería increíble, porque estoy segura de que tus consejos no me vendrían nada mal. No hay mejor maestra en el arte de ser mujer, que una verdadera mujer. Tú has tenido a tu mamá, o a tus hermanas, o a tus primas y amigas que te han ayudado a descubrir cosas y resolver dudas. Yo solo he tenido los consejos por internet de otros hombres como yo, quienes tampoco han tenido a nadie que los auxilie, así que no salimos de lo mismo.

No pienses asimismo que mi travestismo es un reflejo de que no estoy satisfecho sexualmente, o de que no me llenas, o de que no te considero lo suficientemente femenina. Esta conducta es solo mía y no está desencadenada por nadie más. He sido así desde antes de conocerte, así que no es por ti. Soy muy feliz a tu lado y no me falta amor ni cariño. Despreocúpate por ese lado.

Me queda claro que no estás forzada a aceptar este lado mío. No quiero ser en ti la causa de que digas “¿por qué a mí?”, o representar una carga en tu vida. Tampoco me gustaría que te avergonzaras de mí (aunque esta no es razón para ello). Eres libre de decidir lo que quieres en tu vida. Tan solo espero que, antes de tomar una decisión, lo medites. Que me des una oportunidad de demostrarte que mi travestismo, lejos de ser un problema, puede ser una gran ventaja y algo que me hace ser único y muy, muy especial.

Sally Beauty y su inclusión

Cómo se nota que la mentalidad de las nuevas generaciones está cambiando, y eso me da un gusto enorme.

No me considero vieja ni anticuada, pero es verdad que soy una travesti a quien le tocó crecer en tiempos que son diferentes a los que vivimos ahora. Cuando era una adolescente comencé a hacer mis primeras compras de prendas femeninas propias. Acudía a los grandes almacenes y, además de adquirir las ropas que tenía en mente, me llevaba una o dos cosas innecesarias con el propósito mental de distraer a la cajera y que no se fijara mucho en que yo era un jovencito comprando ropa interior para mujer. Mientras escogía los atuendos en los pasillos de damas, trataba de no ver a nadie a los ojos, pues sentía que la gente de alrededor me juzgaba por estar ahí buscando tallas y colores de mi agrado.

Sentía (y a veces todavía siento) miedo de entrar a locales pequeños, pues ahí suele haber poca gente y destaco entre la reducida multitud, y los mismos pensamientos de que las dependientas o los otros clientes me juzgan vienen a mí, solo que ya no le doy tanta importancia a esos miedos como antes, y entro y compro mis cosas, aunque saliendo del lugar lo más rápido posible.

Sin embargo, esta semana necesitaba comprar un polvo traslúcido, así que fui a una tienda Sally que queda cerca de mi trabajo. Lo escogí y me dirigí a pagarlo, tratando de poner la voz más grave de lo normal en un patético intento porque la cajera, de unos 25 años, no descubriera que el producto era para mí. Al escanear el artículo, me preguntó si estaba seguro de que era el tono correcto, ya que no había cambios. Yo, dudosa de la respuesta, le dije que sí. Ella se me quedó mirando un instante y luego dijo:

-¿Es para ti?

En una repentina invasión de autoestima y seguridad, generada por la confianza que me inspiró la chica, le contesté la verdad y dije que sí, que el polvo traslúcido era para mí. Ella, sin inmutarse en absoluto, mostrando la misma amabilidad del inicio y como si fuera lo más normal del mundo, me dijo que tenía otro tono que me favorecería más, y me pidió que la siguiera hasta un pasillo concreto. Una vez ahí, me ayudó a escoger algo más acorde a mi color de piel, y me sugirió algunos otros productos para lograr un mejor resultado al maquillarme.

Sobra decir que salí del lugar con una enorme sonrisa en mi rostro. Por primera vez no tuve que esconder mi naturaleza por temor a ser juzgada. Pude ser yo misma ante alguien más y eso me llenó de un sentimiento de satisfacción y felicidad. Gracias, Sally México, por brindar el mismo servicio a todos tus clientes sin importar el género ni las preferencias, pues eso es lo que todas las compañías deberían fomentar.

Relato: Un día vestida de mujer

Es la hora de salida. Me dirijo hacia el reloj checador y, como todos los días, registro la hora en que me retiro de mi empleo. Soy un oficinista cualquiera, genérico, indistinguible entre la masa monótona de trajes de color oscuro, camisas blancas y corbatas que denotan seriedad y profesionalismo. Nada en mí llama especialmente la atención. Mis zapatos están ya desgastados, pues tengo más de dos años utilizándolos a diario, pero eso no me importa demasiado, pues todavía aguantan.

Camino rumbo a la salida de la oficina y en ese momento veo que un grupo de compañeras de Recursos Humanos avanza por delante de mí. Sus tacones producen ese inigualable e inequívoco sonido a cada paso que dan. Me encanta, es como música para mis oídos. Las observo detenidamente y me percato de que una de ellas tiene dificultad para andar con esos no tan altos zapatos de 10 centímetros. Su pisada es plana, sin gracia. Me regocijo en la secreta satisfacción de que yo sé hacerlo mejor y sonrío discretamente. Por otro lado, sí que me gustó su atuendo: lleva una falda de lápiz de color mostaza hasta la rodilla, calzado del mismo tono, una preciosa blusa floreada de botones y unas pantimedias naturales.

Esa última prenda me hace recordar que yo también llevo unas, pero negras, bajo mi pantalón. Además, mi ropa interior es femenina. Incluso hoy, sintiéndome más mujer que de costumbre, me animé a ponerme un bralette bajo la camisa. El miedo a que se notaran los breteles o la forma del sujetador me llevaron a no quitarme el saco en todo el día. Son las cuatro de la tarde. El calor es sofocante y siento que me asfixio, pero prefiero eso a que un mirón malicioso descubra mi más preciado secreto. Soy travesti.

Subo a mi auto y, una vez dentro, me quito esos desgastados zapatos y me los cambio por unos preciosos pumps color nude que guardo debajo del asiento. Me encanta manejar con tacones. Antes de ponérmelos, pienso en lo que dirían mis compañeros de oficina si supieran que traigo las uñas de los pies pintadas de un femenino color rosa. Recorro los treinta minutos que me separan de mi hogar acomáñado por el calor, el tráfico, los semáforos, los limpiavidrios, los cláxones. Por fin pude deshacerme del saco. Me desabotono la camisa y compruebo en el espejo del parasol que así, con la camisa un poco abierta, sí se percibe mi bra. Así continúo manejando.

Aun con la ventanilla abajo, mi cuerpo empieza a transpirar y ello causa que las medias se me peguen a la piel, pero lejos de ser una situación indeseable, la disfruto. A través de las bocinas de mi auto suena una canción de Ariana Grande. Siempre elijo pop cuando estoy en modo femíneo, ya que me ayuda a meterme más en el papel y las sensaciones. Después de lidiar con todo esto, por fin llego a mi casa. Me bajo del automóvil con los tacones puestos, pues la idea de que algún vecino de esos que nunca faltan y a los que les encanta observar las vidas ajenas me vea, me da al mismo tiempo miedo y emoción. Apresurado abro la puerta de mi hogar y la cierro tras de mí. Ahora sí estoy en mi mundo, protegida por estas cuatro paredes que me permiten sacar a mi mujer interna a mis anchas.

Lo primero que haré es tomar una ducha, pues estoy demasiado sudada como para siquiera pensar en ponerme cualquier prenda limpia. Antes de eso, siento la necesidad de orinar. Lo haré sentada sobre el inodoro para sentirme más femenina. Una vez que estoy bañándome aprovecho para rasurarme de nuevo, ya que las puntas de mis vellos comienzan a asomarse por los poros. Ya que estoy en esto y después de pensarlo por tres segundos, decido rasurarme también todo el vello corporal. Pecho, abdomen, piernas, axilas y brazos quedan totalmente libres de pelo. Al salir, me envuelvo en una toalla rosa y la ato desde mi pecho. Tomo otra toalla del mueble de baño y esa la enrollo sobre mi cabello. Me dirijo a mi habitación. Aprovecho la privacidad de mi casa para caminar moviendo las caderas, tal como lo haría una chica. Abro el cajón del maquillaje. Tomo un desodorante para mujer y me lo aplico bajo los brazos.

Ahora es momento de elegir el atuendo. Voy al clóset y saco el cajón de la ropa interior. Hace algunos meses me decidí a eliminar de mi guardarropa todas las trusas y bóxeres de hombre, y ahora uso exclusivamente undies de mujer. Tengo una colección bastante considerable. Me decido por unos briefs azul cielo, ya que dos días antes compré un bra de un tono parecido y quiero ver si combina. Todavía lo tengo en la bolsa, así que lo saco y ¡guau! ¡Parece que de un conjunto se tratara! Combinan muy bien, así que me los dejo puestos.

¿Me pongo falda o vestido? Siempre me cuesta trabajo decidir esto. Vestidos no tengo muchos, pero los poquitos que poseo me encantan. Por otro lado, mi colección de faldas es bastante considerable. Me encantan, son mi prenda favorita y tengo más de ellas que de pantalones.  Después de darle vueltas, recuerdo el atuendo de la chica de RRHH que vi antes de salir de la oficina y me propongo replicar su estilo, así que me decido por una falda muy parecida, pero de color vino, una blusa blanca con puntitos del mismo tono que la falda y unos zapatos de tacón en color uva (cuando comienzas a ser consciente del amplio abanico de tonos que hay disponibles en la ropa de mujer, comprendes perfectamente su necesidad de tener tantos pares de zapatos). Quizá no combine mucho, pero eso no es lo que más importa en este momento, pues nadie me verá. Lo esencial es cómo me hacen sentir esas prendas, y me ponen la piel de gallina al sentir el delicado roce de la suave tela contra mis piernas recién depiladas. Es el paraíso. Complemento la indumentaria con unas pantimedias naturales que todavía no había estrenado.

Llegó la hora de maquillarme. Mi técnica deja mucho que desear todavía, pero debo comentarles que ha mejorado bastante de un año hacia acá. Me propuse eso como meta para el año pasado. Comienzo con un primer para ocultar los poros abiertos que se me ven cerca de la nariz. Me aplico un corrector naranja sobre la sombra de mi barba que, por más al ras que trate de rasurarme, nunca deja de verse con un tono verdoso. Para las ojeras, elijo un corrector blanco y lo aplico en una cantidad considerable. Extiendo ambos productos con mis dedos y los dejo que se absorban por unos segundos. Ahora me aplico la base con ayuda de una esponja y la distribuyo de la manera más uniforme que puedo.

Tomo una paleta de contorneadores y practico una técnica que aprendí en un tutorial en YouTube. Aplico un tono claro en la frente, la nariz, la barbilla y debajo de los ojos, y un tono más oscuro que mi piel en las mejillas y las orillas de la frente. Con ayuda de una esponja húmeda, doy pequeños golpecitos para que el producto se absorba y la diferencia entre tonos no sea tan abrupta. Sello todo con polvo traslúcido. Elijo una paleta de sombras neutras y pinto mis párpados. Ahora las pestañas postizas. Me encanta ponérmelas. Con un rímel elimino el espacio entre las reales y las artificiales. Luego, con un delineador líquido de color negro me hago un cat eye que no me queda perfecto, pero sí regular. Finalizo con un rubor de color melón y así el maquillaje queda listo.

El toque final lo pone una peluca castaña de pelo rizado hasta debajo de los hombros. Como accesorios, unos discretos aretes de clip en forma de perla y un collar de fantasía. Me veo al espejo y exploto en una ola de alegría, felicidad y un poco de excitación. Me veo fantástica. Pocos rastros quedan de ese oficinista que era hace una hora y media y ahora el espejo refleja la imagen de una mujer que irradia sensualidad y hasta un poco de autoridad.

Con mi teléfono me tomo cientos de fotografías en cuanta pose se me ocurre. En una habitación, en otra, en la cocina, en la sala, en el baño, en las escaleras… En mi imaginación me transformo en una cantante, en una aeromoza, en un ama de casa, en una secretaria. Esta noche tengo el privilegio de ser quien yo decida. Puedo cambiar, adaptarme y olvidarme un momento de mis problemas del día a día.

Envío algunas de las mejores fotos por Whatsapp a mi mejor amiga. Ella conoce mi secreto y me apoya. No solo eso, también fomenta mi feminofilia. Me ha regalado algunas blusas y debo decir que su gusto es exquisito y elegante. Ella me considera su amiga mujer y siempre se refiere a mí en femenino, pues sabe que aunque por fuera pueda estar vestido de hombre, mi forma de pensar y ver el mundo es 100% femenina.

Poco a poco la noche llega a su fin y, cansada de modelar, me preparo unas palomitas en el microondas y veo una película en Netflix. Disfruto mucho estar así ataviada y recostada en el sillón de la casa, siendo yo misma sin deberle explicaciones a nadie.

NOTA: Relato ficticio inspirado en una publicación de Julia Gisselle Skye.

Una aclaración

Entre los pocos comentarios que recibo, leí uno que, siendo sincera, me dejó pensando mucho. A raíz del post 5 errores de travesti principiante, una lectora me reclamó por no empoderar a las juventudes y adolescencias que se cuestionan sobre su género, así como también por hablar de la ropa en términos de “para hombre” o “para mujer”, pues argumenta que esto último no tiene sentido, ya que la ropa es solo tela, y quien le da el género es quien la porta. Cabe mencionar que en esto último estoy totalmente de acuerdo, y lo he dejado claro en más de una ocasión. Incluso suelo referirme a esto como “la ropa socialmente asociada con el género femenino”. Lamentablemente, es una realidad que tan solo unas cuantas personas entendemos, pues la gran mayoría de la sociedad que nos rodea nunca entenderá que una falda puede ser portada por quien lo desee y no es exclusiva de las mujeres.

El otro punto, referido al empoderamiento de las juventudes, me exhortaba a no aconsejarles a las chicas que inician en el travestismo a que se sigan manteniendo ocultas. Creo que nunca he aconsejado tal cosa. Nunca he escrito las palabras “amiga, sigue escondida y oculta”. Es verdad que he publicado algunos tips para que no las descubran, pero ello no ha sido con la intención de perpetuar la clandestinidad que caracteriza a este fenómeno. Lo hago porque conozco el miedo que muchas de nosotras sentimos al pensar que alguien puede descubrir ese gusto tan particular por transformarnos. Ya dependerá de cada quién cómo maneja esa situación: si no quiere que nadie lo sepa o si no le importa que se entere todo el mundo. Yo jamás me atrevería a alentar a alguien cuyo entorno desconozco a que se libere de sus miedos y confiese su travestismo a su familia, amigos y compañeros de trabajo. Esa es una decisión completamente personal.

Nunca, en serio nunca ha sido mi intención transmitir la idea de que el travestismo es algo que deba mantenerse oculto y en secreto, o que sea algo de lo que debamos sentir vergüenza. Por el contrario, creo que he tratado de fomentar tanto la propia aceptación como la de las personas a quienes más amamos, díganse padres, hermanos o pareja. ¡Qué lindo sería que todos pudiéramos ser libres y sin que nadie nos juzgara! Pero eso no es más que una utopía, muy distante de la realidad. Lamentablemente vivimos en un mundo distópico y muy cerrado de mente en muchísimos aspectos. Ha habido grandes avances, pero estamos muy lejos de la meta. Debemos manejarnos con precaución, pues sabemos los peligros a los que la comunidad transexual y travesti se enfrenta por algo que es mal comprendido por la sociedad. Es triste y no debería ser así, pero así es.

Yo escribo en estas líneas mis puntos de vista y trato de dar los consejos que a mí me hubiera gustado recibir cuando no sabía qué hacer o qué me pasaba, o cuando caí en errores fatales y a causa de ellos me descubrieron y tuve que atravesar momentos difíciles. Pero esto es un blog, no es una dictadura. Cada quién sabe qué recomendaciones seguir y cuáles no le aplican para su caso, ideología y situación particular.

Muchas gracias.

Vístete de mujer sin que tu pareja se moleste

En una relación de pareja hay dos personas involucradas. Sí, parece una afirmación bastante obvia, pero en ocasiones se nos olvida y tratamos de anteponer nuestras necesidades, ignorando de las del otro integrante de dicha pareja. En el caso puntual del travestismo, suele suceder que, si tenemos una pareja que nos acepta con ese lado tan nuestro, entonces abusamos de esa libertad, muchas veces llegando a desgastar y poner en peligro la relación.

Gracias a este blog he podido tener comunicación con algunas novias y esposas de feminófilos, quienes han tenido la confianza de compartirme sus puntos de vista. Casi en todos los casos los argumentos son similares: piensan que es una homosexualidad de closet, que eventualmente la pareja querrá transformarse en mujer de forma permanente, o mencionan que ellas eligieron estar con un hombre, no con una mujer.

Cuando me comentan este último punto, trato de animarlas, diciéndoles que nosotras no somos mujeres, y tenemos eso bien presente. Sea cual fuere la ropa que nos viste en determinado momento, esas prendas no cambian nuestra esencia y mucho menos, obviamente, nuestra fisiología. Somos hombres aun si llevamos prendas de mujer, nos ponemos nombre de mujer, y actuamos como mujer. También les digo que no nos transformamos en otra persona. Siempre hemos sido así, pero la diferencia es que ahora ellas lo saben. Una parte muy importante de la personalidad que las conquistó proviene de ese lado femenino.

Sin embargo, la línea que separa que ese miedo se transforme en una realidad o se quede solo en un recelo es muy delgada, y a veces puede cruzarse sin que nos percatemos de ello. Sucede que el feminófilo ha vivido una parte muy significativa de su vida ocultando al mundo su gusto por lo femenino. Relegado quizás a una habitación en tinieblas en las madrugadas, con un “guardarropa” limitado a dos prendas refundidas en un oscuro y húmedo rincón y haciendo uso de su imaginación más que de algo tangible para saciar su necesidad de sentirse mujer. De repente se topa con una mujer que lo entiende y acepta su condición, y le permite ejercerla sin tener que esconderse.

Se siente entonces liberado de su confinamiento en la clandestinidad. Comienza a comprar más ropa, más maquillaje, más accesorios. Se maravilla ante la imagen llena de feminidad que el espejo le devuelve. Se le ocurre entonces intentar diferentes looks, otros estilos; se atreve a probar prendas que ni se había imaginado… y comienza entonces a pasar demasiado tiempo explorando a su alter ego femíneo, dejando en su pareja la sensación de que ya no está con un hombre, sino con una mujer, lo cual era uno de los obstáculos que le hacían dudar de aceptar a su par tal cual es.

Por ello, son indispensables los acuerdos. Resulta vital asignar un tiempo bien definido para que el travesti deje salir a su mujer interior. Es complicado, sí, ya que las ganas de sentirse mujer no obedecen un horario. No podemos prever cuándo llegará esa urgencia por ataviarnos con la indumentaria delicada propia de la mujer, así que decir “podrás hacerlo todos los viernes en la noche” no funcionaría al 100%. No obstante, es un buen punto de partida que se puede ir ajustando con el paso del tiempo. Lo importante es mediar; que ninguno de los dos integrantes de la pareja sienta que se aguanta y se queda callado mientras el otro impone su voluntad.

Amiga travesti, entiendo que es complicado atar a tu lado femenino para dejarlo salir tan solo de vez en cuando, pero piensa en tu novia o en tu esposa: para ella tampoco es cosa fácil aceptarte como eres y, si por ella fuera, es muy probable que quisiera eliminar ese lado tuyo. Pero ahí está, tratando de comprenderte y quererte. Así que ese sacrificio que haces valdrá mucho para ella, y le demostrará que te importa, como ella te está demostrando que le importas. Hablen. Platiquen. Sean honestos mutuamente y no se oculten nada relacionado a la feminofilia. Nada hace más daño que las mentiras, incluso aquellas que se dicen “para no lastimar” a la otra persona. Si ya establecieron un límite para que te transformes, respétalo y cíñete a él. Si te dan ganas de vestirte fuera del horario acordado, coméntaselo a tu pareja y juntos busquen una solución. No le mientas, no le des pretextos para ganar tiempo y quedarte más rato en tu casa con ese vestido que te fascina.

Como siempre, espero que este escrito pueda ser de ayuda para alguien.

-Nadia.

¡Ayuda! Mi novio se viste de mujer.

Hace algún tiempo publiqué una entrada con este mismo tema. Está orientada a mujeres cuyas parejas les confesaron su gusto por vestirse como mujer, pero no saben muy bien de qué va el asunto o cómo manejarlo. Sin pretender ser una guía absoluta, tanto el video como el post intentan ser una introducción y una manera de tranquilizar las dudas más frecuentes, para que la subsecuente información que encuentren sea más digerible. Sin más, aquí el video y no olviden compartir para que alcance a aquellas personas que les pueda servir.

Los 7 mitos del travestismo

Como es bien sabido por nosotras, que lo hemos vivido en carne propia, existen muchos prejuicios acerca del travestismo: que es un paso previo a la transexualidad, que es una homosexualidad de closet, que buscamos prostituirnos, que queremos lograr una imagen lo más vulgar posible para atraer hombres…, entre otros mitos.

Hace algún tiempo me encontré un documento en las profundidades de la red en donde hablaba de los siete mitos de la feminofilia, y quise publicarlo en formato de video. Como siempre, espero les ayude para lograr una mayor comprensión y aceptación. Y, de paso, ¡no olviden suscribirse al canal!

La música que acompaña a mi lado femenino

Defiendo con ahínco la afirmación de que los travestis no somos dos personas diferentes habitando un solo cuerpo. No sufrimos síndrome de bipolaridad, no tenemos esquizofrenia. Cuando nos vestimos de mujer, seguimos siendo la misma persona que cuando estamos en nuestra faceta de hombre. Sí, es cierto que externamos otros aspectos que como varones no exponemos, pero nuestra forma de pensar, nuestros ideales y nuestros gustos son constantes entre uno y otro lado de la frontera de género.

Dicho esto, es también cierto que, mientras nuestro lado femenino nos domina, nos permitimos ciertas libertades que la sociedad suele restringir a los hombres. Una de ellas son los gustos musicales. Con el tiempo he aprendido a no dar mucha importancia a los que personas que no poseen un lugar especial en mi vida piensen de mí, y ahora no escondo lo que me gusta, pues no debo avergonzarme de lo que soy. Pero sí que sigo siendo blanco de algunos comentarios machistas cuando se enteran de la amplia variedad de mis preferencias musicales.

Antes de proseguir, quiero dejar muy en claro que pienso que la música no tiene género. No hay música para hombres ni música para mujeres, Todos podemos disfrutar de escuchar lo que más nos plazca… en un mundo ideal. Sin embargo, en la realidad sí que se estigmatiza esta cuestión y se etiqueta a los géneros como el rock duro y estridente para los hombres, y el pop más suave y gentil para las mujeres. Siguiendo esta lógica ilógica, hoy hago una lista de lo que mi lado femenino prefiere escuchar cuando toma las riendas de mi vida.

Ariana Grande.

Taylor Swift.

Avril Lavigne.

Selena Gomez.

Dua Lipa.

Katy Perry.

Camila Cabello

Britney Spears

Paty Cantú

S Club 7

Sophie Ellis-Bextor

Y muchas más. Incluso tengo una lista en Spotify llamada “girly”. Esta música me acompaña en mis rituales de transformación y está conmigo mientras me rasuro el cuerpo, me maquillo y escojo mis atuendos. En otras ocasiones, la pongo mientras manejo hacia el trabajo, aunque en ese momento no esté transformada en Nadia. Me ayuda a sentirme femenina cuando por alguna razón no puedo externar ese sentimiento. Hay momentos en los que sí doy rienda suelta a mi imaginación y me visto específicamente para imaginar ser alguna de esas cantantes. Me pongo el atuendo que más se parezca a alguno de los que ellas utilizan sobre el escenario, pongo la cámara del celular en modo video, la pista de la canción a todo volumen y me grabo interpretando sus temas, como si de un concierto se tratara.

Claro está que esos clips se quedan reservados para la privacidad, pues no me atrevo a que alguien más me vea haciendo el ridículo mientras imagino ser Taylor Swift o Katy Perry, por ejemplo. Ustedes ¿qué música escuchan para alimentar ese lado femenino que vive en su interior?

Quiero agradecer a mi amiga Selena Sofía por la idea para redactar este post. ¡Espero te guste, amiga!

Por un mundo con más feminófilos

En más de una ocasión, de esas noches en las que caigo presa del insomnio y mi cerebro se entretiene imaginando las situaciones más inverosímiles posibles, he imaginado cómo sería nuestra existencia si hubiera más hombres feminófilos, si el gusto de un hombre por vestir y actuar como mujer fuera la regla y no la excepción. Claro que se puede argumentar que si tal fuera el caso, quizá el propio travestismo perdería el sentido, ya que dejaría de ser un acto transgresor para convertirse en parte de la indumentaria aceptada también para los varones.

Como he expresado antes, parte del atractivo que para nosotras tiene el vestir como mujer radica en que es algo “prohibido”. Si alguien me pusiera enfrente un pijama de satín para mujer, y uno para hombre hecho exactamente de la misma tela, escogería mil veces el de mujer. No es solo la tela, no es solo la sensación. Es también la forma y el acto de violar ese límite imaginario impuesto por la sociedad.

Como sea, y dejando a un lado el tema de la vestimenta, quiero concentrarme en el lado emocional del feminófilo promedio. Solemos ser mucho más comprensivos con la mujer que el hombre no-feminófilo. Nos ponemos en su lugar, ya que tenemos un punto de vista más cercano a su entorno y su realidad. Sabemos lo que se siente el temor a salir a la calle con cierta prenda a causa de las miradas indiscretas, los piropos malintencionados, los insultos o, incluso, las agresiones físicas. Despreciamos el machismo y repudiamos todo atisbo de supuesta superioridad masculina. Sabemos que hombres y mujeres somos diferentes, pero creemos en la igualdad derechos y oportunidades. Nos sentimos profundamente ligados al género femenino, aun cuando no pertenecemos directamente a él.

No nacimos en el país de las mujeres, pero hemos decidido adoptar dicha nacionalidad. Para ganárnosla hemos observado y calcado los comportamientos femeninos, así como su forma de pensar. Somos alumnas silenciosas, observando y tratando de aprender lo más posible de esas maestras que nos enseñan sin saberlo. Es por eso que estoy convencida de que un mundo con más feminófilos sería un lugar más equitativo para la humanidad. Podría ser una estupenda herramienta para acabar con ese sentimiento tan dañino de menospreciar a la mujer por el simple hecho de serlo.

Existirían menos abusos. Seríamos más comprensivos, menos violentos. Dejaríamos de criar hijos basándonos en anticuados estereotipos de género. Entenderíamos que formamos parte de un enorme abanico de diversidad en el que hay cabida para todos. Pararíamos de sexualizar a las mujeres, pues muchas de nosotras las vemos con genuina y profunda admiración, y no como alguien a quien queremos agredir sexualmente.

Al final del día, la sociedad nos ha hecho refugiarnos en las sombras y en la clandestinidad. Existimos sin existir. Somos un mito, un tabú. Un habitante de un mundo paralelo. Pero quizá, después de todo, seríamos pieza clave en el cambio que el mundo necesita urgentemente.

Tú ¿cómo imaginas que sería una sociedad con más feminófilos?

¿Somos especiales?

Hace un momento leía en Facebook una publicación de una feminófila en la que decía que su vida era prácticamente normal, exceptuando, por supuesto, su afición por vestirse de mujer.

Es claro que, para el ciudadano promedio, aquel que no tiene un conocimiento específico de lo que es la feminofilia, la palabra travesti le evoca una imagen negativa, grotesca quizás. Esta imagen es producto de la desinformación y el mal uso que históricamente se le ha dado a dicho vocablo, que se utiliza para designar genéricamente a quienes se prostituyen mientras portan vestimentas femeninas.

Pero no todos los travestis deseamos prostituirnos. Muchos somos felices simplemente vistiéndonos en la intimidad de nuestra habitación, alejados de las miradas morbosas, con nuestros espejos y cámaras fotográficas como únicos testigos de nuestra transformación. Lejos de esa imagen que se forma en las mentes de los que desconocen el verdadero significado, en donde tal vez nos caracterizan como un ser lascivo, ávido de sexo, pervertido, inestable mental, maniático e incluso depresivo, el feminófilo estándar no posee alguna característica especial. Somos, en cierto sentido, bastante aburridos.

Es muy probable que, incluso, podamos llegar a decepcionar a alguien que desee conocernos sin saber de nosotros nada más que nuestra afición por transformarnos en mujeres. No tenemos nada de especial. Espero que esto no se malentienda. ¡Claro que somos especiales! Nuestra feminofilia nos hace ser únicos. A lo que me refiero es a que nuestro aspecto no delata para nada nuestra condición. No damos indicios de ser diferentes al varón promedio.

Nuestras vidas cotidianas no tienen mucho de extraordinario. Vamos a trabajar, tenemos pareja, practicamos deportes con nuestros amigos, jugamos videojuegos, escuchamos música, nos gusta leer, mirar series, nos ocupamos de las reparaciones de la casa, y un largo etcétera.

No somos ninguna clase de monstruos. No vamos por la vida buscando sexo desenfrenado, no pasamos todo el tiempo transformados en mujeres. Somos seres humanos con una única particularidad: nos gusta vestir las prendas propias del género opuesto. Nada más.