Relato: primera vez vistiendo de mujer

Carlos abrió los ojos poco a poco. Mientras recobraba la conciencia comprendió que se quedó dormido en el sofá de la sala mirando la televisión, misma que seguía encendida sintonizando el canal de videos MTV mostrando el video de la canción Last Resort de Papa Roach. Instintivamente miró hacia la ventana para tratar de discernir qué hora era. A través de ella captó los últimos atisbos de los rayos de sol que escapaban por el horizonte, así que asumió que eran aproximadamente las ocho de la noche.

Después de emitir un sonoro bostezo y estirar los brazos, se levantó descalzo del sillón y caminó hacia la cocina, que encontró vacía.

-¿Ma? -Gritó, tratando de localizar a su mamá, pero sin obtener respuesta.

Abrió el refrigerador y tomó un yogurt bebible para calmar su incipiente hambre; se dirigió hacia la planta alta de la casa. En ese momento cayó en la cuenta de que era jueves, así que su familia debió haber ido al templo para rezar el rosario. Él también suele ir, pero, al verlo dormir tan plácidamente después de un agotador día de escuela, Mariana, su mamá, decidió dejarlo descansar en casa.

-¿Pa? ¿Kari? ¿Alan? -Gritó una vez más, solo para confirmar que efectivamente su familia se fue sin él.

Había sido una semana pesada. El final de curso del cuarto semestre de preparatoria se acercaba, así que había estado desvelándose haciendo tareas, proyectos finales y estudiando para sus exámenes. Ser el mejor del curso significa sacrificar horas de sueño, pero valía la pena cuando veía la alegría de sus padres al recibir la boleta de calificaciones.

Con desgano subió uno a uno los escalones que lo conducían a la parte de arriba de su hogar, arrastrando los pies y ensuciando sus calcetas, cosa por la que tuvo la certeza de que su madre lo reprendería luego, pero, de momento, no le prestó demasiada atención a ese hecho. De camino a su habitación, esa que comparte con su hermano Alan, dos años mayor que él, pasó por fuera del cuarto de sus papás sin voltear hacia adentro. La siguiente puerta era la de su hermana Karina. Ella es la mayor de los tres; tiene veintidós años y está estudiando la universidad.

Se detuvo justo afuera de la habitación de su hermana para volver a bostezar y a estirarse. En medio de este acto, volteó la vista hacia los aposentos de Karina y vio algo que llamó su atención: su discman. Ella se lo pidió prestado unos días atrás para escuchar el regalo que su novio le dio con motivo de su primer aniversario: el CD más reciente de Westlife, de quien ella era muy fanática y así lo evidenciaban sus paredes, que estaban decoradas con sendos pósteres y afiches de todos los integrantes, tanto juntos como por separado. El hallazgo le llamó la atención porque durante el desayuno Carlos le pidió a su hermana que le regresara el aparato, a lo que ella argumentó que no lo tenía, ya que lo había dejado en su casillero.

Nunca le había gustado entrar a la habitación de su hermana, y mucho menos a hurtadillas. Le gustaba respetar los espacios personales, así como le gustaba que respetaran los suyos, pero al recordar la mentira patente de su hermana decidió recuperar su posesión para echárselo en cara durante la cena. Sin pensarlo demasiado, se dirigió hacia el interior del cuarto. El espacio lucía descuidado: la cama destendida; el escritorio atiborrado de libros, hojas, lápices, bolígrafos, notas adhesivas y cuadernos; el buró tenía la lámpara de noche tirada y una taza de café a la mitad amenazaba con caer por el borde; el clóset era un revoltijo de ropa tanto limpia como sucia que se extendía hasta el suelo alfombrado. Fue en este instante cuando la vida de Carlos cambiaría para siempre.

Tirada en el suelo, inmóvil, inerte, desprovista de todo propósito, yacía una blusa de color morado. Llamó poderosamente su atención debido a que se asemejaba muchísimo a una que Britney Spears traía puesta en una imagen que decoraba la cabecera de su cama. Así como su hermana admiraba a Westlife, él hacía lo propio con Britney. Tenía todos sus CDs. Sus libretas estaban forradas con fotos de la cantante. Su mitad correspondiente de la habitación estaba densamente decorad con imágenes de ella, y esa fue la razón por la que asoció esa prenda con su admirada cantante. Se acercó para levantarla e inspeccionarla más de cerca. Este primer contacto fue mágico y algo despertó dentro de su ser. Sintió la suavidad de la blusa en sus manos. La prenda en cuestión no solo se parecía a la de Britney, sino que era una copia bastante fiel. Cosa rara, pues nunca había visto a su hermana con ese atuendo.

La tomó con las dos manos y extendió frente a sus ojos. En ese momento sintió algo que no se esperaba en absoluto: una erección comenzaba a formarse en su entrepierna, hecho que lo sorprendió. Ahí perdió el control de sus pensamientos, movimientos y deseos. Como hipnotizado por la visión ante sus ojos y con una amplia sonrisa dibujada en su juvenil e imberbe rostro, se despojó de la camisa blanca del uniforme de su escuela. Nunca antes se había percatado de la aspereza de su ropa, pero, después de compararla con la suavidad de la blusa de su hermana, le pareció inaguantable. Ahí estaba Carlos con el torso desnudo. Sin ponerse a pensarlo demasiado, procedió entonces a colocarse la blusa morada.

Todos los átomos de su ser eran conscientes de la textura de la tela, cosa que no hizo más que acrecentar su erección. Algo en su fuero interno se acomodó e hizo clic. Fue como colocar la pieza final de un rompecabezas. Se sintió no solo normal, sino completo. Encontró, sin querer, algo que ni siquiera sabía que le hacía falta, pero sin lo que jamás podía volver a vivir. La blusa tenía una sola manga y una abertura para lucir el ombligo. Carlos tenía una complexión delgada pero atlética gracias a su participación regular en el equipo de básquetbol en su escuela, y la prenda le quedó como anillo al dedo. Se sentía acariciado, abrazado por esa blusa.

Inevitablemente se dirigió hacia el espejo de cuerpo completo que había en la habitación. El reflejo que este le devolvió no era el suyo, era el de Britney Spears. Solo que ella no solía utilizar aburridos pantalones de vestir azul marino con raya. No. Así que caminó de nuevo hacia el mágico lugar en donde había hecho su maravilloso hallazgo en busca de algo con qué complementar el atuendo. Lo supo en cuanto lo vio: un pantalón de mezclilla blanco ajustado. Lo tomó y rápidamente se lo puso. Descubrió con asombro y emoción que compartía la talla con su hermana. Volvió al espejo y se contempló maravillado. El ajuste de los jeans provocaba que se dibujara una sensual curva en la zona de sus nalgas, y sus piernas de adivinaban torneadas y gruesas. No podía describir la agradable sensación de la que era preso en ese momento. Emoción, excitación y euforia se mezclaban en sus adentros y las manos y las piernas le temblaban a causa de ello.

Decidió recorrer toda la casa así vestido, caminando con paso decidido pero delicado, tal como había visto a Britney hacer en las alfombras rojas. A cada paso que daba sentía que esa era su verdadera esencia, además de que le encantaba sentir la caricia del aire en su abdomen descubierto. Miró el reloj de la cocina justo a tiempo para darse cuenta de que su familia no tardaría en regresar. Subió rápido al cuarto de su hermana para retirarse las ropas y volver a colocarse su aburrido uniforme, pero, justo cuando se disponía a salir de la habitación dirigió una última mirada a la blusa. La vio ahí sola, abandonada a su suerte y no se lo pudo permitir. La tomó de nuevo y la llevó a su propio habitáculo, en donde la escondió bajo el colchón. No lo sabía en ese momento, pero su mujer interior había despertado para nunca más abandonarlo. Había nacido un travesti.

El discman se quedó en el mismo lugar en donde lo había encontrado.

Nunca te avergüences de ser como eres.

Históricamente y, a mi parecer, de manera natural e instintiva, sentimos rechazo hacia lo que no entendemos, lo que no conocemos o lo que se sale de lo que consideramos “normal”. Debido a ello considero que es entendible que la enorme mayoría de las personas que desconocen lo relacionado con travestismo o feminofilia reaccionen de una manera desfavorable cuando se enteran de que alguien de su círculo tiene esa atracción hacia lo femenino. Lo que no es entendible es que, a pesar de que se hagan múltiples esfuerzos por explicárselos, sigan en la necedad de no querer comprenderlo.

He tenido la buena fortuna de que casi todas las personas a quienes les he confesado o se han enterado de mi travestismo lo han tomado muy bien después de que les expongo el fenómeno. Familiares, amigas y parejas han tratado de entenderlo y me aceptan como soy, aunque no todos han querido compartirlo conmigo y eso es completamente aceptable. Pero también he lidiado con algunas cuantas personas que rechazan terminantemente esa condición y han tratado de sobajarme y hasta humillarme por eso.

Me visto desde que era muy chiquita, así que puedo afirmar que he vivido mi travestismo durante toda mi vida y he atravesado diferentes etapas de este conforme he ido creciendo y madurando. Al principio lo hacía de una manera muy natural, ya que mi corta edad no me permitía entender que vestirse como mujer implicaba estar haciendo algo socialmente rechazado. Una vez que me enteré de esto, de que había prendas “para hombres” y “para mujeres”, de que mis papás se enojaban conmigo y me regañaban cada vez que yo cruzaba ese límite, que mis primos y compañeros de escuela se burlarían de mí si se enteraban de que lo hacía, comencé a sentir culpa y vergüenza por ser así, y adopté la clandestinidad como el único medio para expresar mi feminidad.

En mi mente se desarrolló la idea de que yo era un anormal, una especie de freak, una rareza y un pecador ante los ojos de Dios. Sentía pena por tener el gusto por ataviarme con ropas socialmente asociadas a las mujeres. Cada vez que me transformaba, al llegar al clímax me invadía una depresión espantosa, en la que me odiaba por no poder controlarme y por no ser un chico común y corriente. Trataba de ocultar en lo más profundo de mi ser esa parte de mí. Construí una fortaleza de virilidad falsa sobre mi verdadera personalidad para aparentar ante los demás ser uno de ellos, a causa de la vergüenza.

Al ir creciendo y entendiendo más acerca del tema, poco a poco fui sintiendo más comprensión por mí misma. Con el tiempo adquirí la fuerza y el valor necesarios para abrirme de capa con mis más cercanas amigas y familiares, hasta que eventualmente me di cuenta de que existían personas capaces de entenderme y eso me hizo ganar mucha más confianza e ir perdiendo el miedo a dejar a Nadia salir de su escondite. Comenzaba a derrumbar esa fortaleza falsa que tiempo atrás había levantado. Pero todavía vivían en mí ciertos miedos. Quería tener el control absoluto de las personas a quienes les contaba ese lado de mi personalidad porque temía que el secreto se divulgara y acabara haciendo de mi vida algo insoportable.

El día de hoy puedo decirles que ya no vivo con ese estrés ni ese pánico al pensar que determinada persona pueda enterarse de que soy travesti. Entiendo que sigue habiendo muchísima ignorancia y tabúes alrededor del tema y que gente de mentalidad cerrada o machista se alejaría de mí si se enterara, pero esa sería la forma que tendría la vida de quitar de mi camino a quienes no deberían estar en él. Entiendo que, quienes realmente sientan aprecio por mí, me querrán y aceptarán como soy, y sentirán el interés por conocer lo que realmente significa el travestismo y sus implicaciones.

Seguramente habrá también quienes hablen de mí a mis espaldas, criticando mis gustos y tratando de menospreciar a mi persona, restando valía a mi humanidad a causa de lo que ellos piensan que es una anormalidad, pero el problema será suyo, no mío. Hoy sé quién soy, lo que soy y, sobre todo, lo que no soy. Me conozco y puedo decir con toda la sinceridad que estoy orgullosa de ser travesti. Y si los demás no lo entienden, no es mi responsabilidad luchar ni desgastarme para que lo hagan.

No debe existir vergüenza en ser como somos mientras no le hagamos daño a nadie. Así que a secarse esas lágrimas, a quitarse esos miedos y a mirar al mundo a los ojos con la frente en alto y con el orgullo de saber que somos especiales.

La inspiración de ser mujer

Quienes nos vestimos como mujer con regularidad sabemos que las ganas por transformarse no son permanentes. Como podemos pasar días o semanas enteras con esas ganas dominantes por llegar a casa y despojarnos de la indumentaria cotidiana para enfundarnos en el suave abrazo del satín o la seda, asimismo pueden transcurrir semanas o meses sin que nos apetezca portar ninguna prenda o accesorio. Pero ¿alguna vez has identificado lo que hace que las ganas lleguen de repente y pongan fin a los períodos de sequía?

Siempre hay un disparador que activa la mecha. En mi caso, suelen ser varias cosas; algunas de ellas, inesperadas. No obstante, la más común tiende a ser el avistamiento de un atuendo que me provoca imaginarme portándolo y entonces, una vez que me encuentro a solas, comienza el ritual de transformación de mi ser masculino en Nadia, tratando de imitar con mis propias prendas ese outfit que antes vi. Y no necesariamente tiene que ser una mujer quien lo traiga puesto, pues, muchas veces, basta con verlo exhibido en un maniquí en algún aparador. Claro que observarlo en movimiento representa un plus, pues si es una persona quien lo está utilizando es posible admirarlo desde varios ángulos, además de apreciar detalles que un aparador deja ocultos.

Las redes sociales también ocupan un lugar muy importante en este sentido, pues a través de páginas, grupos o aplicaciones tenemos acceso a una enorme base de datos de fotografías y videos de prendas, atuendos, combinaciones, maquillaje y accesorios, que no solo nos dan ideas para nuestras propias transformaciones, sino que logran encender la llama femenina cuando esta se encuentra en momentáneo reposo. Otras fuentes de feminidad, en mi particular situación, son las series y películas. Generalmente las actrices que interpretan algún papel están vestidas de manera impecable con preciosos vestidos o trajes formales e, incluso, vestimentas de otra época que no podíamos apreciar en alguna otra parte. Mis favoritas en este sentido: Game of Thrones y Reign. Me encantaría entrar en el papel de alguno de los personajes de estas historias y aparentar ser una reina, una princesa o una khaleesi.

Ni qué decir de los videos musicales o de conciertos en vivo de cantantes, sobre todo de Pop. Los atuendos de estas chicas van desde vestidos ultra elegantes y sofisticados como los de Celine Dion, hasta otros mucho más casuales, pero no por ello menos sensuales, como los de Ariana Grande, Dua Lipa, Taylor Swift, Selena Gomez y una larga lista de estrellas musicales femeninas. Además de sus vestimentas, sus peinados y maquillajes complementan de manera ideal la fantasía de vestir como una de ellas.

Volviendo al mundo real, les platico que recientemente tuve la oportunidad de acudir a una ceremonia de graduación de una conocida universidad. Se realizó de manera presencial por primera vez desde el inicio de la pandemia, así que había en el aire un sentimiento especial de festejo, tanto por la ocasión como por tener de regreso un pedacito de nuestra antigua normalidad. En la invitación a la celebración se especificaba que la vestimenta debía ser formal, así que yo, siendo hombre en mi vida cotidiana y atravesando un período de sequía femenina, acudí con traje y corbata. Sabía de antemano que la enorme mayoría de las graduadas asistirían al evento haciendo gala de sus mejores atuendos y maquillajes perfectos, pero aun así no estaba del todo preparada para lo que me tocó presenciar.

De pronto me encontré rodeada de vestidos de todos los tipos, texturas y colores; zapatos de tacón cerrados, abiertos, con y sin plataformas; pantimedias naturales y oscuras, peinados en estilos tanto sueltos como recogidos; maquillajes discretos y llamativos; y mucha, pero mucha feminidad. La mayoría de los estudiantes que se graduaban eran mujeres, así que a cualquier lado que volteara veía alguna prenda que capturaba mi atención y disparaba mi imaginación, situándome como la protagonista de esa noche y utilizando lo que más me iba gustando de lo que mi vista estaba registrando. Me situé mentalmente en el centro de la fotografía de generación siendo una mujer y sin que mis compañeros me miraran raro, pues para ellos yo era y siempre había sido su compañera. Imaginé a mis familiares compartiendo ese momento conmigo y orgullosos de mí. Y yo, sonriendo con genuina felicidad, contenta de alcanzar una meta más en mi vida.

De repente salí de mi fantasía y comencé a prestar atención a quienes de verdad se estaban graduando y se acomodaban por estaturas para que les tomaran la célebre fotografía. Como ya dije, las chicas hacían gala de un abanico muy extenso de colores, texturas y estilos. Los caballeros, por el otro lado, parecían sacados de un molde. Todos en trajes grises, azules o negros con cortes idénticos. Las camisas tampoco ofrecían mucha variedad, y se apreciaban en tonos blancos, negros, azules, verdes o violetas. Las corbatas eran las que dejaban ver una mayor diversidad, pero, por lo demás se puede decir que todos iban vestidos igual.

Eso me hizo pensar en una razón más por la que amo ser travesti, pues de esa manera he expandido las opciones que tengo en cuanto a vestimenta se refiere. Y, aunque no me he atrevido mucho a portar dichas prendas en público, me deleito cuando llega la hora de adquirir vestimenta femenina, pues las opciones son infinitas y puedo sacar mi lado más creativo y así conseguir una vestimenta que sea completamente personalizada y salga del limitado catálogo de ropa para hombre.

Ese evento me sacó de la sequía y de nuevo regresaron a mí las ganas por ser Nadia, mismas que estaré saciando próximamente, en cuanto tenga la oportunidad de hacerlo.

Diversidad

Cada que llega junio comenzamos a ser bombardeados en todos los medios con esta palabra. Diversidad. Pero ¿qué significa realmente? Una definición oficial, dada por la RAE es la siguiente:

  1. f. Variedad, desemejanza, diferencia.
  2. f. Abundancia, gran cantidad de varias cosas distintas.

Sí, creo que todos estamos familiarizados con estos conceptos y somos capaces de entender perfectamente a lo que se refieren. Mi pregunta va encaminada a qué significa la diversidad en un contexto social.

Ninguna persona es igual a otra, así que desde ahí es evidente que, al existir una sociedad, todos sus miembros tendrán características únicas. A la larga, conforme dicha sociedad va mutando a través del tiempo, algunos de sus individuos con características, pensamientos, puntos de vista, o actitudes similares y afines (mas no iguales) se irán agrupando en subconjuntos que abracen y celebren esas similitudes, quizás entrando en conflictos con otros grupos que tengan los rasgos opuestos; dependiendo de cuál de los dos sea el más numeroso o poderoso, acabará este por imponer los estándares de esa hipotética sociedad, reprimiendo de alguna manera la diversidad inicial. ¿Les suena familiar?

No obstante, es imperante que existan diferencias entre los grupos y entre los individuos, pues ello fomenta aspectos positivos como la originalidad, la creatividad y la innovación. Debido a esto resulta necesario fomentar y apoyar la diversidad, pues es algo que se torna en un agente indispensable para el crecimiento y prosperidad de un grupo social. Es por eso que aplaudo esta iniciativa a nivel global por celebrar este aspecto de nuestra cultura. No obstante, no me agrada en absoluto en lo que se ha transformado, pues ha sido secuestrada por las empresas para subirse a un tren del que solo esperan obtener beneficios económicos. Durante junio vemos cómo las marcas transforman sus logos pintándolos con los colores que representan dicha diversidad, queriendo vender una imagen acorde con lo que se conmemora, mientras en sus entrañas continúan tolerando e incluso fomentando actitudes y prácticas homofóbicas, transfóbicas o machistas.

Ni qué decir acerca de la discriminación que se vive muchas veces dentro de los mismos colectivos que luchan día con día por el respeto y reconocimiento de sus derechos. ¿Cuántas de nosotras hemos sido blanco de comentarios ofensivos por parte de mujeres trans? Y ojo, no estoy generalizando ni diciendo que todas las mujeres trans nos han discriminado. En absoluto. Tengo amigas trans con las que me llevo de maravilla, pero sí que existen algunas otras que tratan de menospreciar mi travestismo, alegando que de seguro soy una transexual de clóset, o que me falta valor para dar el paso que ellas sí se atrevieron a dar, que lo único que me detiene son los privilegios de ser hombre en esta sociedad, y un muy amplio etcétera, olvidándose por completo de eso que tanto dicen celebrar y que es el tema central de este escrito: la diversidad.

El caso mío no es el de todas las demás. Mi sentir difiere mucho del de mis semejantes, así como mi entorno, mis circunstancias y mis decisiones. Un travesti no es menos valiente que una mujer trans, simplemente somos diferentes. Así que seamos tantito coherentes y no juzguemos a otras personas bajo el cristal de los contextos personales, pues todos y todas tenemos diferentes escenarios. ¿No sería más provechoso utilizar este mes para reflexionar en lo que podemos hacer para ser más incluyentes en lugar de esperar que llegue el desfile para recorrer las calles en completa desnudez buscando solo llamar la atención? Busquemos ser incluyentes 365 días al año en lugar de solo 30.

La Sequía

Ser travesti es una maravillosa dualidad. Es, como dirían algunos, lo mejor de ambos mundos. Personalmente, disfruto muchísimo ambas facetas de mi personalidad, tanto la masculina como la femenina. ¿Me gustaría ser mujer todo el tiempo? La contestación sincera a esta pregunta es que no. No obstante, para dar esta respuesta es necesario que me encuentre en lo que denomino La Sequía, es decir, la total ausencia de ganas por transformarme en mujer, debido a que, si esta interrogante me la planteo mientras las ganas de sentirme mujer están presentes, mi respuesta será la opuesta.

Desde hace algunos meses había tenido la inquietud por escribir acerca de La Sequía, pues creo que también resulta por demás interesante. Pero, cada que me sentaba frente a mi computadora para teclear un nuevo post, me encontraba de alguna manera influenciado por la feminidad. Hoy, sin embargo, fue el día elegido para relatarles mi temporal estadía en mi mitad masculina.

La vestimenta que en este momento porto no consiste en ninguna prenda femenina. Traigo jeans, bóxeres y una playera deportiva. Tampoco estoy usando ningún accesorio femenino ni nada de maquillaje. De igual manera, no me siento tentado a llegar a mi casa y despojarme inmediatamente de mi atuendo y enfundarme en falda, o vestido, o blusa o lo que tenga que ver con ropas de mujer. Claro está que Nadia nunca me abandona, pues al mirar pasar a alguna chica con un outfit interesante, tomo notas mentales para intentar algo similar a la siguiente vez que me travista.

Como ustedes sabrán si son lectores regulares, además de este blog también tengo un canal en YouTube igualmente relacionado con el travestismo. Cuando Nadia me visita, es ella la encargada de crear el contenido, cosa que no es trivial, pues consume algo de tiempo; escribir los posts, buscar las imágenes que lo acompañarán, redactar los guiones para los videos, grabarlos, editarlos, publicarlos, responder comentarios, en adición al propio proceso de vestirme y maquillarme, después de unos días se vuelve algo agotador, y es por eso que mi lado femenino necesita ciertos descansos de cuando en cuando.

Por mi parte, cuando Nadia no está alrededor, puedo concentrarme en otra clase de proyectos. Una más de mis pasiones es la música, así que durante La Sequía tomo mi guitarra y me pongo a practicar o a escribir alguna canción que nunca verá la luz. También aprovecho para leer, tomar cursos de fotografía o escribir alguna que otra entrada para el blog de mi lado masculino. Resulta evidente que no puedo desconectarme del todo y poner a Nadia completamente en pausa, pues es necesario darles seguimiento a los proyectos, ya que dejar de publicar contenido de manera regular es sinónimo de perder el interés de la audiencia.

Debido a ello, a veces me planteo la necesidad de transformarme en Nadia aunque no me nazca hacerlo, por ejemplo, para grabar algún video. Pero el hecho de pensar en el trabajo y el tiempo que ello implica para, como ya dije, maquillarme y producirme, hace que desista inmediatamente de la idea y decida aprovechar ese tiempo en alguna otra actividad. El lado negativo de todo esto es que, generalmente, dejo de tomar las precauciones físicas que Nadia requiere, como rasurar continuamente el vello de mi cuerpo para mantenerlo corto. La Sequía suele durar desde algunas semanas hasta algunos meses, lapso en que mis folículos no dejan de alimentar el crecimiento de vello, así que, cuando Nadia regresa, se enfrenta a la situación de corregir esos detalles y arreglar eso de lo que yo no me ocupé.

¿A ustedes les sucede algo similar? Cuéntenme sus situaciones particulares, pues enriquecer las experiencias con otros puntos de vista siempre resulta positivo. Un abrazo a todas y todos ustedes de parte de mis lados masculino y femenino que, al final, son uno mismo.

El vestido que me motivó a ir más allá

Hoy simplemente quiero compartirles una anécdota que, quizás pueda no parecer muy relevante, pero que recuerdo por lo que en su momento significó para mí. Algunos años atrás mis gustos musicales eran muy centrados en torno al Rock y sus derivados, y muy rara vez me permitía escuchar algo que estuviera fuera de esas fronteras. Pero, gracias a mi lado femenino, expandí mis horizontes y fui acercándome a los terrenos del Pop, generalmente dominado por cantantes mujeres y que suelen ser superestrellas, como, en aquellos tiempos, Britney Spears, Christina Aguilera, Avril Lavigne, Sophie Ellis-Bextor, entre otras.

Explorando artistas, el camino musical me llevó a descubrir eventualmente a Selena Gomez y Demi Lovato. Con esta última quedé maravillada, pues recuerdo que me gustaba bastante físicamente por aquella época. Un día en que no tenía mucho qué hacer y me encontraba vagando por una tienda de música encontré un CD de ella titulado Here We Go Again y su portada me cautivó, pues, en mi opinión, lucía muy femenina; su peinado, su maquillaje, pero, sobre todo, su vestido, me fascinaron y basada únicamente en eso adquirí el álbum y me fui muy contenta a mi casa.

Nada más llegar, lo abrí y lo inserté en el reproductor para escucharlo. Sí, tenía un par de temas pegajosos, pero nada especialmente sobresaliente. Por otro lado, el arte del disco era un caso aparte, pues el booklet contenía más fotografías con el mismo vestido que ilustraba la portada e, incluso, venía con un póster de regalo con ese vestuario que tanto me había gustado. Fue una grata sorpresa, y por supuesto que ese afiche lo pegué en la pared de mi habitación junto a otros que tenía de Avril y Katy Perry.

Algunas semanas después me encontraba corriendo en el parque. En esa etapa de mi vida me estaba preparando para presentar el examen de ingreso a la Universidad y mis clases eran vespertinas, por lo que todas las mañanas me levantaba temprano para hacer ejercicio. La pista de atletismo dentro del parque público tenía la ventaja de medir 1 km de largo, por lo que el número de vueltas se correspondía exactamente con la distancia recorrida. Mi récord personal constaba de dar tres vueltas seguidas trotando, luego dos caminando y al final otras tres trotando, para sumar un total de 8 km. Pero yo quería más. En mi mente vivía la idea de participar en una carrera 5k, así que eso era lo mínimo que debería aguantar de corridito.

Iba ya por la tercera vuelta corriendo cuando me propuse dar una más y así acercarme al objetivo fijado por mí misma. A la mitad de esta cuarta vuelta mis piernas comenzaron a resentir el esfuerzo y amenazaban con flaquear, pero no me detuve. Por alguna razón que al día de hoy sigo sin comprender, en mi mente se materializó la imagen del vestido de Demi Lovato, y me ayudó muchísimo a motivarme para vencer la idea de detenerme a descansar. Me visualicé portando la prenda y me dije:

“Tienes que continuar si quieres bajar de peso y entrar en ese vestido. Sigue corriendo. No te detengas. Esa será tu recompensa”

Y así fue. Mi meta cambió por completo. Ya no me interesaba aumentar mi condición física para lograr correr un 5k, sino que ahora mi objetivo era bajar de peso lo necesario para verme increíble portando ese atuendo negro con rosa, y mi cuerpo respondió de maravilla ante tal imagen. Estaba realmente enfocada en ello y no dudé en hacer lo que en ese momento era preciso para conseguirlo. Fue como si todos mis músculos se hubieran puesto a trabajar por un fin común, un fin que les gustaba y les llamaba la atención. Esa mañana logré pasar de ocho kilómetros recorridos a doce, es decir que mi rendimiento subió en un 50% gracias a visualizarme utilizando un vestido.

Fue un parteaguas para mí, pues pensaba que, si ya lo había logrado una vez, no había razón para no conseguirlo de nuevo, y a partir de ese punto nunca corrí menos de cinco kilómetros continuos… hasta que entré a estudiar y no pude seguir corriendo tan seguido y perdí la condición.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque muy pocas veces en mi vida he logrado reunir la motivación suficiente para que distintos aspectos de mí trabajen en una meta en común. Sí, cumplo por ejemplo con mis objetivos en mi trabajo, o en la escuela, o en mi relación, pero no he vuelto a sentir que todo mi cuerpo y mi mente se conecten de tal manera como aquella tarde. Y me llena mucho de satisfacción que esa meta estuviera relacionada con mi lado femenino. Quién sabe, tal vez eso significa que todo mi cuerpo está más conectado con esa parte de mí. Al menos eso me gusta pensar.

Como postdata, nunca encontré un vestido ni remotamente similar al que les cuento, por lo que aun cuando me ejercité para verme divina en él, nunca pude portarlo.

Los Muxes

Desde hace algunos años, esporádicamente he leído algunos extractos de artículos relacionados con los individuos de una sociedad zapoteca a quienes llaman muxes. Aparentemente, ellos son denominados como un tercer sexo, pues nacieron biológicamente hombres, pero adoptan roles sociales de mujeres, ya sea por decisión personal o porque así los crían sus padres en ausencia de hijas. Lejos de ser una vergüenza para su familia, como suele ocurrir en otros casos en los que existe un hijo con tendencias hacia lo femenino, los muxes representan para sus padres un orgullo, y son considerados como el mejor hijo dentro de su familia. Aunque esto es un tanto egoísta, pues no es que tener un hijo del tercer sexo les dé un estatus social más elevado, sino que los muxes tienden a ser quienes se hacen cargo de sus padres cuando estos envejecen.

Me resulta cuando menos curioso darme cuenta de que esta noción de un género no-binario, que tan en boga se encuentra en nuestros días, ya era bien reconocido y definido en una sociedad prehispánica como lo es la cultura Zapoteca. Generalmente, pensamos que estos temas gozan de una mayor tolerancia en los tiempos modernos, gracias a la sensibilización en cuestión de Derechos Humanos e identidad de género. Sin embargo, esta es una clara referencia de que lo que es diferente a lo establecido, no siempre ha sido considerado como malo. Quizá nos haga mucha falta volver a esa forma de pensamiento. Por lo pronto, les dejo este documental al respecto.

Carta de un travesti a su novia

Hola, amor ¿Cómo estás? Espero que te encuentres de maravilla, tranquila y en paz, porque hoy necesito contarte algo que es muy importante para mí y quizás puede tomarte por sorpresa o causarte una impresión inicial equivocada, pero necesito que me leas con atención, para que al final de este escrito me conozcas un poquito más y tengas la información necesaria al respecto para que lo entiendas.

Soy travesti. Sí, soy travesti. Y por más incómoda que suene esa palabra, he aprendido a aceptarme sin sentir pena ni vergüenza. Soy varón, pero en ocasiones muy puntuales me gusta vestir, actuar y pensar como mujer. Amo las faldas, los vestidos, los zapatos de tacón, las pantimedias, los brassieres, el maquillaje, las pelucas, los rellenos, las blusas. Todo lo que tenga que ver con feminidad me fascina. He escogido un nombre acorde con este sentir, un nombre de mujer, y me refiero a mí misma con adjetivos y pronombres femeninos.

Cuando estoy a solas, me despojo de mis aburridos jeans y camisas, o de mi traje y corbata, y me dirijo al sitio secreto en donde escondo mis mayores tesoros para enfundarme en atuendos dignos de una noche de gala. Aplico mis primitivos conocimientos de maquillaje, me coloco una peluca y me transformo en una mujer. Tan solo el espejo y una cámara fotográfica son testigos de este espectáculo. Lo disfruto mucho, ¿sabes? Uno de mis mayores placeres es sentir el roce de un suave vestido contra mi cuerpo y contra la lencería que llevo puesta, mientras lo recorro de abajo hacia arriba hasta que llega a su posición final. Disfruto cada milímetro de ese recorrido.

Otras veces, cuando por alguna circunstancia no puedo gozar de tiempo conmigo misma, me llevo la ropa de mujer por debajo de la de hombre. Quien me vea en mi trabajo o en la escuela puede pensar que soy un individuo común y corriente, sin nada especial en él, pero no se imaginan que mi ropa interior es femenina, y también llevo medias, bra y hasta un liguero.

Aunque no solo es la ropa lo que me atrae; disfruto todo lo que esté relacionado con ser mujer. Te confieso que, a veces, utilizo incluso toallas femeninas. Sí, sé que son completamente innecesarias para mí, pero me ayudan a aumentar esa fantasía de que, por un momento, soy una chica. También debo decirte que me gusta orinar sentada. De la misma forma que con las toallas higiénicas, no es algo que necesite hacer dada mi fisiología, pero contribuye a mis ganas por sentirme femenina. Asimismo fantaseo con casarme vestida de novia. Cuando nadie me observa, mis movimientos son muy delicados y camino contoneando mis caderas. Amo que se me baje el tirante del bra y tenga que estar acomodándolo. ¡Ojalá todos los problemas fueran como ese!

Ya que estoy siendo honesto contigo, te cuento también que a veces observo a otras mujeres. Pero no es con morbo ni lascivia. Veo su ropa. Admiro cómo combinan diferentes colores y diferentes estilos. Hago notas mentales de qué tipo de falda va con qué tipo de zapatos. Y sí, a veces también me regodeo en la satisfacción de saber que camino mejor en tacones que alguna que otra compañera de trabajo. Quizá llegará un punto en el que en mi guardarropa haya más ropa de mujer que de hombre, o que un día decida remplazar todas mis trusas y bóxeres por undies femeninas de satín y encaje, así que te pido que no me tildes de maricón, poco hombre o “rarito”, porque no soy homosexual ni soy menos hombre que alguien que no sea travesti. Tampoco soy una mujer trans de closet o que no se atreve a dar el paso hacia una vida completamente como mujer ante la sociedad. El travestismo y la transexualidad son dos cosas separadas y no tienen una correlación entre sí. Mucho menos soy un enfermo mental, ni un desviado, ni pecador, ni degenerado o depravado. No es mi deseo vestir como chica con el fin de prostituirme ni de atraer hombres.

Por favor, no me propongas que busquemos una cura, porque esto no es una enfermedad, ni una moda, ni una etapa, ni un capricho ni algo temporal. Hablar con un psicólogo, con un sacerdote o con un curandero o chamán no va a hacer que deje de ser un travesti, pues no es un hechizo ni algo maligno. Creo que ir con un terapeuta es buena idea, pero no buscando que me “quite” esta conducta, sino más bien que nos ayude a integrar mi travestismo en nuestra relación sin que ninguno de los dos tenga que sufrir a causa de ello.

Amor, te amo con todo mi corazón y es por eso que me atrevo a contarte mi mayor secreto, pues quiero que me conozcas tal cual soy. Mi lado femenino no es tu competencia. No tienes que luchar contra mi otro yo por atención. No prefiero quedarme en casa a travestirme en lugar de estar contigo, pero es una necesidad que requiero saciar de vez en cuando. Si tú estás dispuesta a compartirla conmigo, ¡adelante! Estaré encantada de vivir esta experiencia a tu lado. Sería increíble, porque estoy segura de que tus consejos no me vendrían nada mal. No hay mejor maestra en el arte de ser mujer, que una verdadera mujer. Tú has tenido a tu mamá, o a tus hermanas, o a tus primas y amigas que te han ayudado a descubrir cosas y resolver dudas. Yo solo he tenido los consejos por internet de otros hombres como yo, quienes tampoco han tenido a nadie que los auxilie, así que no salimos de lo mismo.

No pienses asimismo que mi travestismo es un reflejo de que no estoy satisfecho sexualmente, o de que no me llenas, o de que no te considero lo suficientemente femenina. Esta conducta es solo mía y no está desencadenada por nadie más. He sido así desde antes de conocerte, así que no es por ti. Soy muy feliz a tu lado y no me falta amor ni cariño. Despreocúpate por ese lado.

Me queda claro que no estás forzada a aceptar este lado mío. No quiero ser en ti la causa de que digas “¿por qué a mí?”, o representar una carga en tu vida. Tampoco me gustaría que te avergonzaras de mí (aunque esta no es razón para ello). Eres libre de decidir lo que quieres en tu vida. Tan solo espero que, antes de tomar una decisión, lo medites. Que me des una oportunidad de demostrarte que mi travestismo, lejos de ser un problema, puede ser una gran ventaja y algo que me hace ser único y muy, muy especial.

Sally Beauty y su inclusión

Cómo se nota que la mentalidad de las nuevas generaciones está cambiando, y eso me da un gusto enorme.

No me considero vieja ni anticuada, pero es verdad que soy una travesti a quien le tocó crecer en tiempos que son diferentes a los que vivimos ahora. Cuando era una adolescente comencé a hacer mis primeras compras de prendas femeninas propias. Acudía a los grandes almacenes y, además de adquirir las ropas que tenía en mente, me llevaba una o dos cosas innecesarias con el propósito mental de distraer a la cajera y que no se fijara mucho en que yo era un jovencito comprando ropa interior para mujer. Mientras escogía los atuendos en los pasillos de damas, trataba de no ver a nadie a los ojos, pues sentía que la gente de alrededor me juzgaba por estar ahí buscando tallas y colores de mi agrado.

Sentía (y a veces todavía siento) miedo de entrar a locales pequeños, pues ahí suele haber poca gente y destaco entre la reducida multitud, y los mismos pensamientos de que las dependientas o los otros clientes me juzgan vienen a mí, solo que ya no le doy tanta importancia a esos miedos como antes, y entro y compro mis cosas, aunque saliendo del lugar lo más rápido posible.

Sin embargo, esta semana necesitaba comprar un polvo traslúcido, así que fui a una tienda Sally que queda cerca de mi trabajo. Lo escogí y me dirigí a pagarlo, tratando de poner la voz más grave de lo normal en un patético intento porque la cajera, de unos 25 años, no descubriera que el producto era para mí. Al escanear el artículo, me preguntó si estaba seguro de que era el tono correcto, ya que no había cambios. Yo, dudosa de la respuesta, le dije que sí. Ella se me quedó mirando un instante y luego dijo:

-¿Es para ti?

En una repentina invasión de autoestima y seguridad, generada por la confianza que me inspiró la chica, le contesté la verdad y dije que sí, que el polvo traslúcido era para mí. Ella, sin inmutarse en absoluto, mostrando la misma amabilidad del inicio y como si fuera lo más normal del mundo, me dijo que tenía otro tono que me favorecería más, y me pidió que la siguiera hasta un pasillo concreto. Una vez ahí, me ayudó a escoger algo más acorde a mi color de piel, y me sugirió algunos otros productos para lograr un mejor resultado al maquillarme.

Sobra decir que salí del lugar con una enorme sonrisa en mi rostro. Por primera vez no tuve que esconder mi naturaleza por temor a ser juzgada. Pude ser yo misma ante alguien más y eso me llenó de un sentimiento de satisfacción y felicidad. Gracias, Sally México, por brindar el mismo servicio a todos tus clientes sin importar el género ni las preferencias, pues eso es lo que todas las compañías deberían fomentar.

Relato: Un día vestida de mujer

Es la hora de salida. Me dirijo hacia el reloj checador y, como todos los días, registro la hora en que me retiro de mi empleo. Soy un oficinista cualquiera, genérico, indistinguible entre la masa monótona de trajes de color oscuro, camisas blancas y corbatas que denotan seriedad y profesionalismo. Nada en mí llama especialmente la atención. Mis zapatos están ya desgastados, pues tengo más de dos años utilizándolos a diario, pero eso no me importa demasiado, pues todavía aguantan.

Camino rumbo a la salida de la oficina y en ese momento veo que un grupo de compañeras de Recursos Humanos avanza por delante de mí. Sus tacones producen ese inigualable e inequívoco sonido a cada paso que dan. Me encanta, es como música para mis oídos. Las observo detenidamente y me percato de que una de ellas tiene dificultad para andar con esos no tan altos zapatos de 10 centímetros. Su pisada es plana, sin gracia. Me regocijo en la secreta satisfacción de que yo sé hacerlo mejor y sonrío discretamente. Por otro lado, sí que me gustó su atuendo: lleva una falda de lápiz de color mostaza hasta la rodilla, calzado del mismo tono, una preciosa blusa floreada de botones y unas pantimedias naturales.

Esa última prenda me hace recordar que yo también llevo unas, pero negras, bajo mi pantalón. Además, mi ropa interior es femenina. Incluso hoy, sintiéndome más mujer que de costumbre, me animé a ponerme un bralette bajo la camisa. El miedo a que se notaran los breteles o la forma del sujetador me llevaron a no quitarme el saco en todo el día. Son las cuatro de la tarde. El calor es sofocante y siento que me asfixio, pero prefiero eso a que un mirón malicioso descubra mi más preciado secreto. Soy travesti.

Subo a mi auto y, una vez dentro, me quito esos desgastados zapatos y me los cambio por unos preciosos pumps color nude que guardo debajo del asiento. Me encanta manejar con tacones. Antes de ponérmelos, pienso en lo que dirían mis compañeros de oficina si supieran que traigo las uñas de los pies pintadas de un femenino color rosa. Recorro los treinta minutos que me separan de mi hogar acomáñado por el calor, el tráfico, los semáforos, los limpiavidrios, los cláxones. Por fin pude deshacerme del saco. Me desabotono la camisa y compruebo en el espejo del parasol que así, con la camisa un poco abierta, sí se percibe mi bra. Así continúo manejando.

Aun con la ventanilla abajo, mi cuerpo empieza a transpirar y ello causa que las medias se me peguen a la piel, pero lejos de ser una situación indeseable, la disfruto. A través de las bocinas de mi auto suena una canción de Ariana Grande. Siempre elijo pop cuando estoy en modo femíneo, ya que me ayuda a meterme más en el papel y las sensaciones. Después de lidiar con todo esto, por fin llego a mi casa. Me bajo del automóvil con los tacones puestos, pues la idea de que algún vecino de esos que nunca faltan y a los que les encanta observar las vidas ajenas me vea, me da al mismo tiempo miedo y emoción. Apresurado abro la puerta de mi hogar y la cierro tras de mí. Ahora sí estoy en mi mundo, protegida por estas cuatro paredes que me permiten sacar a mi mujer interna a mis anchas.

Lo primero que haré es tomar una ducha, pues estoy demasiado sudada como para siquiera pensar en ponerme cualquier prenda limpia. Antes de eso, siento la necesidad de orinar. Lo haré sentada sobre el inodoro para sentirme más femenina. Una vez que estoy bañándome aprovecho para rasurarme de nuevo, ya que las puntas de mis vellos comienzan a asomarse por los poros. Ya que estoy en esto y después de pensarlo por tres segundos, decido rasurarme también todo el vello corporal. Pecho, abdomen, piernas, axilas y brazos quedan totalmente libres de pelo. Al salir, me envuelvo en una toalla rosa y la ato desde mi pecho. Tomo otra toalla del mueble de baño y esa la enrollo sobre mi cabello. Me dirijo a mi habitación. Aprovecho la privacidad de mi casa para caminar moviendo las caderas, tal como lo haría una chica. Abro el cajón del maquillaje. Tomo un desodorante para mujer y me lo aplico bajo los brazos.

Ahora es momento de elegir el atuendo. Voy al clóset y saco el cajón de la ropa interior. Hace algunos meses me decidí a eliminar de mi guardarropa todas las trusas y bóxeres de hombre, y ahora uso exclusivamente undies de mujer. Tengo una colección bastante considerable. Me decido por unos briefs azul cielo, ya que dos días antes compré un bra de un tono parecido y quiero ver si combina. Todavía lo tengo en la bolsa, así que lo saco y ¡guau! ¡Parece que de un conjunto se tratara! Combinan muy bien, así que me los dejo puestos.

¿Me pongo falda o vestido? Siempre me cuesta trabajo decidir esto. Vestidos no tengo muchos, pero los poquitos que poseo me encantan. Por otro lado, mi colección de faldas es bastante considerable. Me encantan, son mi prenda favorita y tengo más de ellas que de pantalones.  Después de darle vueltas, recuerdo el atuendo de la chica de RRHH que vi antes de salir de la oficina y me propongo replicar su estilo, así que me decido por una falda muy parecida, pero de color vino, una blusa blanca con puntitos del mismo tono que la falda y unos zapatos de tacón en color uva (cuando comienzas a ser consciente del amplio abanico de tonos que hay disponibles en la ropa de mujer, comprendes perfectamente su necesidad de tener tantos pares de zapatos). Quizá no combine mucho, pero eso no es lo que más importa en este momento, pues nadie me verá. Lo esencial es cómo me hacen sentir esas prendas, y me ponen la piel de gallina al sentir el delicado roce de la suave tela contra mis piernas recién depiladas. Es el paraíso. Complemento la indumentaria con unas pantimedias naturales que todavía no había estrenado.

Llegó la hora de maquillarme. Mi técnica deja mucho que desear todavía, pero debo comentarles que ha mejorado bastante de un año hacia acá. Me propuse eso como meta para el año pasado. Comienzo con un primer para ocultar los poros abiertos que se me ven cerca de la nariz. Me aplico un corrector naranja sobre la sombra de mi barba que, por más al ras que trate de rasurarme, nunca deja de verse con un tono verdoso. Para las ojeras, elijo un corrector blanco y lo aplico en una cantidad considerable. Extiendo ambos productos con mis dedos y los dejo que se absorban por unos segundos. Ahora me aplico la base con ayuda de una esponja y la distribuyo de la manera más uniforme que puedo.

Tomo una paleta de contorneadores y practico una técnica que aprendí en un tutorial en YouTube. Aplico un tono claro en la frente, la nariz, la barbilla y debajo de los ojos, y un tono más oscuro que mi piel en las mejillas y las orillas de la frente. Con ayuda de una esponja húmeda, doy pequeños golpecitos para que el producto se absorba y la diferencia entre tonos no sea tan abrupta. Sello todo con polvo traslúcido. Elijo una paleta de sombras neutras y pinto mis párpados. Ahora las pestañas postizas. Me encanta ponérmelas. Con un rímel elimino el espacio entre las reales y las artificiales. Luego, con un delineador líquido de color negro me hago un cat eye que no me queda perfecto, pero sí regular. Finalizo con un rubor de color melón y así el maquillaje queda listo.

El toque final lo pone una peluca castaña de pelo rizado hasta debajo de los hombros. Como accesorios, unos discretos aretes de clip en forma de perla y un collar de fantasía. Me veo al espejo y exploto en una ola de alegría, felicidad y un poco de excitación. Me veo fantástica. Pocos rastros quedan de ese oficinista que era hace una hora y media y ahora el espejo refleja la imagen de una mujer que irradia sensualidad y hasta un poco de autoridad.

Con mi teléfono me tomo cientos de fotografías en cuanta pose se me ocurre. En una habitación, en otra, en la cocina, en la sala, en el baño, en las escaleras… En mi imaginación me transformo en una cantante, en una aeromoza, en un ama de casa, en una secretaria. Esta noche tengo el privilegio de ser quien yo decida. Puedo cambiar, adaptarme y olvidarme un momento de mis problemas del día a día.

Envío algunas de las mejores fotos por Whatsapp a mi mejor amiga. Ella conoce mi secreto y me apoya. No solo eso, también fomenta mi feminofilia. Me ha regalado algunas blusas y debo decir que su gusto es exquisito y elegante. Ella me considera su amiga mujer y siempre se refiere a mí en femenino, pues sabe que aunque por fuera pueda estar vestido de hombre, mi forma de pensar y ver el mundo es 100% femenina.

Poco a poco la noche llega a su fin y, cansada de modelar, me preparo unas palomitas en el microondas y veo una película en Netflix. Disfruto mucho estar así ataviada y recostada en el sillón de la casa, siendo yo misma sin deberle explicaciones a nadie.

NOTA: Relato ficticio inspirado en una publicación de Julia Gisselle Skye.