Me entrevistaron otra vez

Desde hace mucho tiempo tenía ganas de hacer la segunda parte de aquella autoentrevista que me realicé hace ya un par de años. Sin embargo, por cuestiones logísticas, no me había tomado el tiempo de poner manos a la obra; pero hoy por fin lo logré. Son nuevas preguntas y espero que les resulten interesantes. Les dejo aquí la versión editada de 20 minutos pero, si quieren entrar más a detalle, también les dejo el enlace a la versión completa, que dura 33 minutos. !Espero ansiosa sus comentarios!

Aquí el enlace de la versión completa: https://youtu.be/vBhYz5M3ToU

Un relato de travestismo heterosexual, parte 4.

El trayecto a casa no era muy largo; treinta minutos en auto separaban ambos hogares. Mamá intentó conversar con Rodrigo durante ese lapso pero, al no obtener nada más que monosílabos como respuesta, decidió dejar morir la conversación. En cambio, pidió a papá que hicieran una parada en el centro comercial para abastecerse de víveres que hacían falta en el hogar. Después de aparcar el automóvil en el estacionamiento de la plaza comercial, papá pidió a Rodrigo que acompañara a mamá mientras él esperaba en el auto, de esa manera las compras serían más rápidas.

-Hijo -dijo mamá-, trae un carrito de súper para poner las cosas que vayamos comprando. No tengo una lista, pero compraremos lo indispensable.

Al adentrarse en la tienda, fueron bombardeados por carteles que anunciaban grandes descuentos en los departamentos de electrónica, papelería, línea blanca y ropa. Tras examinarlos superficialmente, mamá decidió darse una vuelta por el departamento de ropa para damas y ver si había algo que valiera la pena. Rodrigo, todavía malhumorado y confundido, siguió a mamá. Una vez llegaron al departamento de Damas, lo primero que Rodrigo vio fue una vasta colección de faldas escolares en oferta, dada la proximidad del regreso a clases. Había de cuatro colores: blancas, negras, azules y cafés. Cafés, como la de Valeria. Ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos, era el precio de cada una. Por primera vez en su vida, Rodrigo pudo ponerle precio a un sueño; ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos costaba su felicidad en aquel momento.

Mamá revisó algunas prendas de manera superficial pero decidió no adquirir nada y darse prisa con las compras, debido a que papá esperaba en el auto. Salieron de la tienda con un par de bolsas y las pusieron en el maletero; abordaron el auto y pusieron rumbo a casa. Rodrigo parecía estar ya de mejor humor, pero mostraba cierta impaciencia por llegar.

-¿Todo bien, hijo? -Preguntó papá mirándolo por el espejo retrovisor y notando la impaciencia del pequeño-.

-Sí, papá -respondió éste con voz temblorosa y evitando mirar a su padre-. Es solo que me han dado ganas de ir al baño, es todo.

-Podrías haber aprovechado e ir a los sanitarios del centro comercial.

-Ya. Pero es que no he tenido ganas entonces.

-Aguanta -intervino mamá, falta solo un poco para llegar. Mientras tanto, trata de no pensar en líquidos.

-¡Mamá! -Protestó Rodrigo-.

Ni bien se había detenido el auto al llegar a casa, Rodrigo abrió la puerta y descendió del vehículo vigorosamente. Pulgoso se asomó por la ventana moviendo su cola de manera frenética, ladrando y arañando el vidrio en señal de reclamo por haberlo abandonado tantas horas. Mamá se acercó llaves en mano mientras papá bajaba del maletero las bolsas de las compras. Una vez la puerta estuvo abierta, Rodrigo subió corriendo las escaleras, ignorando las advertencias de mamá, y se encerró en el baño. Allí dentro, se quitó deprisa el pantalón y la sudadera, quedando al descubierto un bulto bajo su playera. Al despojarse también de esta, cayó al suelo la prenda mágica que representaba para el supermercado una pérdida de ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos.

La diferencia entre vestirme y transformarme.

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Hoy me han dado ganas de vestirme de mujer.

Nada raro, ¿verdad? Considerando mi feminofilia. Sin embargo, un hecho que ya me había sucedido en innumerables ocasiones, y que había pasado inadvertido en todas ellas, hoy llamó mi atención: no quise esforzarme demasiado; la actividad de esta tarde estuvo lejos de las transformaciones a fondo que suelo hacer cuando Nadia viene a visitarme. Me limité a ponerme una blusa lisa (sin siquiera utilizar un brassiere o bralette), un par de pantalones holgados sobre unos undies de mujer, y unos zapatos sin tacón. Nada de lencería súper elegante, ningún vestido sofisticado, maquillaje o peluca fue añadido a mi atuendo. ¡Ah! También es necesario recalcar que me he dejado crecer la barba desde hace un par de meses, y no quise afeitármela tampoco.

¿Qué es lo que sucede? ¿Acaso estoy perdiendo las ganas de dejar salir a mi mujer interior? ¿Poco a poco me estoy “curando” de mi travestismo? Mmmm no, no lo creo (y quiero dejar bien claro que ser travesti no es ninguna enfermedad que requiera una cura). Simplemente creo que he identificado dos diferentes ramas en este árbol que me lleva a vestirme de mujer.

La primera de ellas es la transformación como tal. Este ritual es el que a todas nos fascina, y a veces es incluso más disfrutable el proceso que el resultado en sí mismo. La transformación es completa, es total. En mi caso, comienza afeitándome la barba al ras, metiéndome a la ducha y rasurando todo mi cuerpo, para lo cual incluso utilizo un rastrillo de mujer… todo tiene que ser femenino en este proceso; continúo depilando mi entreceja y dando forma a mis cejas, retirando todos los vellos que estén fuera de la forma natural que tienen. Luego, viene la elección de la ropa interior, cosa que es complicada dada la cantidad de opciones de las que dispongo. Una vez que he escogido algo, toca tomar la decisión del atuendo: ¿blusa lisa o estampada? ¿Vestido, falda o pantalón? ¿Pantimedias negras, naturales o decoradas? ¿Zapatos de tacón o de piso? ¿Abiertos o cerrados? Cuando ha terminado este difícil proceso, viene mi parte favorita, que es el maquillaje. Debo reconocer que soy pésima maquillándome, pero eso no quita el hecho de que disfruto enormemente hacerlo. Me gusta también ponerme pestañas y uñas postizas, cuando tengo el tiempo de hacerlo. Finalmente, la peluca. Después de que estoy totalmente transformada, viene el irrefrenable deseo de tomarme muchas fotos. Una vez satisfecha con las imágenes, y después de pasar un rato haciendo actividades cotidianas vestida de esa forma, comienza el proceso inverso, para regresar a mi faceta masculina.

La otra rama la llamo simplemente “vestirme”. No es una transformación, pues no estoy haciendo todos los pasos descritos en el punto anterior. Es simplemente lo que hice hoy: tomar una blusa, un pantalón, unos zapatos y listo. Mi necesidad de vestirme de mujer está cubierta. Me siento a gusto también así. Algunas veces el vestirme responde simplemente a la falta de tiempo para hacer la transformación completa, pero otras veces es únicamente que es lo que necesito. No siempre requiero de pestañas, uñas, maquillaje y peluca para sentirme femenina, y es algo que también disfruto demasiado.

A ustedes ¿les ocurre algo similar? ¿O solo a mí? ¡Comenten!

Lo más reciente.

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Antes que todo quiero ofrecer una disculpa por haber abandonado este blog durante tanto tiempo… casi dos meses de sequía de posts. No es pretexto, pero ya antes les había dicho que la disciplina no es una de mis características más fuertes.

Hoy quiero hablarles de algo que me sucedió recientemente y que me tomó completamente por sorpresa. Resulta que, a inicios de este año tuve la oportunidad, gracias a mi empleo, de viajar fuera del país durante un lapso de tres meses. Como buena feminófila precavida que vive con sus padres, tomé todas las medidas que consideré necesarias para no dejar rastro de mi lado femenino durante mi ausencia: empaqué en mi maleta aquellas prendas indispensables para poder vestirme durante mi estancia en el extranjero, y el resto se quedaron bajo custodia en la casa de mi novia.

Estaba yo muy despreocupada, pues consideré que no existía riesgo alguno de ser descubierta, pues sin importar si mis padres husmeaban en mis cosas personales (recordemos que, al haberme descubierto vestida en un par de ocasiones durante mi infancia, la sospecha de mi gusto por utilizar prendas de mujer siempre ha estado latente en ellos), no encontrarían nada incriminatorio. Sin embargo, ese presagio de que tarde o temprano la verdad siempre sale a la luz parece ser muy cierto.

Para no extenderme demasiado en el cómo, les platicaré el qué. Mis papás encontraron un video en YouTube en donde mi lado masculino le hace una entrevista a mi yo femenino, y en el que aparezco vestida de mujer. Al no encontrarme yo en el país en el momento del hallazgo, no me comentaron nada al respecto, pero cuando desde que regresé notaba cierto distanciamiento de mi padre hacia mí. Al indagar con mi madre sobre dicho comportamiento, me confesó lo que habían encontrado y me cuestionó acerca de los motivos.

Debo admitir que fue una plática muy incómoda, pero al menos tuve las agallas de platicarle toda la verdad: que siempre me he sentido así, que no conozco el porqué, que no soy homosexual ni deseo convertirme en mujer de manera permanente, que mi novia lo sabe todo y que lo acepta, y que es algo que no solo me pasa a mí, sino a miles de hombres alrededor del mundo. Parece que lo entendió, aunque me dejó bien claro que no quiere verme vestida, lo que es bueno, pues yo no me sentiría nada cómoda transformada en su presencia.

En fin. Nunca fue mi intención que mis padres se enteraran abiertamente de mi feminofilia, pero ahora que lo saben, sinceramente me siento más libre, con un peso menos en mi espalda y más auténtica ante ellos.

 

¿Soy compradora compulsiva de ropa femenina?

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Uff, ¡cuánto tiempo sin escribir nada! Pero ya estoy de regreso para plasmar mis sentimientos en estas líneas. Ya les había contado antes que mi feminofilia ataca por episodios; es muy intensa durante algunas semanas, y puede desaparecer por meses enteros… pues durante estos días acabo de salir precisamente de uno de esos episodios de sequía femenina en los que las ganas de vestirme y sentirme mujer fueron prácticamente nulas durante un lapso aproximado de dos meses.

¡Dos meses! Creo que mi lado femenino nunca me había abandonado durante tanto tiempo. Fue tan prolongada la ausencia de Nadia Mónica, que incluso me dejé crecer la barba ¡y hasta adquirí una cantidad considerable de ropa de hombre! ¿Por qué me sorprende esto? Por que nunca me ha gustado comprar prendas para mi guardarropa masculino. No sé si a todas les pase, pero a mí, adquirir camisas, zapatos, pantalones, suéteres, trajes, cinturones, o cualquier otro componente de la indumentaria propia de varón, me parece una pésima manera de gastar mi dinero.

Esta historia viene a colación debido a que, durante la ausencia de mi lado de mujer, al consumir digamos $1,000 en ropa de hombre, sentía que estaba gastando mucho, y pensaba dos veces al momento de pagar; o si había escogido tres prendas,al final quería dejar una, pues tenía la sensación de estar excediéndome en mis gastos. Sin embargo, ahora que mi lado de mujer ha regresado (y presiento que este episodio será muy intenso después de tanto tiempo), ya adquirí más prendas de chica, y en un par de días he gastado más dinero en ellas que lo que he gastado comprando ropa de hombre en seis meses.

¿Soy compradora compulsiva? No lo creo, pues las personas con este padecimiento experimentan remordimiento después de haber comprado, cosa que a mí no me sucede, lo que termina agravando más el problema, pues al no sentir pena alguna podría seguir comprando hasta límites preocupantes. Afortunadamente me encuentro en un momento en el que mi poder adquisitivo me permite solventar estos gastos, pero no quiero que esta situación llegue a representar un problema en el futuro (o en el presente, pues mi novia ya me ha llamado la atención a consecuencia de este inconveniente). Necesito un freno financiero de manera urgente. Trabajaré en una estrategia para remediar esta complicación y, si dicho plan tiene éxito, les estaré platicando los resultados.

¿Alguna vez les ha pasado algo similar?

 

¿Por qué me gusta vestirme de mujer?

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Iba a titular este post “¿Por qué las feminófilas nos vestimos de mujer?”, pero decidí no hacerlo debido a que cada una tendrá sus propias razones, que no necesariamente serán iguales a las mías. Escribo esta entrada debido a que la novia de una chica feminófila me comentó que lo que más le ha costado trabajo entender es por qué nos gusta “vestirnos”.

Existe una respuesta que, desde mi punto de vista, es un estereotipo: decir que lo hacemos porque admiramos tanto a las mujeres que queremos experimentar lo que se siente ser como ellas. No dudo que lo anterior será cierto para algunas, pero estoy convencida que para la gran mayoría de nosotras funciona sólo como una respuesta fácil para evitar profundizar en explicaciones que no son nada sencillas de expresar.

Si en este momento alguien me pregunta por qué me gusta tanto vestirme de mujer, mi más honesta respuesta es: no lo sé. Y no respondo así con afán de cambiar de tema o de esquivar la explicación, sino que después de muchos años de darle vueltas al asunto en mi cabeza he concluido que no sé por qué, pero me fascina hacerlo.

Soy tradicionalmente una persona que investiga las razones de todo lo que me interesa, me gusta saber no solo cómo funcionan las cosas, sino por qué funcionan así; es por eso que durante las etapas más tempranas de mi feminofilia buscaba ávidamente una razón que explicara satisfactoriamente mi afición por vestirme, sentirme y actuar como mujer. Probé con la explicación “estereotipo” que mencionaba antes, y funcionó para autoconvencerme por un tiempo, pero se vino abajo cuando descubrí que hay muchas mujeres a quienes no les gusta ser femeninas. Concluí entonces que la frase “experimentar lo que se siente ser mujer” no tiene sentido, dado que “ser mujer” no significa lo mismo para todos, ni siquiera para las propias mujeres.

Probé después el argumento de que me gusta la textura de las telas de las prendas femeninas, pero cuando mi novia me preguntó si usaría con la misma emoción una pijama de satín para caballero que una de la misma tela para dama, me di cuenta de que las telas por sí mismas no son el motivo tampoco. Vamos, que aunque una minifalda sea de la misma mezclilla que mis jeans de hombre, prefiero mil veces vestir la minifalda. Además de que esa respuesta no explica por qué más allá de las prendas, me gusta también aplicarme maquillaje y usar peluca y tacones cuando me transformo en Nadia.

Después de años y años de introspección, de pasar incontables horas buscando una explicación para este sentimiento que me caracteriza, llegué a la conclusión de que me gusta vestirme de mujer por que sí. Y si yo estoy conforme con esa respuesta, debes estarlo tú también cuando me preguntas la razón. Sé que no es una explicación reveladora y que no aclara ninguna duda, pero es sencillamente que no hay nada que aclarar. Solo aceptarlo.

Algunos datos sobre mi yo masculino.

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Hoy quiero hablarles un poco sobre mí, la parte masculina de Nadia Mónica. Y es que he percibido que se tiene la idea de que los feminófilos tan solo nos dedicamos a vestirnos de mujer, pero ¡no! También tenemos una vida lejos de nuestro lado femenino.

Yo, por ejemplo, soy Ingeniero en Electrónica egresado del Tecnológico Nacional de México y trabajo para una empresa que fabrica alternadores y motores de arranque para automóviles. Me encanta tocar batería e incluso me desempeñé como baterista de algunas bandas durante mi adolescencia. También puedo tocar un poco de guitarra, aunque nada sobresaliente.

Mi género favorito es el Rock y soy fan de Foo Fighters, Pink Floyd, blink-182 y Metallica, pero en general me gusta escuchar una amplia variedad musical que va desde la llamada música clásica hasta la norteña, pues soy fiel seguidor de Bronco.

También soy aficionado a la aviación, me encanta todo lo que tiene que ver con aparatos que remontan el vuelo y tengo el lejano sueño de algún día tomar clases de piloto. En cuanto a los deportes se refiere, nunca he sido muy atlético, pero en mis años de estudiante me gustaba jugar fútbol y mi posición favorita era portero.

Otra cosa que me gusta son los idiomas. Hablo español, que es mi lengua materna, y el inglés lo domino ampliamente, gracias a ello he trabajado como profesor de ésta última lengua para niños y adolescentes de todos los niveles. También tengo conocimientos básicos de alemán, que pienso seguir desarrollando. Mi meta es ser políglota antes de cumplir 35 años.

Evidentemente mi ropa favorita es la femenina, y actualmente cuento con un guardarropa nada despreciable al respecto, pero también me gusta comprar ropa de hombre de vez en cuándo, y lo que más me gusta son las corbatas y las camisas.

Mi pasatiempo favorito es la lectura. Mis obras favoritas son El Marciano, de Andy Weir y La Ladrona de Libros, de Markus Zuzak. En cuanto a libros clásicos, me gusta mucho La Isla del Tesoro, de R. L. Stevenson; Matar un Ruiseñor, de Harper Lee y 20,000 Leguas de Viaje Submarino, de Jules Verne.

Otra cosa en la que me gusta mucho emplear mi tiempo de ocio es viendo series. Mi favorita es Friends, pero también me gusta mucho House, Breaking Bad, Reign, Cosmos, Game of Thrones, Seinfeld y las primeras temporadas de The Big Bang Theory.

Bueno, ya no los aburro más con datos sobre mí. Simplemente quise darles una pequeña muestra de la otra cara de mi personalidad, la que no necesariamente está ligada a la mujer que llevo dentro. Aunque realmente nunca puedo dejar a Nadia Mónica detrás, pues forma parte integral de mí, así que ésta es también parte de su personalidad. ¡Cuentenme sobre ustedes en los comentarios!

Chismógrafo.

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¿Recuerdan los chismógrafos que eran cadenas de correo? Se me ocurrió hacer uno. Copia, cambia las respuestas y ¡pégalo en tu muro de facebook o en los comentarios!

¿Qué hora es ahorita? 08:51 pm.
Nombre de mujer: Nadia Mónica.
Edad: 31 años.
¿Por qué te llamas así? Nadia porque me gusta, y Mónica por el personaje de Friends, ya que soy igual de obsesiva con el orden.
Preferencia sexual como mujer: Homosexual, ya que me gustan las mujeres.
Prenda favorita: Falda.
¿De quién era la primera prenda de mujer que te pusiste? Según recuerdo era de una de mis tías, un fondo blanco de satín.
¿Cada cuánto te vistes de mujer? En promedio, 2 o 3 veces al mes, pero no hay una frecuencia definida.
¿Eres de clóset o alguien lo sabe? Lo sabe mi novia y mi hermana y algunas amigas, y mis papás lo sospechan ¬¬.
¿Has besado a alguien mientras estás vestida de mujer? Sí, a mi novia.
¿Has tenido sexo mientras estás vestida de mujer? Nop.
¿Has besado a otra travesti? Nop.
¿Has tenido sexo con otra travesti? Nop.
¿Tanga o calzón de abuelita? ¿Entre esas dos? La tanga. Aunque prefiero algo intermedio.
¿Has tenido fantasías con hombres? Nop.
¿Del 1 al 10 qué tan bien sabes maquillarte? Mmmm como un 6 yo creo.
¿Qué famosa te gustaría ser? Ariana Grande.
¿Te gustaría ser mujer para siempre? Nop, estoy contenta con mi lado de hombre también.
¿Has usado toallas femeninas? Sí, y me encanta hacerlo.
¿Has salido a la calle vestida? No, ¡pero tengo muchas ganas!
¿Alguna vez te han descubierto vestida? Sí, varias veces y no ha sido nada divertido.
¿Qué es lo que no te gusta de ti cuando te transformas? Mis pestañas, ¡son pequeñísimas! Y me cuesta mucho enchinarlas. Además de que mi estatura me dificulta encontrar ropa bonita.
¿Has tomado o tomarías hormonas femeninas? No, no deseo transformarme en mujer.
¿Sabes andar en tacones? Mmmm sí, creo que mi caminar con tacones es bastante decente, mejor que el de muchas mujeres en mi trabajo jajaja.
¿Has comprado lencería en un centro comercial y fingido que es para tu novia? Sí, creo que este es un clásico.
¿Alguna vez has jurado no volver a vestirte, para recaer 10 minutos después? También es un clásico de los primeros años de travestismo.
¿Has robado alguna prenda de alguna amiga o conocida? Sí, la verdad sí lo he hecho, pero no diré de quién.

¿Qué hora es ahora? 9:00 pm.

Un relato de travestismo heterosexual, parte 3.

Capítulo 2.

-Trato hecho –Valeria extendió la mano para cerrar el acuerdo. Rodrigo asintió con la cabeza y estrechó la mano de su prima.

 -Mira que no sé si eres tonto o valiente. ¿Sabes que he participado en concursos nacionales de ortografía? –Dijo ella.

-Sí, pero hasta el momento no has ganado ninguno, ¿verdad? –apuntó Rodrigo con un hilo de satisfacción en su voz-, lo que significa que no eres invencible.

-Ya lo veremos, mocoso. Has escogido un castigo muy extraño si es que pierdes. ¿Seguro que no quieres apostar otra cosa?

-Estoy seguro. Tu cabello es muy valioso para ti, y no he encontrado de momento algo que yo pudiera apostar que valiera el precio de tu larga cabellera.

Rodrigo se acercó a su prima y tomó un mechón de pelo entre sus dedos. Al estar más cerca de Valeria notó que llevaba las pestañas enchinadas y una fina capa de delineador.

-No sabía que ya te maquillabas –le dijo de pronto, con una expresión de genuina sorpresa-. ¿Lo saben tus padres?

-Pfff –soltó ella alejándose con un ademán que le restaba importancia al asunto-, no tienen por qué saberlo. Lo hago sólo por juego, tratando de que no se note mucho que llevo algo puesto. Además, estoy a punto de entrar a la secundaria, pronto seré una señorita.

Se volvió hacia su mochila decorada con unicornios con grandes ojos y largas pestañas, y sacó un cuaderno con hojas rosa pastel y dos bolígrafos con tinta azul con brillos. Arrancó un par de hojas y le tendió una a su primo junto con uno de los llamativos lapiceros.

-Y ¿cómo lo haremos? ¿Quién de nosotros decidirá la palabra que vamos a escribir? Si yo lo decido, yo sabré escribirla, y si tú la decides pasará al revés. A no ser que seas tan bobo como para escoger una palabra sin saber cómo se escribe.

Rodrigo volteó a ver furtivamente la falda, respiró profundo y se dijo que llevarla puesta valdría todos los insultos de Valeria.

-Pues para ir en secundaria te falta bastante imaginación. Se nota que sólo haces lo que te dicen los profesores y nunca piensas por ti misma. Imagino que, siendo tan ñoña como eres, tendrás un diccionario a la mano. Lo haremos de la siguiente forma: escribiremos diez palabras cada uno –de repente, a Rodrigo le vinieron ganas de decir “cada una”, pero pudo contener ese deseo-. Las palabras serán dictadas por el rival, quien antes las buscará en el diccionario. Al final, entre los dos calificaremos la lista y el que obtenga más aciertos será el ganador.

-Bien, me parece justo.

Se dio media vuelta para encaminarse al librero; era un mueble de madera de mediano tamaño que contenía volúmenes como El Principito, Momo, La Historia Sin Fin y otras obras clásicas para lectores jóvenes. Del segundo estante extrajo un grueso diccionario enciclopédico de pasta dura y lo llevó a su mesa de trabajo, igualmente decorada con unicornios.

-¿Sabes algo de Biología? –Preguntó.

Rodrigo ni siquiera contestó, se limitó a negar con la cabeza.

-Bien –continuó Valeria-. Escogeremos palabras sólo de esta sección del diccionario, para que ninguno tenga ventaja sobre el otro. Ya que tú eres el retador, te toca dictarme primero. Diez palabras. Estoy lista.

Las manos de mi álter ego trataron de levantar el diccionario, pero de inmediato notaron que era bastante pesado. Torpemente, Rodrigo abrió el libro en la sección acordada y así comenzó la búsqueda de palabras. Era necesario escogerlas no muy complicadas, pues resultaba vital para sus planes que su prima ganara la apuesta.

Desfilaron poco a poco las palabras.

-Fotosíntesis –fue diciendo mientras seguía recorriendo las hojas en busca de otros vocablos-. Metamorfosis. Biosfera. Evolución. Célula. -Rodrigo estudió la expresión de Valeria justo a la mitad del listado. Se le veía confiada y tranquila. La competencia parecía pan comido para ella.

-Ácido –continuó-. Enzima. Colágeno. Mutación. Glicérido.

-Bien –dijo la malcriada chiquilla al terminar de escribir la última palabra, para después sonreír con malicia-. Mi turno.

Tomó el diccionario y fue pasando las páginas una a una, buscando los términos más complicados en ese mar de texto. Sonrió nuevamente con malicia antes de soltar el primero.

-Glucogenolisis.

Fue imperceptible la sonrisa que se dibujó en el rostro de Rodrigo. Tenía la certeza de que iba a perder. Valeria buscaba las palabras más extrañas con tanto ahínco que pasaron casi veinte minutos para que le dictara la última.

-Abscisión –dijo por fin.

Al terminar Rodrigo de escribir, comenzó la revisión de los listados. La prima pidió ser la calificadora, pues su espíritu competitivo era insaciable; quería saber cuánto antes lo bien que le había ido para tener una idea exacta su destreza, así que comenzó por revisar su propio examen.

En ese momento, los oídos de Rodrigo captaron algo que no le gustó: pisadas de tacones. Sabía que la única mujer que llevaba tacones en ese momento era su madre, nuestra madre. Supo que la hora de regresar a casa se aproximaba, la visita a casa de sus tíos estaba a punto de terminar, pues nuestra mamá llevaba a cabo la misma rutina cuando acudíamos con nuestros tíos: se encaminaba de la sala a la cocina para ayudar a mi tía con los trastos, tarea que solía durar no más de veinte minutos. ¡No podía estar pasando! ¡Estaba tan cerca de cumplir ese extraño deseo de usar esa falda!

Para colmar las cosas, la calificación de los listados de palabras estaba tardando más de lo pensado, debido a que ninguno de los dos tuvo la precaución de anotar las palabras que le dictaba al otro, y entonces tuvieron que volver a buscarlas en el diccionario para compararlas y saber si estaban bien o no.

Afortunadamente, la futura estudiante de secundaria tenía destreza para encontrar las palabras y terminó pronto de calificar su prueba. Seis aciertos de diez posibles. No le había ido tan bien como esperaba, sobre todo por culpa de algunas tildes que no había considerado. La decepción era evidente en su expresión facial. Y también en la de Rodrigo, que esperaba una victoria contundente de su prima.

Inquieto, apuró a su irritante contrincante a calificar su hoja. Cuando llevaba cinco palabras revisadas, Rodrigo acumulaba únicamente tres aciertos. Al terminar de comparar la séptima palabra llevaba cuatro, y en ese momento los sonoros tacones de mamá subían las escaleras en dirección a la habitación donde se encontraban, sin duda para anunciar que era hora de ir a casa. Octava palabra: error.

-¿Qué pasa si empatamos? –Preguntó Rodrigo, haciendo una mueca.

-Nada. Si nadie gana, nadie pierde tampoco –respondió ella, sin duda molesta ante esa posibilidad, pues ella siempre buscaba vencer.

La puerta se abrió.

-Rodri, hora de irnos –dijo mamá asomando la cabeza por la abertura -. Despídete de tu prima y trae tus cosas. Te esperamos afuera en el auto.

-Sí, mamá. Bajo en cinco minutos, sólo debemos finalizar un juego.

-No tardes –dijo nuestra madre. Se volvió y bajó las escaleras provocando el mismo bullicio como cuando había subido. Rodrigo divagó, imaginando que era él quien hacía el mismo ruido portando también unos tacones.

-¡No puedo creerlo! –Anunció Valeria, sacándolo de su breve ensimismamiento-. ¡Llevas cinco aciertos de nueve!

Al parecer la estratagema empleada por el pequeño Rodrigo había resultado a la inversa de como lo había planeado. Él no conocía la mayoría de las palabras, pero las había escrito diferente a como había imaginado que era lo correcto. Todo indicaba que su imaginación lo iba a traicionar. Finalmente, llegó la décima palabra.

Abscisión. Incorrecta.

Instintivamente, Rodrigo fingió coraje y frustración. Aunque este último sentimiento se convirtió en sincero rápidamente al darse cuenta de que, a pesar de que su plan había funcionado, ya no disponía del tiempo suficiente para cumplir el “castigo” pactado con Valeria. Ella sonrió y alzó las manos en señal de triunfo.

-¡Sí! –Gritó. Luego señaló a su primo con ambos índices mientras resonaban carcajadas de superioridad-. ¡Gané! ¿Quién es el tonto ahora?

-Sí, sí. Ya –Respondió él, torciendo la boca hacia un lado, pretendiendo estar molesto-. Tú ganaste, pero de nada te sirvió, ya no hay tiempo para que pague la apuesta.

-Cierto –expresó, cayendo en la cuenta de que su primo tenía razón-. Hoy no, pero esto no se me va a olvidar. La próxima vez que vengas tendrás que pagar, de ésta no te vas a librar tan fácil, primito. ¿O debo decir primita?

-¿De qué hablas? –Rodrigo frunció el ceño al decir esto.

-Pues sí –dijo Valeria sin dejar de burlarse-. ¡Los niños no usan falda! Así que si te la pones vas a ser mi prima.

Los niños no usan falda. Este pensamiento no había cruzado la mente de Rodrigo. Pero entonces ¿por qué sentía un deseo tan fuerte de hacerlo? Él era un niño. Tenía pene, que era lo que todos los hombres tenían, de acuerdo a lo que su padre le había dicho. Le gustaba jugar a la pelota y se había peleado a golpes una vez en la escuela. No conocía a ninguna niña que peleara a golpes ni que jugara a la pelota.

-¡No soy niña¡ Y esta fue una apuesta estúpida –respondió, visiblemente irritado. Salió apresuradamente de la habitación y se dirigió escaleras abajo, a reunirse en el auto con sus padres.

Se sentía confundido. Él no quería ser niña. Quería ponerse la falda del uniforme escolar, pero eso no significaba que quisiera ser mujer. ¿Era eso posible? ¿Qué estaba sucediendo? Cuando salió de la casa, papás y tíos caminaban por el camino de gravilla que cruzaba el jardín hacia el auto, programando la próxima visita. Se despidió de los tíos de mala gana y subió al auto antes que papá y mamá. Se quedó en silencio, pensativo.

 

Parte 1.

Parte 2.