Si pudieras ser mujer por un día, ¿qué escogerías?

Aparece frente a ti una extraña pastilla rosa. Al lado de ella, una conveniente nota explicativa que dice: Esta píldora tiene el poder de transformar. Quien la tome, podrá vivir por un día la vida de su elección, con las ventajas y desventajas que eso implica. Marque la casilla y a continuación ingiera la pastilla para convertirse en eso que siempre ha deseado:

  • Novia (desde la mañana de la boda hasta el término de la fiesta)
  • Quinceañera (desde la mañana de la celebración hasta el término de la misma)
  • Sirvienta (desde el amanecer hasta el anochecer haciendo labores domésticas)
  • Participante de Miss Universe (Desde la mañana del día del certamen hasta coronarse como ganadora)
  • Estrella internacional de Pop (traslado en avión, conferencia de prensa, firma de autógrafos y concierto)
  • Vocalista de banda de Rock/Metal (traslado en avión, conferencia de prensa y concierto)
  • Sobrecargo de aviación (en vuelo transcontinental)
  • Secretaria (Asistente personal de CEO de empresa tecnológica de su elección)
  • Ejecutiva de empresa (CEO de empresa tecnológica de su elección)
  • Modelo (en Victoria’s Secret Fashion Show)
  • Estrella de cine (En entrega de premios Oscar)
  • Princesa (hija de los Reyes de un territorio ubicado en el siglo XVI)
  • Otra (especifique)

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Sexto aniversario de este blog

No me había dado cuenta, pero el pasado viernes 11 de marzo se cumplieron seis años del primer post publicado en este espacio. Seis años han pasado ya desde que me decidí a comenzar esta aventura con el afán de crear un lugar para compartir mis anécdotas, consejos y puntos de vista acerca de la feminofilia, también llamada travestismo heterosexual. Mi principal objetivo ha sido brindar una esfera alejada del morbo, vulgaridad y exhibicionismo que suele rodear a las páginas y grupos de travestis en las redes sociales, en donde es extremadamente difícil encontrar información que sea de utilidad para quienes tienen dudas referentes al tema, o no saben muy bien qué es lo que les sucede y de dónde vienen esas ganas por ataviarse con las prendas de su mamá, sus hermanas, sus primas o lo que tengan al alcance.

Gracias a todas quienes forman parte de esta comunidad. A las que se han suscrito. A las que leen mis escritos con regularidad. A quienes se toman el tiempo y la molestia de dejar sus comentarios. A quienes me han sugerido temas acerca de los cuales escribir. Un abrazo para todas ustedes. Continuemos luchando para hacerle saber al mundo acerca de una condición llamada feminofilia.

8M

Como hombre, es aventurado emitir una opinión respecto al Día Internacional de la Mujer. Y digo como hombre, porque por más femenina que pueda sentirme en según qué momento, sigo siendo un hombre. A diferencia de las mujeres Trans (que, dicho sea de paso, son mujeres), nosotras las travestis no necesitamos ser reconocidas como mujeres por la sociedad. Esta faceta femenina la vivimos en nuestra vida privada, acaso con la compañía de un puñado de personas con las que hemos decidido compartir nuestro secreto, pero nada más. No somos percibidas como mujeres por nuestros compañeros de trabajo o de la escuela, ni por nuestros vecinos, ni por la persona que nos entrega el café en el McDonald’s.

Es por ello que quizá no seamos conscientes de la dificultad que plantea una vida completa desde la trinchera de la feminidad. Nosotras hablamos desde el privilegio masculino, que existe, por más que se quiera negar su existencia. Sí, es verdad que ser mujer también plantea ciertas ventajas respecto a los hombres, pero es innegable el hecho de que, al menos en México, y me atrevo a decir que en toda Latinoamérica, se tiene un menor riesgo de sufrir una agresión, un abuso o un secuestro por el hecho de pertenecer al género masculino. Y ya ni hablamos de las brechas salariales o las oportunidades de acceso a la educación, sea esta básica, superior o de posgrado.

Como feminófilas nos encanta ponernos en la piel de las mujeres. Cuántas veces no hemos fantaseado con ser una de ellas, aunque sea por un día o unas horas. A cuántas de nosotras nos ha asaltado la inquietud de querer transicionar y convertirnos por siempre en esa mujer que interpretamos por unos momentos. No obstante, ¿nos hemos realmente puesto a pensar en lo que implicaría? Tendríamos que decir adiós a ir solas a una fiesta, por ejemplo. O manejar por la ciudad a altas horas de la noche. Conoceríamos la odisea de viajar en transporte público y exponernos a ser toqueteadas o, de menos, víctimas de miradas lascivas o comentarios ofensivos. Comenzaríamos a frustrarnos al no obtener un empleo para el que tenemos todas las calificaciones y la experiencia tan solo por el hecho de estar embarazadas o ya tener un hijo. O, si la suerte es buena y conseguimos ese puesto, deberíamos conformarnos con un sueldo injusto y por debajo del de nuestros colegas hombres.

¿Cuántas veces, al estar disfrutando de la privacidad de tu habitación, te has vestido con esa hermosa minifalda, esa increíble blusa sin mangas y tus preciosos tacones de trece centímetros? Es muy fácil, ¿verdad? Ponerte las prendas, mirarte al espejo y caminar así por tu cuarto o tu casa. La historia sería completamente diferente al salir a la calle. Ya no digamos porque la gente te señale por ser un hombre vestido como mujer, sino incluso siendo una de ellas. Qué horror no poder vestirte como te gustaría, debido al miedo de que un imbécil quiera propasarse contigo porque su estúpido cerebro interpreta la elección de tus prendas como que necesitas tener sexo con quien se atraviese en tu camino y entonces él está dispuesto a hacerte el favor. No se vale tener que elegir entre vestirte como te plazca u optar por algo más discreto con el afán de preservar tu integridad.

Hermanas feminófilas: el simple hecho de vestirnos como mujeres no nos hace una de ellas, ni tampoco sus aliadas en esta lucha por la equidad. Si realmente quieres aliarte con ellas, puedes hacerlo desde donde te toca. Educando a tus hijos desde pequeños y hacerles saber que no hay juguetes ni labores domésticas para hombre ni para mujer. No te rías de los chistes machistas de tus amigos y hazles saber lo erróneo de su postura cuando los cuenten. Respeta a tu pareja y recuerda que el abuso no solo es físico, también verbal y emocional. Hoy aprovecha para verte en el espejo que tantas veces te ha reflejado una imagen femenina, pero esta vez úsalo para mirar dentro de ti e identificar las actitudes machistas de las que no te has percatado, y cámbialas. Creo que ese es el mejor legado que puedes dar hacia el objetivo de lograr un mundo con justicia, igualdad y equidad.

Documental: La “T” Invisible

En este documental de Patricia Ortega se nos presenta la crónica de Sharom, una travesti heterosexual. Ella nos va platicando su historia conforme se va transformando de hombre a mujer con ayuda de su esposa. Vemos todo el proceso desde la afeitada de la barba hasta la colocación de la peluca y los zapatos, mientras la protagonista reflexiona acerca de lo que para ella significa ser travesti.

Soy la T invisible y silente del LGBT. Soy travesti de clóset. De diario tengo vida, estilo y cara de varón. Pero, cuando llego a mi casa, cuando me provoca, cuando me siento bien, soy una princesa.

Un punto fundamental que Sharom menciona en el transcurso del corto, es el clóset en el que muchas de nosotras vivimos. Algunas a gusto, otras no tanto. Pero, creo que tiene mucha razón al mencionar que cada quién sale de él a su propio ritmo. Incluso algunas no “salimos”, sino más bien invitamos a unas cuantas personas elegidas a entrar a ese closet y compartir con nosotras ese espacio tan personal el íntimo.

Estoy segura que más de una se sentirá identificada con la historia que aquí se relata. ¡Espero les sirva y les agrade!

Maquillaje de hombre a mujer

El día de hoy quiero compartir con ustedes un video de Perry D. Lovegood con el que me topé hace algunos años y que me sirvió para animarme a intentar nuevas cosas respecto al maquillaje. Como el nombre lo dice, es un tutorial de cómo maquillarse para aparentar unos rasgos más femeninos. A diferencia de otros tutoriales que he visto, este me gustó porque está especialmente dirigido hacia hombres que gustan de transformarse en mujeres, así que todos los consejos son acertados.

Quiero aclarar que es un instructivo con cierto grado de complejidad. No te frustres si lo que muestra el video no te sale a la primera, pues, como todo aquello que se desea dominar, requiere práctica. Yo todavía no logro resultados convincentes en el dibujo de la ceja, y por eso siempre que me maquillo opto por dejarme la mía natural. Aunque sí me gustaría dibujarme una más femenina. Quizás con el tiempo lo logre. Sin más rodeos, el video en cuestión.

Una conversación entre mis dos personalidades

-Hola, Nadia.

-¡Hey! Hola, qué milagro que me hablas directamente.

-Lo sé. Es que nunca nos hemos cruzado, pues cuando tú llegas yo me tengo que ir y viceversa. Solo sé de tu existencia por el relajo que dejas y que yo tengo que recoger cuando te vas.

-¡Mira quién lo dice! El que usa mi cuerpo y lo deja lleno de vellos, mismos que me tardo más de una hora en retirar.

-Bueno, basta de reclamos. ¿Cómo estás?

-Pues aquí encerrada. Un poco aburrida, ya que hace algún tiempo que no salgo libremente. Has estado muy arraigado en los últimos días. ¿Todo bien?

-Sí. Bueno, más o menos. Fíjate que durante este año he estado experimentando algunos cambios. Me mudé de domicilio y sigo en el proceso de acostumbrarme a mi nuevo hogar. No he terminado de desempacar y no he podido ordenar tus cosas, que siguen metidas en las cajas. Por cierto, ¡vaya guardarropa, eh! Ocupa más espacio que mis atuendos.

-Ay, ¡qué pena! Siento que mis cosas ocupen tanto espacio. El problema es que ni yo misma me di cuenta de cómo fui adquiriéndolas. Un día compraba una blusita, luego unos zapatos, después alguna que otra falda, una peluca por allá, un vestido por acullá y, de repente, tengo maletas llenas de cosas.

-No te preocupes. Me gusta tener tus cosas, pues eres parte inseparable de mi propio ser. Es solo que, al tener tus pertenencias todavía empacadas, no me atrevo a invitarte a que vengas en tu plenitud y tomes el control de mi vida por algunas semanas, como acostumbras hacer. Pero te prometo agendarte un espacio próximamente e invitarte a que me visites al menos un fin de semana.

-¡Me encantaría! Fíjate que, mientras he estado alejada, he pensado en algunas ideas para cuando regrese. Tengo algunos planes que sé que te encantarán. Además, ¡no creas que no he notado que has subido de peso, jovencito! Y procrastinas demasiado.

-Tienes toda la razón, Nadia. ¡Discúlpame! Cuando tú te vas y veo los resultados de tu esfuerzo con el ejercicio, realmente quisiera continuar el trabajo, pero sabes bien que nunca he sido muy constante. Me esfuerzo por algunos días, pero después me desentiendo y hasta dejo de rasurar las piernas y el pecho. Por eso encuentras un desastre cada que llegas.

-Ay, niño ¡niño! ¿Qué haremos contigo? Bueno, ya ni modo. En cuanto regrese tomaré de nuevo las riendas.

-Oye, y ¿qué haces cuando no estás presente?

-Ja, ja, ja. ¡Siempre estoy presente! Nunca me voy del todo. Es imposible. Sí, es verdad que no siempre puedo aparecer cuando te miras en el espejo. El reflejo no va a ser el de una mujer todo el tiempo. Quizá tú ves a un hombre con barba, con las cejas desarregladas, ataviado con una aburrida playera, jeans, unos empolvados tenis y una sudadera. Pero por dentro estoy yo. Aparezco de repente cuando no te das cuenta. Cuando llenas un formulario y te dan ganas de marcar el cuadrito de “femenino” en lugar de “masculino” en el apartado de género. Cuando, en tus soliloquios, te refieres a tu persona en femenino. Cuando cruzas la pierna de manera diferente. Cuando escribes en tu libreta con espirales rosas y con tu lapicero de tinta morada con brillitos.

» Aquí estoy siempre. Tal vez mi imagen no se manifieste, pero soy yo quien está pensando en ideas para escribir en el blog, en videos para el canal, en contenido para las redes sociales. Quien administra las finanzas para saber si esta quincena podemos darnos el gusto de comprar esa prenda, ese accesorio, ese maquillaje. Soy como una app que está permanentemente corriendo en segundo plano.

-¡Es verdad! Vaya, eso me da muchísimo gusto, ¿sabes? Porque significa que entonces no te tengo reprimida. No estás encerrada. Eres libre de salir cuando tú quieras, de asomarte al mundo y dejar tu huella, aunque los demás no sepan que eres tú y crean que soy nada más yo. Eres la parte responsable de que yo sea una persona especial. ¡Gracias!

-¡De nada! Aquí estaré cuando me necesites. ¡Ah! Pero una cosa más. Ya, en serio, en buena onda, ponle más empeño a tu imagen personal. Algún día me lo agradecerás.

El vestido que cambió mi destino

Hace unos días, mientras buscaba algunas fotografías mías transformada para juguetear con ellas en Face App, me encontré unas en donde traigo puesto un vestido azul. Es una prenda de estilo elegante, como para utilizarla en alguna graduación o una cena empresarial. Y fue justamente ese el origen de dicho vestido.

Algunos años atrás trabajaba en una empresa en la que era costumbre hacer una cena para todos los empleados durante el mes de diciembre. El código de vestimenta para dicha reunión era formal: hombres con traje y corbata, y mujeres con vestido. Todos sacábamos nuestros mejores atuendos para la ocasión o, incluso, había quienes adquirían los ajuares específicamente para acudir a la celebración. La pareja que tenía en esos tiempos sabía de mi feminofilia, pero no la aceptaba para nada. Su meta era lograr que yo abandonara esta conducta y se molestaba muchísimo cuando se enteraba o sospechaba que yo me travestía.

Yo acudiría con ella a la fiesta. En los días previos estábamos emocionados por arreglarnos de la manera más refinada. Hicimos un trato: yo le regalaría un vestido y ella me regalaría un traje; el plan era ir combinados. Un día, caminando por una plaza comercial, vimos una tienda de vestidos. La insté a entrar para que los viera y, si le gustaba alguno, lo escogiera para regalárselo. Así fue y seleccionó uno azul, muy bonito, por cierto. La fiesta se celebró sin nada especialmente remarcable.

Ya en enero del año siguiente, y como es costumbre en los grandes almacenes para deshacerse de la ropa antes del cambio de temporada, se celebraba una barata de invierno. Yo fui porque suele haber excelentes ofertas y es una muy buena oportunidad para comprar prendas de buena calidad a precios accesibles. Cuál fue mi sorpresa que ¡encontré el mismo vestido que le había regalado un mes antes! Y, además, ¡de mi talla! No lo pensé dos veces y lo compré. Llegué a mi casa, me lo probé y me quedó perfecto. Como era de esperarse, me tomé algunas fotos que, por descuido, no borré de mi celular.

No pasaron ni 24 horas antes de que las descubriera y se armara la bronca. A priori ella creyó que las fotos me las había tomado con su vestido, lo cual la enfadó bastante. Su furia aumentó aún más cuando le expliqué que, de hecho, ese no era su vestido, sino que yo me había comprado uno igual. Los insultos no tardaron en llegar y la pelea que tuvimos nos llevó al término de la relación, cosa que, para ser honesta, agradecí demasiado. Así que se puede decir que ese vestido azul cambió mi vida, y para bien.

Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 2

Durante esta etapa, ya había reconocido plenamente mi condición de feminófila. Ya sabía de qué se trataba el asunto. Me había aceptado a mí misma y vivía mi dualidad con mucho encanto. Me había acostumbrado también a vivir con esa culpa momentánea que me atacaba luego de cada sesión de transformación. Se puede decir, de alguna manera, que ya había domado a mi travestismo.

Continuaba viviendo con mis padres, eso sí, así que el tema de vestirme con ropa que no era mía seguía presente, de vez en cuando permitiéndome comprarme una que otra prenda que acababa desechando algunos meses después por temor que mis papás la encontraran. Sin embargo, había algo de luz en ese túnel. Una tía y su esposo vivían en una zona residencial de la ciudad. No vivían como millonarios, pero sí tenían un nivel económico que les permitía desenvolverse sin preocupaciones. Nunca tuvieron hijos, así que se permitían algunos lujos. Y uno de esos lujos, para mi tía, era la ropa. Es cierto que esta tía no tenía un gusto más juvenil que mi mamá, pues incluso era más grande que ella. No obstante, sí que tenía una debilidad decantada por los vestidos y las faldas. Debido a que ellos viajaban con regularidad y no les agradaba mucho la idea de dejar su casa sola, me pedían que pasara las noches ahí mientras ellos estaban fuera.

Aprovechaba estas oportunidades para dar rienda suelta a mis ganas de convertirme en Nadia (nombre que, por cierto, todavía no tenía en ese entonces). Me probaba una gran cantidad de su guardarropa y me daba vuelo caminando por lo largo y ancho de su casa. Paseaba por las habitaciones, bajaba y subía las escaleras, me sentaba a mis anchas en los sillones de la sala, preparaba mis alimentos en la cocina, me miraba en cada espejo que encontraba y todo con ropa de mujer. Ahí no tenía que restringirme a mi pequeña habitación a altas horas de la noche y sin hacer mucho ruido. No. Ahí podía gozar de un poco más de libertad.

En una ocasión, hurgando en los cajones de la gaveta del baño, encontré un paquete de rastrillos. Tomé uno y sopesé largamente la idea de rasurarme las piernas. Nunca lo había hecho, pero extrañaba muchísimo la época en que no tenía vello en ninguna parte de mi cuerpo. Antes tenía mis piernas suaves y tersas, pero no tenía faldas. En ese momento estaba ahí con varias faldas a mi alcance, pero mis piernas no lucían bien con tanto filamento capilar. Era momento de combinar ambas cosas: lucir una falda con mis piernas sin vello. Lo medité por un largo rato, pues me daba miedo la idea de que alguien (mis padres, sobre todo) pudiera descubrir que me había rasurado las piernas. No tenía manera de explicar esa acción y recordemos que mis papás ya tenían una fuerte sospecha de mis tendencias feminófilas a causa de haberme sorprendido en ocasiones anteriores.

¿Qué creen que pasó? Pues sí. Mi razonamiento estaba un poco nublado por la cantidad de endorfinas que la urgencia por travestirme liberaba en mi torrente sanguíneo en ese instante. Busqué la crema de afeitar de mi tío, unté todas mis piernas con ella y pasé el rastrillo de abajo hacia arriba. No fue un recorrido muy largo, pues se saturó a causa de la cantidad de vello removido. Así que tuve que limpiarlo y dar otro jalón. Fue un proceso tardado y tedioso a causa de mi nerviosismo, mi inexperiencia y la cantidad de vello, pero después de unos veinte minutos la pierna derecha estaba suave como la seda.

Repetí el ejercicio en la pierna izquierda, que me costó un poco más de trabajo. Al final, no pude hacer otra cosa más que sonreír al admirar mis piernas libres de ese molesto pelo que las envolvía. Enjuagué con agua caliente los restos de crema de afeitar y me apliqué una crema humectante en la totalidad de mis extremidades. ¡Oh, la suavidad! Parecía que mi piel había despertado de un letargo y ahora era capaz de sentir cualquier mínimo roce, y percibir todo contacto. Me fui corriendo al cajón donde sabía que mi tía guardaba sus pantimedias y escogí, como casi siempre, unas naturales.

Al ir subiéndolas, las sensaciones me transportaban al cielo. No podía creer lo que el nailon abrazando mis piernas me hacía sentir. A día de hoy, esa sigue siendo una de mis sensaciones favoritas. Con esta experiencia se abrió una nueva puerta en mi proceso feminófilo, fue como un cambio de fase, una evolución hacia un adentramiento más profundo en este hermoso mundo de vestirme de mujer.

Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 1