Soy mujer por un día. Parte 2

Antes de comenzar a disfrutar de este gran día, no puedo resistirme a hacer algo que durante mucho tiempo he imaginado; me fascinó cómo mi mamá se dirigió a mí mediante mi nombre de chica y con adjetivos femeninos, y es por eso por lo que quiero verla cara a cara como su hija. Me quito la bata y sin detenerme a ponerme zapatos, bajo corriendo las escaleras hacia donde sé que se encontrará, la cocina. Lo único que me cubre es mi camisón, que es precioso y ultrasuave. Tiene un color palo de rosa y está fabricado en satín. En los bordes tanto inferior somo superior, tiene encaje negro. Los tirantes son delgaditos y me llega hasta poco arriba de la rodilla.

-Ay, hija -exclama mi madre al voltear a verme-, ¿cuántas veces te he dicho que te abrigues bien? ¡Duermes muy destapada y eso te puede hacer daño!

-No las suficientes, ma -respondo sin dejar de sonreír y abalanzándome a darle un abrazo y un beso en la mejilla-. ¡Te quiero!

-Y ¿ahora a ti qué te pasa? ¡Apúrate! O tu papá te va a dejar y a ver cómo te vas a tu entrevista entonces.

Regreso corriendo hacia la planta alta y me meto al baño. Ahí me despojo de la bata y por primera vez presto atención a la ropa con la que desperté. Es un short también de satín y un bralette, ambos del mismo color: rosa. Sí, es mi color favorito. Lo más interesante no son las prendas en sí, sino cómo se ajustan a mi curvilíneo cuerpo. El bralette sostiene mis pequeñas boobs y las levanta. Siento el roce de la tela en mis pezones y no puedo evitar exclamar un pequeño gemido de placer.

El diminuto short apenas es capaz de contener mi prominente trasero. Me fascina cómo luce completamente plano de la parte que queda entre mis piernas. Anticipando lo que imagino que descubriré, me despojo del short y veo que mis undies son también suaves, delicadas y pequeñas. ¡Son de Victoria’s Secret! Vaya, tengo buenos y caros gustos. Con una mezcla de temor, desconfianza, emoción y excitación, me llevo las manos hacia el borde de mis undies y las estiro para revelar lo que se esconde por debajo. Ahí veo, llena de alegría e incredulidad, que tengo una preciosa vagina.

¡Tengo vagina! ¡Soy una mujer! Rápidamente me quito el bralette y, cuando mis senos quedan sin nada que los sostenga, noto aún más su peso en mi espalda. Abro la regadera y me meto bajo el chorro del agua. Me percato de que hay una mayor variedad de champús que a los que estoy acostumbrada, pero, como si de un instinto se tratara, voy tomándolos y aplicándolos en el orden correcto. Nunca imaginé que lavar el cabello largo fuera tan difícil. No dejo todavía de sorprenderme con la suavidad de mi piel. Me complace ver mi cuerpo completamente desprovisto de vello. ¡Enjabonarme las boobs fue toda una experiencia! Otro poco y no logro terminar el baño a tiempo por querer continuar experimentando el tacto en mis pezones.

Con algo de tristeza, cierro la regadera y tomo una toalla. Me seco y luego, como si mis movimientos fueran automáticos, tomo otra toalla del mueble de baño y me la enredo en el cabello. Siempre me había preguntado cómo lo hacían las chicas, y ahora estoy yo aquí haciendo lo mismo con toda la naturalidad del mundo.

Tomo mi ropa y abro la puerta del baño. Al dirigirme hacia mi habitación me cruzo con mi padre, quien se dispone a entrar en él. Sin saber cómo actuar, me quedo petrificada ante su mirada, todavía sin acostumbrarme al hecho de que, en esta clase de universo paralelo, él siempre me ha conocido como su hija Nadia.

-Buenos días, hija -me saluda dándome un beso en la mejilla-. ¿Lista para esa entrevista? Quiero que les enseñes de qué estás hecha, ¿entendido?

Soy incapaz de responder. Mi cerebro continúa procesando lo maravilloso que sentí que mi padre me tratara como a su hija. Solo atino a sonreír como boba.

-¡Ah! -se vuelve nuevamente hacia mí, que continúo parada en el pasillo-. No importa lo que diga tu madre, yo no tengo prisa. Tómate todo el tiempo que necesites para alistarte. Quiero que los deslumbres. Así que escoge algo impactante, ¿de acuerdo?

¡Esa era una excelente noticia! Antes de salir de mi habitación había echado una mirada superficial al guardarropa y había constatado que la cantidad de prendas era mayúscula, por lo que decidirme por algo iba a llevarme más tiempo del que, como hombre, me tomaba escoger qué ponerme. Ahora, al saber que no había tanta prisa, no puedo evitar sonreír una vez más. Nunca antes había sonreído tanto antes del desayuno.

Me dirigo a mi cuarto, cierro la puerta y camino hacia los cajones donde guardo la ropa interior. Al abrir uno de ellos, me sorprendo por el desastre que hay dentro; decenas de panties sin ningún orden ni secuencia se apretujan entre sí, formando una maraña de satín, encaje y colores que tiene su encanto. Comprendo que la selección, quienquiera que la haya hecho, es magistral, así que cierro los ojos y saco la prenda al azar. Resulta ser una tanga de aerie color arena, con listones a los laterales y una gotita metálica en el centro, que cuelga de una pequeña cadenita. ¡Gracias, señor azar!

Intuyo que en el cajón de abajo estarán los sujetadores, y tengo razón. El desastre es comparable al del cajón previo, pero también reina el buen gusto y la elegancia. Puedo elegir cualquiera, al fin y al cabo, se trata de prendas que nadie verá. Pero no quiero ser la clase de chica que no utiliza ropa interior combinada, así que rebusco entre los cientos de bras hasta que encuentro la contraparte perfecta para mi tanga. Me coloco ambas prendas y me miro al espejo. No puedo creerlo, pues este me devuelve una visión que ni en mis más atrevidos sueños me imaginé tener.

Desde el reflejo me observa una mujer de 1.72 m de estatura, cabello negro, ojos cafés, labios carnosos, pómulos sobresalientes, 24 años de edad y tan solo ataviada con un brasier y una tanga que no hacen más que acentuar sus agradables atributos físicos. Y esa mujer soy yo. Nuevamente siento la excitación y esa humedad que había percibido momentos antes, pero ahora soy testigo de cómo se forma una pequeña mancha en mis undies. Opto por dejar de verme en el espejo y voy al guardarropa a elegir el atuendo para escoger algo impactante, como había sugerido papá.

Espera la parte 3.

Lee aquí la parte 1.

Soy mujer por un día. Parte 1

Estoy segura de que muchas de nosotras, si no es que todas, en algún momento hemos imaginado lo que haríamos si fuéramos mujeres. ¿Cómo sería nuestra personalidad? ¿Cómo sería nuestro físico? ¿Cómo sería nuestra vida en general? ¿Cuál sería nuestro trabajo? En mi caso, existe un variado número de profesiones que me gustaría desempeñar si fuera mujer. En la lista están:

  • Sobrecargo de aviación (TCP)
  • Secretaria
  • Bailarina
  • Ama de casa

Y otras más aventuradas como

  • Modelo
  • Actriz
  • Cantante
  • CEO de alguna importante empresa
  • Peleadora de artes marciales

Entre otras.

Hoy les platicaré lo que haría si, de repente, me despertara y al levantarme y verme al espejo me doy cuenta de que soy una mujer. Desconcertada, comienzo a tocar todo mi cuerpo solo para confirmar que todas las protuberancias son reales. De pronto suena mi celular; un nuevo mensaje ha llegado. Es de un número desconocido y en él solo se lee “disfrútalo, solo tienes veinticuatro horas y después todo volverá a la normalidad”

No lo comprendo del todo, pero, ya más calmada y emocionada al mismo tiempo, regreso a contemplarme nuevamente al espejo. Mi cabello es largo, negro, lacio y abundante. Mis facciones son femeninas y delicadas. Mis cejas son más delgadas y mis pestañas naturalmente largas. Aun sin maquillaje soy bonita, llamo la atención. Me paso las manos por mi cara y siento la suavidad de mi piel. No hay rastro alguno de barba incipiente. En ese momento, al ver mis manos reflejadas en el espejo, me percato de que mis uñas son largas y están pintadas de un color coquetamente rosa. Mis manos lucen tersas, pequeñas y delgadas. Mi mirada es atraída hacia mi pecho, que luce unas pequeñas pero redondas boobs; noto su peso en mi espalda y eso me excita… pero esta excitación es diferente, pues no hay nada entre mis piernas que tienda a levantarse. Más bien me limito a sentir un agradable calor mezclado con una humedad que es nueva para mí.

Me giro para seguir inspeccionando mi cuerpo y es ahí cuando percibo la imagen más agradable de mí misma: mis nalgas. Son redondas, prominentes, eróticas, perfectas. Sin duda resultan ser mi mejor atractivo. La humedad entre mis piernas se incrementa. ¡Diosa mía! ¡Estoy excitándome con mi propia imagen reflejada en el espejo!

En ese momento reparo en que percibo el mundo de una manera un poco diferente: el borde superior del espejo parece más lejano, y entonces caigo en cuenta de que soy más bajita que mi versión masculina. Tengo la estatura de una mujer promedio. Continúo en esta autoexploración visual y sigo con mis piernas, que son carnosas y torneadas. Las uñas de mis pies lucen el mismo tono de rosa que el de las manos. Observo mis pies y concluyo que también calzo un número mucho más pequeño que mi yo de hombre. Me deleito al tomar conciencia de que todo mi cuerpo es libre de vello. Estoy completamente maravillada.

Inspecciono mi habitación con la mirada en busca de pistas que me digan qué soy, quién soy, qué se supone que debo hacer, pero no encuentro nada. El dormitorio es el mismo al que estoy acostumbrada, pero la decoración sí tiene ligeros cambios: las paredes están pintadas de otro color y mis cobijas son muy coloridas; al abrir el cajón de mi buró para sacar mi reloj, veo que está repleto de collares, anillos, pulseras y demás accesorios femeninos. Eso me hace preguntarme ¿qué habrá en el guardarropa? Corro hacia allí para averiguarlo, y con gran felicidad descubro que todas mis oscuras y aburridas camisas han desaparecido, y han sido remplazados por decenas de vestidos, blusas, faldas y abrigos.

-Menuda muestra de opulencia para solo veinticuatro horas -pienso-.

Las opciones son tan enormes, y tengo tantas ganas de ponerme todo, que estoy segura de que tardaré, por lo menos, cuarenta minutos en escoger algo para empezar mi día. ¡Empezar mi día! Y ¿qué se supone que haré? ¡Ni siquiera sé a qué me dedico! Se me ocurre una idea. Me pongo un camisón y una bata de satín que encuentro al lado de mi cama y abro la puerta de mi habitación con cautela. Asomo la cabeza de manera temerosa e inspecciono el exterior. No se ve absolutamente nada. La casa es ciertamente mi casa, entonces me atrevo a exclamar

-¿Hola?

El sonido de mi voz es lo más dulce que he escuchado en la vida. Tiene un tono seductor pero, al mismo tiempo, inocente y tierno.

Escucho sonidos de pasos en la planta baja

-¿Hola? -Repito- ¿Hay alguien ahí?

-¡Nadia¡ ¡Deja de hacerte la graciosa, que se te va a hacer tarde! -Me responde una voz inconfundible: la de mi mamá.

Pero ¿acaso acaba de llamarme Nadia? ¿Me dijo que dejara de hacerme “la graciosa”? ¡No puedo creerlo!

-Anda, métete a bañar, que tu papá no te va a esperar toda la mañana -Me grita mi madre en un tono imperativo-.

Sí, ya recuerdo. Se supone que hoy tengo una entrevista laboral y acordé con mi papá que me llevaría antes de irse a trabajar. Entonces esta debe ser mi vida normal, pero con la única diferencia de que hoy soy una mujer. “Pequeña” diferencia. Muy bien, ahora las cosas comienzan a tener algo de sentido y las piezas se van acomodando poco a poco en mi cabeza. ¡Estupendo! Estoy decidida a hacer de este día el mejor de mi vida. Hoy el mundo conocerá a Nadia Mónica.

Continuará.

¿Cómo sentirme mujer?

El día de hoy, como de costumbre, a las 6:00 estaba lista para llevar a cabo mi rutina matutina de ejercicio. Como es habitual en mí, me sienta mujer o no, me atavié con ropa deportiva femenina, pues me ayuda a mantenerme motivada y a rebasar mis propios límites. Al verme en el espejo, la imagen que este me devolvió no fue la de una mujer, sino la de un hombre vestido de mujer. Por cuestiones tanto laborales como personales, en los últimos meses he carecido del tiempo necesario para transformarme en Nadia como me gusta hacerlo, a profundidad. En realidad, he carecido de tiempo hasta para hacer cosas más mundanas, como afeitarme. Mi barba luce crecida y descuidada, al igual que mi vello en pecho, abdomen y piernas.

Con el afán de eliminar esa sensación desagradable, me dirigí al baño y me dispuse a afeitarme la barba antes de dar inicio al ejercicio. Unos minutos después, estaba de nuevo frente al espejo contemplando a un hombre vestido de mujer, pero con la diferencia de que ahora era un hombre afeitado. Eso me hizo reflexionar ¿qué es lo que me hace sentir mujer? O, yendo más allá en la interrogante, ¿qué es lo que hace a una mujer ser mujer? No me refiero a lo biológico, pues creo que en ese caso la respuesta es un poco más sencilla: ovarios, vagina, útero, glándulas mamarias y varios otros órganos y partes de los que los varones carecen. Estoy hablando más bien de la percepción de una mujer. ¿En qué punto se considera que alguna persona (sin importar su género) luce como una mujer?

Entiendo que la respuesta conlleva aspectos que difieren de cultura a cultura e, incluso, de generación en generación, y que puede suscitar acalorados debates que toquen temas tan delicados como el machismo o la deficiencia de los sistemas educativos y de crianza, así que me limitaré a encarar la cuestión desde mi punto de vista particular.

Volviendo a mi imagen en el espejo, a pesar de que ya no tenía barba, no lucía como mujer bajo mi propio criterio. ¿Qué era lo que faltaba para lograrlo? No tenía peluca, no estaba maquillada, no estaba depilada y no llevaba ropa interior femenina. Sí, la respuesta debería ser que me faltaban todas esas cosas… pero, un momento; hubo un tiempo, durante las etapas tempranas de mi feminofilia, en que no podía permitirme tener una peluca, o maquillaje, o depilar mis piernas, y, aún así, tan solo quitándome mi pantalón y enrollándome una toalla en la cintura a manera de falda, me sentía mujer.

Debía ser entonces que me encontraba en un período de sequía femenina… no, tampoco era eso, porque sí tenía ganas de sentirme mujer, de ataviarme como una de ellas. Pero aun teniendo ganas, no lograba que Nadia se hiciera presente. Tengo perfectamente claro que una mujer con cabello corto no es menos mujer que otra con cabello largo. Sé que una mujer que se depila las piernas y las axilas no es más femenina que una que decide no hacerlo. Ambas son igual de mujeres e igual de femeninas, pero creo que la clave está en lo que viene:

La actitud. Frecuentemente recibo mensajes, correos o comentarios en los que feminófilas que inician en este apasionante camino, me solicitan consejos para sentirse mujeres. Lamentablemente eso es algo en lo que yo no puedo ayudar. Además, suelo responderles que, si están buscando cómo sentirse mujeres, es porque ya se sienten o se han sentido como tal, y, más bien, lo que desean es cómo lograr que su imagen coincida con ese sentimiento.

Amigas, créanme cuando les digo que no necesitamos un carísimo vestido, o unos costosos tacones, o la peluca más fina para sentirnos mujeres. Eso es algo que ya vive dentro de nosotras. No siempre está despierto, pero sí que está ahí adentro. Tu feminidad no depende de lo que te pongas, sino de cómo te identificas en cada momento de tu existencia. Desarróllala, entrénala, exprésala, pero, sobre todo, vívela.

Relato: primera vez vistiendo de mujer

Carlos abrió los ojos poco a poco. Mientras recobraba la conciencia comprendió que se quedó dormido en el sofá de la sala mirando la televisión, misma que seguía encendida sintonizando el canal de videos MTV mostrando el video de la canción Last Resort de Papa Roach. Instintivamente miró hacia la ventana para tratar de discernir qué hora era. A través de ella captó los últimos atisbos de los rayos de sol que escapaban por el horizonte, así que asumió que eran aproximadamente las ocho de la noche.

Después de emitir un sonoro bostezo y estirar los brazos, se levantó descalzo del sillón y caminó hacia la cocina, que encontró vacía.

-¿Ma? -Gritó, tratando de localizar a su mamá, pero sin obtener respuesta.

Abrió el refrigerador y tomó un yogurt bebible para calmar su incipiente hambre; se dirigió hacia la planta alta de la casa. En ese momento cayó en la cuenta de que era jueves, así que su familia debió haber ido al templo para rezar el rosario. Él también suele ir, pero, al verlo dormir tan plácidamente después de un agotador día de escuela, Mariana, su mamá, decidió dejarlo descansar en casa.

-¿Pa? ¿Kari? ¿Alan? -Gritó una vez más, solo para confirmar que efectivamente su familia se fue sin él.

Había sido una semana pesada. El final de curso del cuarto semestre de preparatoria se acercaba, así que había estado desvelándose haciendo tareas, proyectos finales y estudiando para sus exámenes. Ser el mejor del curso significa sacrificar horas de sueño, pero valía la pena cuando veía la alegría de sus padres al recibir la boleta de calificaciones.

Con desgano subió uno a uno los escalones que lo conducían a la parte de arriba de su hogar, arrastrando los pies y ensuciando sus calcetas, cosa por la que tuvo la certeza de que su madre lo reprendería luego, pero, de momento, no le prestó demasiada atención a ese hecho. De camino a su habitación, esa que comparte con su hermano Alan, dos años mayor que él, pasó por fuera del cuarto de sus papás sin voltear hacia adentro. La siguiente puerta era la de su hermana Karina. Ella es la mayor de los tres; tiene veintidós años y está estudiando la universidad.

Se detuvo justo afuera de la habitación de su hermana para volver a bostezar y a estirarse. En medio de este acto, volteó la vista hacia los aposentos de Karina y vio algo que llamó su atención: su discman. Ella se lo pidió prestado unos días atrás para escuchar el regalo que su novio le dio con motivo de su primer aniversario: el CD más reciente de Westlife, de quien ella era muy fanática y así lo evidenciaban sus paredes, que estaban decoradas con sendos pósteres y afiches de todos los integrantes, tanto juntos como por separado. El hallazgo le llamó la atención porque durante el desayuno Carlos le pidió a su hermana que le regresara el aparato, a lo que ella argumentó que no lo tenía, ya que lo había dejado en su casillero.

Nunca le había gustado entrar a la habitación de su hermana, y mucho menos a hurtadillas. Le gustaba respetar los espacios personales, así como le gustaba que respetaran los suyos, pero al recordar la mentira patente de su hermana decidió recuperar su posesión para echárselo en cara durante la cena. Sin pensarlo demasiado, se dirigió hacia el interior del cuarto. El espacio lucía descuidado: la cama destendida; el escritorio atiborrado de libros, hojas, lápices, bolígrafos, notas adhesivas y cuadernos; el buró tenía la lámpara de noche tirada y una taza de café a la mitad amenazaba con caer por el borde; el clóset era un revoltijo de ropa tanto limpia como sucia que se extendía hasta el suelo alfombrado. Fue en este instante cuando la vida de Carlos cambiaría para siempre.

Tirada en el suelo, inmóvil, inerte, desprovista de todo propósito, yacía una blusa de color morado. Llamó poderosamente su atención debido a que se asemejaba muchísimo a una que Britney Spears traía puesta en una imagen que decoraba la cabecera de su cama. Así como su hermana admiraba a Westlife, él hacía lo propio con Britney. Tenía todos sus CDs. Sus libretas estaban forradas con fotos de la cantante. Su mitad correspondiente de la habitación estaba densamente decorad con imágenes de ella, y esa fue la razón por la que asoció esa prenda con su admirada cantante. Se acercó para levantarla e inspeccionarla más de cerca. Este primer contacto fue mágico y algo despertó dentro de su ser. Sintió la suavidad de la blusa en sus manos. La prenda en cuestión no solo se parecía a la de Britney, sino que era una copia bastante fiel. Cosa rara, pues nunca había visto a su hermana con ese atuendo.

La tomó con las dos manos y extendió frente a sus ojos. En ese momento sintió algo que no se esperaba en absoluto: una erección comenzaba a formarse en su entrepierna, hecho que lo sorprendió. Ahí perdió el control de sus pensamientos, movimientos y deseos. Como hipnotizado por la visión ante sus ojos y con una amplia sonrisa dibujada en su juvenil e imberbe rostro, se despojó de la camisa blanca del uniforme de su escuela. Nunca antes se había percatado de la aspereza de su ropa, pero, después de compararla con la suavidad de la blusa de su hermana, le pareció inaguantable. Ahí estaba Carlos con el torso desnudo. Sin ponerse a pensarlo demasiado, procedió entonces a colocarse la blusa morada.

Todos los átomos de su ser eran conscientes de la textura de la tela, cosa que no hizo más que acrecentar su erección. Algo en su fuero interno se acomodó e hizo clic. Fue como colocar la pieza final de un rompecabezas. Se sintió no solo normal, sino completo. Encontró, sin querer, algo que ni siquiera sabía que le hacía falta, pero sin lo que jamás podía volver a vivir. La blusa tenía una sola manga y una abertura para lucir el ombligo. Carlos tenía una complexión delgada pero atlética gracias a su participación regular en el equipo de básquetbol en su escuela, y la prenda le quedó como anillo al dedo. Se sentía acariciado, abrazado por esa blusa.

Inevitablemente se dirigió hacia el espejo de cuerpo completo que había en la habitación. El reflejo que este le devolvió no era el suyo, era el de Britney Spears. Solo que ella no solía utilizar aburridos pantalones de vestir azul marino con raya. No. Así que caminó de nuevo hacia el mágico lugar en donde había hecho su maravilloso hallazgo en busca de algo con qué complementar el atuendo. Lo supo en cuanto lo vio: un pantalón de mezclilla blanco ajustado. Lo tomó y rápidamente se lo puso. Descubrió con asombro y emoción que compartía la talla con su hermana. Volvió al espejo y se contempló maravillado. El ajuste de los jeans provocaba que se dibujara una sensual curva en la zona de sus nalgas, y sus piernas de adivinaban torneadas y gruesas. No podía describir la agradable sensación de la que era preso en ese momento. Emoción, excitación y euforia se mezclaban en sus adentros y las manos y las piernas le temblaban a causa de ello.

Decidió recorrer toda la casa así vestido, caminando con paso decidido pero delicado, tal como había visto a Britney hacer en las alfombras rojas. A cada paso que daba sentía que esa era su verdadera esencia, además de que le encantaba sentir la caricia del aire en su abdomen descubierto. Miró el reloj de la cocina justo a tiempo para darse cuenta de que su familia no tardaría en regresar. Subió rápido al cuarto de su hermana para retirarse las ropas y volver a colocarse su aburrido uniforme, pero, justo cuando se disponía a salir de la habitación dirigió una última mirada a la blusa. La vio ahí sola, abandonada a su suerte y no se lo pudo permitir. La tomó de nuevo y la llevó a su propio habitáculo, en donde la escondió bajo el colchón. No lo sabía en ese momento, pero su mujer interior había despertado para nunca más abandonarlo. Había nacido un travesti.

El discman se quedó en el mismo lugar en donde lo había encontrado.

Nunca te avergüences de ser como eres.

Históricamente y, a mi parecer, de manera natural e instintiva, sentimos rechazo hacia lo que no entendemos, lo que no conocemos o lo que se sale de lo que consideramos “normal”. Debido a ello considero que es entendible que la enorme mayoría de las personas que desconocen lo relacionado con travestismo o feminofilia reaccionen de una manera desfavorable cuando se enteran de que alguien de su círculo tiene esa atracción hacia lo femenino. Lo que no es entendible es que, a pesar de que se hagan múltiples esfuerzos por explicárselos, sigan en la necedad de no querer comprenderlo.

He tenido la buena fortuna de que casi todas las personas a quienes les he confesado o se han enterado de mi travestismo lo han tomado muy bien después de que les expongo el fenómeno. Familiares, amigas y parejas han tratado de entenderlo y me aceptan como soy, aunque no todos han querido compartirlo conmigo y eso es completamente aceptable. Pero también he lidiado con algunas cuantas personas que rechazan terminantemente esa condición y han tratado de sobajarme y hasta humillarme por eso.

Me visto desde que era muy chiquita, así que puedo afirmar que he vivido mi travestismo durante toda mi vida y he atravesado diferentes etapas de este conforme he ido creciendo y madurando. Al principio lo hacía de una manera muy natural, ya que mi corta edad no me permitía entender que vestirse como mujer implicaba estar haciendo algo socialmente rechazado. Una vez que me enteré de esto, de que había prendas “para hombres” y “para mujeres”, de que mis papás se enojaban conmigo y me regañaban cada vez que yo cruzaba ese límite, que mis primos y compañeros de escuela se burlarían de mí si se enteraban de que lo hacía, comencé a sentir culpa y vergüenza por ser así, y adopté la clandestinidad como el único medio para expresar mi feminidad.

En mi mente se desarrolló la idea de que yo era un anormal, una especie de freak, una rareza y un pecador ante los ojos de Dios. Sentía pena por tener el gusto por ataviarme con ropas socialmente asociadas a las mujeres. Cada vez que me transformaba, al llegar al clímax me invadía una depresión espantosa, en la que me odiaba por no poder controlarme y por no ser un chico común y corriente. Trataba de ocultar en lo más profundo de mi ser esa parte de mí. Construí una fortaleza de virilidad falsa sobre mi verdadera personalidad para aparentar ante los demás ser uno de ellos, a causa de la vergüenza.

Al ir creciendo y entendiendo más acerca del tema, poco a poco fui sintiendo más comprensión por mí misma. Con el tiempo adquirí la fuerza y el valor necesarios para abrirme de capa con mis más cercanas amigas y familiares, hasta que eventualmente me di cuenta de que existían personas capaces de entenderme y eso me hizo ganar mucha más confianza e ir perdiendo el miedo a dejar a Nadia salir de su escondite. Comenzaba a derrumbar esa fortaleza falsa que tiempo atrás había levantado. Pero todavía vivían en mí ciertos miedos. Quería tener el control absoluto de las personas a quienes les contaba ese lado de mi personalidad porque temía que el secreto se divulgara y acabara haciendo de mi vida algo insoportable.

El día de hoy puedo decirles que ya no vivo con ese estrés ni ese pánico al pensar que determinada persona pueda enterarse de que soy travesti. Entiendo que sigue habiendo muchísima ignorancia y tabúes alrededor del tema y que gente de mentalidad cerrada o machista se alejaría de mí si se enterara, pero esa sería la forma que tendría la vida de quitar de mi camino a quienes no deberían estar en él. Entiendo que, quienes realmente sientan aprecio por mí, me querrán y aceptarán como soy, y sentirán el interés por conocer lo que realmente significa el travestismo y sus implicaciones.

Seguramente habrá también quienes hablen de mí a mis espaldas, criticando mis gustos y tratando de menospreciar a mi persona, restando valía a mi humanidad a causa de lo que ellos piensan que es una anormalidad, pero el problema será suyo, no mío. Hoy sé quién soy, lo que soy y, sobre todo, lo que no soy. Me conozco y puedo decir con toda la sinceridad que estoy orgullosa de ser travesti. Y si los demás no lo entienden, no es mi responsabilidad luchar ni desgastarme para que lo hagan.

No debe existir vergüenza en ser como somos mientras no le hagamos daño a nadie. Así que a secarse esas lágrimas, a quitarse esos miedos y a mirar al mundo a los ojos con la frente en alto y con el orgullo de saber que somos especiales.

La inspiración de ser mujer

Quienes nos vestimos como mujer con regularidad sabemos que las ganas por transformarse no son permanentes. Como podemos pasar días o semanas enteras con esas ganas dominantes por llegar a casa y despojarnos de la indumentaria cotidiana para enfundarnos en el suave abrazo del satín o la seda, asimismo pueden transcurrir semanas o meses sin que nos apetezca portar ninguna prenda o accesorio. Pero ¿alguna vez has identificado lo que hace que las ganas lleguen de repente y pongan fin a los períodos de sequía?

Siempre hay un disparador que activa la mecha. En mi caso, suelen ser varias cosas; algunas de ellas, inesperadas. No obstante, la más común tiende a ser el avistamiento de un atuendo que me provoca imaginarme portándolo y entonces, una vez que me encuentro a solas, comienza el ritual de transformación de mi ser masculino en Nadia, tratando de imitar con mis propias prendas ese outfit que antes vi. Y no necesariamente tiene que ser una mujer quien lo traiga puesto, pues, muchas veces, basta con verlo exhibido en un maniquí en algún aparador. Claro que observarlo en movimiento representa un plus, pues si es una persona quien lo está utilizando es posible admirarlo desde varios ángulos, además de apreciar detalles que un aparador deja ocultos.

Las redes sociales también ocupan un lugar muy importante en este sentido, pues a través de páginas, grupos o aplicaciones tenemos acceso a una enorme base de datos de fotografías y videos de prendas, atuendos, combinaciones, maquillaje y accesorios, que no solo nos dan ideas para nuestras propias transformaciones, sino que logran encender la llama femenina cuando esta se encuentra en momentáneo reposo. Otras fuentes de feminidad, en mi particular situación, son las series y películas. Generalmente las actrices que interpretan algún papel están vestidas de manera impecable con preciosos vestidos o trajes formales e, incluso, vestimentas de otra época que no podíamos apreciar en alguna otra parte. Mis favoritas en este sentido: Game of Thrones y Reign. Me encantaría entrar en el papel de alguno de los personajes de estas historias y aparentar ser una reina, una princesa o una khaleesi.

Ni qué decir de los videos musicales o de conciertos en vivo de cantantes, sobre todo de Pop. Los atuendos de estas chicas van desde vestidos ultra elegantes y sofisticados como los de Celine Dion, hasta otros mucho más casuales, pero no por ello menos sensuales, como los de Ariana Grande, Dua Lipa, Taylor Swift, Selena Gomez y una larga lista de estrellas musicales femeninas. Además de sus vestimentas, sus peinados y maquillajes complementan de manera ideal la fantasía de vestir como una de ellas.

Volviendo al mundo real, les platico que recientemente tuve la oportunidad de acudir a una ceremonia de graduación de una conocida universidad. Se realizó de manera presencial por primera vez desde el inicio de la pandemia, así que había en el aire un sentimiento especial de festejo, tanto por la ocasión como por tener de regreso un pedacito de nuestra antigua normalidad. En la invitación a la celebración se especificaba que la vestimenta debía ser formal, así que yo, siendo hombre en mi vida cotidiana y atravesando un período de sequía femenina, acudí con traje y corbata. Sabía de antemano que la enorme mayoría de las graduadas asistirían al evento haciendo gala de sus mejores atuendos y maquillajes perfectos, pero aun así no estaba del todo preparada para lo que me tocó presenciar.

De pronto me encontré rodeada de vestidos de todos los tipos, texturas y colores; zapatos de tacón cerrados, abiertos, con y sin plataformas; pantimedias naturales y oscuras, peinados en estilos tanto sueltos como recogidos; maquillajes discretos y llamativos; y mucha, pero mucha feminidad. La mayoría de los estudiantes que se graduaban eran mujeres, así que a cualquier lado que volteara veía alguna prenda que capturaba mi atención y disparaba mi imaginación, situándome como la protagonista de esa noche y utilizando lo que más me iba gustando de lo que mi vista estaba registrando. Me situé mentalmente en el centro de la fotografía de generación siendo una mujer y sin que mis compañeros me miraran raro, pues para ellos yo era y siempre había sido su compañera. Imaginé a mis familiares compartiendo ese momento conmigo y orgullosos de mí. Y yo, sonriendo con genuina felicidad, contenta de alcanzar una meta más en mi vida.

De repente salí de mi fantasía y comencé a prestar atención a quienes de verdad se estaban graduando y se acomodaban por estaturas para que les tomaran la célebre fotografía. Como ya dije, las chicas hacían gala de un abanico muy extenso de colores, texturas y estilos. Los caballeros, por el otro lado, parecían sacados de un molde. Todos en trajes grises, azules o negros con cortes idénticos. Las camisas tampoco ofrecían mucha variedad, y se apreciaban en tonos blancos, negros, azules, verdes o violetas. Las corbatas eran las que dejaban ver una mayor diversidad, pero, por lo demás se puede decir que todos iban vestidos igual.

Eso me hizo pensar en una razón más por la que amo ser travesti, pues de esa manera he expandido las opciones que tengo en cuanto a vestimenta se refiere. Y, aunque no me he atrevido mucho a portar dichas prendas en público, me deleito cuando llega la hora de adquirir vestimenta femenina, pues las opciones son infinitas y puedo sacar mi lado más creativo y así conseguir una vestimenta que sea completamente personalizada y salga del limitado catálogo de ropa para hombre.

Ese evento me sacó de la sequía y de nuevo regresaron a mí las ganas por ser Nadia, mismas que estaré saciando próximamente, en cuanto tenga la oportunidad de hacerlo.

Diversidad

Cada que llega junio comenzamos a ser bombardeados en todos los medios con esta palabra. Diversidad. Pero ¿qué significa realmente? Una definición oficial, dada por la RAE es la siguiente:

  1. f. Variedad, desemejanza, diferencia.
  2. f. Abundancia, gran cantidad de varias cosas distintas.

Sí, creo que todos estamos familiarizados con estos conceptos y somos capaces de entender perfectamente a lo que se refieren. Mi pregunta va encaminada a qué significa la diversidad en un contexto social.

Ninguna persona es igual a otra, así que desde ahí es evidente que, al existir una sociedad, todos sus miembros tendrán características únicas. A la larga, conforme dicha sociedad va mutando a través del tiempo, algunos de sus individuos con características, pensamientos, puntos de vista, o actitudes similares y afines (mas no iguales) se irán agrupando en subconjuntos que abracen y celebren esas similitudes, quizás entrando en conflictos con otros grupos que tengan los rasgos opuestos; dependiendo de cuál de los dos sea el más numeroso o poderoso, acabará este por imponer los estándares de esa hipotética sociedad, reprimiendo de alguna manera la diversidad inicial. ¿Les suena familiar?

No obstante, es imperante que existan diferencias entre los grupos y entre los individuos, pues ello fomenta aspectos positivos como la originalidad, la creatividad y la innovación. Debido a esto resulta necesario fomentar y apoyar la diversidad, pues es algo que se torna en un agente indispensable para el crecimiento y prosperidad de un grupo social. Es por eso que aplaudo esta iniciativa a nivel global por celebrar este aspecto de nuestra cultura. No obstante, no me agrada en absoluto en lo que se ha transformado, pues ha sido secuestrada por las empresas para subirse a un tren del que solo esperan obtener beneficios económicos. Durante junio vemos cómo las marcas transforman sus logos pintándolos con los colores que representan dicha diversidad, queriendo vender una imagen acorde con lo que se conmemora, mientras en sus entrañas continúan tolerando e incluso fomentando actitudes y prácticas homofóbicas, transfóbicas o machistas.

Ni qué decir acerca de la discriminación que se vive muchas veces dentro de los mismos colectivos que luchan día con día por el respeto y reconocimiento de sus derechos. ¿Cuántas de nosotras hemos sido blanco de comentarios ofensivos por parte de mujeres trans? Y ojo, no estoy generalizando ni diciendo que todas las mujeres trans nos han discriminado. En absoluto. Tengo amigas trans con las que me llevo de maravilla, pero sí que existen algunas otras que tratan de menospreciar mi travestismo, alegando que de seguro soy una transexual de clóset, o que me falta valor para dar el paso que ellas sí se atrevieron a dar, que lo único que me detiene son los privilegios de ser hombre en esta sociedad, y un muy amplio etcétera, olvidándose por completo de eso que tanto dicen celebrar y que es el tema central de este escrito: la diversidad.

El caso mío no es el de todas las demás. Mi sentir difiere mucho del de mis semejantes, así como mi entorno, mis circunstancias y mis decisiones. Un travesti no es menos valiente que una mujer trans, simplemente somos diferentes. Así que seamos tantito coherentes y no juzguemos a otras personas bajo el cristal de los contextos personales, pues todos y todas tenemos diferentes escenarios. ¿No sería más provechoso utilizar este mes para reflexionar en lo que podemos hacer para ser más incluyentes en lugar de esperar que llegue el desfile para recorrer las calles en completa desnudez buscando solo llamar la atención? Busquemos ser incluyentes 365 días al año en lugar de solo 30.

La Sequía

Ser travesti es una maravillosa dualidad. Es, como dirían algunos, lo mejor de ambos mundos. Personalmente, disfruto muchísimo ambas facetas de mi personalidad, tanto la masculina como la femenina. ¿Me gustaría ser mujer todo el tiempo? La contestación sincera a esta pregunta es que no. No obstante, para dar esta respuesta es necesario que me encuentre en lo que denomino La Sequía, es decir, la total ausencia de ganas por transformarme en mujer, debido a que, si esta interrogante me la planteo mientras las ganas de sentirme mujer están presentes, mi respuesta será la opuesta.

Desde hace algunos meses había tenido la inquietud por escribir acerca de La Sequía, pues creo que también resulta por demás interesante. Pero, cada que me sentaba frente a mi computadora para teclear un nuevo post, me encontraba de alguna manera influenciado por la feminidad. Hoy, sin embargo, fue el día elegido para relatarles mi temporal estadía en mi mitad masculina.

La vestimenta que en este momento porto no consiste en ninguna prenda femenina. Traigo jeans, bóxeres y una playera deportiva. Tampoco estoy usando ningún accesorio femenino ni nada de maquillaje. De igual manera, no me siento tentado a llegar a mi casa y despojarme inmediatamente de mi atuendo y enfundarme en falda, o vestido, o blusa o lo que tenga que ver con ropas de mujer. Claro está que Nadia nunca me abandona, pues al mirar pasar a alguna chica con un outfit interesante, tomo notas mentales para intentar algo similar a la siguiente vez que me travista.

Como ustedes sabrán si son lectores regulares, además de este blog también tengo un canal en YouTube igualmente relacionado con el travestismo. Cuando Nadia me visita, es ella la encargada de crear el contenido, cosa que no es trivial, pues consume algo de tiempo; escribir los posts, buscar las imágenes que lo acompañarán, redactar los guiones para los videos, grabarlos, editarlos, publicarlos, responder comentarios, en adición al propio proceso de vestirme y maquillarme, después de unos días se vuelve algo agotador, y es por eso que mi lado femenino necesita ciertos descansos de cuando en cuando.

Por mi parte, cuando Nadia no está alrededor, puedo concentrarme en otra clase de proyectos. Una más de mis pasiones es la música, así que durante La Sequía tomo mi guitarra y me pongo a practicar o a escribir alguna canción que nunca verá la luz. También aprovecho para leer, tomar cursos de fotografía o escribir alguna que otra entrada para el blog de mi lado masculino. Resulta evidente que no puedo desconectarme del todo y poner a Nadia completamente en pausa, pues es necesario darles seguimiento a los proyectos, ya que dejar de publicar contenido de manera regular es sinónimo de perder el interés de la audiencia.

Debido a ello, a veces me planteo la necesidad de transformarme en Nadia aunque no me nazca hacerlo, por ejemplo, para grabar algún video. Pero el hecho de pensar en el trabajo y el tiempo que ello implica para, como ya dije, maquillarme y producirme, hace que desista inmediatamente de la idea y decida aprovechar ese tiempo en alguna otra actividad. El lado negativo de todo esto es que, generalmente, dejo de tomar las precauciones físicas que Nadia requiere, como rasurar continuamente el vello de mi cuerpo para mantenerlo corto. La Sequía suele durar desde algunas semanas hasta algunos meses, lapso en que mis folículos no dejan de alimentar el crecimiento de vello, así que, cuando Nadia regresa, se enfrenta a la situación de corregir esos detalles y arreglar eso de lo que yo no me ocupé.

¿A ustedes les sucede algo similar? Cuéntenme sus situaciones particulares, pues enriquecer las experiencias con otros puntos de vista siempre resulta positivo. Un abrazo a todas y todos ustedes de parte de mis lados masculino y femenino que, al final, son uno mismo.

El vestido que me motivó a ir más allá

Hoy simplemente quiero compartirles una anécdota que, quizás pueda no parecer muy relevante, pero que recuerdo por lo que en su momento significó para mí. Algunos años atrás mis gustos musicales eran muy centrados en torno al Rock y sus derivados, y muy rara vez me permitía escuchar algo que estuviera fuera de esas fronteras. Pero, gracias a mi lado femenino, expandí mis horizontes y fui acercándome a los terrenos del Pop, generalmente dominado por cantantes mujeres y que suelen ser superestrellas, como, en aquellos tiempos, Britney Spears, Christina Aguilera, Avril Lavigne, Sophie Ellis-Bextor, entre otras.

Explorando artistas, el camino musical me llevó a descubrir eventualmente a Selena Gomez y Demi Lovato. Con esta última quedé maravillada, pues recuerdo que me gustaba bastante físicamente por aquella época. Un día en que no tenía mucho qué hacer y me encontraba vagando por una tienda de música encontré un CD de ella titulado Here We Go Again y su portada me cautivó, pues, en mi opinión, lucía muy femenina; su peinado, su maquillaje, pero, sobre todo, su vestido, me fascinaron y basada únicamente en eso adquirí el álbum y me fui muy contenta a mi casa.

Nada más llegar, lo abrí y lo inserté en el reproductor para escucharlo. Sí, tenía un par de temas pegajosos, pero nada especialmente sobresaliente. Por otro lado, el arte del disco era un caso aparte, pues el booklet contenía más fotografías con el mismo vestido que ilustraba la portada e, incluso, venía con un póster de regalo con ese vestuario que tanto me había gustado. Fue una grata sorpresa, y por supuesto que ese afiche lo pegué en la pared de mi habitación junto a otros que tenía de Avril y Katy Perry.

Algunas semanas después me encontraba corriendo en el parque. En esa etapa de mi vida me estaba preparando para presentar el examen de ingreso a la Universidad y mis clases eran vespertinas, por lo que todas las mañanas me levantaba temprano para hacer ejercicio. La pista de atletismo dentro del parque público tenía la ventaja de medir 1 km de largo, por lo que el número de vueltas se correspondía exactamente con la distancia recorrida. Mi récord personal constaba de dar tres vueltas seguidas trotando, luego dos caminando y al final otras tres trotando, para sumar un total de 8 km. Pero yo quería más. En mi mente vivía la idea de participar en una carrera 5k, así que eso era lo mínimo que debería aguantar de corridito.

Iba ya por la tercera vuelta corriendo cuando me propuse dar una más y así acercarme al objetivo fijado por mí misma. A la mitad de esta cuarta vuelta mis piernas comenzaron a resentir el esfuerzo y amenazaban con flaquear, pero no me detuve. Por alguna razón que al día de hoy sigo sin comprender, en mi mente se materializó la imagen del vestido de Demi Lovato, y me ayudó muchísimo a motivarme para vencer la idea de detenerme a descansar. Me visualicé portando la prenda y me dije:

“Tienes que continuar si quieres bajar de peso y entrar en ese vestido. Sigue corriendo. No te detengas. Esa será tu recompensa”

Y así fue. Mi meta cambió por completo. Ya no me interesaba aumentar mi condición física para lograr correr un 5k, sino que ahora mi objetivo era bajar de peso lo necesario para verme increíble portando ese atuendo negro con rosa, y mi cuerpo respondió de maravilla ante tal imagen. Estaba realmente enfocada en ello y no dudé en hacer lo que en ese momento era preciso para conseguirlo. Fue como si todos mis músculos se hubieran puesto a trabajar por un fin común, un fin que les gustaba y les llamaba la atención. Esa mañana logré pasar de ocho kilómetros recorridos a doce, es decir que mi rendimiento subió en un 50% gracias a visualizarme utilizando un vestido.

Fue un parteaguas para mí, pues pensaba que, si ya lo había logrado una vez, no había razón para no conseguirlo de nuevo, y a partir de ese punto nunca corrí menos de cinco kilómetros continuos… hasta que entré a estudiar y no pude seguir corriendo tan seguido y perdí la condición.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque muy pocas veces en mi vida he logrado reunir la motivación suficiente para que distintos aspectos de mí trabajen en una meta en común. Sí, cumplo por ejemplo con mis objetivos en mi trabajo, o en la escuela, o en mi relación, pero no he vuelto a sentir que todo mi cuerpo y mi mente se conecten de tal manera como aquella tarde. Y me llena mucho de satisfacción que esa meta estuviera relacionada con mi lado femenino. Quién sabe, tal vez eso significa que todo mi cuerpo está más conectado con esa parte de mí. Al menos eso me gusta pensar.

Como postdata, nunca encontré un vestido ni remotamente similar al que les cuento, por lo que aun cuando me ejercité para verme divina en él, nunca pude portarlo.

Los Muxes

Desde hace algunos años, esporádicamente he leído algunos extractos de artículos relacionados con los individuos de una sociedad zapoteca a quienes llaman muxes. Aparentemente, ellos son denominados como un tercer sexo, pues nacieron biológicamente hombres, pero adoptan roles sociales de mujeres, ya sea por decisión personal o porque así los crían sus padres en ausencia de hijas. Lejos de ser una vergüenza para su familia, como suele ocurrir en otros casos en los que existe un hijo con tendencias hacia lo femenino, los muxes representan para sus padres un orgullo, y son considerados como el mejor hijo dentro de su familia. Aunque esto es un tanto egoísta, pues no es que tener un hijo del tercer sexo les dé un estatus social más elevado, sino que los muxes tienden a ser quienes se hacen cargo de sus padres cuando estos envejecen.

Me resulta cuando menos curioso darme cuenta de que esta noción de un género no-binario, que tan en boga se encuentra en nuestros días, ya era bien reconocido y definido en una sociedad prehispánica como lo es la cultura Zapoteca. Generalmente, pensamos que estos temas gozan de una mayor tolerancia en los tiempos modernos, gracias a la sensibilización en cuestión de Derechos Humanos e identidad de género. Sin embargo, esta es una clara referencia de que lo que es diferente a lo establecido, no siempre ha sido considerado como malo. Quizá nos haga mucha falta volver a esa forma de pensamiento. Por lo pronto, les dejo este documental al respecto.