Lo más reciente.

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Antes que todo quiero ofrecer una disculpa por haber abandonado este blog durante tanto tiempo… casi dos meses de sequía de posts. No es pretexto, pero ya antes les había dicho que la disciplina no es una de mis características más fuertes.

Hoy quiero hablarles de algo que me sucedió recientemente y que me tomó completamente por sorpresa. Resulta que, a inicios de este año tuve la oportunidad, gracias a mi empleo, de viajar fuera del país durante un lapso de tres meses. Como buena feminófila precavida que vive con sus padres, tomé todas las medidas que consideré necesarias para no dejar rastro de mi lado femenino durante mi ausencia: empaqué en mi maleta aquellas prendas indispensables para poder vestirme durante mi estancia en el extranjero, y el resto se quedaron bajo custodia en la casa de mi novia.

Estaba yo muy despreocupada, pues consideré que no existía riesgo alguno de ser descubierta, pues sin importar si mis padres husmeaban en mis cosas personales (recordemos que, al haberme descubierto vestida en un par de ocasiones durante mi infancia, la sospecha de mi gusto por utilizar prendas de mujer siempre ha estado latente en ellos), no encontrarían nada incriminatorio. Sin embargo, ese presagio de que tarde o temprano la verdad siempre sale a la luz parece ser muy cierto.

Para no extenderme demasiado en el cómo, les platicaré el qué. Mis papás encontraron un video en YouTube en donde mi lado masculino le hace una entrevista a mi yo femenino, y en el que aparezco vestida de mujer. Al no encontrarme yo en el país en el momento del hallazgo, no me comentaron nada al respecto, pero cuando desde que regresé notaba cierto distanciamiento de mi padre hacia mí. Al indagar con mi madre sobre dicho comportamiento, me confesó lo que habían encontrado y me cuestionó acerca de los motivos.

Debo admitir que fue una plática muy incómoda, pero al menos tuve las agallas de platicarle toda la verdad: que siempre me he sentido así, que no conozco el porqué, que no soy homosexual ni deseo convertirme en mujer de manera permanente, que mi novia lo sabe todo y que lo acepta, y que es algo que no solo me pasa a mí, sino a miles de hombres alrededor del mundo. Parece que lo entendió, aunque me dejó bien claro que no quiere verme vestida, lo que es bueno, pues yo no me sentiría nada cómoda transformada en su presencia.

En fin. Nunca fue mi intención que mis padres se enteraran abiertamente de mi feminofilia, pero ahora que lo saben, sinceramente me siento más libre, con un peso menos en mi espalda y más auténtica ante ellos.

 

¿Soy compradora compulsiva de ropa femenina?

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Uff, ¡cuánto tiempo sin escribir nada! Pero ya estoy de regreso para plasmar mis sentimientos en estas líneas. Ya les había contado antes que mi feminofilia ataca por episodios; es muy intensa durante algunas semanas, y puede desaparecer por meses enteros… pues durante estos días acabo de salir precisamente de uno de esos episodios de sequía femenina en los que las ganas de vestirme y sentirme mujer fueron prácticamente nulas durante un lapso aproximado de dos meses.

¡Dos meses! Creo que mi lado femenino nunca me había abandonado durante tanto tiempo. Fue tan prolongada la ausencia de Nadia Mónica, que incluso me dejé crecer la barba ¡y hasta adquirí una cantidad considerable de ropa de hombre! ¿Por qué me sorprende esto? Por que nunca me ha gustado comprar prendas para mi guardarropa masculino. No sé si a todas les pase, pero a mí, adquirir camisas, zapatos, pantalones, suéteres, trajes, cinturones, o cualquier otro componente de la indumentaria propia de varón, me parece una pésima manera de gastar mi dinero.

Esta historia viene a colación debido a que, durante la ausencia de mi lado de mujer, al consumir digamos $1,000 en ropa de hombre, sentía que estaba gastando mucho, y pensaba dos veces al momento de pagar; o si había escogido tres prendas,al final quería dejar una, pues tenía la sensación de estar excediéndome en mis gastos. Sin embargo, ahora que mi lado de mujer ha regresado (y presiento que este episodio será muy intenso después de tanto tiempo), ya adquirí más prendas de chica, y en un par de días he gastado más dinero en ellas que lo que he gastado comprando ropa de hombre en seis meses.

¿Soy compradora compulsiva? No lo creo, pues las personas con este padecimiento experimentan remordimiento después de haber comprado, cosa que a mí no me sucede, lo que termina agravando más el problema, pues al no sentir pena alguna podría seguir comprando hasta límites preocupantes. Afortunadamente me encuentro en un momento en el que mi poder adquisitivo me permite solventar estos gastos, pero no quiero que esta situación llegue a representar un problema en el futuro (o en el presente, pues mi novia ya me ha llamado la atención a consecuencia de este inconveniente). Necesito un freno financiero de manera urgente. Trabajaré en una estrategia para remediar esta complicación y, si dicho plan tiene éxito, les estaré platicando los resultados.

¿Alguna vez les ha pasado algo similar?

 

¿Por qué me gusta vestirme de mujer?

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Iba a titular este post “¿Por qué las feminófilas nos vestimos de mujer?”, pero decidí no hacerlo debido a que cada una tendrá sus propias razones, que no necesariamente serán iguales a las mías. Escribo esta entrada debido a que la novia de una chica feminófila me comentó que lo que más le ha costado trabajo entender es por qué nos gusta “vestirnos”.

Existe una respuesta que, desde mi punto de vista, es un estereotipo: decir que lo hacemos porque admiramos tanto a las mujeres que queremos experimentar lo que se siente ser como ellas. No dudo que lo anterior será cierto para algunas, pero estoy convencida que para la gran mayoría de nosotras funciona sólo como una respuesta fácil para evitar profundizar en explicaciones que no son nada sencillas de expresar.

Si en este momento alguien me pregunta por qué me gusta tanto vestirme de mujer, mi más honesta respuesta es: no lo sé. Y no respondo así con afán de cambiar de tema o de esquivar la explicación, sino que después de muchos años de darle vueltas al asunto en mi cabeza he concluido que no sé por qué, pero me fascina hacerlo.

Soy tradicionalmente una persona que investiga las razones de todo lo que me interesa, me gusta saber no solo cómo funcionan las cosas, sino por qué funcionan así; es por eso que durante las etapas más tempranas de mi feminofilia buscaba ávidamente una razón que explicara satisfactoriamente mi afición por vestirme, sentirme y actuar como mujer. Probé con la explicación “estereotipo” que mencionaba antes, y funcionó para autoconvencerme por un tiempo, pero se vino abajo cuando descubrí que hay muchas mujeres a quienes no les gusta ser femeninas. Concluí entonces que la frase “experimentar lo que se siente ser mujer” no tiene sentido, dado que “ser mujer” no significa lo mismo para todos, ni siquiera para las propias mujeres.

Probé después el argumento de que me gusta la textura de las telas de las prendas femeninas, pero cuando mi novia me preguntó si usaría con la misma emoción una pijama de satín para caballero que una de la misma tela para dama, me di cuenta de que las telas por sí mismas no son el motivo tampoco. Vamos, que aunque una minifalda sea de la misma mezclilla que mis jeans de hombre, prefiero mil veces vestir la minifalda. Además de que esa respuesta no explica por qué más allá de las prendas, me gusta también aplicarme maquillaje y usar peluca y tacones cuando me transformo en Nadia.

Después de años y años de introspección, de pasar incontables horas buscando una explicación para este sentimiento que me caracteriza, llegué a la conclusión de que me gusta vestirme de mujer por que sí. Y si yo estoy conforme con esa respuesta, debes estarlo tú también cuando me preguntas la razón. Sé que no es una explicación reveladora y que no aclara ninguna duda, pero es sencillamente que no hay nada que aclarar. Solo aceptarlo.

Algunos datos sobre mi yo masculino.

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Hoy quiero hablarles un poco sobre mí, la parte masculina de Nadia Mónica. Y es que he percibido que se tiene la idea de que los feminófilos tan solo nos dedicamos a vestirnos de mujer, pero ¡no! También tenemos una vida lejos de nuestro lado femenino.

Yo, por ejemplo, soy Ingeniero en Electrónica egresado del Tecnológico Nacional de México y trabajo para una empresa que fabrica alternadores y motores de arranque para automóviles. Me encanta tocar batería e incluso me desempeñé como baterista de algunas bandas durante mi adolescencia. También puedo tocar un poco de guitarra, aunque nada sobresaliente.

Mi género favorito es el Rock y soy fan de Foo Fighters, Pink Floyd, blink-182 y Metallica, pero en general me gusta escuchar una amplia variedad musical que va desde la llamada música clásica hasta la norteña, pues soy fiel seguidor de Bronco.

También soy aficionado a la aviación, me encanta todo lo que tiene que ver con aparatos que remontan el vuelo y tengo el lejano sueño de algún día tomar clases de piloto. En cuanto a los deportes se refiere, nunca he sido muy atlético, pero en mis años de estudiante me gustaba jugar fútbol y mi posición favorita era portero.

Otra cosa que me gusta son los idiomas. Hablo español, que es mi lengua materna, y el inglés lo domino ampliamente, gracias a ello he trabajado como profesor de ésta última lengua para niños y adolescentes de todos los niveles. También tengo conocimientos básicos de alemán, que pienso seguir desarrollando. Mi meta es ser políglota antes de cumplir 35 años.

Evidentemente mi ropa favorita es la femenina, y actualmente cuento con un guardarropa nada despreciable al respecto, pero también me gusta comprar ropa de hombre de vez en cuándo, y lo que más me gusta son las corbatas y las camisas.

Mi pasatiempo favorito es la lectura. Mis obras favoritas son El Marciano, de Andy Weir y La Ladrona de Libros, de Markus Zuzak. En cuanto a libros clásicos, me gusta mucho La Isla del Tesoro, de R. L. Stevenson; Matar un Ruiseñor, de Harper Lee y 20,000 Leguas de Viaje Submarino, de Jules Verne.

Otra cosa en la que me gusta mucho emplear mi tiempo de ocio es viendo series. Mi favorita es Friends, pero también me gusta mucho House, Breaking Bad, Reign, Cosmos, Game of Thrones, Seinfeld y las primeras temporadas de The Big Bang Theory.

Bueno, ya no los aburro más con datos sobre mí. Simplemente quise darles una pequeña muestra de la otra cara de mi personalidad, la que no necesariamente está ligada a la mujer que llevo dentro. Aunque realmente nunca puedo dejar a Nadia Mónica detrás, pues forma parte integral de mí, así que ésta es también parte de su personalidad. ¡Cuentenme sobre ustedes en los comentarios!

Chismógrafo.

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¿Recuerdan los chismógrafos que eran cadenas de correo? Se me ocurrió hacer uno. Copia, cambia las respuestas y ¡pégalo en tu muro de facebook o en los comentarios!

¿Qué hora es ahorita? 08:51 pm.
Nombre de mujer: Nadia Mónica.
Edad: 31 años.
¿Por qué te llamas así? Nadia porque me gusta, y Mónica por el personaje de Friends, ya que soy igual de obsesiva con el orden.
Preferencia sexual como mujer: Homosexual, ya que me gustan las mujeres.
Prenda favorita: Falda.
¿De quién era la primera prenda de mujer que te pusiste? Según recuerdo era de una de mis tías, un fondo blanco de satín.
¿Cada cuánto te vistes de mujer? En promedio, 2 o 3 veces al mes, pero no hay una frecuencia definida.
¿Eres de clóset o alguien lo sabe? Lo sabe mi novia y mi hermana y algunas amigas, y mis papás lo sospechan ¬¬.
¿Has besado a alguien mientras estás vestida de mujer? Sí, a mi novia.
¿Has tenido sexo mientras estás vestida de mujer? Nop.
¿Has besado a otra travesti? Nop.
¿Has tenido sexo con otra travesti? Nop.
¿Tanga o calzón de abuelita? ¿Entre esas dos? La tanga. Aunque prefiero algo intermedio.
¿Has tenido fantasías con hombres? Nop.
¿Del 1 al 10 qué tan bien sabes maquillarte? Mmmm como un 6 yo creo.
¿Qué famosa te gustaría ser? Ariana Grande.
¿Te gustaría ser mujer para siempre? Nop, estoy contenta con mi lado de hombre también.
¿Has usado toallas femeninas? Sí, y me encanta hacerlo.
¿Has salido a la calle vestida? No, ¡pero tengo muchas ganas!
¿Alguna vez te han descubierto vestida? Sí, varias veces y no ha sido nada divertido.
¿Qué es lo que no te gusta de ti cuando te transformas? Mis pestañas, ¡son pequeñísimas! Y me cuesta mucho enchinarlas. Además de que mi estatura me dificulta encontrar ropa bonita.
¿Has tomado o tomarías hormonas femeninas? No, no deseo transformarme en mujer.
¿Sabes andar en tacones? Mmmm sí, creo que mi caminar con tacones es bastante decente, mejor que el de muchas mujeres en mi trabajo jajaja.
¿Has comprado lencería en un centro comercial y fingido que es para tu novia? Sí, creo que este es un clásico.
¿Alguna vez has jurado no volver a vestirte, para recaer 10 minutos después? También es un clásico de los primeros años de travestismo.
¿Has robado alguna prenda de alguna amiga o conocida? Sí, la verdad sí lo he hecho, pero no diré de quién.

¿Qué hora es ahora? 9:00 pm.

Un relato de travestismo heterosexual, parte 3.

Capítulo 2.

-Trato hecho –Valeria extendió la mano para cerrar el acuerdo. Rodrigo asintió con la cabeza y estrechó la mano de su prima.

 -Mira que no sé si eres tonto o valiente. ¿Sabes que he participado en concursos nacionales de ortografía? –Dijo ella.

-Sí, pero hasta el momento no has ganado ninguno, ¿verdad? –apuntó Rodrigo con un hilo de satisfacción en su voz-, lo que significa que no eres invencible.

-Ya lo veremos, mocoso. Has escogido un castigo muy extraño si es que pierdes. ¿Seguro que no quieres apostar otra cosa?

-Estoy seguro. Tu cabello es muy valioso para ti, y no he encontrado de momento algo que yo pudiera apostar que valiera el precio de tu larga cabellera.

Rodrigo se acercó a su prima y tomó un mechón de pelo entre sus dedos. Al estar más cerca de Valeria notó que llevaba las pestañas enchinadas y una fina capa de delineador.

-No sabía que ya te maquillabas –le dijo de pronto, con una expresión de genuina sorpresa-. ¿Lo saben tus padres?

-Pfff –soltó ella alejándose con un ademán que le restaba importancia al asunto-, no tienen por qué saberlo. Lo hago sólo por juego, tratando de que no se note mucho que llevo algo puesto. Además, estoy a punto de entrar a la secundaria, pronto seré una señorita.

Se volvió hacia su mochila decorada con unicornios con grandes ojos y largas pestañas, y sacó un cuaderno con hojas rosa pastel y dos bolígrafos con tinta azul con brillos. Arrancó un par de hojas y le tendió una a su primo junto con uno de los llamativos lapiceros.

-Y ¿cómo lo haremos? ¿Quién de nosotros decidirá la palabra que vamos a escribir? Si yo lo decido, yo sabré escribirla, y si tú la decides pasará al revés. A no ser que seas tan bobo como para escoger una palabra sin saber cómo se escribe.

Rodrigo volteó a ver furtivamente la falda, respiró profundo y se dijo que llevarla puesta valdría todos los insultos de Valeria.

-Pues para ir en secundaria te falta bastante imaginación. Se nota que sólo haces lo que te dicen los profesores y nunca piensas por ti misma. Imagino que, siendo tan ñoña como eres, tendrás un diccionario a la mano. Lo haremos de la siguiente forma: escribiremos diez palabras cada uno –de repente, a Rodrigo le vinieron ganas de decir “cada una”, pero pudo contener ese deseo-. Las palabras serán dictadas por el rival, quien antes las buscará en el diccionario. Al final, entre los dos calificaremos la lista y el que obtenga más aciertos será el ganador.

-Bien, me parece justo.

Se dio media vuelta para encaminarse al librero; era un mueble de madera de mediano tamaño que contenía volúmenes como El Principito, Momo, La Historia Sin Fin y otras obras clásicas para lectores jóvenes. Del segundo estante extrajo un grueso diccionario enciclopédico de pasta dura y lo llevó a su mesa de trabajo, igualmente decorada con unicornios.

-¿Sabes algo de Biología? –Preguntó.

Rodrigo ni siquiera contestó, se limitó a negar con la cabeza.

-Bien –continuó Valeria-. Escogeremos palabras sólo de esta sección del diccionario, para que ninguno tenga ventaja sobre el otro. Ya que tú eres el retador, te toca dictarme primero. Diez palabras. Estoy lista.

Las manos de mi álter ego trataron de levantar el diccionario, pero de inmediato notaron que era bastante pesado. Torpemente, Rodrigo abrió el libro en la sección acordada y así comenzó la búsqueda de palabras. Era necesario escogerlas no muy complicadas, pues resultaba vital para sus planes que su prima ganara la apuesta.

Desfilaron poco a poco las palabras.

-Fotosíntesis –fue diciendo mientras seguía recorriendo las hojas en busca de otros vocablos-. Metamorfosis. Biosfera. Evolución. Célula. -Rodrigo estudió la expresión de Valeria justo a la mitad del listado. Se le veía confiada y tranquila. La competencia parecía pan comido para ella.

-Ácido –continuó-. Enzima. Colágeno. Mutación. Glicérido.

-Bien –dijo la malcriada chiquilla al terminar de escribir la última palabra, para después sonreír con malicia-. Mi turno.

Tomó el diccionario y fue pasando las páginas una a una, buscando los términos más complicados en ese mar de texto. Sonrió nuevamente con malicia antes de soltar el primero.

-Glucogenolisis.

Fue imperceptible la sonrisa que se dibujó en el rostro de Rodrigo. Tenía la certeza de que iba a perder. Valeria buscaba las palabras más extrañas con tanto ahínco que pasaron casi veinte minutos para que le dictara la última.

-Abscisión –dijo por fin.

Al terminar Rodrigo de escribir, comenzó la revisión de los listados. La prima pidió ser la calificadora, pues su espíritu competitivo era insaciable; quería saber cuánto antes lo bien que le había ido para tener una idea exacta su destreza, así que comenzó por revisar su propio examen.

En ese momento, los oídos de Rodrigo captaron algo que no le gustó: pisadas de tacones. Sabía que la única mujer que llevaba tacones en ese momento era su madre, nuestra madre. Supo que la hora de regresar a casa se aproximaba, la visita a casa de sus tíos estaba a punto de terminar, pues nuestra mamá llevaba a cabo la misma rutina cuando acudíamos con nuestros tíos: se encaminaba de la sala a la cocina para ayudar a mi tía con los trastos, tarea que solía durar no más de veinte minutos. ¡No podía estar pasando! ¡Estaba tan cerca de cumplir ese extraño deseo de usar esa falda!

Para colmar las cosas, la calificación de los listados de palabras estaba tardando más de lo pensado, debido a que ninguno de los dos tuvo la precaución de anotar las palabras que le dictaba al otro, y entonces tuvieron que volver a buscarlas en el diccionario para compararlas y saber si estaban bien o no.

Afortunadamente, la futura estudiante de secundaria tenía destreza para encontrar las palabras y terminó pronto de calificar su prueba. Seis aciertos de diez posibles. No le había ido tan bien como esperaba, sobre todo por culpa de algunas tildes que no había considerado. La decepción era evidente en su expresión facial. Y también en la de Rodrigo, que esperaba una victoria contundente de su prima.

Inquieto, apuró a su irritante contrincante a calificar su hoja. Cuando llevaba cinco palabras revisadas, Rodrigo acumulaba únicamente tres aciertos. Al terminar de comparar la séptima palabra llevaba cuatro, y en ese momento los sonoros tacones de mamá subían las escaleras en dirección a la habitación donde se encontraban, sin duda para anunciar que era hora de ir a casa. Octava palabra: error.

-¿Qué pasa si empatamos? –Preguntó Rodrigo, haciendo una mueca.

-Nada. Si nadie gana, nadie pierde tampoco –respondió ella, sin duda molesta ante esa posibilidad, pues ella siempre buscaba vencer.

La puerta se abrió.

-Rodri, hora de irnos –dijo mamá asomando la cabeza por la abertura -. Despídete de tu prima y trae tus cosas. Te esperamos afuera en el auto.

-Sí, mamá. Bajo en cinco minutos, sólo debemos finalizar un juego.

-No tardes –dijo nuestra madre. Se volvió y bajó las escaleras provocando el mismo bullicio como cuando había subido. Rodrigo divagó, imaginando que era él quien hacía el mismo ruido portando también unos tacones.

-¡No puedo creerlo! –Anunció Valeria, sacándolo de su breve ensimismamiento-. ¡Llevas cinco aciertos de nueve!

Al parecer la estratagema empleada por el pequeño Rodrigo había resultado a la inversa de como lo había planeado. Él no conocía la mayoría de las palabras, pero las había escrito diferente a como había imaginado que era lo correcto. Todo indicaba que su imaginación lo iba a traicionar. Finalmente, llegó la décima palabra.

Abscisión. Incorrecta.

Instintivamente, Rodrigo fingió coraje y frustración. Aunque este último sentimiento se convirtió en sincero rápidamente al darse cuenta de que, a pesar de que su plan había funcionado, ya no disponía del tiempo suficiente para cumplir el “castigo” pactado con Valeria. Ella sonrió y alzó las manos en señal de triunfo.

-¡Sí! –Gritó. Luego señaló a su primo con ambos índices mientras resonaban carcajadas de superioridad-. ¡Gané! ¿Quién es el tonto ahora?

-Sí, sí. Ya –Respondió él, torciendo la boca hacia un lado, pretendiendo estar molesto-. Tú ganaste, pero de nada te sirvió, ya no hay tiempo para que pague la apuesta.

-Cierto –expresó, cayendo en la cuenta de que su primo tenía razón-. Hoy no, pero esto no se me va a olvidar. La próxima vez que vengas tendrás que pagar, de ésta no te vas a librar tan fácil, primito. ¿O debo decir primita?

-¿De qué hablas? –Rodrigo frunció el ceño al decir esto.

-Pues sí –dijo Valeria sin dejar de burlarse-. ¡Los niños no usan falda! Así que si te la pones vas a ser mi prima.

Los niños no usan falda. Este pensamiento no había cruzado la mente de Rodrigo. Pero entonces ¿por qué sentía un deseo tan fuerte de hacerlo? Él era un niño. Tenía pene, que era lo que todos los hombres tenían, de acuerdo a lo que su padre le había dicho. Le gustaba jugar a la pelota y se había peleado a golpes una vez en la escuela. No conocía a ninguna niña que peleara a golpes ni que jugara a la pelota.

-¡No soy niña¡ Y esta fue una apuesta estúpida –respondió, visiblemente irritado. Salió apresuradamente de la habitación y se dirigió escaleras abajo, a reunirse en el auto con sus padres.

Se sentía confundido. Él no quería ser niña. Quería ponerse la falda del uniforme escolar, pero eso no significaba que quisiera ser mujer. ¿Era eso posible? ¿Qué estaba sucediendo? Cuando salió de la casa, papás y tíos caminaban por el camino de gravilla que cruzaba el jardín hacia el auto, programando la próxima visita. Se despidió de los tíos de mala gana y subió al auto antes que papá y mamá. Se quedó en silencio, pensativo.

 

Parte 1.

Parte 2.

Propósitos de año nuevo de una feminófila.

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El primer mes de 2018 está a punto de acabar, y yo apenas vengo a escribir mis propósitos para este año, pero ya dice el dicho que “más vale tarde que nunca” y además, creo que 11 meses son suficientes para cumplir lo que tengo en mente lograr como mujer en estos 334 días. Así que sin más preámbulo, mis objetivos 2018.

1.- Vestirme de novia. Ya lo vengo postergando desde hace varios años, y las razones principales han sido la económica y la logística, ya que no es nada barato comprar un vestido de novia, y guardarlo sin que mis padres lo descubran es tarea imposible. El plan para este año es comprar las telas y mandarlo hacer a medida, y guardarlo en la casa de mi novia.

2.- Bajar de peso para lucir más femenina. No quiero cambiar mi cuerpo para que parezca de mujer, pero sí bajar los kilos que me sobran para no tener lonja. De esa manera me sentiré más segura usando ropa ajustada o vestidos más pegados.

3.- Dormir con ropa de mujer más seguido. El plan es hacerlo todas las noches, pero sé que no siempre tendré ocasión de hacerlo. Pongámosle número: dormir 200 noches del año como mujer.

4.- Salir a la calle vestida de mujer. Me da pánico, pero también es una espinita clavada que me quiero sacar. Es cuestión de encontrar una zona que sea tolerante con mi condición y animarme a hacerlo.

5.- Aprender a maquillarme. Creo que he mejorado mucho en mis primitivas técnicas de maquillaje, pero quiero aprovechar este año para realmente aprender más trucos y secretos, además de adquirir más maquillaje, que me fascina.

Ahí están, 5 objetivos para mi ser feminófilo que planeo cumplir durante 2018. ¿Cuáles son los tuyos?

Texturas

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Una de las muchas ventajas que tiene gustar de la ropa femenina, es la amplia variedad de prendas que se tienen para escoger,. En contraste con un guardarropa masculino, que se reduce a trajes, camisas, pantalones y zapatos de colores mayormente oscuros, un closet femenino es vivo, con colores que abarcan todo el rango visible del espectro electromagnético; faldas, minifaldas, vestidos, blusas, pantalones, medias, lencería… un amplio etcétera. Y, además de los tipos de prendas, tenemos las texturas, que son el tema de este post.

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En mi caso, una gran parte de mi feminofilia está ligada directamente a las texturas, ya que la mayoría de las telas con las que se fabrican las prendas femeninas no están disponibles para ropa masculina y, si lo están, lucen bastante ridículas (como las camisas de seda, por ejemplo).

Seda, satén, encaje, nailon, lycra, charmeusse, raso, tul, tafetán y tantas otras que me hacen navegar por un mar de sensaciones deliciosas, cuando dichas telas entran en contacto con mi piel recién depilada. Cerrar los ojos y concentrarse en la manera en que las prendas me acarician, produciendo escalofríos y piel de gallina mientras me coloco un camisón para dormir. Sonreír al sentir las medias bajo mi pantalón de hombre en el trabajo y que nadie sospeche que las llevo puestas. Colocarse una falda y reparar en su suave caricia a cada paso.

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Por todas estas cosas agradezco haber tenido la oportunidad de ser feminófila, porque, de no serlo, me estaría perdiendo de mucho.

 

Un relato de travestismo heterosexual, parte 2.

Capítulo 1.

No tengo claro cuándo nací, pero sé que Rodrigo era muy joven la primera vez que yo me aparecí en su vida. Ese día tomé conciencia de mi vida por vez primera. Recuerdo perfectamente el momento: los padres de Rodrigo (que al fin y al cabo son también mis padres), lo habían llevado a visitar a sus tíos Alejandro y Josefina, y a su fastidiosa prima Valeria, tres años mayor que nosotros y poseedora de una actitud desesperante, altiva y desafiante, producto de que sus padres siempre la dejaran salirse con la suya.

En el interior de la casa, mientras los adultos socializaban entre sí en la sala bebiendo limonada recién preparada y degustando cuadritos de distintos tipos de queso, en su habitación Valeria le mostraba a Rodrigo la mochila que sus padres le habían comprado para su primer día de educación secundaria.

-Lo mejor de todo es que no tengo que cargarla todo el día, porque tiene ruedas –decía Valeria con presunción-. ¿Tu mochila tiene ruedas también?

-No –contestó Rodrigo con indiferencia-, pero tiene dibujos de los Caballeros de Zodíaco en lugar de esos horribles unicornios que tiene la tuya.

Sin saber qué responder ante la obvia falta de interés de Rodrigo por su mochila, Valeria se dirigió al clóset y saco de él su nuevo y reluciente uniforme escolar, consistente en una playera blanca de manga corta con el escudo de la escuela bordado en el pecho, a la altura del corazón, y el nombre de la institución escrito en letras azul marino en el cuello; un suéter del mismo tono de azul con tres botones dorados con el mismo escudo escolar de la playera, pero esta vez bordado en color café, un par de calcetas blancas hasta la rodilla, y la joya de la corona: una falda café tableada que llegaba apenas debajo de los muslos.

Una vez que Rodrigo vio aquélla hermosa falda, tuvo la necesidad psicológica de encontrar la manera de ponérsela. No alguna otra. No una similar. Esa falda, la de su prima Valeria. El siguiente paso obvio era, por supuesto, encontrar la manera de tener acceso a esa prenda. La consentida e irritable niña seguía balbuceando tonterías, pero Rodrigo escuchaba su voz sólo como un chillido lejano e incomprensible. Por supuesto la miraba a los ojos mientras fingía escucharla, pero su cerebro estaba concentrado ideando un plan para no salir de esa casa sin haber conseguido saber qué se sentía portar la gloriosa falda.

-Eres una tonta –dijo Rodrigo de pronto, interrumpiendo la perorata de Valeria-. El lunes entrarás a la secundaria y no sabes ni siquiera escribir bien.

Los ojos de Valeria, que a Rodrigo siempre le habían parecido ridículamente separados de sus cejas, se abrieron como platos.

-¿Disculpa? –Replicó ésta, exhalando aire y sonriendo de manera cínica-. Mi ortografía y mi gramática fueron las mejores de toda mi escuela. Puedo escribir correctamente cualquier palabra que conozcas, que de seguro deben ser muy pocas.

-¿Estarías dispuesta a apostar? –Los ojos de Rodrigo brillaban con la luz propia de la esperanza.

-Desde luego. Apostaré lo que quieras.

En ese momento Rodrigo supo que tenía una oportunidad. Él la había creado y estaba a punto de aprovecharla.

-Lo que quiera, ¡eh! Pues si yo gano, tendrás que cortarte el cabello. –Rodrigo sabía que era mucho pedir, pero debía apostar en grande si quería que su “castigo” fuera lo que tenía en mente. Esperó y observó la reacción de su consentida prima. Su cabello era algo muy valioso para ella, pero Rodrigo sabía de antemano, desde antes de lanzar la apuesta, que la ortografía de su prima era perfecta, así que tan alto precio no debería ser un problema para ella. Los ojos de Valeria vacilaron y su expresión pasó de lo divertido a lo retador.

-De acuerdo –dijo luego de clavar la mirada en los ojos cafés alargados de Rodrigo-. Pero tú deberás apostar algo igual de valioso que mi cabello.

-Tú dilo y yo diré si lo acepto o no.

Valeria examinaba a su primo detenidamente, tratando de encontrar algo que para él fuera tan significativo como lo era su cabellera para ella.

-Si yo me arriesgo a perder mi cabellera, tú te arriesgarás a perder a tu mascota -dijo por fin la pequeña Valeria jugueteando con un mechón-, sé que la quieres tanto como yo a mi hermoso cabello.

La decepción fue patente en el rostro de Rodrigo. Su plan no había funcionado. –

-Apostaría a Pulgoso sin dudarlo -éste era el nombre de nuestro perro-, pero no tendría una excusa para decirles a mis papás por qué te lo doy. Tengo una mejor idea -la tentación por portar esa falda era más fuerte que la sensatez, así que, en un impulso, puso todos los huevos en la canasta y se lanzó al abismo sin arnés, esperando que la caída no fuera tan dura-. Si yo pierdo, usaré tu uniforme de la secundaria.

El silencio y la tensión se hicieron en la habitación. La incomodidad de ambos era palpable en el ambiente. ¿Habría mordido Valeria el anzuelo? ¿A caso Rodrigo había sido muy obvio y dejado ver sus ganas por travestirse? A través de la expresión de Valeria no permeaba ninguna pista de lo que estaba pensando. La mente de Rodrigo dejaba ver las primeras perlas de sudor frío y notaba una sensación que le recorría la espalda y lo hizo estremecer. El tiempo parecía haberse congelado. Para Rodrigo, daba la sensación de que todo en el mundo estaba detenido: las personas, los autos, las fábricas… imaginó que la gente en Times Square estaba anonadada viendo en los monitores gigantes la cara de su prima Valeria, todos expectantes por una respuesta; y llegó.

 

Parte 3.

Parte 1.

Un relato de travestismo heterosexual, parte 1.

Prólogo.
Primero Rodrigo me puso la ropa interior. Eran unas pantaletas de satín color blanco que se sentían muy suaves al contacto con mi piel. Enseguida me sentó en la cama. Abrió con sumo cuidado el paquete donde estaban las pantimedias y las sacó teniendo cuidado de concentrarse en la textura que las mismas dejaban sentir en las yemas de sus dedos. Con destreza las enrolló hasta la punta e introdujo mi pie derecho en la abertura. La sensación mientras se desenrollaban a lo largo de mi pierna me produjo escalofríos y una gran excitación. Repitió el proceso con la pierna izquierda, y para este punto mi corazón latía desbocado. De mi frente brotaban perlas de sudor y mis ojos cafés parecían negros a causa de la dilatación de mis pupilas.

Ya con las medias puestas, me levantó de la cama y me llevó hasta el clóset ubicado a la derecha de la puerta de la habitación. Los seis pasos existentes entre la cama y el guardarropa me parecieron infinitos, a causa del temblor de mis piernas resultado de la adrenalina que fluía por todo mi cuerpo. Él se agachó para abrir el último cajón y buscó algo escondido entre calcetines y bóxeres descoloridos y aburridos, hasta que encontró el sujetador blanco a juego con las pantaletas. Tenía el sujetador en la mano cuando de pronto la puerta de la habitación se abrió. Los dos nos quedamos congelados. Estáticos. Su madre nos observaba desde el umbral con una mirada que reflejaba incredulidad, tristeza y coraje a partes iguales.

-Rodrigo, ¿qué estás haciendo? –Exclamó su madre. Una lágrima caía ya por su mejilla izquierda, a la altura del prominente pómulo-. ¡Quítate ahora mismo esa ropa de mujer! ¿De dónde la has sacado?

Mi nombre es Paola. Soy la versión femenina de Rodrigo, quien es un hombre heterosexual que disfruta de transformarse en mujer (en mí) de cuando en cuando. Esta es su historia, pero permítanme contarla desde el inicio.
Capítulo I.

Parte 2.