Mi primera prenda femenina

No recuerdo con mucha claridad la primera prenda de mujer que me puse, debido a la corta edad a la que comencé a travestirme. Aunque, haciendo un poco de análisis deductivo, concluyo que debió ser un fondo blanco satinado de una de mis tías, ya que sí que tengo presente que me lo ponía muy seguido y era lo primero que buscaba cuando llegaba a su casa. La que sí recuerdo con total precisión es la primera prenda femenina que compré para mí. No puedo decir que la adquirí con mi dinero, ya que, en ese entonces, yo no tenía ingresos propios, sino que dependía de lo que mis padres me asignaban para mis gastos personales.

Transcurría el año de 1999. Hasta entonces las únicas prendas con las que me travestía eran de mi mamá, de mis tías o de algunas de mis primas, pero tenían la desventaja de que no me quedaban o no me gustaban del todo. Necesitaba ropa de mi talla y de mi agrado, pero viviendo con mis padres tenía el problema de no contar con un espacio para guardarla y evitar que ellos la descubrieran y comenzaran a hacer preguntas incómodas y acusatorias.

Más o menos por esa misma época había descubierto la página de Carla Antonelli, de la que ya les he hablado en escritos anteriores; era mi lectura de cabecera cada que accedía a Internet. En uno de sus múltiples artículos hablaba brevemente de consejos para travestis primerizas, y entre ellos había uno que decía que las pantimedias eran la mejor opción para esconder con seguridad, pues debido a su tamaño, grosor y material, se ocultan fácilmente en casi cualquier rincón. Además, decía ella, cuando llegue el momento de deshecharlas, puedes meterlas a la bolsa de la basura cuando tus papás te manden a tirarla (actividad que, casi invariablemente, está reservada para los hijos).

Así que decidí seguir el consejo y adquirir las pantimedias. Por aquellos tiempos yo estudiaba la secundaria, así que no contaba con mucha experiencia en… pues en casi nada. Recuerdo con vívida fidelidad la emoción que sentía de camino al centro comercial, que era un Wal Mart no muy cercano a mi domicilio. Había escogido esa ubicación en particular, ya que entonces solo había dos en mi ciudad (a diferencia del presente, que hay como 276 Wal Marts) y era el más alejado de mi hogar. Mi lógica era que, entre más lejos estuviera de casa, menor era la probabilidad de encontrarme a alguien conocido.

La emoción que sentía iba acompañada en la misma medida por mi nerviosismo. En mi cabeza desfilaban cientos de imágenes catastróficas que tenían el común denominador de terminar con mis padres enterándose que había acudido a comprar unas pantimedias. Pero las ganas de poseer una prenda de mujer eran muy superiores a los temores de ser descubierta, por lo que continué con mi avanzada.

Tomé un carrito, entré en la tienda y lo primero que hice fue dar un recorrido por todo lo largo y ancho, tratando de asegurarme de que no hubiera rostros conocidos. Paseaba por diferentes secciones con el objetivo de que los empleados me vieran llenando el carrito de otros artículos y así, en mi lógica, pensaran que las pantimedias que compraría eran un encargo de mi mamá o de alguna de mis inexistentes hermanas.

 Después de llenar el dichoso carrito de artículos inverosímiles, llegué a la sección de ropa de dama. Había algunas mujeres viendo las prendas y yo era el único varón entre ellas. La mayoría de las féminas no me prestaron atención, pero una ya de avanzada edad que se encontraba precisamente en el pasillo de las pantimedias, me miraba con recelo, lo que causó que yo comenzara a transpirar copiosamente.

Al ser la primera ocasión que compraba un artículo de vestimenta femenina, desconocía la talla que debía adquirir, así como la diferencia entre una y otra marca de las múltiples que había en el estante. Queriendo salir de allí lo antes posible, tomé las primeras que estuvieron a mi alcance, que resultaron ser unas de talla chica y de color champagne. Acto seguido me dirigí a la caja.

Evidentemente, no contaba con el dinero suficiente para pagar todo lo que traía en el carrito de la compra, pero no quería llegar a la caja nada más con las pantimedias, porque me daba pena que la cajera intuyera que las pantimedias eran para mí. En mi fuero interno, era mejor llevar otros artículos para así distraer, de cierto modo, a la chica que se encargaría de cobrarme. Opté por llevar también una barra de jabón para el cuerpo, que era lo que mi presupuesto me permitía adquirir.

No sé si sería producto de mi nerviosismo, pero me pareció percibir que la cajera me vio sospechosamente cuando deposité los artículos en la banda transportadora (sí, a pesar de mi sofisticado e infalible plan de llevar un producto extra), así que mi razonamiento, para no dejar duda alguna de mi hombría ante esa desconocida mujer, fue hacer la voz lo más grave que pude cuando le dije “buenas tardes”.

No estoy del todo segura si pensó algo al respecto de los productos tan dispares que me cobró. Hoy en día podría parecer irrelevante que una cajera de un centro comercial haga el trabajo mental de relacionar los enseres depositados en la banda con la persona a quien se los cobrará; para ella será simplemente un cliente más llevando otros artículos más. Sin embargo, estamos hablando del final de la década de los noventa, y las cosas eran muy diferentes en ese entonces, así que es posible que no esté del todo equivocada al percibir que estaba siendo juzgada mientras pagaba lo que había comprado.

Una vez saliendo de la tienda, experimenté un enorme regocijo al pensar que acababa de comprar una prenda femenina para mí. Sentía que eso me validaba más como una mujer verdadera y me fascinaba esa sensación. Ya de regreso en mi casa no esperé más de lo que me tomó ver el reloj para calcular mentalmente de cuántas horas de soledad disponía antes de que mis padres regresaran a casa para abrir el paquete y sacar esas hermosas pantimedias.

Nada más sentirlas en mis manos pude disfrutar de su exquisita e incomparable suavidad. Mi mamá no acostumbraba a usarlas, así que era realmente la primera vez que sentía la finura del nailon en mi piel. Como si hubiera perdido la gobernabilidad de sus movimientos, mi cuerpo se puso en acción de manera autónoma para despojarme del pantalón que hasta entonces vestía y quedar, tan solo, en ropa interior. Torpemente traté de colocarme las medias y me di cuenta de que, aunque parecen calcetines largos, ¡no lo son! Estuve batallando por algunos minutos para lograr que me quedaran de una manera más o menos aceptable tan solo para descubrir que había comprado una talla más chica de la que necesitaba.

No sé si a alguna de ustedes le sucedió algo parecido, pero tristemente el destino de esa primera prenda de mujer que compré fue, tal como Carla Antonelli lo aconsejaba en su blog, la bolsa de la basura, por culpa de la inexperiencia y la falta de previsión. No obstante, su recuerdo prevalece en mi memoria y fue la puerta de entrada o la línea de inicio hacia un camino maravilloso de feminidad, en el que hoy me encuentro irremediablemente envuelta y feliz.

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