Entrevista a la esposa de un travesti

Había estado tratando de lograr una conversación con alguna esposa de una chica travesti desde hace ya un buen rato. He escrito ya varios posts acerca de la feminofilia pero todos han sido desde nuestro punto de vista, y quería abordar el tema desde la perspectiva de alguien que lo vive en carne propia desde el otro lado. Finalmente, la esposa de una seguidora de este blog accedió a hablar al respecto, con la condición de mantener en el anonimato tanto su nombre como el de su pareja.

Fue una plática larga, así que decidí publicar la transcripción de dicha entrevista en dos partes y así hacer que la lectura sea más llevadera. Posteriormente, estaré también publicando el audio en formato de podcast, para que estén pendientes. A continuación, la primera parte de esta transcripción.

Feminófila: ¿Cuánto tiempo llevas de casada?

Entrevistada: 16 años. Cumpliré 17 en marzo del próximo año.

F: ¿Cómo fue que te enteraste de la feminofilia de tu esposo?

E: Llevaba algún tiempo con la sospecha. Básicamente, desde que éramos novios notaba algunas actitudes raras de él, pero yo misma trataba de convencerme de que estaba imaginando cosas. El tenía una fascinación extraña por las medias y muy seguido me pedía que me pusiera un par cuando salíamos a algún lugar; frecuentemente me preguntaba qué se sentía utilizarlas. Nunca ponía objeciones a la hora de acompañarme a comprar ropa o zapatos y sin importar cuánto me tardara en escoger algo, él iba conmigo tienda por tienda. Aunque, sinceramente, eso era algo que me gustaba, porque es una actividad que la mayoría de los novios no hacen o hacen de mala gana.

Ya de casados en la intimidad prefería que yo estuviera utilizando alguna prenda de lencería en lugar de estar 100% desnuda. Tanto en mi cumpleaños como en Navidad o alguna otra fecha especial siempre me regalaba ropa. Siendo sincera, la verdad es que tenía muy buen gusto y siempre acertaba con la talla, así que yo no me quejaba.

Durante un tiempo yo trabajaba rolando turnos mientras que él siempre trabajaba en la mañana. A veces, cuando me tocaba estar en el turno de la tarde o de la noche, llegaba a casa y notaba pequeños cambios en mi ropa: aparecía en lugares diferentes a donde yo la había dejado; prendas recién lavadas tenían manchas; vestidos que guardaba en buen estado estaban rotos o descocidos cuando los sacaba, se me perdían prendas y cosas así.

Al inicio pensé que podía tratarse de una infidelidad por su parte, pero me parecía raro que le estuviera prestando mi ropa a otra mujer, no tenía mucho sentido. Además, en honor a la verdad, es un marido cariñoso, responsable, trabajador y muy buen padre. Mi intuición me decía que no me estaba engañando, pero también que algo inusual pasaba.

Cuando las cosas raras con mi ropa comenzaron a suceder más seguido, decidí tomar una fotografía de mi guardarropa y hacer un inventario de mi ropa interior. Un par de meses después, cuando regresé del trabajo por la mañana y él ya había salido hacia el suyo, comparé el clóset con la foto que había tomado, y me di cuenta de que una falda y una blusa estaban colgadas en posiciones diferentes. Esto confirmó mis temores de que algo realmente estaba pasando y que no se trataba nada más de mi imaginación.

Así que hice un plan: Antes de entrar a trabajar esa noche, pedí permiso a mi jefa para salir algunas horas más temprano, argumentando una junta en la escuela de mi hijo. Pensaba llegar a la casa a tiempo para alcanzar a mi esposo antes de que se fuera a trabajar y así fue. Cuando entré a la vivienda él estaba tomando una ducha en el baño de la habitación, a la que entré sin hacer ruido. Escuchaba cómo cantaba mientras se bañaba. Lo más silenciosamente posible, abrí la puerta del baño y vi, sobre la tapa del retrete unas pantimedias que él me había regalado en nuestro aniversario de bodas.

Sin poder contener mis emociones, que en ese momento eran una mezcla de coraje, confusión, decepción, perplejidad y tristeza, entré en el baño, tomé las pantimedias y lo confronté (no sin antes sacarle un buen grito de susto). Lo bombardeé con preguntas:

¿Qué significa esto?

¿Por qué están mis pantimedias encima de la ropa que pensabas llevarte al trabajo?

¿Eres homosexual?

¿Quieres ser mujer?

¿Desde cuándo me lo has estado ocultando?

Las lágrimas llenaron mis ojos mientras él solo atinaba a decirme que me calmara, que no era lo que yo pensaba, que iba a explicármelo todo, pero realmente necesitaba que me tranquilizara. Salí del baño enfurecida y me desplomé en la cama hecha un mar de lágrimas. Me sentía engañada, traicionada y tonta por no haberme dado cuenta antes.

F: ¿Por qué te sentías traicionada?

E: En ese momento llevábamos siete años de matrimonio. Antes de eso duramos poco más de tres de novios. Creía conocer al hombre con el que había decidido compartir mi vida desde hacía diez años, pero en ese momento sentía que todo había sido una farsa, que me había visto la cara de idiota, que había jugado con la confianza que yo había depositado en él. Sentía que él realmente era homosexual y que me había utilizado como fachada para que nadie lo sospechara. En resumen, sentía no conocer a la persona con la que me había casado.

F: ¿Cómo fue que él te explicó lo que le sucedía?

E: No lo recuerdo muy bien, ya que yo no quería saber nada del tema y estaba muy alterada. Solo me acuerdo de que él me repetía constantemente que no era gay, que no le gustaban los hombres, pero yo no le creía. En ese momento pensaba “si no le gustan los hombres, entonces ¿para qué se viste de mujer?” Llegó el punto en el que tuvo que irse a trabajar y nuestro hijo se levantó para ir a la escuela. Yo no tenía ánimos de ir a dejarlo, así que le hablé por teléfono a una vecina para que me hiciera el favor de llevarlo.

Todo el día me la pasé triste, de malas y llorando. Sentía que el mundo se me venía encima. ¿Por qué me pasaba esto a mí? ¿Qué había hecho para merecer este castigo? Amaba a mi marido, de eso no me quedaba duda, pero en ese momento sentía que él no era mi marido. No, no podía ser. Yo me había enamorado de un hombre en toda la extensión de la palabra. Y un varón al que le gusta vestirse como mujer no es un hombre. Sentía como si estuviera enloqueciendo. Por más vueltas que le daba al asunto, no lograba comprender nada y no podía tranquilizarme.

Sin ganas de hacer nada, apagué mi celular, desconecté el teléfono de casa y me recosté en la cama. El cansancio de mi jornada laboral me ayudó a quedarme dormida unas tres o cuatro horas, pero, al despertar, sentí una punzada de desesperanza al darme cuenta de que todo era real, no lo había soñado. De repente, sentí náuseas al estar rodeada por mi ropa. Desconocía cuántas de esas prendas él se había puesto y había aprovechado su soledad para pavonearse con ellas por toda la casa, sintiéndose una señorita, así que no soportaba estar en la recámara viendo mi propio guardarropa.

Encendí mi celular para llamar a mi jefa y decirle que no podría ir a trabajar esa noche debido a que me sentía bastante enferma. Al hacerlo, me llegó un mensaje de mi esposo, que solo decía “Te amo. Nunca lo dudes” y eso solo me hizo sentir peor. No quería que esa persona me amara. Quería que el hombre que yo creía conocer me amara, pero no esa versión de él, que para mí era alguien completamente diferente y extraño.

Para no hacer esto tan largo contando el resto de los días tan a detalle. Solo diré que pasaron de una manera muy similar a la que acabo de platicar, con la única diferencia de que, al volver al trabajo, me distraía un poco de los problemas de casa. También ayudó el hecho de que no nos vimos como por tres o cuatro días, debido a nuestros horarios laborales. Cuando por fin volvimos a coincidir en nuestros turnos y, por lo tanto, estábamos en casa al mismo tiempo, fue cuando nos sentamos a hablar al respecto.

Yo no tenía ganas de hacerlo. Me daba miedo no saber a lo que me enfrentaría, pero también necesitaba respuestas y solo él podía dármelas. Antes de que comenzáramos a hablar, solo lo abracé y lloré por un buen rato. Me alegró darme cuenta de que mi amor por él todavía estaba ahí. Seguía siendo él la persona con la que corría cuando las cosas se ponían feas. Él seguía siendo mi refugio.

Nunca olvidaré las palabras que me dijo cuando se decidió a romper el silencio:

“Soy la misma persona que conoces desde hace diez años. Solo que hoy sabes algo más sobre mí”

Eso quebró algo en mi interior, pero no para mal, sino al contrario. De cierta manera esas palabras derribaron la barrera que yo había puesto entre nosotros y que me llevaba a pensar que él era una persona diferente de la que yo me había enamorado. Tenía razón. Yo no lo había visto de esa manera, pero en ese momento me daba cuenta de que, muy probablemente, ese gusto por vestirse de mujer no era nuevo, sino que lo había estado haciendo a escondidas desde mucho tiempo atrás. Seguía molesta porque, de cierta manera, me había ocultado una parte de su personalidad. Me había engañado al hacerme creer que él era el hombre que yo quería para mí. Lo escogí porque no lo conocía completamente. Si lo hubiera hecho, es posible que ni siquiera hubiera considerado la opción de ser su amiga.

Continuará.

Mi primera prenda femenina

No recuerdo con mucha claridad la primera prenda de mujer que me puse, debido a la corta edad a la que comencé a travestirme. Aunque, haciendo un poco de análisis deductivo, concluyo que debió ser un fondo blanco satinado de una de mis tías, ya que sí que tengo presente que me lo ponía muy seguido y era lo primero que buscaba cuando llegaba a su casa. La que sí recuerdo con total precisión es la primera prenda femenina que compré para mí. No puedo decir que la adquirí con mi dinero, ya que, en ese entonces, yo no tenía ingresos propios, sino que dependía de lo que mis padres me asignaban para mis gastos personales.

Transcurría el año de 1999. Hasta entonces las únicas prendas con las que me travestía eran de mi mamá, de mis tías o de algunas de mis primas, pero tenían la desventaja de que no me quedaban o no me gustaban del todo. Necesitaba ropa de mi talla y de mi agrado, pero viviendo con mis padres tenía el problema de no contar con un espacio para guardarla y evitar que ellos la descubrieran y comenzaran a hacer preguntas incómodas y acusatorias.

Más o menos por esa misma época había descubierto la página de Carla Antonelli, de la que ya les he hablado en escritos anteriores; era mi lectura de cabecera cada que accedía a Internet. En uno de sus múltiples artículos hablaba brevemente de consejos para travestis primerizas, y entre ellos había uno que decía que las pantimedias eran la mejor opción para esconder con seguridad, pues debido a su tamaño, grosor y material, se ocultan fácilmente en casi cualquier rincón. Además, decía ella, cuando llegue el momento de deshecharlas, puedes meterlas a la bolsa de la basura cuando tus papás te manden a tirarla (actividad que, casi invariablemente, está reservada para los hijos).

Así que decidí seguir el consejo y adquirir las pantimedias. Por aquellos tiempos yo estudiaba la secundaria, así que no contaba con mucha experiencia en… pues en casi nada. Recuerdo con vívida fidelidad la emoción que sentía de camino al centro comercial, que era un Wal Mart no muy cercano a mi domicilio. Había escogido esa ubicación en particular, ya que entonces solo había dos en mi ciudad (a diferencia del presente, que hay como 276 Wal Marts) y era el más alejado de mi hogar. Mi lógica era que, entre más lejos estuviera de casa, menor era la probabilidad de encontrarme a alguien conocido.

La emoción que sentía iba acompañada en la misma medida por mi nerviosismo. En mi cabeza desfilaban cientos de imágenes catastróficas que tenían el común denominador de terminar con mis padres enterándose que había acudido a comprar unas pantimedias. Pero las ganas de poseer una prenda de mujer eran muy superiores a los temores de ser descubierta, por lo que continué con mi avanzada.

Tomé un carrito, entré en la tienda y lo primero que hice fue dar un recorrido por todo lo largo y ancho, tratando de asegurarme de que no hubiera rostros conocidos. Paseaba por diferentes secciones con el objetivo de que los empleados me vieran llenando el carrito de otros artículos y así, en mi lógica, pensaran que las pantimedias que compraría eran un encargo de mi mamá o de alguna de mis inexistentes hermanas.

 Después de llenar el dichoso carrito de artículos inverosímiles, llegué a la sección de ropa de dama. Había algunas mujeres viendo las prendas y yo era el único varón entre ellas. La mayoría de las féminas no me prestaron atención, pero una ya de avanzada edad que se encontraba precisamente en el pasillo de las pantimedias, me miraba con recelo, lo que causó que yo comenzara a transpirar copiosamente.

Al ser la primera ocasión que compraba un artículo de vestimenta femenina, desconocía la talla que debía adquirir, así como la diferencia entre una y otra marca de las múltiples que había en el estante. Queriendo salir de allí lo antes posible, tomé las primeras que estuvieron a mi alcance, que resultaron ser unas de talla chica y de color champagne. Acto seguido me dirigí a la caja.

Evidentemente, no contaba con el dinero suficiente para pagar todo lo que traía en el carrito de la compra, pero no quería llegar a la caja nada más con las pantimedias, porque me daba pena que la cajera intuyera que las pantimedias eran para mí. En mi fuero interno, era mejor llevar otros artículos para así distraer, de cierto modo, a la chica que se encargaría de cobrarme. Opté por llevar también una barra de jabón para el cuerpo, que era lo que mi presupuesto me permitía adquirir.

No sé si sería producto de mi nerviosismo, pero me pareció percibir que la cajera me vio sospechosamente cuando deposité los artículos en la banda transportadora (sí, a pesar de mi sofisticado e infalible plan de llevar un producto extra), así que mi razonamiento, para no dejar duda alguna de mi hombría ante esa desconocida mujer, fue hacer la voz lo más grave que pude cuando le dije “buenas tardes”.

No estoy del todo segura si pensó algo al respecto de los productos tan dispares que me cobró. Hoy en día podría parecer irrelevante que una cajera de un centro comercial haga el trabajo mental de relacionar los enseres depositados en la banda con la persona a quien se los cobrará; para ella será simplemente un cliente más llevando otros artículos más. Sin embargo, estamos hablando del final de la década de los noventa, y las cosas eran muy diferentes en ese entonces, así que es posible que no esté del todo equivocada al percibir que estaba siendo juzgada mientras pagaba lo que había comprado.

Una vez saliendo de la tienda, experimenté un enorme regocijo al pensar que acababa de comprar una prenda femenina para mí. Sentía que eso me validaba más como una mujer verdadera y me fascinaba esa sensación. Ya de regreso en mi casa no esperé más de lo que me tomó ver el reloj para calcular mentalmente de cuántas horas de soledad disponía antes de que mis padres regresaran a casa para abrir el paquete y sacar esas hermosas pantimedias.

Nada más sentirlas en mis manos pude disfrutar de su exquisita e incomparable suavidad. Mi mamá no acostumbraba a usarlas, así que era realmente la primera vez que sentía la finura del nailon en mi piel. Como si hubiera perdido la gobernabilidad de sus movimientos, mi cuerpo se puso en acción de manera autónoma para despojarme del pantalón que hasta entonces vestía y quedar, tan solo, en ropa interior. Torpemente traté de colocarme las medias y me di cuenta de que, aunque parecen calcetines largos, ¡no lo son! Estuve batallando por algunos minutos para lograr que me quedaran de una manera más o menos aceptable tan solo para descubrir que había comprado una talla más chica de la que necesitaba.

No sé si a alguna de ustedes le sucedió algo parecido, pero tristemente el destino de esa primera prenda de mujer que compré fue, tal como Carla Antonelli lo aconsejaba en su blog, la bolsa de la basura, por culpa de la inexperiencia y la falta de previsión. No obstante, su recuerdo prevalece en mi memoria y fue la puerta de entrada o la línea de inicio hacia un camino maravilloso de feminidad, en el que hoy me encuentro irremediablemente envuelta y feliz.

Masculinidad frágil: manéjese con cuidado

Como feminófila de clóset, la mayor parte de mi tiempo fuera de casa lo paso mimetizada entre varones, conviviendo con ellos y haciéndome pasar como uno más, como si de una espía se tratara. Debido a ello, no en pocas ocasiones me ha tocado escuchar comentarios machistas, de mal gusto o que denotan la fragilidad de su masculinidad, pues rehúyen y evitan cualquier situación que los ponga ligeramente en contacto con su lado femenino.

La idea de escribir este artículo me surgió el día de ayer, 15 de noviembre del 2022, cuando me encontraba en mi trabajo y, al estar en una línea de producción, alguien encontró unas pinzas para depilar tiradas en el suelo. El compañero responsable del hallazgo las recogió y asumió inmediatamente que pertenecían a una mujer. En el lugar en donde nos encontrábamos había nada más una chica y por los menos seis o siete varones. Al cuestionarle a la compañera si las pinzas eran suyas, ella respondió que no.

En ese punto fue en donde las cosas comenzaron a ponerse raras: entre risas y comentarios sarcásticos, el sujeto que tenía las pinzas en su poder se acercó uno por uno al resto de sus camaradas afirmando cosas como:

-Ten, se te cayeron tus pinzas.

-Creo que estas son tuyas.

-Guárdalas, no se te vayan a perder.

No hubo un solo individuo que no se indignara con la insinuación de que la propiedad del accesorio era suya, rechazando la idea con desaprobación y algunos hasta con asco, sintiendo que el hecho de admitir la pertenencia automáticamente los etiquetaría de “poco hombres”, afeminados o, incluso, homosexuales.

Me surgieron entonces las preguntas:

¿En qué cabeza tan primitiva hay cabida para la idea de que un hombre es homosexual por llevar consigo unas pinzas de depilar?

¿De qué manera imaginan estos seres que poseer un accesorio de belleza afecta su desempeño sexual o su valía como personas?

Uno de los involucrados en esta historia incluso era incapaz siquiera de tocar las pinzas, como si fueran a transmitirle un virus o una infección mortal y, debido a ello, los demás comenzaron a sujetarle las manos y los brazos para forzarlo a que las agarrara. En cuanto lo lograron y lo soltaron, él las arrojó al suelo, como si tenerlas en la piel le causara quemaduras.

Es realmente curioso, por decir lo menos, cómo un artículo tan pequeño e insignificante es capaz de provocar paranoia entre un grupo de adultos masculinos desarrollados. Estos hombres que les platico trabajan en líneas de producción, lidian con fallas de maquinaria que tienen que reparar, están constantemente sometidos a estrés y presión y todo esto parece no afectarlos. Superan metas, consiguen objetivos y en sus manos tienen la responsabilidad de que estas líneas sigan operando. Son, en pocas palabras, excelentes en lo que hacen. Me resulta inconcebible que crean que unas minúsculas pinzas de depilar van a derrumbar su imagen de hombres o a restarles valía.

Lo preocupante de toda esta historia son las implicaciones ocultas, pues si ellos sienten que el estar relacionados con algo mínimamente ligado a lo femenino les resta valor ante los demás varones de su entorno, es porque ellos también le restan valor a cualquier hombre igualmente ligado a lo femenino. Viven con el miedo a ser discriminados por los mismos motivos por los que ellos discriminan a otros.

Esto se traduce directamente en una de las principales razones por las que muchas feminófilas nos vemos forzadas a mantener nuestra conducta en estricto secreto y, en la medida de lo posible, alejada de nuestro entorno laboral, ya que, si alguien se enterara de nuestra tendencia hacia lo femenino, probablemente las oportunidades de desarrollo se verían truncadas y la razón no tendría nada que ver con nuestra capacidad o habilidad para ocupar un puesto de trabajo, sino con la valía disminuida que nuestros congéneres nos asignarían debido a nuestro travestismo.

Lamentablemente esto se extiende más allá de lo laboral, alcanzando también el terreno de lo familiar. Son abundantes los casos de feminófilos, transexuales u homosexuales que son desterrados de sus núcleos familiares debido a estas condiciones, pues a ojos de sus parientes, son seres inferiores tan solo por que son diferentes a ellos. Realmente tengo esperanza en que las nuevas generaciones comiencen a cambiar este sesgo. Afortunadamente parece que así será, ya que se percibe en ellas una mayor tolerancia y apertura de mente. Esperemos que así sea.

Trucos para disimular la espalda ancha

Siempre he dicho que, por muy mujeres que nos sintamos en determinado momento, nuestra fisonomía no se corresponde con ese sentimiento. Y un factor determinante en el desarrollo del físico masculino es el ensanchamiento de los hombros y la espalda. Este hecho se traduce en una enorme desventaja para las feminófilas, pues la mayoría de las prendas de mujer están diseñadas para espaldas compactas.

No obstante, no todo está perdido. Como en casi todos los aspectos, es posible valerse de ciertos trucos para desviar la atención de esa parte del cuerpo y llevarla a otros lados, logrando con ello transformar esa desventaja en algo favorable.

En este video que les comparto, se nos presentan algunos consejos de vestimenta para quienes tenemos espalda ancha, y así lograr mejorar nuestra imagen femenina.

El aparador

Alejandro caminaba un día con su novia por el centro comercial. Era una tarde como muchas otras, sin nada especialmente memorable hasta el momento. Habían comprado boletos para el cine, pero la función no empezaría hasta dentro de un par de horas, así que disponían de algo de tiempo que matar mientras tanto.

Se dirigieron a la heladería y su novia tuvo antojo de un mantecado de vainilla con rompope. Él, por su parte, no se sentía especialmente atraído por ningún sabor de la amplia gama del negocio, así que optó por lo básico y compró una paleta helada de limón. Se sentía un poco desganado y tenía más voluntad de irse a casa a dormir que de pasar dos horas y media mirando una película de un superhéroe del que no conocía nada, pero que Aline, su novia, ansiaba ver desde que supo que se estrenaría.

Decidieron caminar por la plaza mientras degustaban sus respectivos entremeses, a sabiendas de que no podrían entrar a ningún local mientras no se los terminaran. Fue en ese momento que algo completamente inesperado sucedió: al pasar frente a un aparador de una tienda de ropa femenina, los ojos de Alejandro se posaron sobre una hermosa y mágica prenda. En ese instante pareció que el tiempo hubiera comenzado a avanzar en cámara lenta y todo a su alrededor se tornó oscuro. La única luz presente en su campo de visión reposaba sobre una minifalda satinada en color magenta. Las voces que lo rodeaban parecían haberse atenuado mientras sus ojos eran incapaces de posarse en otro punto fuera de esa falda.

Algo en su interior se activó, como si un interruptor se hubiera movido a la posición de encendido y sintió unas irrefrenables ganas de ponerse esa falda. Por su mente desfilaban imágenes suyas caminando con la prenda. Se imaginó la sensación que esa fina y delgada tela le haría sentir al contacto con su piel. Percibió cómo el atuendo se estiraba con cada paso que daba. Había escuchado y leído historias sobre cómo algunas personas, durante momentos de inconciencia, percibían su propia persona como si la estuvieran viendo desde un punto de vista externo; gente que parecía salir de su propio cuerpo y mirarlo dormido y en ese momento él experimentó algo parecido. La diferencia era que él no observaba su propio ser ahí parado mirando el aparador, sino que lo veía portando la falda y caminando con toda naturalidad alrededor de la plaza.

 No era exactamente su imagen, sino que se trataba de una chica. Tenía el cabello largo, ondulado y sedoso. Lo llevaba recogido en una coleta alta y larga. Los párpados se los había maquillado con sombra que combinaba con el tono de la falda y lucía una blusa blanca sin mangas. Los pies estaban calzados con unas sandalias de tacón también blancas y caminaba en ellas con tanta suficiencia y confianza que parecía que había aprendido a caminar con ellas puestas. No obstante, Alejandro sabía que esa mujer era él mismo, como si se hubiera abierto un portal a un universo paralelo en el que él era esa mujer. La sangre comenzó a agruparse en su zona genital y le causó una erección, supuso que por contemplarse a sí mismo como una mujer atractiva y sensual.

Poco a poco su alrededor se fue llenando de luz y las voces y ruidos ambientales fueron recobrando su intensidad habitual. De pronto, escuchó la voz de su novia, que seguía contándole la historia y hazañas del superhéroe cuya película estaban a punto de ver. Le había parecido que esa extraña experiencia había durado un par de minutos, y se sorprendió al comprender que tan solo habían pasado algunos segundos en el mundo real. No dijo nada y continuó escuchando el relato de Aline. Siguieron recorriendo algunas tiendas, pero la imagen de esa falda estaba grabada a fuego en su subconsciente. El resto de la velada transcurrió con normalidad. Al terminar la película, Alejandro llevó a Aline a su casa y se despidieron. Sin embargo, en lugar de dirigirse a su propio apartamento, regresó a la plaza a comprar esa prenda mágica.

El desconocido mundo femenino

Las diferencias entre los mundos masculino y femenino son abrumadoras. Absolutamente todos los aspectos son distintos de una manera radical. Tratar de adentrarse en la feminidad no es una tarea trivial ni sencilla; es algo parecido a ingresar en un túnel en donde a cada paso nos vamos quedando sin luz hasta que, de repente, todo queda a oscuras y tenemos que ir tanteando el terreno y dando pasos a ciegas.

Afortunadamente, las mujeres no están solas en esta tarea, pues ellas cuentan con la guía experta de quienes han recorrido antes estos mismos senderos. Desde las abuelas, cuyos consejos y recomendaciones son altamente valiosos, pasando por las mamás, quienes transmiten a sus hijas otros tantos trucos y técnicas, y llegando hasta las hermanas o primas mayores, que también colaboran con su conocimiento. Incluso las amigas cooperan asimismo en este sentido.

Es por ello por lo que, de manera sistemática y gradual, mientras las chicas van creciendo, al mismo tiempo van adquiriendo estos conocimientos milenarios. Aprenden sus ademanes característicos, las técnicas de maquillaje, cómo combinar diferentes colores y estampados, la manera correcta de caminar con zapatos de tacón, mil y una formas de peinar su cabello, y un larguísimo etcétera, aspectos que son virtualmente desconocidos para los varones promedio, quienes crecen centrando su atención en aspectos muy distintos.

Esta dicotomía resulta especialmente evidente cuando algunos de estos varones descubrimos el apasionante mundo del travestismo y tratamos de incursionar en territorios femeniles, pues, al menos de inicio, creemos que basta con utilizar un par de prendas para imitar a las mujeres y sentirnos como tales. Y al principio ¡sí que basta! Pues no necesitamos mucho más que eso para aplacar esas acuciantes ganas de “ser mujer”. Pero, conforme el tiempo avanza, esos elementos básicos se van mostrando insuficientes y buscamos perfeccionar más nuestra apariencia, y es en ese punto en donde resulta evidente nuestra falta de conocimiento en dichos aspectos.

Debido a que la feminofilia suele manifestar sus primeras etapas a una edad en la que todavía no somos independientes, nos vemos forzadas a aprender, por nosotras mismas, lo que las chicas cisgénero aprenden con la guía de otras mujeres. Tomemos como ejemplo el tema del maquillaje: lo más seguro es que únicamente podamos poner nuestras manos sobre lo que encontremos en casa, que quizás tengamos que sacar a hurtadillas de la habitación de la mamá o de la hermana, así que no será mucho. Tal vez un labial o una cajita con sombras nada más. Lo aplicaremos conforme lo que nuestro sentido común nos indique y es de esperar que los resultados dejen mucho que desear. Se nos ocurrirá a lo mejor buscar un tutorial en YouTube, pero nos encontraremos con que están diseñados para ser puestos en práctica con más elementos de los que disponemos.

En el caso de caminar con tacones ocurre algo similar. Es difícil que la habitación en la que nos encerramos para transformarnos cuente con el espacio necesario para dar más de unos cuantos pasos, además de que el ruido tan característico de este calzado seguramente levantará interrogantes indeseadas por parte de nuestros familiares, así que tendremos que aprovechar los escasos momentos en los que estemos a solas para tratar de dominar este difícil arte.

Es por todo lo anterior que encuentro grandes ventajas en compartir el secreto de nuestra feminofilia con una chica que sea de nuestra entera confianza. Puede ser una hermana, si es que la relación con ella se presta para eso; tal vez una prima o una compañera de la escuela o del trabajo. En el caso ideal, nuestra pareja. Ellas se convertirán en esas guías que nos llevarán paso a paso por este maravilloso camino femenino y nos mostrarán la manera correcta de hacer las cosas que ya nos habíamos acostumbrado a hacer mal, en la soledad y clandestinidad de nuestra habitación. Hablando desde mi experiencia, les platico que a partir de que confesé mi travestismo a una de mis parejas, quien lo aceptó y decidió compartirlo conmigo, mi imagen femenina dio un tremendo salto de calidad gracias a sus enseñanzas, lo que se tradujo en una mayor autoconfianza y me dio el empuje que necesitaba para llevar a Nadia Mónica al siguiente nivel de feminidad.

Si se deciden a compartir su secreto con alguien, solo les recomiendo que escojan muy bien a la persona con la que lo harán, para que no les traiga más problemas que ventajas.