La vida del travesti mientras no se transforma

Hace cuestión de un par de meses publiqué, en la página de Facebook de feminófila, el caption que ilustra este post. Uno de los comentarios de las seguidoras de dicha página comentaba con gran acierto que, de hecho, eso es verdad, ya que el travestismo no nada más vive en los momentos en los que podemos transformarnos en nuestras femíneas contrapartes, sino que es un proceso que se desarrolla continuamente en las mentes de nosotras.

¡Coincido completamente con esta visión! En mi particular caso, aun cuando no esté disfrutando del suave abrazo de las prendas de chica, mis pensamientos están orientados hacia ese objetivo. Si me encuentro caminando por alguna calle, presto atención a la ropa que veo en los escaparates de las tiendas o a las de las mujeres que veo pasar a mi alrededor.  Si la situación se torna idónea para adquirir alguna prenda, mi mente se vuelca al 100% en preparar la ocasión para estrenarla; visualizo los detalles, tales como la ropa con la que la combinaré, los zapatos, el maquillaje y la peluca. Por supuesto, también recreo en mi cabeza la consiguiente sesión fotográfica e imagino los lugares en los que me tomaré dichas fotos, las poses que puedo hacer, etcétera.

Si, por el contrario, me encuentro en casa o en el trabajo, aprovecho los momentos libres para idear las temáticas de futuros videos para el canal o artículos para este blog. Pienso también en historias que me gustaría vivir o metas como mujer para el futuro.  Cada día trato de ejercitarme para lograr una figura estilizada que se vea bien en tal o cual vestido, o que luzca una falda de manera sexy. Vivo en una lucha constante con el vello de mi cuerpo. A veces la pierdo, porque es fácil no ocuparse de esos asuntos cuando Nadia no se manifiesta, pero trato de estar al pendiente para que, cuando llegue, no le sea tan difícil transformarse y ser ella misma.

Veo a la feminofilia como un trabajo artístico. Cuando vamos a algún museo y admiramos una obra, observamos lo evidente: la belleza visual y las sensaciones que nos evoca, el talento de los autores, pero pocas veces nos ponemos a pensar en el esfuerzo del artista, en las horas de preparación, de estudio, de errores cometidos que le hicieron volver a comenzar, del fastidio y de la frustración que muchas veces le hicieron plantearse abandonar su vocación y dedicarse a otra cosa, o de las noches de desvelo por aprender nuevas técnicas que le permitan llevar su talento a un nivel superior, de la corrección de los errores para que la obra luzca mejor, de los sacrificios realizados por presentar su mejor esfuerzo.

Así que sí, es cierto. Las sesiones de transformación son ese punto culminante de una planeación, que a veces es exhaustiva, por acomodar las situaciones para generar el momento oportuno para hacerlo (sobre todo para las que somos anónimas, de clóset, como se nos dice). Es el espectáculo que presentamos después de ensayarlo una y otra vez, es el clímax de una historia que a veces lleva semanas o meses escribiéndose, para desarrollarse tan solo por unos minutos o, en el mejor de los casos, por unas horas. Es externar, por unos momentos, lo que pasa por nuestras mentes de manera continua.

Una vez más lo digo, incluso con mayor convencimiento que antes, que la vida es eso que pasa entre una y otra vez que nos vestimos de mujer.

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