Soy mujer por un día, última parte

Después de poco más de una hora termino mi entrenamiento. El sujeto que me estaba mirando dejó de insistir cuando se dio cuenta de mi completa falta de interés, así que pude concentrarme mucho mejor en mi rutina de ejercicios. Al finalizar, me dirigí a las duchas a tomar un baño refrescante. Una vez más me demoré a causa de estar admirando mi propio cuerpo con sus proporciones delicadas y femeninas. Realmente no puedo creer que luzca de esta manera. La pregunta surge en mi interior como una veta de oro entre piedra caliza: ¿me gustaría prolongar esta situación? ¿Sería feliz de quedarme como mujer para siempre?

Han sido unas cuantas horas en esta vida y estoy maravillada. Me alegro al darme cuenta de que los cambios en mi persona son solo físicos, pues mi forma de pensar y de ver el mundo siguen intactas, al igual que mi atracción hacia las mujeres. Eso me lleva concientizar que mi forma de ser, aun en mi versión de varón, tiende hacia lo femenino. Encajo mucho mejor en esta faceta que en la otra que he experimentado durante toda mi vida. Detengo estos pensamientos ya que resultan inútiles, pues la opción de quedarme así ni siquiera está presente. Bien se me comunicó desde un inicio que esta experiencia solo duraría veinticuatro horas.

Salgo de la regadera con una toalla enrollada en el cuerpo y otra en la cabeza. Voy hacia mi casillero y, al abrirlo para sacar mi vestimenta una nota cae al suelo. Me agacho para recogerla y veo un número de teléfono anotado, junto con el nombre “Sharely”. No puedo evitar esbozar una sonrisa. Guardo el pedazo de papel dentro de mi maleta y me dirijo a un cubículo privado para vestirme. Nuevamente disfruto cada parte del proceso de ponerme el sujetador, las undies, las pantimedias, el vestido y el abrigo, al igual que los accesorios. Decido que ya no me maquillaré, pues ya no tengo pensado asistir a otro lugar después del gimnasio.

Antes de salir del lugar, noto que mi celular está vibrando, de modo que lo saco y contesto una llamada. Es papá, quien me pregunta a qué hora saldré para pasar por mí. Le digo que estoy a punto de hacerlo y queda de recogerme en quince minutos. Me dirijo a los sillones que están frente a la recepción del gimnasio a esperar. Tomo una revista de modas de la pila y comienzo a hojearla. Paso página tras página de maravillosos y caros atuendos y hago notas mentales de lo que más me gusta para tratar de replicarlo con las prendas de mi propio guardarropa. Me sorprendo pensando y actuando como si esta fantasía fuera a continuar más allá de hoy y siento una oleada repentina de tristeza. Levanto la mirada del papel y veo al mismo sujeto que estaba intentando ligarme, ahora charlando con una chica que está arriba de una caminadora. En los ojos de la mujer son evidentes las ganas que tiene de alejarse cuanto antes. Realmente ese sujeto es muy molesto. Abundan los hombres así, lamentablemente.

Mi padre al fin llega por mí y subo al auto, esta vez en el asiento del pasajero, lo cual me agrada, porque me siento muy cansada para conducir. Él me pregunta acerca de mi día y le cuento todo lo que sucedió. Me escucha con atención, verdaderamente interesado en mi historia. Es curioso; nuestra relación como padre e hijo es más fría y alejada. No nos llevamos mal y sé que me quiere, pero nunca hablamos más de lo necesario. No se mete conmigo ni yo con él. Simplemente convivimos a una distancia prudencial. Pero ahora, en este mundo paralelo, siento que el lazo que nos une es más fuerte. En mis adentros percibo un gran cariño fraternal por mi padre y me siento correspondida y protegida por él.

Cuando acabo de contarle acerca de lo vivido en este día, me sorprende diciendo

-¿A quién crees que me encontré afuera de la oficina?

Sin darme tiempo a responder me dice

-A Natalia

Me quedo como de piedra. Natalia es el nombre de mi exnovia, es decir, la exnovia de mi versión de hombre. ¿Será posible que en esta historia ella sea mi exnovia también? ¿O es solo mi mejor amiga? ¿O una compañera? Sin saber muy bien qué responder ante el comentario de mi papá, solo atino a expresar una frase neutral.

-¿Ah, sí? Y ¿qué te cuenta?

-Pues no platicamos mucho tiempo. Solo me dijo que ya también terminó su carrera y acaba de empezar sus prácticas en unas oficinas que están cerca de mi trabajo, así que supongo que me la toparé más seguido. Estuve a punto de ofrecerme a llevarla, pero no sabía si te molestarías.

-¿Por qué habría de molestarme? Somos amigas -digo, buscando tantear el terreno-.

-¡Qué bien! No sabía que seguían llevándose bien después de su ruptura, pero me da gusto que así sea.

Siento como si una cubeta de agua helada me hubiera caído encima. Soy una mujer a la que le atraen las mujeres, mi padre lo sabe, ¿y no tiene problema con ello? ¡Vaya! Me cuesta trabajo creer que, si mi versión masculina fuera homosexual, mi padre lo tomaría con la misma naturalidad y ligereza con la que lo hace ahora.

-Si, bueno, no somos las mejores amigas, pero no nos llevamos mal -miento, pues hace meses que no nos dirigimos la palabra-.

-Ya. Bueno, quizás las cosas se arreglen, ¿no?

-Si, tal vez -vuelvo a mentir, pues la verdad es que no tengo ninguna intención de retomar esa relación tan dañina-.

Los siguientes minutos transcurren en silencio hasta llegar a casa. Saludo a mi mamá de beso en la mejilla y repito la historia que le conté a papá, pero ahora con ella. Él le cuenta que se encontró a Natalia y ella también reacciona con naturalidad ante el hecho. ¡Esta versión de mis padres es de mente mucho más abierta que la otra!

Ante la desaprobación de mamá, me niego a cenar, pues estoy más cansada que hambrienta. Me retiro a mi cuarto y me enfundo otra de mis preciosas y sensuales pijamas satinadas. Cuando estoy a punto de apagar la lámpara de mi mesita de noche, veo dos pastillas sobre ella: una rosa y una azul. Al lado, una breve nota que indica que, de tomar la azul, volveré a mi vida de varón tal y como era antes, con la única salvedad de que jamás sentiré otra vez la necesidad de vestirme de mujer. Si, por el contrario, escojo tomar la rosa, seré para siempre una mujer. Nadie a mi alrededor recordará haberme conocido como hombre, pero yo sabré la verdad y no habrá vuelta atrás.

Si dudarlo un solo momento, tomo la píldora que deseo y me voy a dormir. La noche es tranquila y relajada. Al día siguiente despierto y me sorprendo al levantarme, muy feliz de haber tomado esta decisión.

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