Soy mujer por un día, parte 6

Todas se acercan a abrazarme y algunas gritan de la emoción. Sentir el tacto de sus abrazos a través de la fina textura del vestido es algo que me vuelve loca. Es como si, de repente, fuera consciente de cada centímetro cuadrado de mi piel. Nos separamos y una a una comienzan a correr hacia los probadores para ponerse su propio vestido. Cuando Pame y yo quedamos a solas brevemente, me pregunta algo que me deja desconcertada

-¿Qué tal, Nadia? ¿Disfrutando tu día como mujer?

La perplejidad que inunda mis procesos cognitivos debe ser palpable en mi expresión facial, pues, aunque soy incapaz de articular palabra, ella reacciona como su hubiera respondido a su pregunta.

-No sé a que santa le rezas, amiga -me dice-, pero se te concedió este deseo de vivir la vida de una mujer por un día. ¡Es muy real! Y lo que sea que hagas como chica, tendrá repercusiones cuando regreses a tu vida de chico, ¡así que ten eso en mente!

-Pero ¿cómo es posible que tú lo sepas? -digo por fin llena de asombro-.

-No sabría explicártelo, tan solo sé que la noción apareció de pronto en mi cabeza y todo tuvo sentido. Pero no te preocupes, no lo comentaré con nadie.

-Gracias -le respondo en agradecimiento a su complicidad.

Las otras damas comienzan a salir de los probadores y, al igual que yo, también lucen espectaculares en sus respectivos vestidos. Una vez que todas se reúnen con nosotras fuera de los probadores, un éxtasis nos invade a todas y no podemos evitar juntarnos y gritar de la emoción. Nos tomamos algunas fotos, tanto solas como en grupo y yo me siento parte de algo muy especial, de una comunidad femenina. Al menos por hoy no soy un hombre vestido de chica en la soledad de su habitación. Hoy me encuentro conviviendo con amigas, para quienes siempre he sido mujer y con las que intercambio una energía que es distintivamente femínea. Me fascina. No quiero que este día termine jamás.

Nos despojamos de los vestidos y nos cambiamos para despedirnos y continuar con nuestras pertinentes actividades. Antes de marcharnos, Rosario nos recuerda a todas que la siguiente semana nos toca la prueba de maquillaje. En mi interior siento tristeza, porque me encantaría asistir, pero para entonces mi ser femenino ya no existirá. Resignada, pido un taxi de aplicación para dirigirme al gimnasio, al que llego luego de media hora.

Instintivamente entro a los vestidores de mujeres, como no podía ser de otra forma, ya que parece que mi cuerpo está programado para pensar y actuar como mujer. Saco una maleta de un casillero con la expectación de mirar qué clase de outfit deportivo estará ahí esperándome. ¡No me decepciona para nada! Se trata de unos leggins de licra de color gris oscuro de Victoria Sport que tienen transparencias a la altura de los muslos y se ajustan como un guante a mi curvilínea figura. Me enloquece especialmente el detalle de la forma que se dibuja entre mis piernas, a la altura de mi pubis: completamente plano, como mil veces me imaginé ver esa zona en mis fantasías.

Para la parte de arriba me coloco un bra deportivo de Reebok en color negro con un escote que permite intuir lo desarrollado de mi busto, pero sin revelar nada más allá de lo decente. Descubro con sorpresa que hay algo más dentro de la maleta, ¡y se trata de unos guantes de box! ¡Vaya! Parece que soy una chica ruda, y no puedo evitar sonreír al pensar que, como varón, siempre le he tenido desconfianza a los deportes de contacto, pero todo indica que como mujer soy más segura de mí misma en muchos aspectos. Antes de ponerme los guantes, me recojo el pelo en una coleta y me doy cuenta de la naturalidad con la que hago tal cosa. Siempre me había causado curiosidad cómo las chicas son capaces de hacerse diversos peinados sin la necesidad de verse en un espejo, así que gratamente sonrío orgullosa porque yo también lo estoy haciendo ahora. Dejo dos mechones fuera de la coleta para que enmarquen mi delicado rostro y verme, según yo, más atractiva. Por último, me coloco los tenis y estoy lista para salir a ejercitarme.

Me dirijo hacia la salida de los vestidores y paso al lado de otras chicas que también están cambiándose. En ese momento me doy cuenta de que conservo mi atracción física por las mujeres, pues no puedo dejar de mirar a algunas de las ahí presentes. Aunque mis miradas son más discretas que las de los caballeros, no pasan desapercibidas para un par de compañeras de ejercicio, quienes me voltean a ver y me la sostienen sonriendo tímidamente. Una de ellas rompe el silencio y me dice

-¡Hola!

Pero yo me alejo sin contestarle y sin quitarle la mirada de encima, tan solo sonriendo coquetamente hasta que salgo del vestidor.

Me dirijo al área de boxeo, en donde hay un solo costal libre, pues todos los demás están ocupados por otros boxeadores. Con cierta alerta reparo en que soy la única mujer en esa sala, y me encuentro rodeada de cuatro hombres. Dos de ellos son atléticos y con sus músculos bien marcados; uno es más bien rellenito, pero con brazos anchos y fuertes y otro es principiante, y se nota que está ahí con el afán de comenzar a ganar masa muscular. Los cuatro se percatan de mi presencia y yo me pongo nerviosa. Es la primera vez que me encuentro rodeada de hombres y sin ninguna mujer en las cercanías. Ninguno me hace comentario alguno, pero percibo que me miran insistentemente mientras me vendo las manos y me coloco los guantes. Me arrepiento un poco de lo ajustado de mi atuendo deportivo.

Comienzo a hacer estiramientos mientras el ambiente se vuelve cada vez más tenso en esa sala. Mentalmente ruego porque otra mujer se acerque a nosotros, pero sé que eso no pasará, pues no quedan costales libres. Tratando de ignorar las miradas, que no son nada discretas, comienzo a golpear el bulto con toda la fuerza que puedo, en un intento de demostrar que meterse conmigo sería una mala idea. Aunque, sinceramente, no sé a quién trato de asustar, pues mi fuerza física nunca se igualará a la de un hombre.

Por el rabillo del ojo capto que uno de los chicos atléticos ha dejado de entrenar para centrar toda su atención en mí. Me siento realmente incómoda, pero trato de concentrarme en mi propia actividad. Rápidamente comienzo a transpirar, pero me doy cuenta de que incluso mi sudor como mujer es diferente al de hombre. No sé cómo explicarlo, pero es como más liviano, como que fluye con más facilidad, además de que causa menor repulsión al olfato. Una lámina de transpiración cubre mi abdomen plano, que está descubierto, y ello me da un aire más intenso de sensualidad. El sujeto que interrumpió su entrenamiento para mirarme se acerca por mi derecha, así que me giro para darle la espalda y transmitirle que no estoy interesada en comenzar una conversación con él. Pasa de largo hacia una mesa en donde tiene su botella de agua y, después de beber, se arroja un chorro en la cara y en el cabello. Algo del líquido cae en su playera, así que toma el pretexto para quitársela y lucir sus musculosos pectorales y abdomen. Resulta patético, pero me sirve para confirmar, una vez más, que no siento atracción alguna por los varones. Lo mío son las chicas, y hago una nota mental para buscar más tarde a la que vi en los vestidores y, quizás, invitarla a tomar un café al terminar nuestra rutina.

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