Soy mujer por un día. Parte 5

La entrevista se prolonga por media hora más. La Licenciada… o Lizbeth, como me pide que la llame, parece quedar satisfecha con mis respuestas y me comenta que me llamarán para agendar una segunda cita. De manera muy amable me acompaña a la salida y le da instrucciones a la recepcionista para que, en mi siguiente visita, me deje entrar directamente a su oficina, sin hacerme esperar, a lo que ella asiente de mala gana.

Me despido de beso de Lizbeth y salgo hacia la calle. Mi celular ha vibrado tres veces durante la conversación, así que, una vez afuera, leo los mensajes recibidos. Los tres son de mi amiga, Cristina. Me pregunta si ya salí para que pase a recogerme y lleguemos juntas al desayuno que tenemos planeado con otras de nuestras amigas, ya que una de ellas, Pamela, mi mejor amiga, se casará dentro de cuatro meses y nosotras seremos damas; yo, la de Honor. Le contesto que ya estoy afuera y me responde que llegará en diez minutos.

Decido caminar hacia la parada del autobús, en donde esperaré a Cristina. El sonido que mis tacones hacen a cada paso es realmente exquisito. Percibo el viento directamente en mis piernas y siento cómo se cuela por debajo de la falda del vestido a pesar de las pantimedias, que se pegan a mi piel y me producen pequeños escalofríos. Noto que algunos chicos se me quedan mirando y otros tantos me sonríen, pero yo no les hago caso. Al llegar a la parada, busco en mi bolsa un polvo compacto y aprovecho para retocar mi maquillaje. Cristina no tarda mucho en llegar. Subo a su auto y tomamos camino hacia el restaurante, al que llegamos menos de quince minutos después.

Al entrar, corro para saludar a Pame y ella me guiña un ojo en señal de complicidad, lo que me desconcierta un poco, pero no me detengo mucho tiempo a pensarlo. Saludo a las demás chicas. Todas nos conocimos en la universidad y nos llevamos bien, pero Pame y yo somos las que formamos un vínculo más cercano. El plan es desayunar algo ligero y luego dirigirnos a la prueba de vestidos. ¡Estoy ansiosa por ir! No tardamos mucho en desayunar, ya que parece que todas tenemos prisa por probarnos nuestros atuendos.

Por fin ponemos rumbo a la tienda de vestidos, que se encuentra en el mismo centro comercial que el restaurante donde desayunamos. Somos siete mujeres jóvenes y muy lindas caminando juntas, así que nos faltan los piropos ni las miradas coquetas. No me siento atraída hacia ningún hombre, pero debo reconocer que la sensación que causa saber que soy el centro de sus miradas y que provoco que dejen de hacer lo que sea que hacen por voltear a verme es muy placentera. Además, me doy cuenta de algo que me agrada: como chico, soy tímido e inseguro, y prefiero pasar desapercibido. No obstante, como mujer me siento más confiada, más llena de seguridad. Me sé linda, atractiva, empoderada, y eso hace que lo refleje en mi postura y en mi andar.

Pame fue quien escogió los vestidos. Ninguna de nosotras los ha visto, así que será una sorpresa para todas. Brenda bromea con que serán de un tono rosa mexicano y se complementarán con un enorme sombrero, y a mi mente viene la imagen de Rachel Green en Friends. Por su parte, Selene aventura que serán de un estilo más dark, estética que va acorde con los gustos de la novia. Todas reímos con estas representaciones mentales, pero es evidente que sí nos sentimos nerviosas al desconocer lo que la novia nos eligió.

Entramos a la tienda y la dependiente sonríe al vernos a todas juntas. Nos pide que la acompañemos a la parte trasera de su negocio, en donde tiene los probadores y varios espejos que reflejan nuestra imagen desde varios ángulos. El plan de Pame es el siguiente: debido a que yo soy la Dama de Honor, entraré primero al probador y me pondré el vestido. Posteriormente, saldré a donde se encuentran las demás chicas y entonces les modelaré la prenda. Acto seguido, procederán a probarse los suyos propios. Emocionada al respecto, me meto al probador. Cierro la cortina y admiro el vestido. ¡Es precioso! Es, sin temor a equivocarme, uno de los más bellos que he visto en mi vida.

De un color verde y completamente hecho de seda, la sensación que produce al tacto es magnífica. ¡Nunca antes he tenido la oportunidad de portar un vestido de seda! Así que decido tomarme mi tiempo para admirarlo, pues resulta un verdadero deleite para todos los sentidos, incluido el olfato, ya que el aroma que desprende es adictivo. Lentamente y disfrutando el momento, me despojo de las prendas que me arropan. Me quito el abrigo, luego los zapatos. A continuación, el vestido y al último las pantimedias para quedar únicamente en ropa interior. Aprovecho para admirar mi cuerpo nuevamente y vuelvo a sentir esa excitación y humedad entre mis piernas. Estiro los brazos para descolgar el vestido del gancho que lo sostiene y la parte inferior hace contacto con mis muslos desnudos por primera vez.

¡Vaya delicia! Siempre he sido fanática empedernida del satín, pero comparado con la seda ¡no es nada! La sensación contra la piel es única, indescriptible y cala tan profundo en mi ser que me obliga a cerrar los ojos para percibirla más intensamente. Introduzco una pierna, luego la otra, con parsimonia. Sin prisa alguna, voy elevando la tela que sube envolviendo todo mi precioso y escultural cuerpo. Finalmente, me coloco los tirantes y me contemplo en el espejo. No puedo creerlo, parezco una supermodelo. La delgadez de la tela se ciñe a mi piel y resalta mis curvas, dejando muy poco a la interpretación. El tono del vestido hace una combinación perfecta con mi piel. No quiero dejar de mirarme al espejo, pues mi propia imagen me embelesa, pero es el reclamo de mis amigas el que me hace salir del probador.

Cuando me miran, escucho la exclamación ahogada de todas y cada una de ellas. Luzco simplemente impresionante.

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