Travestis: guardianas de la feminidad

Es un hecho innegable que a las feminófilas nos encantan los vestidos, las blusas, las faldas, el maquillaje, los tacones, las medias. Sentir la caricia del satín de una falda o del nailon de unas pantimedias sobre la piel recién depilada es algo verdaderamente divino y maravilloso. Pocas cosas en la vida tienen comparación con ver en el espejo nuestra imagen transformada en la de una mujer atractiva y sensual, y es ciertamente adictivo.

En el caso de la mayoría de nosotras, cuando nos convertimos en nuestro alter ego resulta imprescindible el uso de una peluca, maquillaje, aretes, collares, pulseras, anillos o cualquier cosa que refleje y transmita feminidad. En ocasiones, incluso solemos llevar las uñas de los pies pintadas, en un intento de sentirnos en contacto con nuestra mitad femínea aun cuando no nos sea posible dejarla salir completamente. Si la oportunidad se presenta, aprovechamos también para irnos a dormir utilizando baby dolls o pijamas de satín con encaje.

Los hombres que no practican la feminofilia no comprenden por qué algunas mujeres están dispuestas a soportar sufrimiento y dolor en sus pies con tal de lucir unos hermosos tacones de aguja, pero nosotras sí que entendemos que, a veces, vale la pena padecer si los zapatos lo ameritan. Comprendemos asimismo que la transformación y el embellecimiento llevan tiempo, pues es un proceso largo y todo tiene que estar en su sitio para lucir tal como lo deseamos; sabemos por qué las mujeres tardan tanto en arreglarse y en escoger sus vestimentas, pues lo experimentamos de primera mano.

No obstante, en gran medida a causa de los movimientos de reivindicación femenina, estamos siendo testigos de un cambio en la mentalidad de las mujeres, quienes, cada vez en mayor número, luchan por romper los estereotipos de feminidad. Las nuevas generaciones de mujeres se niegan a aceptar el requisito social que dicta que ellas se rasuren las piernas o las axilas mientras que los varones no tienen que hacerlo; y las comprendo, pues mantener el vello a raya no es trivial, requiere tiempo, dedicación y es una lucha continua.

Muchas chicas de la nueva estirpe tampoco están dispuestas a pasar mucho tiempo frente al espejo, y optan por una belleza más natural. También parecen no estar de acuerdo con la noción de resistir un dolor de pies tan solo por lucir unos zapatos, y prefieren el uso de calzado deportivo y cómodo mientras que optan por la practicidad de los jeans frente al reto que conlleva utilizar una falda, que las expone, lamentablemente, a miradas, piropos y acoso. A la hora de ir a la cama, prefieren dormir con cómodas y cálidas pijamas de franela o tela polar en lugar de camisones a la antigua usanza.

¿Será que estamos presenciando el inicio del declive de la feminidad clásica? Es indudable que la línea que separa los usos y costumbres de ambos géneros se vuelve cada vez más difusa en una sociedad que, positivamente, se vuelve más incluyente; el maquillaje ya no está reservado solo para las mujeres, aunque muchos sectores tradicionalistas todavía vean con malos ojos a varones con sombra, delineador o esmalte de uñas; algunas marcas de lencería comienzan a crear prendas pensadas para ser usadas por hombres; cada vez más mujeres participan en actividades que antes eran pensadas como “solo para hombres”. Todo esto es muy positivo y benéfico para nuestro desarrollo como civilización, pero plantea un aspecto cuando menos interesante para nosotras las feminófilas.

¿Nos convertiremos acaso en las guardianas de la feminidad tradicional? Es decir, aquella que conceptualiza la imagen de una mujer con maquillaje, vestido, tacones, cabello largo y sin vello en su cuerpo, realizando tareas del hogar, leyendo revistas de moda y estilo y teniendo empleos de secretaria, sobrecargo, mucama o cualquier otro que, mediante el uso requerido de un código de vestimenta específico realce los atributos visuales. Quizá sí. Es posible que, a largo plazo, mientras las mujeres cisgénero abandonan más esta idea de feminidad en favor de una igualdad de género más acentuada, las travestis queden como las únicas exponentes de lo que, en alguna lejana época, era considerada como una mujer sensual y femenina. Es posible que, dentro de 100 años, ver a una travesti sea como mirar una cápsula del tiempo, como contemplar a un viajero temporal que viene del pasado para mostrarnos cómo era una mujer en épocas pretéritas.

Si ese es nuestro destino, acepto con mucho gusto la responsabilidad y el título de protectora y guardiana de la feminidad. ¿Ustedes?

2 thoughts on “Travestis: guardianas de la feminidad

  1. Coincido totalmente contigo, veo penosamente que el número de mujeres q prefieren la comodidad al glamour o a proyectar una imagen más femenina va en aumento. Incluso algunas líneas de ropa ya no la confeccionan tan femenina. Nosotr@s las chicas travestis por el contrario siempre queremos vernos así…más lindas…de zapatillas, super fashion y cuidando el más mínimo detalle de tu arreglo. Al igual que tu Nadia, me sumo a aceptar en mis hombros la responsabilidad de que no muera la feminidad. Me encanta vestirme de nena…lo disfruto siempre que puedo…como la primera vez q lo hice en mi adolescencia. Besos!

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