Soy mujer por un día. Parte 4

¡Vaya sensación más rara de manejar con zapatos de tacón! Al principio me cuesta algo de trabajo adaptarme, pero después de unos minutos consigo conducir como si llevara años de práctica haciéndolo con ese calzado. El primer semáforo en rojo es una inyección de adrenalina pura, pues imagino que la gente volteará a verme con curiosidad, presintiendo que hay algo extraño en mí. Para mi asombro, descubro que las personas que me rodean ni siquiera reparan en mi presencia, estoy completamente mimetizada y soy solo una chica más. Me fascina.

Algunos kilómetros más adelante, en otra luz roja, un camión de pasajeros se detiene al lado de nosotros. De repente, siento una mirada clavada en mí e, instintivamente, volteo hacia mi izquierda y me percato de que uno de los ocupantes del autobús tiene sus ojos puestos en mis piernas, que se ven perfectamente desde su punto elevado de vista. Aun cuando se da cuenta de que lo veo, no desvía la mirada ni disimula en absoluto, sino todo lo contario; saca su teléfono móvil de su chaqueta y me toma una fotografía momentos antes de que el vehículo avance. Me siento indignada, pero algo en mi interior experimenta también un poco de satisfacción.

Sin más contratiempos llegamos al punto donde tendrá lugar la entrevista. Me despido de papá, quien me desea éxito en el encuentro. Al entrar en el amplio vestíbulo del edificio de siete plantas, la recepcionista me observa en todo momento mientras me acerco a su escritorio. ¡Vaya atuendo de la chica! Me impresiona tan solo con las dos prendas que lleva puestas: una blusa escarolada en color crema con mangas amplias y un precioso moño a la altura del pecho, combinada con una minifalda entallada en color oscuro. Un outfit muy clásico, pero con un toque de clase y elegancia. Lamentablemente no puedo ver qué tipo de zapatos lleva, pues los pies los mantiene bajo el escritorio, pero adivino que también deben ser preciosos.

Camino con el paso más decidido que puedo mientras sostengo la mirada que me ha clavado. Parece ser que trata de intimidarme, o tal vez de marcar su territorio como la chica hermosa del edificio, cosa que no discuto, la verdad es que es preciosa, pero yo no pienso dejarme amedrentar, así que, cuando ya me encuentro al pie de su escritorio circular, le extiendo la mano mientras digo:

-Buenos días. Soy Nadia Mónica Torres y he venido a entrevistarme con la Licenciada Lizbeth Nava.

Sin dejar de posar sus ojos en los míos y sin devolverme el saludo de mano, me dice secamente que tome asiento mientras la Licenciada viene por mí. Sonrío con ironía y me dirijo hacia el área indicada, pero permanezco de pie con toda la intención de permitir que su mirada escrutadora me examine de pies a cabeza. Ahora tiene competencia, y esa competencia soy yo.

Pasan algunos minutos y, de reojo, noto cómo alternadamente continúa analizándome mientras yo finjo no darme cuenta. Al cabo de un momento aparece la Licenciada a un lado de la recepción y me llama por mi nombre para que me acerque a ella. Al llegar, me extiende la mano para saludarme y le doy un apretón cordial pero firme, tratando de mostrar seguridad. Exhibo mi mejor sonrisa mientras me indica amablemente que la siga.

Cuando se voltea y queda de espaldas a mí, giro mi mirada hacia la recepcionista y le guiño el ojo sin dejar de sonreír, gesto que ella responde poniendo sus ojos en blanco y negando con la cabeza. ¡Todavía no me contratan y ya estoy generando celos entre mis colegas! Qué diferente es la relación entre compañeras en este mundo femenino, la verdad es que nunca lo hubiera imaginado.

Mientras caminamos hacia la oficina en la que seré entrevistada aprovecho para evaluar el atuendo de mi entrevistadora. Va vestida de manera casual pero no por ello menos elegante: Lleva jeans en un azul oscuro, una blusa blanca de satín con un escote discreto y un saco también blanco. Para el calzado escogió unos botines en tono nude de tacón cuadrado que complementan muy bien su vestimenta.

Es evidente que esta mujer pasa un buen rato frente al espejo cada mañana, pues todos los detalles de su indumentaria, de su maquillaje y de su peinado lucen estupendamente cuidados, así como sus movimientos al andar, que traslucen un profundo conocimiento en las artes de la elegancia. Debe rondar los cuarentaytantos años, según mis cálculos, y deja ver que se encuentra en ese momento en la vida que es una mezcla perfecta entre juventud y experiencia.

Por fin nos sentamos en una pequeña sala con capacidad para dos personas. Cierra la puerta corrediza y, comienza a repasar mi currículo, mismo que sostiene en sus manos.

-Así que platícame, Nadia. Veo que eres recién egresada de la Facultad de Psicología. Tienes especialidad en relaciones humanas y aspectos cognitivos. Eres soltera, muy bien, muy bien -dice mientras sonríe de manera pícara-, veintitrés años, sin experiencia, bla, bla, bla. Esta hoja me dice todo lo que necesito saber de tu vida profesional, pero anda, cuéntame algo que tu CV no me diga. Déjame conocer a Nadia.

En cuestión de milisegundos comienzo a repasar mis opciones. Ya he notado que a esta mujer le gusta elegir con dedicación su ropa y cuidar su aspecto personal, cosa que parece tener en común conmigo, así que decido apuntar mis tiros hacia ese blanco.

-Pues soy partidaria de la teoría de que el lenguaje no verbal revela muchísima más información que las palabras. Me considero muy buena para descifrar lo que las personas quieren comunicar a través de su imagen y sus movimientos corporales.

En este punto ella modifica su postura. Cruza la pierna izquierda sobre la derecha y apoya su codo sobre su rodilla y los nudillos bajo el mentón. Se acerca algunos centímetros a mí y suelta:

-¿Ah, sí? Interesante, Lic. Torres -expresa mientras arquea una ceja de manera seductora-. Póngame un ejemplo de eso que usted afirma. ¿Qué es lo que mi lenguaje no verbal le transmite en este momento?

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