El espejo, nuestro mejor amigo

Cuando planeamos nuestras sesiones de transformación, solemos enfocarnos en tres cosas: las prendas, el maquillaje y los accesorios. Escogemos con emoción lo que habremos de usar y disfrutamos cada segundo del ritual de enfundarnos en esas ropas. Aplicamos el maquillaje que tengamos al alcance y adornamos la imagen con pulseras, anillos, collares o lo que encontremos a nuestro alrededor. Algunas chicas pueden incluso permitirse el uso de otros auxiliares, como pelucas, pantimedias o zapatos, pero, de manera unánime, al finalizar el protocolo nos valemos de la retroalimentación obtenida de un juez inmóvil y silencioso: el espejo.

¿Alguna vez vieron la serie animada Captain Tsubasa? Es posible que la reconozcas más con su nombre en español: Supercampeones. En ella, el protagonista Oliver Atom desarrolla una increíble destreza en la práctica del fútbol debido a su afirmación de que el balón es su amigo. Creo que nosotras, las feminófilas, podemos afirmar en un símil, que el espejo es nuestro amigo. Y no solo eso, también es nuestro cómplice, nuestro confidente y testigo de nuestros momentos más felices.

Para quienes somos de clóset, es una práctica común que, a pesar de ataviarnos con ajuares dignos de asistir a una función de ópera o una cena de gala, nos quedemos encerradas en cuatro paredes. Nos arreglamos estupendamente pero no permitimos que nadie nos vea. Nuestras mejores prendas y aplicaciones de maquillaje están reservadas para nosotras mismas. Acaso compartidas de manera digital a través de fotografías en redes sociales. El espejo, ese objeto inanimado al que, desde tiempos ancestrales se le adjudican poderes extraordinarios en incontables historias fantásticas, es el único que está presente cuando ocurre la magia de la transformación. Observa, sin juzgarnos, todas las etapas que se suceden mientras dejamos atrás nuestra imagen masculina para mutar progresivamente en nuestra mejor versión: la de mujer.

Es testigo de nuestras poses, de nuestros gestos de coquetería, de lo que más nos gusta de nosotras mismas y da fe de lo que necesitamos mejorar. Él, a diferencia de la mayoría de las personas, no ve trastorno, perversión ni locura en lo que hacemos, sino que se percata de nuestra verdadera esencia, penetra en nuestra alma y nos ve por lo que somos en realidad: seres con alma de mujer.

Si nuestros espejos fueran capaces de hablar, ¡la cantidad de historias que podrían contar! Recordarían nuestros primeros pasos en este fascinante mundo de prendas suaves y coloridas, relatarían nuestro progreso, lento pero perseverante, en nuestra habilidad para acercarnos cada vez más en el exterior a la mujer que vive dentro de nosotras. Quizás podría dar testimonio de los tiempos pasados de oscuridad, en los que fuimos presas de culpas, miedos y confusión, y se sentiría orgulloso al contar cómo superamos esos obstáculos para aceptarnos y enorgullecernos de ser feminófilas.

El espejo es, sin temor a exagerar, un elemento indispensable valioso dentro de nuestras vidas. Común denominador que forma parte de las habitaciones de travestis primerizas y experimentadas, jóvenes y veteranas, tímidas y extrovertidas. Por medio de su opinión ecuánime es que podemos darnos cuenta si necesitamos poner especial énfasis en arreglar algo que no nos agrada del todo sobre nosotras mismas. Él nos muestra lo que hacemos bien y lo que es necesario mejorar. No se guarda nada.

Gracias, amigo espejo, por ser un elemento tan importante en nuestras vidas y por permitirnos disfrutar de la fantasía de ser mujer.

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