Dejé que me vieran vestida de mujer.

Durante años y años ejercí mi travestismo completamente en secreto y refugiada en la privacidad de mi habitación, acostumbrada a tener al espejo como único testigo y compañero en esas solitarias noches de transformación. Uno de mis mayores temores durante aquellos años era que alguien se enterara de mi gusto por ataviarme como mujer, pues pensaba que nadie lo entendería y me podría acarrear muchísimos problemas, así que tomaba todas las precauciones posibles para que eso no sucediera.

Fue así como me acostumbré a arreglarme para mí misma. De vez en cuando me tomaba algunas fotos que guardaba para la posteridad, pero, de igual manera, dichas imágenes eran solo para mí, nadie más tenía acceso a ellas. Para mí era completamente normal que mis sesiones de transformación fueran privadas y alejadas de miradas ajenas.

No obstante, un día sucedió algo que me tomó por sorpresa. Ya les platiqué acerca de la confesión de mi feminofilia con la pareja que tuve hace algunos años. Fue un proceso que avanzó despacio, pero eventualmente logró comprender las motivaciones que me llevaban a presentar dicha conducta. Una vez que sus dudas fueron resueltas, me sorprendió diciéndome que tenía ganas de verme transformada en mi versión femenina. ¡Lo que sentí en ese momento fue una mezcla de miedo y emoción! Por un lado, me daba un gusto inconmensurable el hecho de que aceptara 100% mi forma de ser, que no hubiera decidido alejarse de mí. Pero, por otro, temía su reacción cuando me viera con falda y blusa.

A lo largo del tiempo había leído algunas historias ligadas a este hecho, y el común denominador parecía ser que, al contemplar la imagen de sus novios o esposos con ropa de mujer, las parejas rompían en llanto y sentían una profunda decepción, ya que la figura del hombre viril y protector se resquebrajaba al ver a su femínea contraparte, lo que las llevaba a entrar en una especie de depresión que, a la larga, conducía al término de la relación. Ese era mi temor.

Le expresé esas inquietudes, y ella me tranquilizó diciéndome que, pasara lo que pasara, no me dejaría. Así fue como definimos una fecha para dar el paso. Yo todavía vivía con mis papás en ese período, así que dependíamos de encontrar un espacio en el que ellos no estuvieran en casa, hueco que encontramos unas tres semanas después. Días antes del gran día, yo me preparé lo mejor que pude. Rasuré completamente el vello de piernas, axilas, pecho y abdomen y hasta intensifiqué un poco la rutina de ejercicios para verme lo mejor posible. No contaba con el guardarropa que tengo hoy en día, ni con peluca, tacones o un estuche nutrido de maquillaje, así que tendría que arreglármelas con los recursos que había a la mano.

La fecha inevitablemente llegó. Unos minutos antes de la hora convenida tocó a la puerta y yo la recibí en mi faceta de hombre. Me encontraba notablemente nerviosa, pero su actitud despreocupada y normal ayudó a que me relajara un poco. Estuvimos unos minutos actuando como si nada extraordinario sucediera, pero no pudimos prorrogar más el momento clave de nuestra cita.

-¿Estás listo?

-No -respondí con un temblor en mi voz-.

-Ándale, ve a cambiarte y aquí te espero.

Me dirigí a mi habitación, en donde ya estaban preparadas las prendas que utilizaría. Una falda negra de lápiz y una blusa blanca con encaje que, de hecho, ella me había acompañado a comprar; pantimedias naturales y unas sandalias de tacón de mi mamá, que me quedaban chicas, dicho sea de paso. Cuando estuve completamente vestida se lo hice saber.

-Ya estoy.

-Ven, déjame verte -pronunció las palabras con un atisbo de divertida impaciencia-.

Suspiré, cerré los ojos y salí de la habitación, que daba directamente hacia la sala, en donde ella se encontraba.

Permanecí completamente quieta y sin abrir los ojos por algunos segundos, hasta que ella me pidió que los abriera. Cuando nuestras miradas se encontraron, vi que estaba sonriendo. Yo sentía cómo mis piernas y mi cuerpo entero temblaban. Las mejillas me ardían de tan rojas que estaban y no podía articular palabra. Solo sonreía nerviosamente. No sabía qué hacer, cómo comportarme o qué decir. Fuera de las veces que mis papás me descubrieron vestida, nunca había estado voluntariamente con ropa de mujer en presencia de otra persona. Todas las sensaciones eran nuevas para mí.

Tenía miedo de todo, hasta de caminar. Sentía que la imagen que proyectaba era una burda imitación de una mujer. ¿Y si mis movimientos no eran lo suficientemente femeninos? ¿O si resultaban exageradamente femeninos? Ella se acercó para darme un abrazo y me dijo que le daba gusto conocerme. Me invitó a sentarme a su lado y estuvimos conversando de temas lo más alejados posible del travestismo; cosas banales, mundanas, sin importancia, hasta que poco a poco fui sintiéndome más cómoda en esa situación. Lo que me daba mucho miedo y vergüenza era utilizar adjetivos y pronombres femeninos, pero ella me pidió que lo hiciera, porque de lo contrario resultaba incongruente que me refiriera a mí misma como hombre estando vestida como mujer.

Más tarde rebuscamos entre el poco maquillaje que mi mamá tenía en la casa para darme una “manita de gato”. Me indicó cómo sentarme con decoro y cómo caminar con tacones. Recibí algunos otros consejos de su parte y, antes de que llegara la hora de tener que regresar al país de la masculinidad, nos tomamos una foto para celebrar que ya nos habíamos conocido. Al final del día el nerviosismo dio paso a la emoción y a la alegría, pues esas preocupaciones de que se decepcionara de mí quedaron atrás y fue el inicio de una etapa de crecimiento en mi feminidad.

En el inicio me costó dejar que alguien me viera transformada en mujer, y ahora lo que me cuesta es no poder mostrárselo a más personas. Cómo cambia la vida para bien.

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