Soy mujer por un día. Parte 5

La entrevista se prolonga por media hora más. La Licenciada… o Lizbeth, como me pide que la llame, parece quedar satisfecha con mis respuestas y me comenta que me llamarán para agendar una segunda cita. De manera muy amable me acompaña a la salida y le da instrucciones a la recepcionista para que, en mi siguiente visita, me deje entrar directamente a su oficina, sin hacerme esperar, a lo que ella asiente de mala gana.

Me despido de beso de Lizbeth y salgo hacia la calle. Mi celular ha vibrado tres veces durante la conversación, así que, una vez afuera, leo los mensajes recibidos. Los tres son de mi amiga, Cristina. Me pregunta si ya salí para que pase a recogerme y lleguemos juntas al desayuno que tenemos planeado con otras de nuestras amigas, ya que una de ellas, Pamela, mi mejor amiga, se casará dentro de cuatro meses y nosotras seremos damas; yo, la de Honor. Le contesto que ya estoy afuera y me responde que llegará en diez minutos.

Decido caminar hacia la parada del autobús, en donde esperaré a Cristina. El sonido que mis tacones hacen a cada paso es realmente exquisito. Percibo el viento directamente en mis piernas y siento cómo se cuela por debajo de la falda del vestido a pesar de las pantimedias, que se pegan a mi piel y me producen pequeños escalofríos. Noto que algunos chicos se me quedan mirando y otros tantos me sonríen, pero yo no les hago caso. Al llegar a la parada, busco en mi bolsa un polvo compacto y aprovecho para retocar mi maquillaje. Cristina no tarda mucho en llegar. Subo a su auto y tomamos camino hacia el restaurante, al que llegamos menos de quince minutos después.

Al entrar, corro para saludar a Pame y ella me guiña un ojo en señal de complicidad, lo que me desconcierta un poco, pero no me detengo mucho tiempo a pensarlo. Saludo a las demás chicas. Todas nos conocimos en la universidad y nos llevamos bien, pero Pame y yo somos las que formamos un vínculo más cercano. El plan es desayunar algo ligero y luego dirigirnos a la prueba de vestidos. ¡Estoy ansiosa por ir! No tardamos mucho en desayunar, ya que parece que todas tenemos prisa por probarnos nuestros atuendos.

Por fin ponemos rumbo a la tienda de vestidos, que se encuentra en el mismo centro comercial que el restaurante donde desayunamos. Somos siete mujeres jóvenes y muy lindas caminando juntas, así que nos faltan los piropos ni las miradas coquetas. No me siento atraída hacia ningún hombre, pero debo reconocer que la sensación que causa saber que soy el centro de sus miradas y que provoco que dejen de hacer lo que sea que hacen por voltear a verme es muy placentera. Además, me doy cuenta de algo que me agrada: como chico, soy tímido e inseguro, y prefiero pasar desapercibido. No obstante, como mujer me siento más confiada, más llena de seguridad. Me sé linda, atractiva, empoderada, y eso hace que lo refleje en mi postura y en mi andar.

Pame fue quien escogió los vestidos. Ninguna de nosotras los ha visto, así que será una sorpresa para todas. Brenda bromea con que serán de un tono rosa mexicano y se complementarán con un enorme sombrero, y a mi mente viene la imagen de Rachel Green en Friends. Por su parte, Selene aventura que serán de un estilo más dark, estética que va acorde con los gustos de la novia. Todas reímos con estas representaciones mentales, pero es evidente que sí nos sentimos nerviosas al desconocer lo que la novia nos eligió.

Entramos a la tienda y la dependiente sonríe al vernos a todas juntas. Nos pide que la acompañemos a la parte trasera de su negocio, en donde tiene los probadores y varios espejos que reflejan nuestra imagen desde varios ángulos. El plan de Pame es el siguiente: debido a que yo soy la Dama de Honor, entraré primero al probador y me pondré el vestido. Posteriormente, saldré a donde se encuentran las demás chicas y entonces les modelaré la prenda. Acto seguido, procederán a probarse los suyos propios. Emocionada al respecto, me meto al probador. Cierro la cortina y admiro el vestido. ¡Es precioso! Es, sin temor a equivocarme, uno de los más bellos que he visto en mi vida.

De un color verde y completamente hecho de seda, la sensación que produce al tacto es magnífica. ¡Nunca antes he tenido la oportunidad de portar un vestido de seda! Así que decido tomarme mi tiempo para admirarlo, pues resulta un verdadero deleite para todos los sentidos, incluido el olfato, ya que el aroma que desprende es adictivo. Lentamente y disfrutando el momento, me despojo de las prendas que me arropan. Me quito el abrigo, luego los zapatos. A continuación, el vestido y al último las pantimedias para quedar únicamente en ropa interior. Aprovecho para admirar mi cuerpo nuevamente y vuelvo a sentir esa excitación y humedad entre mis piernas. Estiro los brazos para descolgar el vestido del gancho que lo sostiene y la parte inferior hace contacto con mis muslos desnudos por primera vez.

¡Vaya delicia! Siempre he sido fanática empedernida del satín, pero comparado con la seda ¡no es nada! La sensación contra la piel es única, indescriptible y cala tan profundo en mi ser que me obliga a cerrar los ojos para percibirla más intensamente. Introduzco una pierna, luego la otra, con parsimonia. Sin prisa alguna, voy elevando la tela que sube envolviendo todo mi precioso y escultural cuerpo. Finalmente, me coloco los tirantes y me contemplo en el espejo. No puedo creerlo, parezco una supermodelo. La delgadez de la tela se ciñe a mi piel y resalta mis curvas, dejando muy poco a la interpretación. El tono del vestido hace una combinación perfecta con mi piel. No quiero dejar de mirarme al espejo, pues mi propia imagen me embelesa, pero es el reclamo de mis amigas el que me hace salir del probador.

Cuando me miran, escucho la exclamación ahogada de todas y cada una de ellas. Luzco simplemente impresionante.

Tacones, faldas, ¡estilo!

Nos fascina vestirnos como mujeres; esa es la definición de una feminófila, después de todo. Pero saber combinar colores, texturas, estampados y formas no es tarea sencilla y se requiere de una guía que sea ilustrada en las artes de la moda y la elegancia. ¡Saber por dónde comenzar tampoco es tan fácil! Pero en este blog estamos comprometidas a facilitarles las cosas lo más que podamos, y es por ello que les recomendamos que le den una ojeada al canal En el Blanco de la Moda, de Carolina Jorquera.

En él van a encontrar la guía que necesitan para saber qué prendas pueden usar en invierno, o qué ponerse si son de estatura baja. Particularmente me encantó el video de prendas que nunca pasan de moda, que a continuación les comparto. ¡Ojalá sea de su agrado!

Sitios web de contenido travesti

¡Hola, amigas!

En publicaciones anteriores les he comentado que el tener acceso a internet me cambió la vida, pues gracias a eso descubrí que el gusto por vestirme como mujer no era algo exclusivo de mí, sino que existían muchos hombres alrededor del mundo a quienes les pasaba lo mismo, así que eso me ayudó en primer lugar a quitarme un peso de encima y también a aprender y entender más sobre el travestismo heterosexual, lo que llevó a una mejor comprensión de mí misma.

Durante este tiempo he ido encontrando páginas, blogs, documentos y canales de YouTube en los que he hallado información al respecto o, simplemente, conocido otras historias de compañeras feminófilas que me han parecido por demás interesantes, tanto por ser muy similares a la mía, como por ser completamente diferentes. Hoy quiero compartir algunos de esos enlaces con ustedes, y aprovechar para enviar un saludo a todas las creadoras de contenido travesti que han colaborado para entender mejor mi propio ser.

El primero que quiero recomendar, y que todavía existe (aunque les advierto que su apariencia sigue siendo la de esa época y hace años que no se actualiza el contenido) es la página de Carla Antonelli. Ella es una mujer transexual española que se ha desempeñado como diputada en ese país, siendo la primera y única mujer en dicho cargo. Descubrí este sitio alrededor del año 2001, y recuerdo que fue el que más me ayudó en aquellos años. Ahí me enteré que existía el travestismo heterosexual, y fue leyendo sus artículos como comprendí muchísimas cosas que me ayudaron bastante a reconocerme como una feminófila. Les recomiendo que lean sus escritos, esperando que también a ustedes les ayuden.

Un texto que resultó de particular ayuda en mi vida como travesti es el libro El Travestista y Su Esposa, de Virginia Charles Prince. Ya lo he mencionado en otros posts, pero no me cansaré de recomendarlo. La autora fue también una mujer transexual que vivió en Estados Unidos y fundó una revista dedicada por completo al tema del travestismo. Luchó arduamente por dar a conocer esta conducta entre la sociedad con el afán de hacerles ver que la homosexualidad y la feminofilia son cosas separadas. De hecho, ella es quien acuñó el término “feminofilia” para alejarlo de las connotaciones negativas que la palabra “travestismo” genera en la mayoría de las personas. La considero como mi mayor inspiración y este blog es un humilde tributo y una continuación al trabajo que ella comenzó hace ya varias décadas. El libro al que lleva el enlace está dirigido a las parejas de chicas como nosotras, y trata de ayudarles a comprender el fenómeno y a aceptar esta conducta por parte de sus maridos o novios.

Ya en épocas más recientes conocí el proyecto de otra chica de nombre Sharom Nadine. Al igual que muchas de nosotras, ella también es travesti heterosexual y durante un tiempo tuvo un proyecto llamado Bajo Mi Falda, que era un podcast en donde trataba temas que resultaban de interés para la comunidad feminófila. Hablaba con invitadas que aportaban información relevante y que compartían sus anécdotas y experiencias. Lamentablemente este podcast estaba alojado en un servidor que ya desapareció y solo encontré un par de episodios remanentes. Posteriormente apareció el canal de YouTube con nombre Casa de Muñecas, en el que parece haber retomado el proyecto original. Hace algún tiempo también compartí con ustedes el documental La T Invisible, que ella protagoniza. Échenle un ojo a su trabajo, estoy segura de que les va a encantar.

Marcela Alanís fue, si mi memoria no me traiciona, la primera feminófila que yo conocí que se atrevía a mostrar su cara en videos de YouTube. Su canal data de hace más de catorce años, antes del boom de los youtubers con cámaras sofisticadas, iluminación perfectamente equilibrada y fondos lindos y cuidados. Su contenido estaba más orientado a contar su sentir, sus experiencias, sus propias dudas. No era tanto un canal educativo o divulgativo, sino, más bien, su propósito estaba más enfocado a servir como una especie de diario personal. Me entretenía viendo algunos de sus videos en los que mostraba su guardarropa, que era bastante extenso.

Ya de manera más reciente, después de que me animara a abrir una cuenta de Facebook para mi personalidad femenina, fui conociendo a muchísimas más chicas con gustos afines a los míos. Algunas de ellas también tienen proyectos muy interesantes en internet. A destacar:

Maureen Elena, quien desarrolla un proyecto de nombre Maureen Elena Contigo. Ahí, mantiene conversaciones con distintas invitadas acerca de temas relacionados con el travestismo y la transexualidad. Yo tuve el honor de aparecer en uno de sus episodios hablando, precisamente, de la feminofilia.

Julieta Lea por su parte es la creadora de un blog que lleva su nombre. En él comparte sus inquietudes, reflexiones y también páginas que va descubriendo por la red y que encuentra interesantes, ya sea por los recursos que comparten o por las explicaciones que también le dan a este fenómeno del travestismo heterosexual. Estoy segura que el visitar este blog será el punto de partida de un camino que las llevará a otras páginas igual de interesantes.

Ana Jimena AvAr es otra creadora de contenido que descubrí gracias a Facebook. Aficionada acérrima a la NFL y a los deportes en general, participa en varios proyectos relacionados con el fútbol americano. Pero ¡no solo eso! También he visto varias transmisiones en vivo en su cuenta personal en las que se generan conversaciones y debates que resultan muy interesantes. Uno que me encantó fue acerca de la participación de atletas transexuales en la más reciente edición de los Juegos Olímpicos. A veces estoy de acuerdo con sus posturas y otras veces no tanto, pero es indudable que es una mujer que defiende con ahínco y con argumentos sus opiniones, por lo que le tengo una gran admiración.

Otra de mis amigas en la red social de Mark Zuckerberg es Paola Santiago. Al igual que yo, también gusta mucho de compartir sus puntos de vista de manera escrita en su blog personal. Tiene pocos artículos, pero que valen la pena, por ejemplo: Revelando mi travestismo a mi madre.

Estos son los que, de momento, me permito recomendarles. Estaría increíble que, entre todos los canales de YouTube, páginas de Facebook y blogs pudiéramos formar una red de feminofilia, compartiendo nuestros contenidos para darlos a conocer a las personas que los necesitan. ¡Ojalá algún día se logre! Porque es indudable que existimos muchas chicas con ganas de ayudar a nuestras semejantes que todavía se encuentran un poco perdidas o atraviesan por problemas con sus parejas a causa de su gusto por la ropa de mujer.

Gracias a todas mis compañeras de trinchera, y un saludo desde el frente de la lucha.

-Nadia.

Estrenando podcast

Estimadas amigas, este blog se encuentra hoy de manteles largos, con el estreno del podcast que lleva por nombre Entre Falda y Pantalones. Así como es mi costumbre, en él trataré temas relacionados con la feminofilia desde un punto de vista relajado y ameno. Escuchen este primer episodio y ¡ojalá les guste mucho!

La historia de Renee

Amigas, para mí siempre es un placer conocer las historias de otras chicas que, como yo, tienen el gusto por vestir prendas asociadas al género femenino. Me intriga encontrar las similitudes y diferencias con mi propia historia, además de que resulta enriquecedor asomarse a la vida de alguien que ha experimentado situaciones que se asemejan a la nuestra. Hoy, una lectora de este blog, Renee Prada, nos compartió el relato que aquí publico, mientras las invito a que ustedes también me envíen sus historias si quieren que otras chicas las conozcan. Vamos a leer el relato de nuestra amiga:

Esta historia tuvo lugar hace bastante tiempo, en los inicios de mi necesidad imperiosa por vestirme como mujer y de la fascinación por las vitrinas de ropa interior femenina. Cuando pasaba frente a una, mi mirada se quedada prendada de esos lindos sostenes, enaguas, medias, panties y todo lo femenino. Siempre estaba pendiente de no perderme la próxima vitrina de mis anhelos. A veces llevaba bajo mis ropas normales panties o fajas, y así me sentía linda, aunque nadie lo notaba, pues tomaba muchas precauciones para no ser descubierta. En ese tiempo no sabía por qué me sucedía, solo que era algo imperioso hacerlo lo más seguido posible. Llegué incluso a robar prendas de vecinas, panties sobre todo, que han sido a través del tiempo mi mayor deseo; que recorran mis piernas y queden bien puestas en mi cuerpo y sentirme como una mujer.

En aquella época no me refería a mí en femenino, solo me gustaba vestirme y sentir la suavidad exquisita de las telas de las prendas que me ponía. Todavía no eran populares las pantimedias, así que sujetaba mis medias con un portaligas que no era muy bonito, pero para mí era la gloria. Las vitrinas eran mi mayor fantasía y me paraba frente a ellas cuando podía hacerlo; no todo el tiempo que yo hubiera querido, lo hacía rápido para no llamar la atención y no ser calificado con los epítetos con los que, en ese tiempo más que ahora, se refería la gente a personas que usaran alguna prenda de mujer.

Mis gustos estaban y están siempre orientados a tener y desear a las mujeres. Permanentemente estoy mirando sus cuerpos. Me gustan mucho, siento deseo por ellas, pero también ganas de ser una de ellas. Mis relaciones con mujeres fueron normales. Aunque soy muy tímido para eso, tuve novias, con las cuales experimenté caricias y otras cosas que las parejas desean, lo cual reafirmaba mis gustos, pues siempre deseaba estar con ellas, pero latentes estaban mis gustos por las ropas de mujer, sobre todo la ropa interior. Incluso, después de estar con ellas, volvía a casa y solo quería ponerme panties y sostenes, para recordar las caricias y rememorar sus curvas, imaginándome como una de ellas.

Este ritmo de vida ocurrió durante muchos años, y no pasaba mucho tiempo para que volvieran mis ansias por ser una mujer, aunque, como dije, no me refería a mí de esa manera. Durante un tiempo que residí en otra ciudad por trabajo, vivíamos varios de los trabajadores juntos, así que no podía tener ni ponerme las ropitas de mi gusto, y solo los encuentros con ocasionales novias aplacaban un poco mis deseos, y mis autosatisfacciones periódicas ayudaban a soportar la vida diaria. En esa ciudad tampoco abundaban las vitrinas de mis deseos, por lo que buscaba en los periódicos anuncios de ropa interior, que, aunque eran solo un sucedáneo de las prendas reales, de algo servían.

Cuando volvía a la capital, mis vitrinas me esperaban llenas de ropas bellas, mismas que, ahora más que antes, atraían mis miradas y hacían que el tiempo contemplando y deseando las prendas exhibidas avanzara especialmente lento. Comprar ropas de mujer no estaba en mis posibilidades en ese tiempo, pues mi timidez y el miedo a ser descubierto en mis gustos hacía imposible llegar a adquirir lo que mi cuerpo deseaba, Seguía usando las de mi entorno, llegando incluso, como dije, a robar algunas panties de mis vecinas, que estaban colgadas en los patios colindantes.

Aun hoy en día que ya no es muy común ver vitrinas como las de antes, las busco siempre que tengo oportunidad, también admiro las que están colgadas en sus escaparates en las grandes tiendas, y es un regalo para mi vista, pues la variedad y cantidad que ahora una puede ver es casi infinita, y la llegada del internet fue una vitrina ampliada hasta el infinito. Las horas pasadas frente a escaparates virtuales aún hoy me siguen fascinando.

Me casé muy joven y eso supuso un distanciamiento de mis gustos por las ropas de mujer, pero siempre estaban latentes en mis deseos y, cuando quedaba solo en mi casa, usaba ropas de mi esposa para cubrir mi cuerpo y sentirme muy femenina y delicada. Como se puede ver, mis gustos solo estaban un poco adormilados. La llegada del internet supuso una nueva etapa de mis gustos y empecé a entender mejor mi vida, pues coincidía con la de muchas otras como yo. No estaba sola en este mundo, había otras en las mismas circunstancias, con gustos por las ropas de mujer sin que ello implicara atracción por otros hombres. Solo las mujeres son mi anhelo. Verlas, desearlas y parecerme a ellas es mi vida.

Travestis: guardianas de la feminidad

Es un hecho innegable que a las feminófilas nos encantan los vestidos, las blusas, las faldas, el maquillaje, los tacones, las medias. Sentir la caricia del satín de una falda o del nailon de unas pantimedias sobre la piel recién depilada es algo verdaderamente divino y maravilloso. Pocas cosas en la vida tienen comparación con ver en el espejo nuestra imagen transformada en la de una mujer atractiva y sensual, y es ciertamente adictivo.

En el caso de la mayoría de nosotras, cuando nos convertimos en nuestro alter ego resulta imprescindible el uso de una peluca, maquillaje, aretes, collares, pulseras, anillos o cualquier cosa que refleje y transmita feminidad. En ocasiones, incluso solemos llevar las uñas de los pies pintadas, en un intento de sentirnos en contacto con nuestra mitad femínea aun cuando no nos sea posible dejarla salir completamente. Si la oportunidad se presenta, aprovechamos también para irnos a dormir utilizando baby dolls o pijamas de satín con encaje.

Los hombres que no practican la feminofilia no comprenden por qué algunas mujeres están dispuestas a soportar sufrimiento y dolor en sus pies con tal de lucir unos hermosos tacones de aguja, pero nosotras sí que entendemos que, a veces, vale la pena padecer si los zapatos lo ameritan. Comprendemos asimismo que la transformación y el embellecimiento llevan tiempo, pues es un proceso largo y todo tiene que estar en su sitio para lucir tal como lo deseamos; sabemos por qué las mujeres tardan tanto en arreglarse y en escoger sus vestimentas, pues lo experimentamos de primera mano.

No obstante, en gran medida a causa de los movimientos de reivindicación femenina, estamos siendo testigos de un cambio en la mentalidad de las mujeres, quienes, cada vez en mayor número, luchan por romper los estereotipos de feminidad. Las nuevas generaciones de mujeres se niegan a aceptar el requisito social que dicta que ellas se rasuren las piernas o las axilas mientras que los varones no tienen que hacerlo; y las comprendo, pues mantener el vello a raya no es trivial, requiere tiempo, dedicación y es una lucha continua.

Muchas chicas de la nueva estirpe tampoco están dispuestas a pasar mucho tiempo frente al espejo, y optan por una belleza más natural. También parecen no estar de acuerdo con la noción de resistir un dolor de pies tan solo por lucir unos zapatos, y prefieren el uso de calzado deportivo y cómodo mientras que optan por la practicidad de los jeans frente al reto que conlleva utilizar una falda, que las expone, lamentablemente, a miradas, piropos y acoso. A la hora de ir a la cama, prefieren dormir con cómodas y cálidas pijamas de franela o tela polar en lugar de camisones a la antigua usanza.

¿Será que estamos presenciando el inicio del declive de la feminidad clásica? Es indudable que la línea que separa los usos y costumbres de ambos géneros se vuelve cada vez más difusa en una sociedad que, positivamente, se vuelve más incluyente; el maquillaje ya no está reservado solo para las mujeres, aunque muchos sectores tradicionalistas todavía vean con malos ojos a varones con sombra, delineador o esmalte de uñas; algunas marcas de lencería comienzan a crear prendas pensadas para ser usadas por hombres; cada vez más mujeres participan en actividades que antes eran pensadas como “solo para hombres”. Todo esto es muy positivo y benéfico para nuestro desarrollo como civilización, pero plantea un aspecto cuando menos interesante para nosotras las feminófilas.

¿Nos convertiremos acaso en las guardianas de la feminidad tradicional? Es decir, aquella que conceptualiza la imagen de una mujer con maquillaje, vestido, tacones, cabello largo y sin vello en su cuerpo, realizando tareas del hogar, leyendo revistas de moda y estilo y teniendo empleos de secretaria, sobrecargo, mucama o cualquier otro que, mediante el uso requerido de un código de vestimenta específico realce los atributos visuales. Quizá sí. Es posible que, a largo plazo, mientras las mujeres cisgénero abandonan más esta idea de feminidad en favor de una igualdad de género más acentuada, las travestis queden como las únicas exponentes de lo que, en alguna lejana época, era considerada como una mujer sensual y femenina. Es posible que, dentro de 100 años, ver a una travesti sea como mirar una cápsula del tiempo, como contemplar a un viajero temporal que viene del pasado para mostrarnos cómo era una mujer en épocas pretéritas.

Si ese es nuestro destino, acepto con mucho gusto la responsabilidad y el título de protectora y guardiana de la feminidad. ¿Ustedes?

Soy mujer por un día. Parte 4

¡Vaya sensación más rara de manejar con zapatos de tacón! Al principio me cuesta algo de trabajo adaptarme, pero después de unos minutos consigo conducir como si llevara años de práctica haciéndolo con ese calzado. El primer semáforo en rojo es una inyección de adrenalina pura, pues imagino que la gente volteará a verme con curiosidad, presintiendo que hay algo extraño en mí. Para mi asombro, descubro que las personas que me rodean ni siquiera reparan en mi presencia, estoy completamente mimetizada y soy solo una chica más. Me fascina.

Algunos kilómetros más adelante, en otra luz roja, un camión de pasajeros se detiene al lado de nosotros. De repente, siento una mirada clavada en mí e, instintivamente, volteo hacia mi izquierda y me percato de que uno de los ocupantes del autobús tiene sus ojos puestos en mis piernas, que se ven perfectamente desde su punto elevado de vista. Aun cuando se da cuenta de que lo veo, no desvía la mirada ni disimula en absoluto, sino todo lo contario; saca su teléfono móvil de su chaqueta y me toma una fotografía momentos antes de que el vehículo avance. Me siento indignada, pero algo en mi interior experimenta también un poco de satisfacción.

Sin más contratiempos llegamos al punto donde tendrá lugar la entrevista. Me despido de papá, quien me desea éxito en el encuentro. Al entrar en el amplio vestíbulo del edificio de siete plantas, la recepcionista me observa en todo momento mientras me acerco a su escritorio. ¡Vaya atuendo de la chica! Me impresiona tan solo con las dos prendas que lleva puestas: una blusa escarolada en color crema con mangas amplias y un precioso moño a la altura del pecho, combinada con una minifalda entallada en color oscuro. Un outfit muy clásico, pero con un toque de clase y elegancia. Lamentablemente no puedo ver qué tipo de zapatos lleva, pues los pies los mantiene bajo el escritorio, pero adivino que también deben ser preciosos.

Camino con el paso más decidido que puedo mientras sostengo la mirada que me ha clavado. Parece ser que trata de intimidarme, o tal vez de marcar su territorio como la chica hermosa del edificio, cosa que no discuto, la verdad es que es preciosa, pero yo no pienso dejarme amedrentar, así que, cuando ya me encuentro al pie de su escritorio circular, le extiendo la mano mientras digo:

-Buenos días. Soy Nadia Mónica Torres y he venido a entrevistarme con la Licenciada Lizbeth Nava.

Sin dejar de posar sus ojos en los míos y sin devolverme el saludo de mano, me dice secamente que tome asiento mientras la Licenciada viene por mí. Sonrío con ironía y me dirijo hacia el área indicada, pero permanezco de pie con toda la intención de permitir que su mirada escrutadora me examine de pies a cabeza. Ahora tiene competencia, y esa competencia soy yo.

Pasan algunos minutos y, de reojo, noto cómo alternadamente continúa analizándome mientras yo finjo no darme cuenta. Al cabo de un momento aparece la Licenciada a un lado de la recepción y me llama por mi nombre para que me acerque a ella. Al llegar, me extiende la mano para saludarme y le doy un apretón cordial pero firme, tratando de mostrar seguridad. Exhibo mi mejor sonrisa mientras me indica amablemente que la siga.

Cuando se voltea y queda de espaldas a mí, giro mi mirada hacia la recepcionista y le guiño el ojo sin dejar de sonreír, gesto que ella responde poniendo sus ojos en blanco y negando con la cabeza. ¡Todavía no me contratan y ya estoy generando celos entre mis colegas! Qué diferente es la relación entre compañeras en este mundo femenino, la verdad es que nunca lo hubiera imaginado.

Mientras caminamos hacia la oficina en la que seré entrevistada aprovecho para evaluar el atuendo de mi entrevistadora. Va vestida de manera casual pero no por ello menos elegante: Lleva jeans en un azul oscuro, una blusa blanca de satín con un escote discreto y un saco también blanco. Para el calzado escogió unos botines en tono nude de tacón cuadrado que complementan muy bien su vestimenta.

Es evidente que esta mujer pasa un buen rato frente al espejo cada mañana, pues todos los detalles de su indumentaria, de su maquillaje y de su peinado lucen estupendamente cuidados, así como sus movimientos al andar, que traslucen un profundo conocimiento en las artes de la elegancia. Debe rondar los cuarentaytantos años, según mis cálculos, y deja ver que se encuentra en ese momento en la vida que es una mezcla perfecta entre juventud y experiencia.

Por fin nos sentamos en una pequeña sala con capacidad para dos personas. Cierra la puerta corrediza y, comienza a repasar mi currículo, mismo que sostiene en sus manos.

-Así que platícame, Nadia. Veo que eres recién egresada de la Facultad de Psicología. Tienes especialidad en relaciones humanas y aspectos cognitivos. Eres soltera, muy bien, muy bien -dice mientras sonríe de manera pícara-, veintitrés años, sin experiencia, bla, bla, bla. Esta hoja me dice todo lo que necesito saber de tu vida profesional, pero anda, cuéntame algo que tu CV no me diga. Déjame conocer a Nadia.

En cuestión de milisegundos comienzo a repasar mis opciones. Ya he notado que a esta mujer le gusta elegir con dedicación su ropa y cuidar su aspecto personal, cosa que parece tener en común conmigo, así que decido apuntar mis tiros hacia ese blanco.

-Pues soy partidaria de la teoría de que el lenguaje no verbal revela muchísima más información que las palabras. Me considero muy buena para descifrar lo que las personas quieren comunicar a través de su imagen y sus movimientos corporales.

En este punto ella modifica su postura. Cruza la pierna izquierda sobre la derecha y apoya su codo sobre su rodilla y los nudillos bajo el mentón. Se acerca algunos centímetros a mí y suelta:

-¿Ah, sí? Interesante, Lic. Torres -expresa mientras arquea una ceja de manera seductora-. Póngame un ejemplo de eso que usted afirma. ¿Qué es lo que mi lenguaje no verbal le transmite en este momento?

¡Hola! Soy tu feminidad

¡Hola! Buenos días.

¿Por qué no me contestas? ¿No me reconoces? ¡Qué raro! Si he estado contigo todo el tiempo, acompañándote desde muy temprana edad. Algunas veces has tratado de negarme o de deshacerte de mí, pero no has podido y aquí sigo. Soy tu feminidad.

Estoy permanentemente en tu interior, aunque a veces no tengas ganas de dejarme salir. No puedes extinguirme completamente. Aun cuando no te den ganas de transformarte en tu personalidad femínea, yo estoy aquí, en los detalles que percibes y en los que ningún otro hombre se fijaría.

A través de los años hemos logrado establecer una relación amigable, pero sí que nos costó llegar a este punto. Recuerdo cómo, al principio, renegabas de mí y tratabas por todos los medios de expulsarme de tu personalidad. Te avergonzabas de que yo formara parte de ti y prometías y jurabas que nunca más te dejarías dominar por mí. Y, cuando inevitablemente lograba imponerme a esas promesas, te llenabas de culpa y remordimiento.

Claro que todos esos sentimientos negativos sucumbían cuando llegaba el momento de una nueva transformación, pero aparecían nuevamente al terminar. Cuando estábamos a solas en tu habitación me dejabas salir y disfrutábamos juntos de nuestro tiempo, pero, cuando te encontrabas en presencia de tus familiares o tus amigos, pretendías que yo no existía y te comportabas de una manera bastante extraña, como que no eras tú.

Me da gusto que, en este momento, después de tantos años, hayamos hecho ya las paces. Hoy entiendes que formo parte integral de tu ser y que es imposible abandonarme sin perder tu esencia. Soy la responsable de los rasgos definitorios de tu manera de ser. Has aprendido a manejarme de manera experta y esas culpas y miedos han quedado enterrados en el pasado. Actualmente aceptas que no hay una explicación del porqué me tocó acompañarte y has dejado de atormentarte buscándola. Comprendes que simplemente es así.

Ya no te preocupa que las personas me descubran ni piensas en lo que van a decir de nosotros. Incluso tus parejas han conocido de mi existencia. Algunas lo han aceptado y otras no tanto, pero has sabido hablarles con honestidad acerca de mí. Sé que no soy fácil de manejar, lo reconozco. Exijo tiempo, paciencia y sacrificios, pero sabes que te lo recompenso con creces, pues cuando te miras al espejo y me ves a mí, te invade un sentimiento de felicidad y plenitud que no logras alcanzar con ninguna otra actividad que realices.

Debo reconocer que me asombra tanto como me satisface el hecho de que sabes separar perfectamente ambos polos de tu personalidad. Hoy sabes muy bien lo que eres y lo que no eres y no te dejas sorprender por las opiniones externas que tratan de convencerte de que vives tu vida con hipocresía porque no tienes el valor de aceptarte. Y eso ha sido gracias a nuestra constante convivencia, tanto la buena como la mala.

No me queda más que agradecerte por no rendirte conmigo, por no abandonarme y por cuidar de mí tan bien como lo haces. Por esmerarte en atenderme cuando llego a tu vida de improviso y por ponerme a mí por encima del qué dirán. Hemos llegado hasta aquí juntos, y ansío ver qué es lo que nos depara el destino, y cómo atravesaremos el umbral del tiempo sin perder el estilo ni el glamur.

Atentamente: tu lado femenino.

El espejo, nuestro mejor amigo

Cuando planeamos nuestras sesiones de transformación, solemos enfocarnos en tres cosas: las prendas, el maquillaje y los accesorios. Escogemos con emoción lo que habremos de usar y disfrutamos cada segundo del ritual de enfundarnos en esas ropas. Aplicamos el maquillaje que tengamos al alcance y adornamos la imagen con pulseras, anillos, collares o lo que encontremos a nuestro alrededor. Algunas chicas pueden incluso permitirse el uso de otros auxiliares, como pelucas, pantimedias o zapatos, pero, de manera unánime, al finalizar el protocolo nos valemos de la retroalimentación obtenida de un juez inmóvil y silencioso: el espejo.

¿Alguna vez vieron la serie animada Captain Tsubasa? Es posible que la reconozcas más con su nombre en español: Supercampeones. En ella, el protagonista Oliver Atom desarrolla una increíble destreza en la práctica del fútbol debido a su afirmación de que el balón es su amigo. Creo que nosotras, las feminófilas, podemos afirmar en un símil, que el espejo es nuestro amigo. Y no solo eso, también es nuestro cómplice, nuestro confidente y testigo de nuestros momentos más felices.

Para quienes somos de clóset, es una práctica común que, a pesar de ataviarnos con ajuares dignos de asistir a una función de ópera o una cena de gala, nos quedemos encerradas en cuatro paredes. Nos arreglamos estupendamente pero no permitimos que nadie nos vea. Nuestras mejores prendas y aplicaciones de maquillaje están reservadas para nosotras mismas. Acaso compartidas de manera digital a través de fotografías en redes sociales. El espejo, ese objeto inanimado al que, desde tiempos ancestrales se le adjudican poderes extraordinarios en incontables historias fantásticas, es el único que está presente cuando ocurre la magia de la transformación. Observa, sin juzgarnos, todas las etapas que se suceden mientras dejamos atrás nuestra imagen masculina para mutar progresivamente en nuestra mejor versión: la de mujer.

Es testigo de nuestras poses, de nuestros gestos de coquetería, de lo que más nos gusta de nosotras mismas y da fe de lo que necesitamos mejorar. Él, a diferencia de la mayoría de las personas, no ve trastorno, perversión ni locura en lo que hacemos, sino que se percata de nuestra verdadera esencia, penetra en nuestra alma y nos ve por lo que somos en realidad: seres con alma de mujer.

Si nuestros espejos fueran capaces de hablar, ¡la cantidad de historias que podrían contar! Recordarían nuestros primeros pasos en este fascinante mundo de prendas suaves y coloridas, relatarían nuestro progreso, lento pero perseverante, en nuestra habilidad para acercarnos cada vez más en el exterior a la mujer que vive dentro de nosotras. Quizás podría dar testimonio de los tiempos pasados de oscuridad, en los que fuimos presas de culpas, miedos y confusión, y se sentiría orgulloso al contar cómo superamos esos obstáculos para aceptarnos y enorgullecernos de ser feminófilas.

El espejo es, sin temor a exagerar, un elemento indispensable valioso dentro de nuestras vidas. Común denominador que forma parte de las habitaciones de travestis primerizas y experimentadas, jóvenes y veteranas, tímidas y extrovertidas. Por medio de su opinión ecuánime es que podemos darnos cuenta si necesitamos poner especial énfasis en arreglar algo que no nos agrada del todo sobre nosotras mismas. Él nos muestra lo que hacemos bien y lo que es necesario mejorar. No se guarda nada.

Gracias, amigo espejo, por ser un elemento tan importante en nuestras vidas y por permitirnos disfrutar de la fantasía de ser mujer.

Dejé que me vieran vestida de mujer.

Durante años y años ejercí mi travestismo completamente en secreto y refugiada en la privacidad de mi habitación, acostumbrada a tener al espejo como único testigo y compañero en esas solitarias noches de transformación. Uno de mis mayores temores durante aquellos años era que alguien se enterara de mi gusto por ataviarme como mujer, pues pensaba que nadie lo entendería y me podría acarrear muchísimos problemas, así que tomaba todas las precauciones posibles para que eso no sucediera.

Fue así como me acostumbré a arreglarme para mí misma. De vez en cuando me tomaba algunas fotos que guardaba para la posteridad, pero, de igual manera, dichas imágenes eran solo para mí, nadie más tenía acceso a ellas. Para mí era completamente normal que mis sesiones de transformación fueran privadas y alejadas de miradas ajenas.

No obstante, un día sucedió algo que me tomó por sorpresa. Ya les platiqué acerca de la confesión de mi feminofilia con la pareja que tuve hace algunos años. Fue un proceso que avanzó despacio, pero eventualmente logró comprender las motivaciones que me llevaban a presentar dicha conducta. Una vez que sus dudas fueron resueltas, me sorprendió diciéndome que tenía ganas de verme transformada en mi versión femenina. ¡Lo que sentí en ese momento fue una mezcla de miedo y emoción! Por un lado, me daba un gusto inconmensurable el hecho de que aceptara 100% mi forma de ser, que no hubiera decidido alejarse de mí. Pero, por otro, temía su reacción cuando me viera con falda y blusa.

A lo largo del tiempo había leído algunas historias ligadas a este hecho, y el común denominador parecía ser que, al contemplar la imagen de sus novios o esposos con ropa de mujer, las parejas rompían en llanto y sentían una profunda decepción, ya que la figura del hombre viril y protector se resquebrajaba al ver a su femínea contraparte, lo que las llevaba a entrar en una especie de depresión que, a la larga, conducía al término de la relación. Ese era mi temor.

Le expresé esas inquietudes, y ella me tranquilizó diciéndome que, pasara lo que pasara, no me dejaría. Así fue como definimos una fecha para dar el paso. Yo todavía vivía con mis papás en ese período, así que dependíamos de encontrar un espacio en el que ellos no estuvieran en casa, hueco que encontramos unas tres semanas después. Días antes del gran día, yo me preparé lo mejor que pude. Rasuré completamente el vello de piernas, axilas, pecho y abdomen y hasta intensifiqué un poco la rutina de ejercicios para verme lo mejor posible. No contaba con el guardarropa que tengo hoy en día, ni con peluca, tacones o un estuche nutrido de maquillaje, así que tendría que arreglármelas con los recursos que había a la mano.

La fecha inevitablemente llegó. Unos minutos antes de la hora convenida tocó a la puerta y yo la recibí en mi faceta de hombre. Me encontraba notablemente nerviosa, pero su actitud despreocupada y normal ayudó a que me relajara un poco. Estuvimos unos minutos actuando como si nada extraordinario sucediera, pero no pudimos prorrogar más el momento clave de nuestra cita.

-¿Estás listo?

-No -respondí con un temblor en mi voz-.

-Ándale, ve a cambiarte y aquí te espero.

Me dirigí a mi habitación, en donde ya estaban preparadas las prendas que utilizaría. Una falda negra de lápiz y una blusa blanca con encaje que, de hecho, ella me había acompañado a comprar; pantimedias naturales y unas sandalias de tacón de mi mamá, que me quedaban chicas, dicho sea de paso. Cuando estuve completamente vestida se lo hice saber.

-Ya estoy.

-Ven, déjame verte -pronunció las palabras con un atisbo de divertida impaciencia-.

Suspiré, cerré los ojos y salí de la habitación, que daba directamente hacia la sala, en donde ella se encontraba.

Permanecí completamente quieta y sin abrir los ojos por algunos segundos, hasta que ella me pidió que los abriera. Cuando nuestras miradas se encontraron, vi que estaba sonriendo. Yo sentía cómo mis piernas y mi cuerpo entero temblaban. Las mejillas me ardían de tan rojas que estaban y no podía articular palabra. Solo sonreía nerviosamente. No sabía qué hacer, cómo comportarme o qué decir. Fuera de las veces que mis papás me descubrieron vestida, nunca había estado voluntariamente con ropa de mujer en presencia de otra persona. Todas las sensaciones eran nuevas para mí.

Tenía miedo de todo, hasta de caminar. Sentía que la imagen que proyectaba era una burda imitación de una mujer. ¿Y si mis movimientos no eran lo suficientemente femeninos? ¿O si resultaban exageradamente femeninos? Ella se acercó para darme un abrazo y me dijo que le daba gusto conocerme. Me invitó a sentarme a su lado y estuvimos conversando de temas lo más alejados posible del travestismo; cosas banales, mundanas, sin importancia, hasta que poco a poco fui sintiéndome más cómoda en esa situación. Lo que me daba mucho miedo y vergüenza era utilizar adjetivos y pronombres femeninos, pero ella me pidió que lo hiciera, porque de lo contrario resultaba incongruente que me refiriera a mí misma como hombre estando vestida como mujer.

Más tarde rebuscamos entre el poco maquillaje que mi mamá tenía en la casa para darme una “manita de gato”. Me indicó cómo sentarme con decoro y cómo caminar con tacones. Recibí algunos otros consejos de su parte y, antes de que llegara la hora de tener que regresar al país de la masculinidad, nos tomamos una foto para celebrar que ya nos habíamos conocido. Al final del día el nerviosismo dio paso a la emoción y a la alegría, pues esas preocupaciones de que se decepcionara de mí quedaron atrás y fue el inicio de una etapa de crecimiento en mi feminidad.

En el inicio me costó dejar que alguien me viera transformada en mujer, y ahora lo que me cuesta es no poder mostrárselo a más personas. Cómo cambia la vida para bien.