Soy mujer por un día. Parte 3

Tal como lo esperaba: las opciones en mi clóset son tan amplias que me es imposible decidirme por algo a primera vista. La variedad de colores, estilos, formas y texturas es tan basta que solo imaginar el número de posibles combinaciones me marea. ¿Cómo voy a decidir qué ponerme? Hay faldas, pantalones, vestidos, blusas, tops, jumpsuits, abrigos; satín, mezclilla, encaje, poliéster… esto va a tardar un buen rato.

Antes de comenzar a probarme cosas, he de definir las prendas que me voy a poner. Y algo resulta muy claro: no voy a pasar el único día que tengo para ser mujer utilizando pantalones, de ningún tipo, por muy hermosos y fashion que sean. ¿Shorts? Podría ser, pero necesito algo más formal. Falda, definitivamente utilizaré una falda. Pero ¿de qué color? Es en este momento que noto algo más que me sorprende: Ya no veo solo los típicos colores como verde, rosa, rojo, azul, morado. Ahora mi espectro se ha ampliado y soy perfectamente capaz de distinguir entre un mostaza y un amarillo, o entre un rosa y un melón, así como entre un morado y un lila o fucsia, cosa que no hace más que complicar la elección de mi falda.

Pero, antes de escoger alguna, mi mirara viaja hacia la sección de vestidos. Hay de todo; cortos, largos, formales, casuales, de día, de noche… Diosa mía. ¿Será más apropiado usar vestido? Yo creo que sí. Entonces abandono la idea de la falda y vuelco mi atención a los preciosos ejemplares que cuelgan en el guardarropa. Cierro los ojos y dejo que el azar se encargue de la elección. Tomo uno a ciegas, lo descuelgo de su posición y abro los ojos. Sonrío al ver que, quien esté al mando en esta fantasía, no se equivoca al guiarme, ya que el elegido es uno blanco. Básico pero efectivo. El estilo consiste en hacer que lo simple luzca espectacular. Al examinarlo con más detenimiento, caigo en la cuenta de que es muy pequeño. ¡Jamás lograré entrar en esa diminuta porción de tela!

Reviso la etiqueta y es talla XS. Extrachica. Yo suelo estar en el otro extremo, XL. Un momento, mi complexión de hombre es XL. ¿Podrá ser que hoy, en mi día de mujer, sea capaz de entrar en un XS? Siento una nueva oleada de excitación entre mis piernas ante la posibilidad de entrar en esa prenda. Como embriagada por la emoción del momento, comienzo a colocarme el precioso vestido. Se desliza por mi cuerpo como si lo hubieran mandado hacer exclusivamente para mí, parece salido de un molde con las dimensiones exactas de mi cuerpo. Me miro nuevamente al espejo y, otra vez, ¡no puedo creerlo! ¡Vaya! Estoy utilizando un vestido de la talla más pequeña que hay, y me queda exquisito. Además de que realza mis atributos, pero no de una manera vulgar, sino glamorosa, con clase.

No tiene escote, lo cual apruebo, ya que no quiero conseguir el empleo gracias a las porciones de piel que se asomen a través de mi atuendo. Sí, la ropa será una herramienta, pero no el único recurso. Lo que sí es que es un poco más corto de lo que me gustaría, pero sé que puedo manejarlo. Después de todo, tengo unas hermosas piernas que quiero lucir. Complemento el outfit con un abrigo estilo militar de color mostaza, pantimedias naturales y unos pumps del mismo color que el abrigo. Me coloco un collar plateado con perlas incrustadas y los aretes a juego. Decido dejarme el cabello suelto. A falta de bolsillos en mi ropa, opto por usar un bolso blanco para llevar mi celular, mis llaves, credenciales y dinero. Justo después de verme al espejo y aprobar el atuendo, escucho la voz de mi papá.

-¿Nadia? ¿Estás lista?

-¡Estoy lista, papá!

Pude haber contestado solo “sí”, pero quiero aprovechar todas las oportunidades que tenga para utilizar adjetivos y pronombres femeninos en mí al interactuar con otras personas.

-Te espero en el auto, hija -me dice con un atisbo de prisa en su voz-.

-Sí, ya bajo y te alcanzo.

Me dirijo hacia la planta baja y me sumerjo en el placer auditivo del sonido que mis tacones hacen contra el piso de las escaleras a cada paso que doy. Imposible no notar también el sonido del nailon de las medias cuando mis piernas rozan una contra la otra. No puedo hacer más que sonreír. Al llegar al piso inferior me encuentro con mamá, quien también sonríe al verme tan arreglada.

-¡Nadia! ¡Te ves hermosa! ¡Sin lugar a duda los deslumbrarás, hija!

-¡Gracias, mama!

-¡Pero ni creas que saldrás de esta casa con el estómago vacío, señorita¡ -me dice, cambiando su tono suave a su característico modo severo-. Anda, ahí está tu almuerzo.

-Ya no hay tiempo, mi papá me espera en el auto.

Así que solamente bebo una taza de café y salgo de ahí corriendo, ignorando la perorata de mamá. Me alegro al percatarme de que mi habilidad para andar en tacones me permite correr sin ningún problema. Al salir, veo que el auto de papá está esperándome, así que aprieto el paso todavía más y, cuando estoy a punto de subirme, veo que él está en el asiento del copiloto, y me hace señas para que me suba del otro lado, en el lugar del conductor. Un poco desconcertada, le hago caso y rodeo el vehículo para ocupar dicho asiento. Una vez a bordo del vehículo y, mientras me coloco el cinturón de seguridad, noto que me observa detenidamente, antes de decir:

-¿No tienes frío? -con un dejo de sarcasmo en su tono-.

-No, papá. Para nada -respondo, fingiendo que no comprendí el trasfondo de la pregunta-.

-¿En serio? Yo traigo pantalón y siento el frío en mis pantorrillas. No imagino cómo tú no lo sientes con las piernas tan descubiertas. ¿No quieres ponerte algo más abrigador?

-Papá, soy tu hija, así que sé directo. ¿Crees que me veo mal?

-¡No! ¡Para nada! Luces hermosa. Es solo que… creo que estás muy destapada. Pero, está bien. No me entrometeré en tus decisiones.

-Gracias, pa -Le digo acercándome para darle un beso en la mejilla- Eres el mejor. Arranco el auto y nos vamos hacia la entrevista.

Parte 1.

Parte 2.

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