Soy mujer por un día. Parte 1

Estoy segura de que muchas de nosotras, si no es que todas, en algún momento hemos imaginado lo que haríamos si fuéramos mujeres. ¿Cómo sería nuestra personalidad? ¿Cómo sería nuestro físico? ¿Cómo sería nuestra vida en general? ¿Cuál sería nuestro trabajo? En mi caso, existe un variado número de profesiones que me gustaría desempeñar si fuera mujer. En la lista están:

  • Sobrecargo de aviación (TCP)
  • Secretaria
  • Bailarina
  • Ama de casa

Y otras más aventuradas como

  • Modelo
  • Actriz
  • Cantante
  • CEO de alguna importante empresa
  • Peleadora de artes marciales

Entre otras.

Hoy les platicaré lo que haría si, de repente, me despertara y al levantarme y verme al espejo me doy cuenta de que soy una mujer. Desconcertada, comienzo a tocar todo mi cuerpo solo para confirmar que todas las protuberancias son reales. De pronto suena mi celular; un nuevo mensaje ha llegado. Es de un número desconocido y en él solo se lee “disfrútalo, solo tienes veinticuatro horas y después todo volverá a la normalidad”

No lo comprendo del todo, pero, ya más calmada y emocionada al mismo tiempo, regreso a contemplarme nuevamente al espejo. Mi cabello es largo, negro, lacio y abundante. Mis facciones son femeninas y delicadas. Mis cejas son más delgadas y mis pestañas naturalmente largas. Aun sin maquillaje soy bonita, llamo la atención. Me paso las manos por mi cara y siento la suavidad de mi piel. No hay rastro alguno de barba incipiente. En ese momento, al ver mis manos reflejadas en el espejo, me percato de que mis uñas son largas y están pintadas de un color coquetamente rosa. Mis manos lucen tersas, pequeñas y delgadas. Mi mirada es atraída hacia mi pecho, que luce unas pequeñas pero redondas boobs; noto su peso en mi espalda y eso me excita… pero esta excitación es diferente, pues no hay nada entre mis piernas que tienda a levantarse. Más bien me limito a sentir un agradable calor mezclado con una humedad que es nueva para mí.

Me giro para seguir inspeccionando mi cuerpo y es ahí cuando percibo la imagen más agradable de mí misma: mis nalgas. Son redondas, prominentes, eróticas, perfectas. Sin duda resultan ser mi mejor atractivo. La humedad entre mis piernas se incrementa. ¡Diosa mía! ¡Estoy excitándome con mi propia imagen reflejada en el espejo!

En ese momento reparo en que percibo el mundo de una manera un poco diferente: el borde superior del espejo parece más lejano, y entonces caigo en cuenta de que soy más bajita que mi versión masculina. Tengo la estatura de una mujer promedio. Continúo en esta autoexploración visual y sigo con mis piernas, que son carnosas y torneadas. Las uñas de mis pies lucen el mismo tono de rosa que el de las manos. Observo mis pies y concluyo que también calzo un número mucho más pequeño que mi yo de hombre. Me deleito al tomar conciencia de que todo mi cuerpo es libre de vello. Estoy completamente maravillada.

Inspecciono mi habitación con la mirada en busca de pistas que me digan qué soy, quién soy, qué se supone que debo hacer, pero no encuentro nada. El dormitorio es el mismo al que estoy acostumbrada, pero la decoración sí tiene ligeros cambios: las paredes están pintadas de otro color y mis cobijas son muy coloridas; al abrir el cajón de mi buró para sacar mi reloj, veo que está repleto de collares, anillos, pulseras y demás accesorios femeninos. Eso me hace preguntarme ¿qué habrá en el guardarropa? Corro hacia allí para averiguarlo, y con gran felicidad descubro que todas mis oscuras y aburridas camisas han desaparecido, y han sido remplazados por decenas de vestidos, blusas, faldas y abrigos.

-Menuda muestra de opulencia para solo veinticuatro horas -pienso-.

Las opciones son tan enormes, y tengo tantas ganas de ponerme todo, que estoy segura de que tardaré, por lo menos, cuarenta minutos en escoger algo para empezar mi día. ¡Empezar mi día! Y ¿qué se supone que haré? ¡Ni siquiera sé a qué me dedico! Se me ocurre una idea. Me pongo un camisón y una bata de satín que encuentro al lado de mi cama y abro la puerta de mi habitación con cautela. Asomo la cabeza de manera temerosa e inspecciono el exterior. No se ve absolutamente nada. La casa es ciertamente mi casa, entonces me atrevo a exclamar

-¿Hola?

El sonido de mi voz es lo más dulce que he escuchado en la vida. Tiene un tono seductor pero, al mismo tiempo, inocente y tierno.

Escucho sonidos de pasos en la planta baja

-¿Hola? -Repito- ¿Hay alguien ahí?

-¡Nadia¡ ¡Deja de hacerte la graciosa, que se te va a hacer tarde! -Me responde una voz inconfundible: la de mi mamá.

Pero ¿acaso acaba de llamarme Nadia? ¿Me dijo que dejara de hacerme “la graciosa”? ¡No puedo creerlo!

-Anda, métete a bañar, que tu papá no te va a esperar toda la mañana -Me grita mi madre en un tono imperativo-.

Sí, ya recuerdo. Se supone que hoy tengo una entrevista laboral y acordé con mi papá que me llevaría antes de irse a trabajar. Entonces esta debe ser mi vida normal, pero con la única diferencia de que hoy soy una mujer. “Pequeña” diferencia. Muy bien, ahora las cosas comienzan a tener algo de sentido y las piezas se van acomodando poco a poco en mi cabeza. ¡Estupendo! Estoy decidida a hacer de este día el mejor de mi vida. Hoy el mundo conocerá a Nadia Mónica.

Parte 2.

Parte 3.

6 thoughts on “Soy mujer por un día. Parte 1

  1. Excelente! Verdaderamente excelente! Una percepción ajustada al seguro sentimiento que poseemos enriquece tan brillante texto. Felicitaciones!

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  2. Una maravillosa fantasía, que desearía se nos hiciera realidad algún día a todas Chicas! Fantasía espléndidamente relatada. Gracias Nadia!

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