Soy mujer por un día. Parte 2

Antes de comenzar a disfrutar de este gran día, no puedo resistirme a hacer algo que durante mucho tiempo he imaginado; me fascinó cómo mi mamá se dirigió a mí mediante mi nombre de chica y con adjetivos femeninos, y es por eso por lo que quiero verla cara a cara como su hija. Me quito la bata y sin detenerme a ponerme zapatos, bajo corriendo las escaleras hacia donde sé que se encontrará, la cocina. Lo único que me cubre es mi camisón, que es precioso y ultrasuave. Tiene un color palo de rosa y está fabricado en satín. En los bordes tanto inferior somo superior, tiene encaje negro. Los tirantes son delgaditos y me llega hasta poco arriba de la rodilla.

-Ay, hija -exclama mi madre al voltear a verme-, ¿cuántas veces te he dicho que te abrigues bien? ¡Duermes muy destapada y eso te puede hacer daño!

-No las suficientes, ma -respondo sin dejar de sonreír y abalanzándome a darle un abrazo y un beso en la mejilla-. ¡Te quiero!

-Y ¿ahora a ti qué te pasa? ¡Apúrate! O tu papá te va a dejar y a ver cómo te vas a tu entrevista entonces.

Regreso corriendo hacia la planta alta y me meto al baño. Ahí me despojo de la bata y por primera vez presto atención a la ropa con la que desperté. Es un short también de satín y un bralette, ambos del mismo color: rosa. Sí, es mi color favorito. Lo más interesante no son las prendas en sí, sino cómo se ajustan a mi curvilíneo cuerpo. El bralette sostiene mis pequeñas boobs y las levanta. Siento el roce de la tela en mis pezones y no puedo evitar exclamar un pequeño gemido de placer.

El diminuto short apenas es capaz de contener mi prominente trasero. Me fascina cómo luce completamente plano de la parte que queda entre mis piernas. Anticipando lo que imagino que descubriré, me despojo del short y veo que mis undies son también suaves, delicadas y pequeñas. ¡Son de Victoria’s Secret! Vaya, tengo buenos y caros gustos. Con una mezcla de temor, desconfianza, emoción y excitación, me llevo las manos hacia el borde de mis undies y las estiro para revelar lo que se esconde por debajo. Ahí veo, llena de alegría e incredulidad, que tengo una preciosa vagina.

¡Tengo vagina! ¡Soy una mujer! Rápidamente me quito el bralette y, cuando mis senos quedan sin nada que los sostenga, noto aún más su peso en mi espalda. Abro la regadera y me meto bajo el chorro del agua. Me percato de que hay una mayor variedad de champús que a los que estoy acostumbrada, pero, como si de un instinto se tratara, voy tomándolos y aplicándolos en el orden correcto. Nunca imaginé que lavar el cabello largo fuera tan difícil. No dejo todavía de sorprenderme con la suavidad de mi piel. Me complace ver mi cuerpo completamente desprovisto de vello. ¡Enjabonarme las boobs fue toda una experiencia! Otro poco y no logro terminar el baño a tiempo por querer continuar experimentando el tacto en mis pezones.

Con algo de tristeza, cierro la regadera y tomo una toalla. Me seco y luego, como si mis movimientos fueran automáticos, tomo otra toalla del mueble de baño y me la enredo en el cabello. Siempre me había preguntado cómo lo hacían las chicas, y ahora estoy yo aquí haciendo lo mismo con toda la naturalidad del mundo.

Tomo mi ropa y abro la puerta del baño. Al dirigirme hacia mi habitación me cruzo con mi padre, quien se dispone a entrar en él. Sin saber cómo actuar, me quedo petrificada ante su mirada, todavía sin acostumbrarme al hecho de que, en esta clase de universo paralelo, él siempre me ha conocido como su hija Nadia.

-Buenos días, hija -me saluda dándome un beso en la mejilla-. ¿Lista para esa entrevista? Quiero que les enseñes de qué estás hecha, ¿entendido?

Soy incapaz de responder. Mi cerebro continúa procesando lo maravilloso que sentí que mi padre me tratara como a su hija. Solo atino a sonreír como boba.

-¡Ah! -se vuelve nuevamente hacia mí, que continúo parada en el pasillo-. No importa lo que diga tu madre, yo no tengo prisa. Tómate todo el tiempo que necesites para alistarte. Quiero que los deslumbres. Así que escoge algo impactante, ¿de acuerdo?

¡Esa era una excelente noticia! Antes de salir de mi habitación había echado una mirada superficial al guardarropa y había constatado que la cantidad de prendas era mayúscula, por lo que decidirme por algo iba a llevarme más tiempo del que, como hombre, me tomaba escoger qué ponerme. Ahora, al saber que no había tanta prisa, no puedo evitar sonreír una vez más. Nunca antes había sonreído tanto antes del desayuno.

Me dirigo a mi cuarto, cierro la puerta y camino hacia los cajones donde guardo la ropa interior. Al abrir uno de ellos, me sorprendo por el desastre que hay dentro; decenas de panties sin ningún orden ni secuencia se apretujan entre sí, formando una maraña de satín, encaje y colores que tiene su encanto. Comprendo que la selección, quienquiera que la haya hecho, es magistral, así que cierro los ojos y saco la prenda al azar. Resulta ser una tanga de aerie color arena, con listones a los laterales y una gotita metálica en el centro, que cuelga de una pequeña cadenita. ¡Gracias, señor azar!

Intuyo que en el cajón de abajo estarán los sujetadores, y tengo razón. El desastre es comparable al del cajón previo, pero también reina el buen gusto y la elegancia. Puedo elegir cualquiera, al fin y al cabo, se trata de prendas que nadie verá. Pero no quiero ser la clase de chica que no utiliza ropa interior combinada, así que rebusco entre los cientos de bras hasta que encuentro la contraparte perfecta para mi tanga. Me coloco ambas prendas y me miro al espejo. No puedo creerlo, pues este me devuelve una visión que ni en mis más atrevidos sueños me imaginé tener.

Desde el reflejo me observa una mujer de 1.72 m de estatura, cabello negro, ojos cafés, labios carnosos, pómulos sobresalientes, 24 años de edad y tan solo ataviada con un brasier y una tanga que no hacen más que acentuar sus agradables atributos físicos. Y esa mujer soy yo. Nuevamente siento la excitación y esa humedad que había percibido momentos antes, pero ahora soy testigo de cómo se forma una pequeña mancha en mis undies. Opto por dejar de verme en el espejo y voy al guardarropa a elegir el atuendo para escoger algo impactante, como había sugerido papá.

Espera la parte 3.

Lee aquí la parte 1.

Soy mujer por un día. Parte 1

Estoy segura de que muchas de nosotras, si no es que todas, en algún momento hemos imaginado lo que haríamos si fuéramos mujeres. ¿Cómo sería nuestra personalidad? ¿Cómo sería nuestro físico? ¿Cómo sería nuestra vida en general? ¿Cuál sería nuestro trabajo? En mi caso, existe un variado número de profesiones que me gustaría desempeñar si fuera mujer. En la lista están:

  • Sobrecargo de aviación (TCP)
  • Secretaria
  • Bailarina
  • Ama de casa

Y otras más aventuradas como

  • Modelo
  • Actriz
  • Cantante
  • CEO de alguna importante empresa
  • Peleadora de artes marciales

Entre otras.

Hoy les platicaré lo que haría si, de repente, me despertara y al levantarme y verme al espejo me doy cuenta de que soy una mujer. Desconcertada, comienzo a tocar todo mi cuerpo solo para confirmar que todas las protuberancias son reales. De pronto suena mi celular; un nuevo mensaje ha llegado. Es de un número desconocido y en él solo se lee “disfrútalo, solo tienes veinticuatro horas y después todo volverá a la normalidad”

No lo comprendo del todo, pero, ya más calmada y emocionada al mismo tiempo, regreso a contemplarme nuevamente al espejo. Mi cabello es largo, negro, lacio y abundante. Mis facciones son femeninas y delicadas. Mis cejas son más delgadas y mis pestañas naturalmente largas. Aun sin maquillaje soy bonita, llamo la atención. Me paso las manos por mi cara y siento la suavidad de mi piel. No hay rastro alguno de barba incipiente. En ese momento, al ver mis manos reflejadas en el espejo, me percato de que mis uñas son largas y están pintadas de un color coquetamente rosa. Mis manos lucen tersas, pequeñas y delgadas. Mi mirada es atraída hacia mi pecho, que luce unas pequeñas pero redondas boobs; noto su peso en mi espalda y eso me excita… pero esta excitación es diferente, pues no hay nada entre mis piernas que tienda a levantarse. Más bien me limito a sentir un agradable calor mezclado con una humedad que es nueva para mí.

Me giro para seguir inspeccionando mi cuerpo y es ahí cuando percibo la imagen más agradable de mí misma: mis nalgas. Son redondas, prominentes, eróticas, perfectas. Sin duda resultan ser mi mejor atractivo. La humedad entre mis piernas se incrementa. ¡Diosa mía! ¡Estoy excitándome con mi propia imagen reflejada en el espejo!

En ese momento reparo en que percibo el mundo de una manera un poco diferente: el borde superior del espejo parece más lejano, y entonces caigo en cuenta de que soy más bajita que mi versión masculina. Tengo la estatura de una mujer promedio. Continúo en esta autoexploración visual y sigo con mis piernas, que son carnosas y torneadas. Las uñas de mis pies lucen el mismo tono de rosa que el de las manos. Observo mis pies y concluyo que también calzo un número mucho más pequeño que mi yo de hombre. Me deleito al tomar conciencia de que todo mi cuerpo es libre de vello. Estoy completamente maravillada.

Inspecciono mi habitación con la mirada en busca de pistas que me digan qué soy, quién soy, qué se supone que debo hacer, pero no encuentro nada. El dormitorio es el mismo al que estoy acostumbrada, pero la decoración sí tiene ligeros cambios: las paredes están pintadas de otro color y mis cobijas son muy coloridas; al abrir el cajón de mi buró para sacar mi reloj, veo que está repleto de collares, anillos, pulseras y demás accesorios femeninos. Eso me hace preguntarme ¿qué habrá en el guardarropa? Corro hacia allí para averiguarlo, y con gran felicidad descubro que todas mis oscuras y aburridas camisas han desaparecido, y han sido remplazados por decenas de vestidos, blusas, faldas y abrigos.

-Menuda muestra de opulencia para solo veinticuatro horas -pienso-.

Las opciones son tan enormes, y tengo tantas ganas de ponerme todo, que estoy segura de que tardaré, por lo menos, cuarenta minutos en escoger algo para empezar mi día. ¡Empezar mi día! Y ¿qué se supone que haré? ¡Ni siquiera sé a qué me dedico! Se me ocurre una idea. Me pongo un camisón y una bata de satín que encuentro al lado de mi cama y abro la puerta de mi habitación con cautela. Asomo la cabeza de manera temerosa e inspecciono el exterior. No se ve absolutamente nada. La casa es ciertamente mi casa, entonces me atrevo a exclamar

-¿Hola?

El sonido de mi voz es lo más dulce que he escuchado en la vida. Tiene un tono seductor pero, al mismo tiempo, inocente y tierno.

Escucho sonidos de pasos en la planta baja

-¿Hola? -Repito- ¿Hay alguien ahí?

-¡Nadia¡ ¡Deja de hacerte la graciosa, que se te va a hacer tarde! -Me responde una voz inconfundible: la de mi mamá.

Pero ¿acaso acaba de llamarme Nadia? ¿Me dijo que dejara de hacerme “la graciosa”? ¡No puedo creerlo!

-Anda, métete a bañar, que tu papá no te va a esperar toda la mañana -Me grita mi madre en un tono imperativo-.

Sí, ya recuerdo. Se supone que hoy tengo una entrevista laboral y acordé con mi papá que me llevaría antes de irse a trabajar. Entonces esta debe ser mi vida normal, pero con la única diferencia de que hoy soy una mujer. “Pequeña” diferencia. Muy bien, ahora las cosas comienzan a tener algo de sentido y las piezas se van acomodando poco a poco en mi cabeza. ¡Estupendo! Estoy decidida a hacer de este día el mejor de mi vida. Hoy el mundo conocerá a Nadia Mónica.

Continuará.

¿Cómo sentirme mujer?

El día de hoy, como de costumbre, a las 6:00 estaba lista para llevar a cabo mi rutina matutina de ejercicio. Como es habitual en mí, me sienta mujer o no, me atavié con ropa deportiva femenina, pues me ayuda a mantenerme motivada y a rebasar mis propios límites. Al verme en el espejo, la imagen que este me devolvió no fue la de una mujer, sino la de un hombre vestido de mujer. Por cuestiones tanto laborales como personales, en los últimos meses he carecido del tiempo necesario para transformarme en Nadia como me gusta hacerlo, a profundidad. En realidad, he carecido de tiempo hasta para hacer cosas más mundanas, como afeitarme. Mi barba luce crecida y descuidada, al igual que mi vello en pecho, abdomen y piernas.

Con el afán de eliminar esa sensación desagradable, me dirigí al baño y me dispuse a afeitarme la barba antes de dar inicio al ejercicio. Unos minutos después, estaba de nuevo frente al espejo contemplando a un hombre vestido de mujer, pero con la diferencia de que ahora era un hombre afeitado. Eso me hizo reflexionar ¿qué es lo que me hace sentir mujer? O, yendo más allá en la interrogante, ¿qué es lo que hace a una mujer ser mujer? No me refiero a lo biológico, pues creo que en ese caso la respuesta es un poco más sencilla: ovarios, vagina, útero, glándulas mamarias y varios otros órganos y partes de los que los varones carecen. Estoy hablando más bien de la percepción de una mujer. ¿En qué punto se considera que alguna persona (sin importar su género) luce como una mujer?

Entiendo que la respuesta conlleva aspectos que difieren de cultura a cultura e, incluso, de generación en generación, y que puede suscitar acalorados debates que toquen temas tan delicados como el machismo o la deficiencia de los sistemas educativos y de crianza, así que me limitaré a encarar la cuestión desde mi punto de vista particular.

Volviendo a mi imagen en el espejo, a pesar de que ya no tenía barba, no lucía como mujer bajo mi propio criterio. ¿Qué era lo que faltaba para lograrlo? No tenía peluca, no estaba maquillada, no estaba depilada y no llevaba ropa interior femenina. Sí, la respuesta debería ser que me faltaban todas esas cosas… pero, un momento; hubo un tiempo, durante las etapas tempranas de mi feminofilia, en que no podía permitirme tener una peluca, o maquillaje, o depilar mis piernas, y, aún así, tan solo quitándome mi pantalón y enrollándome una toalla en la cintura a manera de falda, me sentía mujer.

Debía ser entonces que me encontraba en un período de sequía femenina… no, tampoco era eso, porque sí tenía ganas de sentirme mujer, de ataviarme como una de ellas. Pero aun teniendo ganas, no lograba que Nadia se hiciera presente. Tengo perfectamente claro que una mujer con cabello corto no es menos mujer que otra con cabello largo. Sé que una mujer que se depila las piernas y las axilas no es más femenina que una que decide no hacerlo. Ambas son igual de mujeres e igual de femeninas, pero creo que la clave está en lo que viene:

La actitud. Frecuentemente recibo mensajes, correos o comentarios en los que feminófilas que inician en este apasionante camino, me solicitan consejos para sentirse mujeres. Lamentablemente eso es algo en lo que yo no puedo ayudar. Además, suelo responderles que, si están buscando cómo sentirse mujeres, es porque ya se sienten o se han sentido como tal, y, más bien, lo que desean es cómo lograr que su imagen coincida con ese sentimiento.

Amigas, créanme cuando les digo que no necesitamos un carísimo vestido, o unos costosos tacones, o la peluca más fina para sentirnos mujeres. Eso es algo que ya vive dentro de nosotras. No siempre está despierto, pero sí que está ahí adentro. Tu feminidad no depende de lo que te pongas, sino de cómo te identificas en cada momento de tu existencia. Desarróllala, entrénala, exprésala, pero, sobre todo, vívela.