Nunca te avergüences de ser como eres.

Históricamente y, a mi parecer, de manera natural e instintiva, sentimos rechazo hacia lo que no entendemos, lo que no conocemos o lo que se sale de lo que consideramos “normal”. Debido a ello considero que es entendible que la enorme mayoría de las personas que desconocen lo relacionado con travestismo o feminofilia reaccionen de una manera desfavorable cuando se enteran de que alguien de su círculo tiene esa atracción hacia lo femenino. Lo que no es entendible es que, a pesar de que se hagan múltiples esfuerzos por explicárselos, sigan en la necedad de no querer comprenderlo.

He tenido la buena fortuna de que casi todas las personas a quienes les he confesado o se han enterado de mi travestismo lo han tomado muy bien después de que les expongo el fenómeno. Familiares, amigas y parejas han tratado de entenderlo y me aceptan como soy, aunque no todos han querido compartirlo conmigo y eso es completamente aceptable. Pero también he lidiado con algunas cuantas personas que rechazan terminantemente esa condición y han tratado de sobajarme y hasta humillarme por eso.

Me visto desde que era muy chiquita, así que puedo afirmar que he vivido mi travestismo durante toda mi vida y he atravesado diferentes etapas de este conforme he ido creciendo y madurando. Al principio lo hacía de una manera muy natural, ya que mi corta edad no me permitía entender que vestirse como mujer implicaba estar haciendo algo socialmente rechazado. Una vez que me enteré de esto, de que había prendas “para hombres” y “para mujeres”, de que mis papás se enojaban conmigo y me regañaban cada vez que yo cruzaba ese límite, que mis primos y compañeros de escuela se burlarían de mí si se enteraban de que lo hacía, comencé a sentir culpa y vergüenza por ser así, y adopté la clandestinidad como el único medio para expresar mi feminidad.

En mi mente se desarrolló la idea de que yo era un anormal, una especie de freak, una rareza y un pecador ante los ojos de Dios. Sentía pena por tener el gusto por ataviarme con ropas socialmente asociadas a las mujeres. Cada vez que me transformaba, al llegar al clímax me invadía una depresión espantosa, en la que me odiaba por no poder controlarme y por no ser un chico común y corriente. Trataba de ocultar en lo más profundo de mi ser esa parte de mí. Construí una fortaleza de virilidad falsa sobre mi verdadera personalidad para aparentar ante los demás ser uno de ellos, a causa de la vergüenza.

Al ir creciendo y entendiendo más acerca del tema, poco a poco fui sintiendo más comprensión por mí misma. Con el tiempo adquirí la fuerza y el valor necesarios para abrirme de capa con mis más cercanas amigas y familiares, hasta que eventualmente me di cuenta de que existían personas capaces de entenderme y eso me hizo ganar mucha más confianza e ir perdiendo el miedo a dejar a Nadia salir de su escondite. Comenzaba a derrumbar esa fortaleza falsa que tiempo atrás había levantado. Pero todavía vivían en mí ciertos miedos. Quería tener el control absoluto de las personas a quienes les contaba ese lado de mi personalidad porque temía que el secreto se divulgara y acabara haciendo de mi vida algo insoportable.

El día de hoy puedo decirles que ya no vivo con ese estrés ni ese pánico al pensar que determinada persona pueda enterarse de que soy travesti. Entiendo que sigue habiendo muchísima ignorancia y tabúes alrededor del tema y que gente de mentalidad cerrada o machista se alejaría de mí si se enterara, pero esa sería la forma que tendría la vida de quitar de mi camino a quienes no deberían estar en él. Entiendo que, quienes realmente sientan aprecio por mí, me querrán y aceptarán como soy, y sentirán el interés por conocer lo que realmente significa el travestismo y sus implicaciones.

Seguramente habrá también quienes hablen de mí a mis espaldas, criticando mis gustos y tratando de menospreciar a mi persona, restando valía a mi humanidad a causa de lo que ellos piensan que es una anormalidad, pero el problema será suyo, no mío. Hoy sé quién soy, lo que soy y, sobre todo, lo que no soy. Me conozco y puedo decir con toda la sinceridad que estoy orgullosa de ser travesti. Y si los demás no lo entienden, no es mi responsabilidad luchar ni desgastarme para que lo hagan.

No debe existir vergüenza en ser como somos mientras no le hagamos daño a nadie. Así que a secarse esas lágrimas, a quitarse esos miedos y a mirar al mundo a los ojos con la frente en alto y con el orgullo de saber que somos especiales.

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