Relato: Un día vestida de mujer

Es la hora de salida. Me dirijo hacia el reloj checador y, como todos los días, registro la hora en que me retiro de mi empleo. Soy un oficinista cualquiera, genérico, indistinguible entre la masa monótona de trajes de color oscuro, camisas blancas y corbatas que denotan seriedad y profesionalismo. Nada en mí llama especialmente la atención. Mis zapatos están ya desgastados, pues tengo más de dos años utilizándolos a diario, pero eso no me importa demasiado, pues todavía aguantan.

Camino rumbo a la salida de la oficina y en ese momento veo que un grupo de compañeras de Recursos Humanos avanza por delante de mí. Sus tacones producen ese inigualable e inequívoco sonido a cada paso que dan. Me encanta, es como música para mis oídos. Las observo detenidamente y me percato de que una de ellas tiene dificultad para andar con esos no tan altos zapatos de 10 centímetros. Su pisada es plana, sin gracia. Me regocijo en la secreta satisfacción de que yo sé hacerlo mejor y sonrío discretamente. Por otro lado, sí que me gustó su atuendo: lleva una falda de lápiz de color mostaza hasta la rodilla, calzado del mismo tono, una preciosa blusa floreada de botones y unas pantimedias naturales.

Esa última prenda me hace recordar que yo también llevo unas, pero negras, bajo mi pantalón. Además, mi ropa interior es femenina. Incluso hoy, sintiéndome más mujer que de costumbre, me animé a ponerme un bralette bajo la camisa. El miedo a que se notaran los breteles o la forma del sujetador me llevaron a no quitarme el saco en todo el día. Son las cuatro de la tarde. El calor es sofocante y siento que me asfixio, pero prefiero eso a que un mirón malicioso descubra mi más preciado secreto. Soy travesti.

Subo a mi auto y, una vez dentro, me quito esos desgastados zapatos y me los cambio por unos preciosos pumps color nude que guardo debajo del asiento. Me encanta manejar con tacones. Antes de ponérmelos, pienso en lo que dirían mis compañeros de oficina si supieran que traigo las uñas de los pies pintadas de un femenino color rosa. Recorro los treinta minutos que me separan de mi hogar acomáñado por el calor, el tráfico, los semáforos, los limpiavidrios, los cláxones. Por fin pude deshacerme del saco. Me desabotono la camisa y compruebo en el espejo del parasol que así, con la camisa un poco abierta, sí se percibe mi bra. Así continúo manejando.

Aun con la ventanilla abajo, mi cuerpo empieza a transpirar y ello causa que las medias se me peguen a la piel, pero lejos de ser una situación indeseable, la disfruto. A través de las bocinas de mi auto suena una canción de Ariana Grande. Siempre elijo pop cuando estoy en modo femíneo, ya que me ayuda a meterme más en el papel y las sensaciones. Después de lidiar con todo esto, por fin llego a mi casa. Me bajo del automóvil con los tacones puestos, pues la idea de que algún vecino de esos que nunca faltan y a los que les encanta observar las vidas ajenas me vea, me da al mismo tiempo miedo y emoción. Apresurado abro la puerta de mi hogar y la cierro tras de mí. Ahora sí estoy en mi mundo, protegida por estas cuatro paredes que me permiten sacar a mi mujer interna a mis anchas.

Lo primero que haré es tomar una ducha, pues estoy demasiado sudada como para siquiera pensar en ponerme cualquier prenda limpia. Antes de eso, siento la necesidad de orinar. Lo haré sentada sobre el inodoro para sentirme más femenina. Una vez que estoy bañándome aprovecho para rasurarme de nuevo, ya que las puntas de mis vellos comienzan a asomarse por los poros. Ya que estoy en esto y después de pensarlo por tres segundos, decido rasurarme también todo el vello corporal. Pecho, abdomen, piernas, axilas y brazos quedan totalmente libres de pelo. Al salir, me envuelvo en una toalla rosa y la ato desde mi pecho. Tomo otra toalla del mueble de baño y esa la enrollo sobre mi cabello. Me dirijo a mi habitación. Aprovecho la privacidad de mi casa para caminar moviendo las caderas, tal como lo haría una chica. Abro el cajón del maquillaje. Tomo un desodorante para mujer y me lo aplico bajo los brazos.

Ahora es momento de elegir el atuendo. Voy al clóset y saco el cajón de la ropa interior. Hace algunos meses me decidí a eliminar de mi guardarropa todas las trusas y bóxeres de hombre, y ahora uso exclusivamente undies de mujer. Tengo una colección bastante considerable. Me decido por unos briefs azul cielo, ya que dos días antes compré un bra de un tono parecido y quiero ver si combina. Todavía lo tengo en la bolsa, así que lo saco y ¡guau! ¡Parece que de un conjunto se tratara! Combinan muy bien, así que me los dejo puestos.

¿Me pongo falda o vestido? Siempre me cuesta trabajo decidir esto. Vestidos no tengo muchos, pero los poquitos que poseo me encantan. Por otro lado, mi colección de faldas es bastante considerable. Me encantan, son mi prenda favorita y tengo más de ellas que de pantalones.  Después de darle vueltas, recuerdo el atuendo de la chica de RRHH que vi antes de salir de la oficina y me propongo replicar su estilo, así que me decido por una falda muy parecida, pero de color vino, una blusa blanca con puntitos del mismo tono que la falda y unos zapatos de tacón en color uva (cuando comienzas a ser consciente del amplio abanico de tonos que hay disponibles en la ropa de mujer, comprendes perfectamente su necesidad de tener tantos pares de zapatos). Quizá no combine mucho, pero eso no es lo que más importa en este momento, pues nadie me verá. Lo esencial es cómo me hacen sentir esas prendas, y me ponen la piel de gallina al sentir el delicado roce de la suave tela contra mis piernas recién depiladas. Es el paraíso. Complemento la indumentaria con unas pantimedias naturales que todavía no había estrenado.

Llegó la hora de maquillarme. Mi técnica deja mucho que desear todavía, pero debo comentarles que ha mejorado bastante de un año hacia acá. Me propuse eso como meta para el año pasado. Comienzo con un primer para ocultar los poros abiertos que se me ven cerca de la nariz. Me aplico un corrector naranja sobre la sombra de mi barba que, por más al ras que trate de rasurarme, nunca deja de verse con un tono verdoso. Para las ojeras, elijo un corrector blanco y lo aplico en una cantidad considerable. Extiendo ambos productos con mis dedos y los dejo que se absorban por unos segundos. Ahora me aplico la base con ayuda de una esponja y la distribuyo de la manera más uniforme que puedo.

Tomo una paleta de contorneadores y practico una técnica que aprendí en un tutorial en YouTube. Aplico un tono claro en la frente, la nariz, la barbilla y debajo de los ojos, y un tono más oscuro que mi piel en las mejillas y las orillas de la frente. Con ayuda de una esponja húmeda, doy pequeños golpecitos para que el producto se absorba y la diferencia entre tonos no sea tan abrupta. Sello todo con polvo traslúcido. Elijo una paleta de sombras neutras y pinto mis párpados. Ahora las pestañas postizas. Me encanta ponérmelas. Con un rímel elimino el espacio entre las reales y las artificiales. Luego, con un delineador líquido de color negro me hago un cat eye que no me queda perfecto, pero sí regular. Finalizo con un rubor de color melón y así el maquillaje queda listo.

El toque final lo pone una peluca castaña de pelo rizado hasta debajo de los hombros. Como accesorios, unos discretos aretes de clip en forma de perla y un collar de fantasía. Me veo al espejo y exploto en una ola de alegría, felicidad y un poco de excitación. Me veo fantástica. Pocos rastros quedan de ese oficinista que era hace una hora y media y ahora el espejo refleja la imagen de una mujer que irradia sensualidad y hasta un poco de autoridad.

Con mi teléfono me tomo cientos de fotografías en cuanta pose se me ocurre. En una habitación, en otra, en la cocina, en la sala, en el baño, en las escaleras… En mi imaginación me transformo en una cantante, en una aeromoza, en un ama de casa, en una secretaria. Esta noche tengo el privilegio de ser quien yo decida. Puedo cambiar, adaptarme y olvidarme un momento de mis problemas del día a día.

Envío algunas de las mejores fotos por Whatsapp a mi mejor amiga. Ella conoce mi secreto y me apoya. No solo eso, también fomenta mi feminofilia. Me ha regalado algunas blusas y debo decir que su gusto es exquisito y elegante. Ella me considera su amiga mujer y siempre se refiere a mí en femenino, pues sabe que aunque por fuera pueda estar vestido de hombre, mi forma de pensar y ver el mundo es 100% femenina.

Poco a poco la noche llega a su fin y, cansada de modelar, me preparo unas palomitas en el microondas y veo una película en Netflix. Disfruto mucho estar así ataviada y recostada en el sillón de la casa, siendo yo misma sin deberle explicaciones a nadie.

NOTA: Relato ficticio inspirado en una publicación de Julia Gisselle Skye.

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