La Sequía

Ser travesti es una maravillosa dualidad. Es, como dirían algunos, lo mejor de ambos mundos. Personalmente, disfruto muchísimo ambas facetas de mi personalidad, tanto la masculina como la femenina. ¿Me gustaría ser mujer todo el tiempo? La contestación sincera a esta pregunta es que no. No obstante, para dar esta respuesta es necesario que me encuentre en lo que denomino La Sequía, es decir, la total ausencia de ganas por transformarme en mujer, debido a que, si esta interrogante me la planteo mientras las ganas de sentirme mujer están presentes, mi respuesta será la opuesta.

Desde hace algunos meses había tenido la inquietud por escribir acerca de La Sequía, pues creo que también resulta por demás interesante. Pero, cada que me sentaba frente a mi computadora para teclear un nuevo post, me encontraba de alguna manera influenciado por la feminidad. Hoy, sin embargo, fue el día elegido para relatarles mi temporal estadía en mi mitad masculina.

La vestimenta que en este momento porto no consiste en ninguna prenda femenina. Traigo jeans, bóxeres y una playera deportiva. Tampoco estoy usando ningún accesorio femenino ni nada de maquillaje. De igual manera, no me siento tentado a llegar a mi casa y despojarme inmediatamente de mi atuendo y enfundarme en falda, o vestido, o blusa o lo que tenga que ver con ropas de mujer. Claro está que Nadia nunca me abandona, pues al mirar pasar a alguna chica con un outfit interesante, tomo notas mentales para intentar algo similar a la siguiente vez que me travista.

Como ustedes sabrán si son lectores regulares, además de este blog también tengo un canal en YouTube igualmente relacionado con el travestismo. Cuando Nadia me visita, es ella la encargada de crear el contenido, cosa que no es trivial, pues consume algo de tiempo; escribir los posts, buscar las imágenes que lo acompañarán, redactar los guiones para los videos, grabarlos, editarlos, publicarlos, responder comentarios, en adición al propio proceso de vestirme y maquillarme, después de unos días se vuelve algo agotador, y es por eso que mi lado femenino necesita ciertos descansos de cuando en cuando.

Por mi parte, cuando Nadia no está alrededor, puedo concentrarme en otra clase de proyectos. Una más de mis pasiones es la música, así que durante La Sequía tomo mi guitarra y me pongo a practicar o a escribir alguna canción que nunca verá la luz. También aprovecho para leer, tomar cursos de fotografía o escribir alguna que otra entrada para el blog de mi lado masculino. Resulta evidente que no puedo desconectarme del todo y poner a Nadia completamente en pausa, pues es necesario darles seguimiento a los proyectos, ya que dejar de publicar contenido de manera regular es sinónimo de perder el interés de la audiencia.

Debido a ello, a veces me planteo la necesidad de transformarme en Nadia aunque no me nazca hacerlo, por ejemplo, para grabar algún video. Pero el hecho de pensar en el trabajo y el tiempo que ello implica para, como ya dije, maquillarme y producirme, hace que desista inmediatamente de la idea y decida aprovechar ese tiempo en alguna otra actividad. El lado negativo de todo esto es que, generalmente, dejo de tomar las precauciones físicas que Nadia requiere, como rasurar continuamente el vello de mi cuerpo para mantenerlo corto. La Sequía suele durar desde algunas semanas hasta algunos meses, lapso en que mis folículos no dejan de alimentar el crecimiento de vello, así que, cuando Nadia regresa, se enfrenta a la situación de corregir esos detalles y arreglar eso de lo que yo no me ocupé.

¿A ustedes les sucede algo similar? Cuéntenme sus situaciones particulares, pues enriquecer las experiencias con otros puntos de vista siempre resulta positivo. Un abrazo a todas y todos ustedes de parte de mis lados masculino y femenino que, al final, son uno mismo.

El vestido que me motivó a ir más allá

Hoy simplemente quiero compartirles una anécdota que, quizás pueda no parecer muy relevante, pero que recuerdo por lo que en su momento significó para mí. Algunos años atrás mis gustos musicales eran muy centrados en torno al Rock y sus derivados, y muy rara vez me permitía escuchar algo que estuviera fuera de esas fronteras. Pero, gracias a mi lado femenino, expandí mis horizontes y fui acercándome a los terrenos del Pop, generalmente dominado por cantantes mujeres y que suelen ser superestrellas, como, en aquellos tiempos, Britney Spears, Christina Aguilera, Avril Lavigne, Sophie Ellis-Bextor, entre otras.

Explorando artistas, el camino musical me llevó a descubrir eventualmente a Selena Gomez y Demi Lovato. Con esta última quedé maravillada, pues recuerdo que me gustaba bastante físicamente por aquella época. Un día en que no tenía mucho qué hacer y me encontraba vagando por una tienda de música encontré un CD de ella titulado Here We Go Again y su portada me cautivó, pues, en mi opinión, lucía muy femenina; su peinado, su maquillaje, pero, sobre todo, su vestido, me fascinaron y basada únicamente en eso adquirí el álbum y me fui muy contenta a mi casa.

Nada más llegar, lo abrí y lo inserté en el reproductor para escucharlo. Sí, tenía un par de temas pegajosos, pero nada especialmente sobresaliente. Por otro lado, el arte del disco era un caso aparte, pues el booklet contenía más fotografías con el mismo vestido que ilustraba la portada e, incluso, venía con un póster de regalo con ese vestuario que tanto me había gustado. Fue una grata sorpresa, y por supuesto que ese afiche lo pegué en la pared de mi habitación junto a otros que tenía de Avril y Katy Perry.

Algunas semanas después me encontraba corriendo en el parque. En esa etapa de mi vida me estaba preparando para presentar el examen de ingreso a la Universidad y mis clases eran vespertinas, por lo que todas las mañanas me levantaba temprano para hacer ejercicio. La pista de atletismo dentro del parque público tenía la ventaja de medir 1 km de largo, por lo que el número de vueltas se correspondía exactamente con la distancia recorrida. Mi récord personal constaba de dar tres vueltas seguidas trotando, luego dos caminando y al final otras tres trotando, para sumar un total de 8 km. Pero yo quería más. En mi mente vivía la idea de participar en una carrera 5k, así que eso era lo mínimo que debería aguantar de corridito.

Iba ya por la tercera vuelta corriendo cuando me propuse dar una más y así acercarme al objetivo fijado por mí misma. A la mitad de esta cuarta vuelta mis piernas comenzaron a resentir el esfuerzo y amenazaban con flaquear, pero no me detuve. Por alguna razón que al día de hoy sigo sin comprender, en mi mente se materializó la imagen del vestido de Demi Lovato, y me ayudó muchísimo a motivarme para vencer la idea de detenerme a descansar. Me visualicé portando la prenda y me dije:

“Tienes que continuar si quieres bajar de peso y entrar en ese vestido. Sigue corriendo. No te detengas. Esa será tu recompensa”

Y así fue. Mi meta cambió por completo. Ya no me interesaba aumentar mi condición física para lograr correr un 5k, sino que ahora mi objetivo era bajar de peso lo necesario para verme increíble portando ese atuendo negro con rosa, y mi cuerpo respondió de maravilla ante tal imagen. Estaba realmente enfocada en ello y no dudé en hacer lo que en ese momento era preciso para conseguirlo. Fue como si todos mis músculos se hubieran puesto a trabajar por un fin común, un fin que les gustaba y les llamaba la atención. Esa mañana logré pasar de ocho kilómetros recorridos a doce, es decir que mi rendimiento subió en un 50% gracias a visualizarme utilizando un vestido.

Fue un parteaguas para mí, pues pensaba que, si ya lo había logrado una vez, no había razón para no conseguirlo de nuevo, y a partir de ese punto nunca corrí menos de cinco kilómetros continuos… hasta que entré a estudiar y no pude seguir corriendo tan seguido y perdí la condición.

¿Por qué les cuento todo esto? Porque muy pocas veces en mi vida he logrado reunir la motivación suficiente para que distintos aspectos de mí trabajen en una meta en común. Sí, cumplo por ejemplo con mis objetivos en mi trabajo, o en la escuela, o en mi relación, pero no he vuelto a sentir que todo mi cuerpo y mi mente se conecten de tal manera como aquella tarde. Y me llena mucho de satisfacción que esa meta estuviera relacionada con mi lado femenino. Quién sabe, tal vez eso significa que todo mi cuerpo está más conectado con esa parte de mí. Al menos eso me gusta pensar.

Como postdata, nunca encontré un vestido ni remotamente similar al que les cuento, por lo que aun cuando me ejercité para verme divina en él, nunca pude portarlo.

Los Muxes

Desde hace algunos años, esporádicamente he leído algunos extractos de artículos relacionados con los individuos de una sociedad zapoteca a quienes llaman muxes. Aparentemente, ellos son denominados como un tercer sexo, pues nacieron biológicamente hombres, pero adoptan roles sociales de mujeres, ya sea por decisión personal o porque así los crían sus padres en ausencia de hijas. Lejos de ser una vergüenza para su familia, como suele ocurrir en otros casos en los que existe un hijo con tendencias hacia lo femenino, los muxes representan para sus padres un orgullo, y son considerados como el mejor hijo dentro de su familia. Aunque esto es un tanto egoísta, pues no es que tener un hijo del tercer sexo les dé un estatus social más elevado, sino que los muxes tienden a ser quienes se hacen cargo de sus padres cuando estos envejecen.

Me resulta cuando menos curioso darme cuenta de que esta noción de un género no-binario, que tan en boga se encuentra en nuestros días, ya era bien reconocido y definido en una sociedad prehispánica como lo es la cultura Zapoteca. Generalmente, pensamos que estos temas gozan de una mayor tolerancia en los tiempos modernos, gracias a la sensibilización en cuestión de Derechos Humanos e identidad de género. Sin embargo, esta es una clara referencia de que lo que es diferente a lo establecido, no siempre ha sido considerado como malo. Quizá nos haga mucha falta volver a esa forma de pensamiento. Por lo pronto, les dejo este documental al respecto.

Carta de un travesti a su novia

Hola, amor ¿Cómo estás? Espero que te encuentres de maravilla, tranquila y en paz, porque hoy necesito contarte algo que es muy importante para mí y quizás puede tomarte por sorpresa o causarte una impresión inicial equivocada, pero necesito que me leas con atención, para que al final de este escrito me conozcas un poquito más y tengas la información necesaria al respecto para que lo entiendas.

Soy travesti. Sí, soy travesti. Y por más incómoda que suene esa palabra, he aprendido a aceptarme sin sentir pena ni vergüenza. Soy varón, pero en ocasiones muy puntuales me gusta vestir, actuar y pensar como mujer. Amo las faldas, los vestidos, los zapatos de tacón, las pantimedias, los brassieres, el maquillaje, las pelucas, los rellenos, las blusas. Todo lo que tenga que ver con feminidad me fascina. He escogido un nombre acorde con este sentir, un nombre de mujer, y me refiero a mí misma con adjetivos y pronombres femeninos.

Cuando estoy a solas, me despojo de mis aburridos jeans y camisas, o de mi traje y corbata, y me dirijo al sitio secreto en donde escondo mis mayores tesoros para enfundarme en atuendos dignos de una noche de gala. Aplico mis primitivos conocimientos de maquillaje, me coloco una peluca y me transformo en una mujer. Tan solo el espejo y una cámara fotográfica son testigos de este espectáculo. Lo disfruto mucho, ¿sabes? Uno de mis mayores placeres es sentir el roce de un suave vestido contra mi cuerpo y contra la lencería que llevo puesta, mientras lo recorro de abajo hacia arriba hasta que llega a su posición final. Disfruto cada milímetro de ese recorrido.

Otras veces, cuando por alguna circunstancia no puedo gozar de tiempo conmigo misma, me llevo la ropa de mujer por debajo de la de hombre. Quien me vea en mi trabajo o en la escuela puede pensar que soy un individuo común y corriente, sin nada especial en él, pero no se imaginan que mi ropa interior es femenina, y también llevo medias, bra y hasta un liguero.

Aunque no solo es la ropa lo que me atrae; disfruto todo lo que esté relacionado con ser mujer. Te confieso que, a veces, utilizo incluso toallas femeninas. Sí, sé que son completamente innecesarias para mí, pero me ayudan a aumentar esa fantasía de que, por un momento, soy una chica. También debo decirte que me gusta orinar sentada. De la misma forma que con las toallas higiénicas, no es algo que necesite hacer dada mi fisiología, pero contribuye a mis ganas por sentirme femenina. Asimismo fantaseo con casarme vestida de novia. Cuando nadie me observa, mis movimientos son muy delicados y camino contoneando mis caderas. Amo que se me baje el tirante del bra y tenga que estar acomodándolo. ¡Ojalá todos los problemas fueran como ese!

Ya que estoy siendo honesto contigo, te cuento también que a veces observo a otras mujeres. Pero no es con morbo ni lascivia. Veo su ropa. Admiro cómo combinan diferentes colores y diferentes estilos. Hago notas mentales de qué tipo de falda va con qué tipo de zapatos. Y sí, a veces también me regodeo en la satisfacción de saber que camino mejor en tacones que alguna que otra compañera de trabajo. Quizá llegará un punto en el que en mi guardarropa haya más ropa de mujer que de hombre, o que un día decida remplazar todas mis trusas y bóxeres por undies femeninas de satín y encaje, así que te pido que no me tildes de maricón, poco hombre o “rarito”, porque no soy homosexual ni soy menos hombre que alguien que no sea travesti. Tampoco soy una mujer trans de closet o que no se atreve a dar el paso hacia una vida completamente como mujer ante la sociedad. El travestismo y la transexualidad son dos cosas separadas y no tienen una correlación entre sí. Mucho menos soy un enfermo mental, ni un desviado, ni pecador, ni degenerado o depravado. No es mi deseo vestir como chica con el fin de prostituirme ni de atraer hombres.

Por favor, no me propongas que busquemos una cura, porque esto no es una enfermedad, ni una moda, ni una etapa, ni un capricho ni algo temporal. Hablar con un psicólogo, con un sacerdote o con un curandero o chamán no va a hacer que deje de ser un travesti, pues no es un hechizo ni algo maligno. Creo que ir con un terapeuta es buena idea, pero no buscando que me “quite” esta conducta, sino más bien que nos ayude a integrar mi travestismo en nuestra relación sin que ninguno de los dos tenga que sufrir a causa de ello.

Amor, te amo con todo mi corazón y es por eso que me atrevo a contarte mi mayor secreto, pues quiero que me conozcas tal cual soy. Mi lado femenino no es tu competencia. No tienes que luchar contra mi otro yo por atención. No prefiero quedarme en casa a travestirme en lugar de estar contigo, pero es una necesidad que requiero saciar de vez en cuando. Si tú estás dispuesta a compartirla conmigo, ¡adelante! Estaré encantada de vivir esta experiencia a tu lado. Sería increíble, porque estoy segura de que tus consejos no me vendrían nada mal. No hay mejor maestra en el arte de ser mujer, que una verdadera mujer. Tú has tenido a tu mamá, o a tus hermanas, o a tus primas y amigas que te han ayudado a descubrir cosas y resolver dudas. Yo solo he tenido los consejos por internet de otros hombres como yo, quienes tampoco han tenido a nadie que los auxilie, así que no salimos de lo mismo.

No pienses asimismo que mi travestismo es un reflejo de que no estoy satisfecho sexualmente, o de que no me llenas, o de que no te considero lo suficientemente femenina. Esta conducta es solo mía y no está desencadenada por nadie más. He sido así desde antes de conocerte, así que no es por ti. Soy muy feliz a tu lado y no me falta amor ni cariño. Despreocúpate por ese lado.

Me queda claro que no estás forzada a aceptar este lado mío. No quiero ser en ti la causa de que digas “¿por qué a mí?”, o representar una carga en tu vida. Tampoco me gustaría que te avergonzaras de mí (aunque esta no es razón para ello). Eres libre de decidir lo que quieres en tu vida. Tan solo espero que, antes de tomar una decisión, lo medites. Que me des una oportunidad de demostrarte que mi travestismo, lejos de ser un problema, puede ser una gran ventaja y algo que me hace ser único y muy, muy especial.

Sally Beauty y su inclusión

Cómo se nota que la mentalidad de las nuevas generaciones está cambiando, y eso me da un gusto enorme.

No me considero vieja ni anticuada, pero es verdad que soy una travesti a quien le tocó crecer en tiempos que son diferentes a los que vivimos ahora. Cuando era una adolescente comencé a hacer mis primeras compras de prendas femeninas propias. Acudía a los grandes almacenes y, además de adquirir las ropas que tenía en mente, me llevaba una o dos cosas innecesarias con el propósito mental de distraer a la cajera y que no se fijara mucho en que yo era un jovencito comprando ropa interior para mujer. Mientras escogía los atuendos en los pasillos de damas, trataba de no ver a nadie a los ojos, pues sentía que la gente de alrededor me juzgaba por estar ahí buscando tallas y colores de mi agrado.

Sentía (y a veces todavía siento) miedo de entrar a locales pequeños, pues ahí suele haber poca gente y destaco entre la reducida multitud, y los mismos pensamientos de que las dependientas o los otros clientes me juzgan vienen a mí, solo que ya no le doy tanta importancia a esos miedos como antes, y entro y compro mis cosas, aunque saliendo del lugar lo más rápido posible.

Sin embargo, esta semana necesitaba comprar un polvo traslúcido, así que fui a una tienda Sally que queda cerca de mi trabajo. Lo escogí y me dirigí a pagarlo, tratando de poner la voz más grave de lo normal en un patético intento porque la cajera, de unos 25 años, no descubriera que el producto era para mí. Al escanear el artículo, me preguntó si estaba seguro de que era el tono correcto, ya que no había cambios. Yo, dudosa de la respuesta, le dije que sí. Ella se me quedó mirando un instante y luego dijo:

-¿Es para ti?

En una repentina invasión de autoestima y seguridad, generada por la confianza que me inspiró la chica, le contesté la verdad y dije que sí, que el polvo traslúcido era para mí. Ella, sin inmutarse en absoluto, mostrando la misma amabilidad del inicio y como si fuera lo más normal del mundo, me dijo que tenía otro tono que me favorecería más, y me pidió que la siguiera hasta un pasillo concreto. Una vez ahí, me ayudó a escoger algo más acorde a mi color de piel, y me sugirió algunos otros productos para lograr un mejor resultado al maquillarme.

Sobra decir que salí del lugar con una enorme sonrisa en mi rostro. Por primera vez no tuve que esconder mi naturaleza por temor a ser juzgada. Pude ser yo misma ante alguien más y eso me llenó de un sentimiento de satisfacción y felicidad. Gracias, Sally México, por brindar el mismo servicio a todos tus clientes sin importar el género ni las preferencias, pues eso es lo que todas las compañías deberían fomentar.

Relato: Un día vestida de mujer

Es la hora de salida. Me dirijo hacia el reloj checador y, como todos los días, registro la hora en que me retiro de mi empleo. Soy un oficinista cualquiera, genérico, indistinguible entre la masa monótona de trajes de color oscuro, camisas blancas y corbatas que denotan seriedad y profesionalismo. Nada en mí llama especialmente la atención. Mis zapatos están ya desgastados, pues tengo más de dos años utilizándolos a diario, pero eso no me importa demasiado, pues todavía aguantan.

Camino rumbo a la salida de la oficina y en ese momento veo que un grupo de compañeras de Recursos Humanos avanza por delante de mí. Sus tacones producen ese inigualable e inequívoco sonido a cada paso que dan. Me encanta, es como música para mis oídos. Las observo detenidamente y me percato de que una de ellas tiene dificultad para andar con esos no tan altos zapatos de 10 centímetros. Su pisada es plana, sin gracia. Me regocijo en la secreta satisfacción de que yo sé hacerlo mejor y sonrío discretamente. Por otro lado, sí que me gustó su atuendo: lleva una falda de lápiz de color mostaza hasta la rodilla, calzado del mismo tono, una preciosa blusa floreada de botones y unas pantimedias naturales.

Esa última prenda me hace recordar que yo también llevo unas, pero negras, bajo mi pantalón. Además, mi ropa interior es femenina. Incluso hoy, sintiéndome más mujer que de costumbre, me animé a ponerme un bralette bajo la camisa. El miedo a que se notaran los breteles o la forma del sujetador me llevaron a no quitarme el saco en todo el día. Son las cuatro de la tarde. El calor es sofocante y siento que me asfixio, pero prefiero eso a que un mirón malicioso descubra mi más preciado secreto. Soy travesti.

Subo a mi auto y, una vez dentro, me quito esos desgastados zapatos y me los cambio por unos preciosos pumps color nude que guardo debajo del asiento. Me encanta manejar con tacones. Antes de ponérmelos, pienso en lo que dirían mis compañeros de oficina si supieran que traigo las uñas de los pies pintadas de un femenino color rosa. Recorro los treinta minutos que me separan de mi hogar acomáñado por el calor, el tráfico, los semáforos, los limpiavidrios, los cláxones. Por fin pude deshacerme del saco. Me desabotono la camisa y compruebo en el espejo del parasol que así, con la camisa un poco abierta, sí se percibe mi bra. Así continúo manejando.

Aun con la ventanilla abajo, mi cuerpo empieza a transpirar y ello causa que las medias se me peguen a la piel, pero lejos de ser una situación indeseable, la disfruto. A través de las bocinas de mi auto suena una canción de Ariana Grande. Siempre elijo pop cuando estoy en modo femíneo, ya que me ayuda a meterme más en el papel y las sensaciones. Después de lidiar con todo esto, por fin llego a mi casa. Me bajo del automóvil con los tacones puestos, pues la idea de que algún vecino de esos que nunca faltan y a los que les encanta observar las vidas ajenas me vea, me da al mismo tiempo miedo y emoción. Apresurado abro la puerta de mi hogar y la cierro tras de mí. Ahora sí estoy en mi mundo, protegida por estas cuatro paredes que me permiten sacar a mi mujer interna a mis anchas.

Lo primero que haré es tomar una ducha, pues estoy demasiado sudada como para siquiera pensar en ponerme cualquier prenda limpia. Antes de eso, siento la necesidad de orinar. Lo haré sentada sobre el inodoro para sentirme más femenina. Una vez que estoy bañándome aprovecho para rasurarme de nuevo, ya que las puntas de mis vellos comienzan a asomarse por los poros. Ya que estoy en esto y después de pensarlo por tres segundos, decido rasurarme también todo el vello corporal. Pecho, abdomen, piernas, axilas y brazos quedan totalmente libres de pelo. Al salir, me envuelvo en una toalla rosa y la ato desde mi pecho. Tomo otra toalla del mueble de baño y esa la enrollo sobre mi cabello. Me dirijo a mi habitación. Aprovecho la privacidad de mi casa para caminar moviendo las caderas, tal como lo haría una chica. Abro el cajón del maquillaje. Tomo un desodorante para mujer y me lo aplico bajo los brazos.

Ahora es momento de elegir el atuendo. Voy al clóset y saco el cajón de la ropa interior. Hace algunos meses me decidí a eliminar de mi guardarropa todas las trusas y bóxeres de hombre, y ahora uso exclusivamente undies de mujer. Tengo una colección bastante considerable. Me decido por unos briefs azul cielo, ya que dos días antes compré un bra de un tono parecido y quiero ver si combina. Todavía lo tengo en la bolsa, así que lo saco y ¡guau! ¡Parece que de un conjunto se tratara! Combinan muy bien, así que me los dejo puestos.

¿Me pongo falda o vestido? Siempre me cuesta trabajo decidir esto. Vestidos no tengo muchos, pero los poquitos que poseo me encantan. Por otro lado, mi colección de faldas es bastante considerable. Me encantan, son mi prenda favorita y tengo más de ellas que de pantalones.  Después de darle vueltas, recuerdo el atuendo de la chica de RRHH que vi antes de salir de la oficina y me propongo replicar su estilo, así que me decido por una falda muy parecida, pero de color vino, una blusa blanca con puntitos del mismo tono que la falda y unos zapatos de tacón en color uva (cuando comienzas a ser consciente del amplio abanico de tonos que hay disponibles en la ropa de mujer, comprendes perfectamente su necesidad de tener tantos pares de zapatos). Quizá no combine mucho, pero eso no es lo que más importa en este momento, pues nadie me verá. Lo esencial es cómo me hacen sentir esas prendas, y me ponen la piel de gallina al sentir el delicado roce de la suave tela contra mis piernas recién depiladas. Es el paraíso. Complemento la indumentaria con unas pantimedias naturales que todavía no había estrenado.

Llegó la hora de maquillarme. Mi técnica deja mucho que desear todavía, pero debo comentarles que ha mejorado bastante de un año hacia acá. Me propuse eso como meta para el año pasado. Comienzo con un primer para ocultar los poros abiertos que se me ven cerca de la nariz. Me aplico un corrector naranja sobre la sombra de mi barba que, por más al ras que trate de rasurarme, nunca deja de verse con un tono verdoso. Para las ojeras, elijo un corrector blanco y lo aplico en una cantidad considerable. Extiendo ambos productos con mis dedos y los dejo que se absorban por unos segundos. Ahora me aplico la base con ayuda de una esponja y la distribuyo de la manera más uniforme que puedo.

Tomo una paleta de contorneadores y practico una técnica que aprendí en un tutorial en YouTube. Aplico un tono claro en la frente, la nariz, la barbilla y debajo de los ojos, y un tono más oscuro que mi piel en las mejillas y las orillas de la frente. Con ayuda de una esponja húmeda, doy pequeños golpecitos para que el producto se absorba y la diferencia entre tonos no sea tan abrupta. Sello todo con polvo traslúcido. Elijo una paleta de sombras neutras y pinto mis párpados. Ahora las pestañas postizas. Me encanta ponérmelas. Con un rímel elimino el espacio entre las reales y las artificiales. Luego, con un delineador líquido de color negro me hago un cat eye que no me queda perfecto, pero sí regular. Finalizo con un rubor de color melón y así el maquillaje queda listo.

El toque final lo pone una peluca castaña de pelo rizado hasta debajo de los hombros. Como accesorios, unos discretos aretes de clip en forma de perla y un collar de fantasía. Me veo al espejo y exploto en una ola de alegría, felicidad y un poco de excitación. Me veo fantástica. Pocos rastros quedan de ese oficinista que era hace una hora y media y ahora el espejo refleja la imagen de una mujer que irradia sensualidad y hasta un poco de autoridad.

Con mi teléfono me tomo cientos de fotografías en cuanta pose se me ocurre. En una habitación, en otra, en la cocina, en la sala, en el baño, en las escaleras… En mi imaginación me transformo en una cantante, en una aeromoza, en un ama de casa, en una secretaria. Esta noche tengo el privilegio de ser quien yo decida. Puedo cambiar, adaptarme y olvidarme un momento de mis problemas del día a día.

Envío algunas de las mejores fotos por Whatsapp a mi mejor amiga. Ella conoce mi secreto y me apoya. No solo eso, también fomenta mi feminofilia. Me ha regalado algunas blusas y debo decir que su gusto es exquisito y elegante. Ella me considera su amiga mujer y siempre se refiere a mí en femenino, pues sabe que aunque por fuera pueda estar vestido de hombre, mi forma de pensar y ver el mundo es 100% femenina.

Poco a poco la noche llega a su fin y, cansada de modelar, me preparo unas palomitas en el microondas y veo una película en Netflix. Disfruto mucho estar así ataviada y recostada en el sillón de la casa, siendo yo misma sin deberle explicaciones a nadie.

NOTA: Relato ficticio inspirado en una publicación de Julia Gisselle Skye.

Una aclaración

Entre los pocos comentarios que recibo, leí uno que, siendo sincera, me dejó pensando mucho. A raíz del post 5 errores de travesti principiante, una lectora me reclamó por no empoderar a las juventudes y adolescencias que se cuestionan sobre su género, así como también por hablar de la ropa en términos de “para hombre” o “para mujer”, pues argumenta que esto último no tiene sentido, ya que la ropa es solo tela, y quien le da el género es quien la porta. Cabe mencionar que en esto último estoy totalmente de acuerdo, y lo he dejado claro en más de una ocasión. Incluso suelo referirme a esto como “la ropa socialmente asociada con el género femenino”. Lamentablemente, es una realidad que tan solo unas cuantas personas entendemos, pues la gran mayoría de la sociedad que nos rodea nunca entenderá que una falda puede ser portada por quien lo desee y no es exclusiva de las mujeres.

El otro punto, referido al empoderamiento de las juventudes, me exhortaba a no aconsejarles a las chicas que inician en el travestismo a que se sigan manteniendo ocultas. Creo que nunca he aconsejado tal cosa. Nunca he escrito las palabras “amiga, sigue escondida y oculta”. Es verdad que he publicado algunos tips para que no las descubran, pero ello no ha sido con la intención de perpetuar la clandestinidad que caracteriza a este fenómeno. Lo hago porque conozco el miedo que muchas de nosotras sentimos al pensar que alguien puede descubrir ese gusto tan particular por transformarnos. Ya dependerá de cada quién cómo maneja esa situación: si no quiere que nadie lo sepa o si no le importa que se entere todo el mundo. Yo jamás me atrevería a alentar a alguien cuyo entorno desconozco a que se libere de sus miedos y confiese su travestismo a su familia, amigos y compañeros de trabajo. Esa es una decisión completamente personal.

Nunca, en serio nunca ha sido mi intención transmitir la idea de que el travestismo es algo que deba mantenerse oculto y en secreto, o que sea algo de lo que debamos sentir vergüenza. Por el contrario, creo que he tratado de fomentar tanto la propia aceptación como la de las personas a quienes más amamos, díganse padres, hermanos o pareja. ¡Qué lindo sería que todos pudiéramos ser libres y sin que nadie nos juzgara! Pero eso no es más que una utopía, muy distante de la realidad. Lamentablemente vivimos en un mundo distópico y muy cerrado de mente en muchísimos aspectos. Ha habido grandes avances, pero estamos muy lejos de la meta. Debemos manejarnos con precaución, pues sabemos los peligros a los que la comunidad transexual y travesti se enfrenta por algo que es mal comprendido por la sociedad. Es triste y no debería ser así, pero así es.

Yo escribo en estas líneas mis puntos de vista y trato de dar los consejos que a mí me hubiera gustado recibir cuando no sabía qué hacer o qué me pasaba, o cuando caí en errores fatales y a causa de ellos me descubrieron y tuve que atravesar momentos difíciles. Pero esto es un blog, no es una dictadura. Cada quién sabe qué recomendaciones seguir y cuáles no le aplican para su caso, ideología y situación particular.

Muchas gracias.