Vístete de mujer sin que tu pareja se moleste

En una relación de pareja hay dos personas involucradas. Sí, parece una afirmación bastante obvia, pero en ocasiones se nos olvida y tratamos de anteponer nuestras necesidades, ignorando de las del otro integrante de dicha pareja. En el caso puntual del travestismo, suele suceder que, si tenemos una pareja que nos acepta con ese lado tan nuestro, entonces abusamos de esa libertad, muchas veces llegando a desgastar y poner en peligro la relación.

Gracias a este blog he podido tener comunicación con algunas novias y esposas de feminófilos, quienes han tenido la confianza de compartirme sus puntos de vista. Casi en todos los casos los argumentos son similares: piensan que es una homosexualidad de closet, que eventualmente la pareja querrá transformarse en mujer de forma permanente, o mencionan que ellas eligieron estar con un hombre, no con una mujer.

Cuando me comentan este último punto, trato de animarlas, diciéndoles que nosotras no somos mujeres, y tenemos eso bien presente. Sea cual fuere la ropa que nos viste en determinado momento, esas prendas no cambian nuestra esencia y mucho menos, obviamente, nuestra fisiología. Somos hombres aun si llevamos prendas de mujer, nos ponemos nombre de mujer, y actuamos como mujer. También les digo que no nos transformamos en otra persona. Siempre hemos sido así, pero la diferencia es que ahora ellas lo saben. Una parte muy importante de la personalidad que las conquistó proviene de ese lado femenino.

Sin embargo, la línea que separa que ese miedo se transforme en una realidad o se quede solo en un recelo es muy delgada, y a veces puede cruzarse sin que nos percatemos de ello. Sucede que el feminófilo ha vivido una parte muy significativa de su vida ocultando al mundo su gusto por lo femenino. Relegado quizás a una habitación en tinieblas en las madrugadas, con un “guardarropa” limitado a dos prendas refundidas en un oscuro y húmedo rincón y haciendo uso de su imaginación más que de algo tangible para saciar su necesidad de sentirse mujer. De repente se topa con una mujer que lo entiende y acepta su condición, y le permite ejercerla sin tener que esconderse.

Se siente entonces liberado de su confinamiento en la clandestinidad. Comienza a comprar más ropa, más maquillaje, más accesorios. Se maravilla ante la imagen llena de feminidad que el espejo le devuelve. Se le ocurre entonces intentar diferentes looks, otros estilos; se atreve a probar prendas que ni se había imaginado… y comienza entonces a pasar demasiado tiempo explorando a su alter ego femíneo, dejando en su pareja la sensación de que ya no está con un hombre, sino con una mujer, lo cual era uno de los obstáculos que le hacían dudar de aceptar a su par tal cual es.

Por ello, son indispensables los acuerdos. Resulta vital asignar un tiempo bien definido para que el travesti deje salir a su mujer interior. Es complicado, sí, ya que las ganas de sentirse mujer no obedecen un horario. No podemos prever cuándo llegará esa urgencia por ataviarnos con la indumentaria delicada propia de la mujer, así que decir “podrás hacerlo todos los viernes en la noche” no funcionaría al 100%. No obstante, es un buen punto de partida que se puede ir ajustando con el paso del tiempo. Lo importante es mediar; que ninguno de los dos integrantes de la pareja sienta que se aguanta y se queda callado mientras el otro impone su voluntad.

Amiga travesti, entiendo que es complicado atar a tu lado femenino para dejarlo salir tan solo de vez en cuando, pero piensa en tu novia o en tu esposa: para ella tampoco es cosa fácil aceptarte como eres y, si por ella fuera, es muy probable que quisiera eliminar ese lado tuyo. Pero ahí está, tratando de comprenderte y quererte. Así que ese sacrificio que haces valdrá mucho para ella, y le demostrará que te importa, como ella te está demostrando que le importas. Hablen. Platiquen. Sean honestos mutuamente y no se oculten nada relacionado a la feminofilia. Nada hace más daño que las mentiras, incluso aquellas que se dicen “para no lastimar” a la otra persona. Si ya establecieron un límite para que te transformes, respétalo y cíñete a él. Si te dan ganas de vestirte fuera del horario acordado, coméntaselo a tu pareja y juntos busquen una solución. No le mientas, no le des pretextos para ganar tiempo y quedarte más rato en tu casa con ese vestido que te fascina.

Como siempre, espero que este escrito pueda ser de ayuda para alguien.

-Nadia.

¡Ayuda! Mi novio se viste de mujer.

Hace algún tiempo publiqué una entrada con este mismo tema. Está orientada a mujeres cuyas parejas les confesaron su gusto por vestirse como mujer, pero no saben muy bien de qué va el asunto o cómo manejarlo. Sin pretender ser una guía absoluta, tanto el video como el post intentan ser una introducción y una manera de tranquilizar las dudas más frecuentes, para que la subsecuente información que encuentren sea más digerible. Sin más, aquí el video y no olviden compartir para que alcance a aquellas personas que les pueda servir.

Los 7 mitos del travestismo

Como es bien sabido por nosotras, que lo hemos vivido en carne propia, existen muchos prejuicios acerca del travestismo: que es un paso previo a la transexualidad, que es una homosexualidad de closet, que buscamos prostituirnos, que queremos lograr una imagen lo más vulgar posible para atraer hombres…, entre otros mitos.

Hace algún tiempo me encontré un documento en las profundidades de la red en donde hablaba de los siete mitos de la feminofilia, y quise publicarlo en formato de video. Como siempre, espero les ayude para lograr una mayor comprensión y aceptación. Y, de paso, ¡no olviden suscribirse al canal!

La música que acompaña a mi lado femenino

Defiendo con ahínco la afirmación de que los travestis no somos dos personas diferentes habitando un solo cuerpo. No sufrimos síndrome de bipolaridad, no tenemos esquizofrenia. Cuando nos vestimos de mujer, seguimos siendo la misma persona que cuando estamos en nuestra faceta de hombre. Sí, es cierto que externamos otros aspectos que como varones no exponemos, pero nuestra forma de pensar, nuestros ideales y nuestros gustos son constantes entre uno y otro lado de la frontera de género.

Dicho esto, es también cierto que, mientras nuestro lado femenino nos domina, nos permitimos ciertas libertades que la sociedad suele restringir a los hombres. Una de ellas son los gustos musicales. Con el tiempo he aprendido a no dar mucha importancia a los que personas que no poseen un lugar especial en mi vida piensen de mí, y ahora no escondo lo que me gusta, pues no debo avergonzarme de lo que soy. Pero sí que sigo siendo blanco de algunos comentarios machistas cuando se enteran de la amplia variedad de mis preferencias musicales.

Antes de proseguir, quiero dejar muy en claro que pienso que la música no tiene género. No hay música para hombres ni música para mujeres, Todos podemos disfrutar de escuchar lo que más nos plazca… en un mundo ideal. Sin embargo, en la realidad sí que se estigmatiza esta cuestión y se etiqueta a los géneros como el rock duro y estridente para los hombres, y el pop más suave y gentil para las mujeres. Siguiendo esta lógica ilógica, hoy hago una lista de lo que mi lado femenino prefiere escuchar cuando toma las riendas de mi vida.

Ariana Grande.

Taylor Swift.

Avril Lavigne.

Selena Gomez.

Dua Lipa.

Katy Perry.

Camila Cabello

Britney Spears

Paty Cantú

S Club 7

Sophie Ellis-Bextor

Y muchas más. Incluso tengo una lista en Spotify llamada “girly”. Esta música me acompaña en mis rituales de transformación y está conmigo mientras me rasuro el cuerpo, me maquillo y escojo mis atuendos. En otras ocasiones, la pongo mientras manejo hacia el trabajo, aunque en ese momento no esté transformada en Nadia. Me ayuda a sentirme femenina cuando por alguna razón no puedo externar ese sentimiento. Hay momentos en los que sí doy rienda suelta a mi imaginación y me visto específicamente para imaginar ser alguna de esas cantantes. Me pongo el atuendo que más se parezca a alguno de los que ellas utilizan sobre el escenario, pongo la cámara del celular en modo video, la pista de la canción a todo volumen y me grabo interpretando sus temas, como si de un concierto se tratara.

Claro está que esos clips se quedan reservados para la privacidad, pues no me atrevo a que alguien más me vea haciendo el ridículo mientras imagino ser Taylor Swift o Katy Perry, por ejemplo. Ustedes ¿qué música escuchan para alimentar ese lado femenino que vive en su interior?

Quiero agradecer a mi amiga Selena Sofía por la idea para redactar este post. ¡Espero te guste, amiga!

Por un mundo con más feminófilos

En más de una ocasión, de esas noches en las que caigo presa del insomnio y mi cerebro se entretiene imaginando las situaciones más inverosímiles posibles, he imaginado cómo sería nuestra existencia si hubiera más hombres feminófilos, si el gusto de un hombre por vestir y actuar como mujer fuera la regla y no la excepción. Claro que se puede argumentar que si tal fuera el caso, quizá el propio travestismo perdería el sentido, ya que dejaría de ser un acto transgresor para convertirse en parte de la indumentaria aceptada también para los varones.

Como he expresado antes, parte del atractivo que para nosotras tiene el vestir como mujer radica en que es algo “prohibido”. Si alguien me pusiera enfrente un pijama de satín para mujer, y uno para hombre hecho exactamente de la misma tela, escogería mil veces el de mujer. No es solo la tela, no es solo la sensación. Es también la forma y el acto de violar ese límite imaginario impuesto por la sociedad.

Como sea, y dejando a un lado el tema de la vestimenta, quiero concentrarme en el lado emocional del feminófilo promedio. Solemos ser mucho más comprensivos con la mujer que el hombre no-feminófilo. Nos ponemos en su lugar, ya que tenemos un punto de vista más cercano a su entorno y su realidad. Sabemos lo que se siente el temor a salir a la calle con cierta prenda a causa de las miradas indiscretas, los piropos malintencionados, los insultos o, incluso, las agresiones físicas. Despreciamos el machismo y repudiamos todo atisbo de supuesta superioridad masculina. Sabemos que hombres y mujeres somos diferentes, pero creemos en la igualdad derechos y oportunidades. Nos sentimos profundamente ligados al género femenino, aun cuando no pertenecemos directamente a él.

No nacimos en el país de las mujeres, pero hemos decidido adoptar dicha nacionalidad. Para ganárnosla hemos observado y calcado los comportamientos femeninos, así como su forma de pensar. Somos alumnas silenciosas, observando y tratando de aprender lo más posible de esas maestras que nos enseñan sin saberlo. Es por eso que estoy convencida de que un mundo con más feminófilos sería un lugar más equitativo para la humanidad. Podría ser una estupenda herramienta para acabar con ese sentimiento tan dañino de menospreciar a la mujer por el simple hecho de serlo.

Existirían menos abusos. Seríamos más comprensivos, menos violentos. Dejaríamos de criar hijos basándonos en anticuados estereotipos de género. Entenderíamos que formamos parte de un enorme abanico de diversidad en el que hay cabida para todos. Pararíamos de sexualizar a las mujeres, pues muchas de nosotras las vemos con genuina y profunda admiración, y no como alguien a quien queremos agredir sexualmente.

Al final del día, la sociedad nos ha hecho refugiarnos en las sombras y en la clandestinidad. Existimos sin existir. Somos un mito, un tabú. Un habitante de un mundo paralelo. Pero quizá, después de todo, seríamos pieza clave en el cambio que el mundo necesita urgentemente.

Tú ¿cómo imaginas que sería una sociedad con más feminófilos?

¿Somos especiales?

Hace un momento leía en Facebook una publicación de una feminófila en la que decía que su vida era prácticamente normal, exceptuando, por supuesto, su afición por vestirse de mujer.

Es claro que, para el ciudadano promedio, aquel que no tiene un conocimiento específico de lo que es la feminofilia, la palabra travesti le evoca una imagen negativa, grotesca quizás. Esta imagen es producto de la desinformación y el mal uso que históricamente se le ha dado a dicho vocablo, que se utiliza para designar genéricamente a quienes se prostituyen mientras portan vestimentas femeninas.

Pero no todos los travestis deseamos prostituirnos. Muchos somos felices simplemente vistiéndonos en la intimidad de nuestra habitación, alejados de las miradas morbosas, con nuestros espejos y cámaras fotográficas como únicos testigos de nuestra transformación. Lejos de esa imagen que se forma en las mentes de los que desconocen el verdadero significado, en donde tal vez nos caracterizan como un ser lascivo, ávido de sexo, pervertido, inestable mental, maniático e incluso depresivo, el feminófilo estándar no posee alguna característica especial. Somos, en cierto sentido, bastante aburridos.

Es muy probable que, incluso, podamos llegar a decepcionar a alguien que desee conocernos sin saber de nosotros nada más que nuestra afición por transformarnos en mujeres. No tenemos nada de especial. Espero que esto no se malentienda. ¡Claro que somos especiales! Nuestra feminofilia nos hace ser únicos. A lo que me refiero es a que nuestro aspecto no delata para nada nuestra condición. No damos indicios de ser diferentes al varón promedio.

Nuestras vidas cotidianas no tienen mucho de extraordinario. Vamos a trabajar, tenemos pareja, practicamos deportes con nuestros amigos, jugamos videojuegos, escuchamos música, nos gusta leer, mirar series, nos ocupamos de las reparaciones de la casa, y un largo etcétera.

No somos ninguna clase de monstruos. No vamos por la vida buscando sexo desenfrenado, no pasamos todo el tiempo transformados en mujeres. Somos seres humanos con una única particularidad: nos gusta vestir las prendas propias del género opuesto. Nada más.