Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 2

Durante esta etapa, ya había reconocido plenamente mi condición de feminófila. Ya sabía de qué se trataba el asunto. Me había aceptado a mí misma y vivía mi dualidad con mucho encanto. Me había acostumbrado también a vivir con esa culpa momentánea que me atacaba luego de cada sesión de transformación. Se puede decir, de alguna manera, que ya había domado a mi travestismo.

Continuaba viviendo con mis padres, eso sí, así que el tema de vestirme con ropa que no era mía seguía presente, de vez en cuando permitiéndome comprarme una que otra prenda que acababa desechando algunos meses después por temor que mis papás la encontraran. Sin embargo, había algo de luz en ese túnel. Una tía y su esposo vivían en una zona residencial de la ciudad. No vivían como millonarios, pero sí tenían un nivel económico que les permitía desenvolverse sin preocupaciones. Nunca tuvieron hijos, así que se permitían algunos lujos. Y uno de esos lujos, para mi tía, era la ropa. Es cierto que esta tía no tenía un gusto más juvenil que mi mamá, pues incluso era más grande que ella. No obstante, sí que tenía una debilidad decantada por los vestidos y las faldas. Debido a que ellos viajaban con regularidad y no les agradaba mucho la idea de dejar su casa sola, me pedían que pasara las noches ahí mientras ellos estaban fuera.

Aprovechaba estas oportunidades para dar rienda suelta a mis ganas de convertirme en Nadia (nombre que, por cierto, todavía no tenía en ese entonces). Me probaba una gran cantidad de su guardarropa y me daba vuelo caminando por lo largo y ancho de su casa. Paseaba por las habitaciones, bajaba y subía las escaleras, me sentaba a mis anchas en los sillones de la sala, preparaba mis alimentos en la cocina, me miraba en cada espejo que encontraba y todo con ropa de mujer. Ahí no tenía que restringirme a mi pequeña habitación a altas horas de la noche y sin hacer mucho ruido. No. Ahí podía gozar de un poco más de libertad.

En una ocasión, hurgando en los cajones de la gaveta del baño, encontré un paquete de rastrillos. Tomé uno y sopesé largamente la idea de rasurarme las piernas. Nunca lo había hecho, pero extrañaba muchísimo la época en que no tenía vello en ninguna parte de mi cuerpo. Antes tenía mis piernas suaves y tersas, pero no tenía faldas. En ese momento estaba ahí con varias faldas a mi alcance, pero mis piernas no lucían bien con tanto filamento capilar. Era momento de combinar ambas cosas: lucir una falda con mis piernas sin vello. Lo medité por un largo rato, pues me daba miedo la idea de que alguien (mis padres, sobre todo) pudiera descubrir que me había rasurado las piernas. No tenía manera de explicar esa acción y recordemos que mis papás ya tenían una fuerte sospecha de mis tendencias feminófilas a causa de haberme sorprendido en ocasiones anteriores.

¿Qué creen que pasó? Pues sí. Mi razonamiento estaba un poco nublado por la cantidad de endorfinas que la urgencia por travestirme liberaba en mi torrente sanguíneo en ese instante. Busqué la crema de afeitar de mi tío, unté todas mis piernas con ella y pasé el rastrillo de abajo hacia arriba. No fue un recorrido muy largo, pues se saturó a causa de la cantidad de vello removido. Así que tuve que limpiarlo y dar otro jalón. Fue un proceso tardado y tedioso a causa de mi nerviosismo, mi inexperiencia y la cantidad de vello, pero después de unos veinte minutos la pierna derecha estaba suave como la seda.

Repetí el ejercicio en la pierna izquierda, que me costó un poco más de trabajo. Al final, no pude hacer otra cosa más que sonreír al admirar mis piernas libres de ese molesto pelo que las envolvía. Enjuagué con agua caliente los restos de crema de afeitar y me apliqué una crema humectante en la totalidad de mis extremidades. ¡Oh, la suavidad! Parecía que mi piel había despertado de un letargo y ahora era capaz de sentir cualquier mínimo roce, y percibir todo contacto. Me fui corriendo al cajón donde sabía que mi tía guardaba sus pantimedias y escogí, como casi siempre, unas naturales.

Al ir subiéndolas, las sensaciones me transportaban al cielo. No podía creer lo que el nailon abrazando mis piernas me hacía sentir. A día de hoy, esa sigue siendo una de mis sensaciones favoritas. Con esta experiencia se abrió una nueva puerta en mi proceso feminófilo, fue como un cambio de fase, una evolución hacia un adentramiento más profundo en este hermoso mundo de vestirme de mujer.

Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 1

3 thoughts on “Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 2

  1. Q lindo , sobre todo el depilarse no solo sola las piernas sino toda todita como lo hago yo, su que les confieso que para mí ficha ya casi no lo tengo q hacer x w no me salen casi nada, serán las hormonas vegetales q consumo hace rato, un abracito, Nadia, ciaou

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  2. Hola Nadia, me dio mucho gusto encontrar tu blog, leyendo tus experiencias, estaba recordando las mías y son muy similares, gracias por crear este espacio en el cual se puede platicar y compartir, voy a ser una visitante asidua. Saludos.

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