La historia de Sandra, una de nuestras lectoras.

Hola, Nadia.

Soy una seguidora de tu blog desde hace unos años, pero nunca me había animado a escribir por temor a salir de la seguridad del anonimato. Lo que al final hizo que me decidiera es que quiero dejar de vivir con miedo a la opinión que los demás tienen de mí y pasar mi vida a mi manera, así que te platicaré mi historia de forma más bien resumida.

Mi nombre de mujer es Sandra y actualmente vivo en Medellín, Colombia, pero soy nacida en Santiago de Chile. Descubrí mi travestismo a una edad no muy temprana, como he leído que a varias de ustedes les ha pasado. La primera vez que me vestí de mujer tenía 27 años. Hoy tengo 58 y desde que comencé no he parado. No he podido, aunque valga decir que lo he intentado muchas veces. Algunas por iniciativa propia, y otras más por necesidad.

Mi historia comenzó de manera fetichista, pues a modo de juego con una exnovia durante un encuentro erótico, me puse su sujetador y sus bragas. Fue notoria la erección a través de la tela de estas últimas y mi desempeño sexual fue mucho mayor comparado con las veces anteriores, así que a partir de allí lo que ella me pedía era que me pusiera esas prendas más seguido, antes de comenzar a intimar.

Yo no sentía la necesidad de ponérmelas en algún otro momento de mi vida, ni tampoco anhelaba la ocasión de los encuentros sexuales con el fin de vestirme de mujer. Lo veía, en ese entonces, como una mera herramienta para aumentar mi capacidad de satisfacer sexualmente a mi pareja. Funcionaba y ya está. Sin embargo, el punto en donde todo cambió llegó en una fiesta de disfraces. Mi pareja me retó a que, bajo mi disfraz, me colocara el brassiere y las bragas durante toda la fiesta. Nunca me las había dejado puestas durante tanto tiempo, y la adrenalina al pensar que alguien podía verme me encantó.

Ahí inició el viaje y considero ese punto como el nacimiento de Sandra. Desde ese momento, siempre asesorado por mi pareja, fui atreviéndome a usar más prendas y durante períodos más prolongados. Me llevaba medias al trabajo, usaba blusas ocultas bajo mis camisas, me pintaba las uñas de los pies. Comencé a desesperarme por llegar a casa para vestirme por completo con indumentaria femenina. Compraba mis propias prendas y, en algún momento, me vestía aun cuando mi pareja no estaba presente, hecho que fue dañando poco a poco la relación, pues ella ya no lo veía como parte de un juego entre ambos, sino como una costumbre que yo llevaba a cabo sin importar si estaba con ella o a solas.

Dos o tres años después la relación llegó a su fin. No fue explícitamente debido a mi travestismo, sino a otra clase de problemas, pero hay que decir que esta conducta sí que nos alejó y debilitó el noviazgo que manteníamos. Cuando me vi hundida en la soledad, Sandra explotó y tomó el control de mi comportamiento. Aunque siempre a solas, pues, como ya dije al principio, vivía presa de la opinión que los demás tuvieran de mí. Fue también por eso, y gracias a que mi trabajo me daba la oportunidad de viajar con mucha frecuencia, que restringía mis transformaciones solamente a ciudades fuera de la mía, en la que el número de personas que me conocían era extremadamente limitado.

Siempre cuidé muy bien de mi segunda identidad, la mantuve en extremo secreto. Aprendí a vivir con esta doble personalidad y a ocultar muy bien las huellas propias de esta actividad… hasta que un descuido mínimo desencadenó una serie de eventos que terminó en que una compañera de trabajo descubriera mi “pasatiempo”.  No entraré en detalles, pero te cuento que esto no fue del todo malo, pues pareció que el destino no hizo más que juntar a dos personas con mentalidades y aficiones parecidas. Ella era una mujer que se permitía ciertas tendencias bisexuales, así que mi travestismo le pareció un buen modo de dar escape a sus inquietudes sin dar un paso más definitivo.

Transcurrió algo más de un año y la monotonía tocó a nuestra puerta. Entonces yo decidí dar por terminada la relación, cosa que a ella no le sentó muy bien. A manera de tratar de retenerme, amenazó con develar mi secreto entre mi ambiente laboral, lo cual era mi mayor temor. Al final no lo hizo, pero la situación propició que yo me replanteara seguir laborando en ese lugar y busqué poner distancia entre ella y yo. Así fue como llegué a vivir a Colombia. Se me acaba el tiempo para seguirte contando, Nadia. Pero ya te escribiré para seguir relatándote mi historia.

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