Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 1

Tres décadas son un tiempo considerable en una vida humana. Tres décadas es lo que llevo con mi feminofilia. A través de todo este tiempo, mi gusto por vestirme como mujer ha ido mutando, transformándose poco a poco y generándome ciertas dudas en el proceso, mismas que se han ido disipando hasta dejarme hoy con una idea mucho más clara de lo que soy: una feminófila.

Una gran parte de mi travestismo la viví en secreto, confinada en la soledad de mi habitación y a veces a altas horas de la noche, aprovechando que mis papás dormían. Agazapada en las sombras y sin atreverme a cosas que hoy me parecen imprescindibles, como el uso de maquillaje o de una peluca. No lo sé, pero siento que es la manera en que la mayoría de nosotras comenzamos a andar este femenino camino.

Las únicas prendas de las que disponía en los inicios de mi travesía eran de mi mamá o de una de mis tías, y me quedaban considerablemente grandes. No obstante, ya era yo entonces una fanática empedernida de las sensaciones que el satín producía en mi piel, siendo los fondos las prendas que con mayor frecuencia me colocaba. Algunas veces encontraba también un par de zapatillas, en las que mis pies nadaban y con las que se me dificultaba enormemente caminar. Pero no importaba, me sentía mujer. Por supuesto que en ese momento carecía del entendimiento necesario del fenómeno como para deducir que esa parte de mí necesitaba su propio nombre femenino, pero ya se asomaba mi gusto por utilizar los adjetivos correspondientes a mi vestimenta.

Al ir creciendo, lentamente adquirí las proporciones físicas para que la ropa que tenía a mi alcance ya no me quedara tan holgada, pero seguía dependiendo del gusto de mi mamá, que no siempre concordaba con el mío. Yo anhelaba vestir más juvenil; probarme minifaldas, zapatos de tacón o blusas sin mangas, pero me conformaba con el estilo aseñorado del ropero de mamá. Afortunadamente, ella siempre ha gustado de maquillarse, aunque no de manera muy profesional, sino más bien sencilla. Pero podía encontrar labiales y sombras en su maletín de maquillaje. Así fui también aprendiendo, de forma completamente autodidacta (hablamos de una época sin acceso a internet), algunas primitivas técnicas y trucos para aplicar esos colores en mis labios y párpados.

Hubo un período en que mis dos padres trabajaban, y gracias a eso podía permitirme pasar las tardes enteras sola en casa. Estaba yo cursando la secundaria en ese tiempo, así que todavía mi cuerpo era lampiño, pero mi estatura y proporciones comenzaban a plantear la dificultad de que la ropa de mi mamá no me quedara más. Haciendo acopio de mis ahorros escolares, empecé entonces a comprar mis propias prendas. Claro que esto no fue sencillo, pues desconocía por completo la diferencia entre las tallas de mujer y de hombre; se presentaba además la carencia de un lugar en dónde ocultar esa ropa con seguridad. Mi estrategia consistía en la prueba y el error, y desperdiciaba a veces ese poco dinero que lograba reunir en ropa que no me quedaba. Aun cuando la casualidad me inspiraba para encontrar algunos undies o unas pantimedias de mi talla, prendas que solía comprar por su menor volumen y mayor facilidad de ocultar, el miedo por ser descubierta me llevaba a deshacerme de ellas con relativa rapidez, tan solo después de haberlas utilizado un par de ocasiones.

Siendo hija única, con el pasar de los años desarrollé una relación cercana con mis primos y primas, quienes eran como mis hermanos. Sin embargo, no nos veíamos muy seguido. Pero cuando teníamos oportunidad de convivir, yo envidiaba profundamente los atuendos de mis primas, sobre todo las de edad más cercana a la mía. Así que era natural, supongo, que aprovechara las oportunidades que se me presentaban para probarme algunas de las prendas suyas que más me gustaban. Cabe aclarar que no me robaba estas prendas, sino que solo las tomaba prestadas (sin el consentimiento ni conocimiento de las dueñas, claro está); las llevaba a mi casa a escondidas, me las colocaba y echaba a volar mi imaginación, pensando en que yo era una hermosa y sensual adolescente, y al cabo de unos días las regresaba a sus ubicaciones originales, lo cual a veces planteaba un reto mucho mayor al de sustraerlas.

Más o menos de la misma manera transcurrieron unos veintidós o veintitrés años de mi existencia, travistiéndome con prendas ajenas y sin confesar mi secreto a nadie, fuera de las veces en que mis papás me descubrieron.

Con la pubertad llegaban nuevos problemas: el vello, el ensanchamiento de la espalda, la masculinización de las facciones, el cambio de voz, entre otros. Cada vez era más difícil encontrar ropa que se ajustara a mis medidas entre el guardarropa de mi mamá o de mis primas, pues mi cuerpo se iba diferenciando más del suyo con cada día que pasaba. Además, la utilización de medias o pantimedias ya no me provocaba tanto placer como antes, por culpa de los vellos en mis piernas, que hacían que estas prendas lucieran un tanto grotescas. Algo similar ocurría en mis axilas, provocando que el uso de blusas o vestidos sin mangas se tornara en un recuerdo lejano. Estas mutaciones hicieron que el espejo dejara de reflejar a una tierna niña adolescente, para dar paso a la imagen de un hombre vestido de mujer, aumentando así la distancia entre la mujer que habitaba en mi imaginación y la realidad del hombre en que me estaba convirtiendo.

Después de vivir así por algún tiempo más, llegó una transición importante en mi vida, época que me permitió por primera vez atreverme a rasurarme ese vello de piernas, axilas, pecho y abdomen que ya me resultaba insoportable para mis propósitos travestis. De eso les platicaré en una siguiente publicación.

3 thoughts on “Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 1

  1. Hola Nadia,

    Agradezco tu blog, en el he encontrado una persona que ha vivido situaciones similares a las mias. Es bueno saber que somos muchas y que podemos encontrar espacios para hablar.

    Sigue con tus posts.

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  2. me identifico al 100% con el relato, yo empece a rasurarme hace dos años, a mis 45, y es una experiencia indescriptible, lo malo es la comezon y las ronchitas que salen casi de inmediato, y nada mejor que cuando puedes comprar tus cosas…

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