El vestido que cambió mi destino

Hace unos días, mientras buscaba algunas fotografías mías transformada para juguetear con ellas en Face App, me encontré unas en donde traigo puesto un vestido azul. Es una prenda de estilo elegante, como para utilizarla en alguna graduación o una cena empresarial. Y fue justamente ese el origen de dicho vestido.

Algunos años atrás trabajaba en una empresa en la que era costumbre hacer una cena para todos los empleados durante el mes de diciembre. El código de vestimenta para dicha reunión era formal: hombres con traje y corbata, y mujeres con vestido. Todos sacábamos nuestros mejores atuendos para la ocasión o, incluso, había quienes adquirían los ajuares específicamente para acudir a la celebración. La pareja que tenía en esos tiempos sabía de mi feminofilia, pero no la aceptaba para nada. Su meta era lograr que yo abandonara esta conducta y se molestaba muchísimo cuando se enteraba o sospechaba que yo me travestía.

Yo acudiría con ella a la fiesta. En los días previos estábamos emocionados por arreglarnos de la manera más refinada. Hicimos un trato: yo le regalaría un vestido y ella me regalaría un traje; el plan era ir combinados. Un día, caminando por una plaza comercial, vimos una tienda de vestidos. La insté a entrar para que los viera y, si le gustaba alguno, lo escogiera para regalárselo. Así fue y seleccionó uno azul, muy bonito, por cierto. La fiesta se celebró sin nada especialmente remarcable.

Ya en enero del año siguiente, y como es costumbre en los grandes almacenes para deshacerse de la ropa antes del cambio de temporada, se celebraba una barata de invierno. Yo fui porque suele haber excelentes ofertas y es una muy buena oportunidad para comprar prendas de buena calidad a precios accesibles. Cuál fue mi sorpresa que ¡encontré el mismo vestido que le había regalado un mes antes! Y, además, ¡de mi talla! No lo pensé dos veces y lo compré. Llegué a mi casa, me lo probé y me quedó perfecto. Como era de esperarse, me tomé algunas fotos que, por descuido, no borré de mi celular.

No pasaron ni 24 horas antes de que las descubriera y se armara la bronca. A priori ella creyó que las fotos me las había tomado con su vestido, lo cual la enfadó bastante. Su furia aumentó aún más cuando le expliqué que, de hecho, ese no era su vestido, sino que yo me había comprado uno igual. Los insultos no tardaron en llegar y la pelea que tuvimos nos llevó al término de la relación, cosa que, para ser honesta, agradecí demasiado. Así que se puede decir que ese vestido azul cambió mi vida, y para bien.

Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 2

Durante esta etapa, ya había reconocido plenamente mi condición de feminófila. Ya sabía de qué se trataba el asunto. Me había aceptado a mí misma y vivía mi dualidad con mucho encanto. Me había acostumbrado también a vivir con esa culpa momentánea que me atacaba luego de cada sesión de transformación. Se puede decir, de alguna manera, que ya había domado a mi travestismo.

Continuaba viviendo con mis padres, eso sí, así que el tema de vestirme con ropa que no era mía seguía presente, de vez en cuando permitiéndome comprarme una que otra prenda que acababa desechando algunos meses después por temor que mis papás la encontraran. Sin embargo, había algo de luz en ese túnel. Una tía y su esposo vivían en una zona residencial de la ciudad. No vivían como millonarios, pero sí tenían un nivel económico que les permitía desenvolverse sin preocupaciones. Nunca tuvieron hijos, así que se permitían algunos lujos. Y uno de esos lujos, para mi tía, era la ropa. Es cierto que esta tía no tenía un gusto más juvenil que mi mamá, pues incluso era más grande que ella. No obstante, sí que tenía una debilidad decantada por los vestidos y las faldas. Debido a que ellos viajaban con regularidad y no les agradaba mucho la idea de dejar su casa sola, me pedían que pasara las noches ahí mientras ellos estaban fuera.

Aprovechaba estas oportunidades para dar rienda suelta a mis ganas de convertirme en Nadia (nombre que, por cierto, todavía no tenía en ese entonces). Me probaba una gran cantidad de su guardarropa y me daba vuelo caminando por lo largo y ancho de su casa. Paseaba por las habitaciones, bajaba y subía las escaleras, me sentaba a mis anchas en los sillones de la sala, preparaba mis alimentos en la cocina, me miraba en cada espejo que encontraba y todo con ropa de mujer. Ahí no tenía que restringirme a mi pequeña habitación a altas horas de la noche y sin hacer mucho ruido. No. Ahí podía gozar de un poco más de libertad.

En una ocasión, hurgando en los cajones de la gaveta del baño, encontré un paquete de rastrillos. Tomé uno y sopesé largamente la idea de rasurarme las piernas. Nunca lo había hecho, pero extrañaba muchísimo la época en que no tenía vello en ninguna parte de mi cuerpo. Antes tenía mis piernas suaves y tersas, pero no tenía faldas. En ese momento estaba ahí con varias faldas a mi alcance, pero mis piernas no lucían bien con tanto filamento capilar. Era momento de combinar ambas cosas: lucir una falda con mis piernas sin vello. Lo medité por un largo rato, pues me daba miedo la idea de que alguien (mis padres, sobre todo) pudiera descubrir que me había rasurado las piernas. No tenía manera de explicar esa acción y recordemos que mis papás ya tenían una fuerte sospecha de mis tendencias feminófilas a causa de haberme sorprendido en ocasiones anteriores.

¿Qué creen que pasó? Pues sí. Mi razonamiento estaba un poco nublado por la cantidad de endorfinas que la urgencia por travestirme liberaba en mi torrente sanguíneo en ese instante. Busqué la crema de afeitar de mi tío, unté todas mis piernas con ella y pasé el rastrillo de abajo hacia arriba. No fue un recorrido muy largo, pues se saturó a causa de la cantidad de vello removido. Así que tuve que limpiarlo y dar otro jalón. Fue un proceso tardado y tedioso a causa de mi nerviosismo, mi inexperiencia y la cantidad de vello, pero después de unos veinte minutos la pierna derecha estaba suave como la seda.

Repetí el ejercicio en la pierna izquierda, que me costó un poco más de trabajo. Al final, no pude hacer otra cosa más que sonreír al admirar mis piernas libres de ese molesto pelo que las envolvía. Enjuagué con agua caliente los restos de crema de afeitar y me apliqué una crema humectante en la totalidad de mis extremidades. ¡Oh, la suavidad! Parecía que mi piel había despertado de un letargo y ahora era capaz de sentir cualquier mínimo roce, y percibir todo contacto. Me fui corriendo al cajón donde sabía que mi tía guardaba sus pantimedias y escogí, como casi siempre, unas naturales.

Al ir subiéndolas, las sensaciones me transportaban al cielo. No podía creer lo que el nailon abrazando mis piernas me hacía sentir. A día de hoy, esa sigue siendo una de mis sensaciones favoritas. Con esta experiencia se abrió una nueva puerta en mi proceso feminófilo, fue como un cambio de fase, una evolución hacia un adentramiento más profundo en este hermoso mundo de vestirme de mujer.

Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 1

Relato travesti colectivo

Con la misma inercia de incentivar la participación de las lectoras y los lectores, se me ocurrió que entre todos escribamos una historia relacionada con la feminofilia. La idea es simple: Comenzaré escribiendo la base y ustedes la continúan en los comentarios. Yo iré actualizando este post para agregar las nuevas partes a la historia original. Únicamente un par de reglas:

  • La historia puede tener tintes eróticos, pero sin llegar a ser explícita. No escribir escenas pornográficas.
  • No emplear palabras altisonantes.

Sin más dilación, aquí vamos.

Eran las 6:15 am cuando sonó el despertador. De mala gana, Efraín estiró la mano para alcanzar su celular y desactivar el molesto pitido. La habitación estaba a oscuras, pues todavía era muy temprano para que se asomara el Sol por la ventana. Dicen que cuando el sentido de la vista se encuentra atenuado, los demás se intensifican, y en ese momento Efraín pudo constatar que el tacto se encontraba agudizado. Sintió cada uno de los pliegues del camisón de satín sobre su piel. Sonrió, y su instinto animal lo llevó a posar su mano en su entrepierna y comenzar a acariciarse. Despacio. Poco a poco, de arriba hacia abajo, hasta que sintió cómo su zona sexual también despertaba lentamente aquella fría mañana de enero.

Cerró los ojos para agudizar aún más el tacto. Aprovechó para dejar volar su mente: imaginó que quién estaba acostado en la cama no era él. Bueno, en estricto sentido sí era él, pero no era Efraín, sino Natalia, la contraparte femenina que vivía en su interior. En su fantasía, ella se disponía a comenzar la semana con mucha actitud, pero se permitía un momento de relajación antes de salir de la cama. Todo esto lo imaginaba mientras continuaba autoestimulándose. Qué deliciosa sensación. Cuando estuvo a punto de llegar al clímax, se detuvo, pues había hecho esto las suficientes veces como para saber que, de culminar, la culpa lo habría invadido y las ganas de sentirse mujer desaparecerían. Sí, era un hecho que volverían, pero no sabía cuánto iban a tardar y él, o ella, tenía muchísimos planes femeninos para esta semana. Así que salió de la cama y puso rumbo a la ducha.

Efraín o, mejor dicho, Natalia, vivía sola. Tenía 29 años y hacía dos había decidido salirse de la casa de sus padres para gozar de la libertad de travestirse cuando las ganas la invadieran. Esta soledad le permitía darse ciertos lujos, como tener una habitación dedicada a su lado feminófilo. Con las paredes pintadas de un rosa pastel; un tocador repleto de productos de belleza y con un gran espejo enmarcado con luces; un clóset lleno de blusas, faldas, vestidos, zapatos, pelucas y ropa interior y un librero con animales de peluche y plantas, esa habitación no dejaba lugar a dudas de que su inquilina era una mujer.

Salió del cuarto y se metió en la regadera. Aprovechó el baño para rasurarse completamente al ras. Su champú desprendía un alegre olor a fresas. El estropajo y el jabón eran rosas. Dos días antes se había rasurado todo el vello del cuerpo, y las puntas comenzaban a asomarse a través de su piel, así que decidió dar un retoque. Tomó el rastrillo femenino y así lo hizo. Al salir, se dirigió de nuevo a su dormitorio, donde yacía el atuendo que había escogido la noche anterior: un bralette color verde pistache con unas undies de satín a juego y pantimedias naturales, No era mucho, pero no quería que nada se notara bajo la ropa de hombre que llevaría al trabajo: una aburrida camisa blanca, un hosco pantalón gris y un suéter azul marino.

(Min) Todavía sintiendose Natalia, se desenredó la toalla que traía puesta hasta las axilas como toda una señorita; por supuesto, también traía otra toalla envolviendo su cabello. Decidida a disfrutar el proceso, se colocó las undies intentando que la parte frontal se notara plana. Después, el bralette; al pasar los brazos por debajo de los tirantes pensó que le hubiera gustado mucho más usar un brassiere, pero las varillas y breteles se podían notar y consideró esto un riesgo innecesario. Además, el bralette tenía un hermoso encaje y no se notaba nada a través de la camisa y del suéter. Por último, deslizó las pantimedias, sintiendo el roce con sus piernas recién depiladas, una de sus sensaciones favoritas al transformarse. En este punto decidió mirarse en el espejo de cuerpo completo que había adquirido para admirar y modelar sus atuendos. Sintió ganas de permanecer así por más tiempo y un dilema se abrió en su cabeza.

(Leyla) Sobresaltado, descubrió que su cuerpo lo invitaba a dejar de lado el plan de asistir a la oficina, para disfrutar todo el día ataviada como tanto le gustaba. Sin embargo, la emoción por la sensación de asistir y pasar el día en esa mezcla entre hombre y mujer hacía que su día se transformara en una experiencia muy erótica y satisfactoria.

Su sentido de responsabilidad la hizo continuar con su día a día en las labores de oficina. No obstante, sentir sus piernas cubiertas por ese delicado roce de las medias, así como el bralette cubriendo su pecho, hacían de esa jornada una ocasión especial, pues era la primera vez que se atrevía a cruzar el umbral de su habitación. Sentía que su cuerpo se llenaba de un mar de sensaciones, debido a que, en el traslado hasta la oficina y durante todo el trayecto, esta vez en transporte público, creía ver, al pasar por los aparadores el reflejo de Natalia, quien le sonreía en cada uno de los escaparates y provocaba que tomara más tiempo de lo habitual en llegar a la oficina, y le llenaba la mente de nuevas ideas e ilusiones.

Ese día era especial. Desde la noche anterior había elegido las prendas que usaría como Natalia. Su lado femenino había tomado el control de su persona y Efraín se había transformado en un simple espectador, el cual estaba fascinado con lo que estaba experimentando, dejando que su parte femenina tomara las riendas de su vida, aunque fuese por ese día, aunque fuese a medias.

¡Continúen!

Libro: Mi camino hacia el amor propio – Victoria Volkóva

Conocí a Victoria Volkóva hace ya varios años, cuando la vi como ponente en un debate acerca de distintos tópicos de sexualidad en Telehit. Entré a su canal de YouTube al verlo anunciado en dicho programa para ver qué clase de contenido creaba, pues sus opiniones me parecieron muy acertadas y quise conocer su historia un poco más a fondo.

En este espacio ella hablaba de cuestiones personales, pero no muy profundas, sino más bien de sus relaciones, de su imagen, de maquillaje y contaba un poco acerca de su proceso de transición y cómo afecto este a su familia y a su entorno. Cuando supe, el año pasado, que había publicado un libro, la curiosidad me llevó a comprarlo, para ver qué historias tenía que compartirnos.

El libro es bueno, sin más. No descubre el hilo negro ni está destinado a convertirse en una referencia en el tema de la transexualidad, pero sí muestra un lado más humano de la autora, lejos de sus poses de influencer, de sus reels, sus historias y sus videos de maquillaje, moda y estilo. Es, pues, una visión más personal, un acercamiento a la persona detrás del personaje.

Debo decir, y esta es mi opinión muy particular, que lo que no me gustó para nada fue el uso de “lenguaje inclusivo” durante toda la narrativa. No quiero entrar de nuevo en debates, pero me pareció un recurso innecesario. En fin, no es una lectura imprescindible, pero sí resulta entretenida para un fin de semana sin mucho qué hacer.

Un post interactivo

La semana pasada me quejaba amargamente acerca de la falta de comentarios en este espacio. No me malentiendan; las estadísticas mejoran mes tras mes, y el número de visitas y de suscriptores ha aumentado, lo cual me llena de felicidad. Sin embargo, la gran mayoría de los visitantes se va sin comentar. Mi objetivo es hacer de este blog un lugar interactivo, en donde no sea solo yo quien comparte opiniones o puntos de vista, sino que, entre todas, nos enriquezcamos por medio de las experiencias de otras chicas en una situación similar a la nuestra.

Amablemente algunas lectoras me recomendaron escribir posts más interactivos, como el de Chismógrafo y Chismógrafo 2 (para quienes nos leen desde fuera de México, el chismógrafo es una libreta con una pregunta en cada renglón, que se pasa de persona a persona para que todos las respondan. Son muy populares en los primeros años de la educación secundaria) en aras de incentivar la participación.

Me encantaría entrevistar a otras feminófilas en mi canal de YouTube para conocer sus historias, pero, como sé que eso es un poco imposible, les dejo aquí algunas de las preguntas que me gustaría hacerles para que, al menos en forma de texto, nos sea posible conocer diferentes experiencias. Lo que les pido es que las contesten con un poco de profundidad, que no se limiten a solo un sí o un no. ¡Extiéndanse todo lo que gusten!

Cuéntanos un poco sobre ti. ¿De dónde eres?

¿Qué te gusta hacer (además de vestirte de mujer, claro)?

¿A qué edad y cómo empezó tu camino en la feminofilia?

¿Qué tan seguido tienes la oportunidad de vestirte?

¿Hay alguna actividad que te guste hacer mientras estás transformada?

¿Te has atrevido a salir a la calle en tu rol de mujer? Si sí, ¿podrías compartirnos un poco de tu experiencia?

Platícanos una anécdota que te haya sucedido a raíz de tu gusto por las prendas femeninas.

¿Ten han descubierto o le has contado a alguien tu secreto?

Si tus padres no lo saben, ¿cómo crees que reaccionarían si se enteraran?

Si todavía no lo has hecho, ¿te atreverías a contárselo a tu pareja?

¿Cuál consideras que es la mejor estrategia para que tu novia o esposa entienda este lado tuyo?

¿Qué mujeres son tu inspiración cuando te travistes?

¿Qué consejos le darías a alguien que va comenzando?

¿Cuál es el error más grande que has cometido, referente a tu feminofilia?

¿Cuál es la opinión general del travestismo en el lugar donde vives?

La historia de Sandra, una de nuestras lectoras.

Hola, Nadia.

Soy una seguidora de tu blog desde hace unos años, pero nunca me había animado a escribir por temor a salir de la seguridad del anonimato. Lo que al final hizo que me decidiera es que quiero dejar de vivir con miedo a la opinión que los demás tienen de mí y pasar mi vida a mi manera, así que te platicaré mi historia de forma más bien resumida.

Mi nombre de mujer es Sandra y actualmente vivo en Medellín, Colombia, pero soy nacida en Santiago de Chile. Descubrí mi travestismo a una edad no muy temprana, como he leído que a varias de ustedes les ha pasado. La primera vez que me vestí de mujer tenía 27 años. Hoy tengo 58 y desde que comencé no he parado. No he podido, aunque valga decir que lo he intentado muchas veces. Algunas por iniciativa propia, y otras más por necesidad.

Mi historia comenzó de manera fetichista, pues a modo de juego con una exnovia durante un encuentro erótico, me puse su sujetador y sus bragas. Fue notoria la erección a través de la tela de estas últimas y mi desempeño sexual fue mucho mayor comparado con las veces anteriores, así que a partir de allí lo que ella me pedía era que me pusiera esas prendas más seguido, antes de comenzar a intimar.

Yo no sentía la necesidad de ponérmelas en algún otro momento de mi vida, ni tampoco anhelaba la ocasión de los encuentros sexuales con el fin de vestirme de mujer. Lo veía, en ese entonces, como una mera herramienta para aumentar mi capacidad de satisfacer sexualmente a mi pareja. Funcionaba y ya está. Sin embargo, el punto en donde todo cambió llegó en una fiesta de disfraces. Mi pareja me retó a que, bajo mi disfraz, me colocara el brassiere y las bragas durante toda la fiesta. Nunca me las había dejado puestas durante tanto tiempo, y la adrenalina al pensar que alguien podía verme me encantó.

Ahí inició el viaje y considero ese punto como el nacimiento de Sandra. Desde ese momento, siempre asesorado por mi pareja, fui atreviéndome a usar más prendas y durante períodos más prolongados. Me llevaba medias al trabajo, usaba blusas ocultas bajo mis camisas, me pintaba las uñas de los pies. Comencé a desesperarme por llegar a casa para vestirme por completo con indumentaria femenina. Compraba mis propias prendas y, en algún momento, me vestía aun cuando mi pareja no estaba presente, hecho que fue dañando poco a poco la relación, pues ella ya no lo veía como parte de un juego entre ambos, sino como una costumbre que yo llevaba a cabo sin importar si estaba con ella o a solas.

Dos o tres años después la relación llegó a su fin. No fue explícitamente debido a mi travestismo, sino a otra clase de problemas, pero hay que decir que esta conducta sí que nos alejó y debilitó el noviazgo que manteníamos. Cuando me vi hundida en la soledad, Sandra explotó y tomó el control de mi comportamiento. Aunque siempre a solas, pues, como ya dije al principio, vivía presa de la opinión que los demás tuvieran de mí. Fue también por eso, y gracias a que mi trabajo me daba la oportunidad de viajar con mucha frecuencia, que restringía mis transformaciones solamente a ciudades fuera de la mía, en la que el número de personas que me conocían era extremadamente limitado.

Siempre cuidé muy bien de mi segunda identidad, la mantuve en extremo secreto. Aprendí a vivir con esta doble personalidad y a ocultar muy bien las huellas propias de esta actividad… hasta que un descuido mínimo desencadenó una serie de eventos que terminó en que una compañera de trabajo descubriera mi “pasatiempo”.  No entraré en detalles, pero te cuento que esto no fue del todo malo, pues pareció que el destino no hizo más que juntar a dos personas con mentalidades y aficiones parecidas. Ella era una mujer que se permitía ciertas tendencias bisexuales, así que mi travestismo le pareció un buen modo de dar escape a sus inquietudes sin dar un paso más definitivo.

Transcurrió algo más de un año y la monotonía tocó a nuestra puerta. Entonces yo decidí dar por terminada la relación, cosa que a ella no le sentó muy bien. A manera de tratar de retenerme, amenazó con develar mi secreto entre mi ambiente laboral, lo cual era mi mayor temor. Al final no lo hizo, pero la situación propició que yo me replanteara seguir laborando en ese lugar y busqué poner distancia entre ella y yo. Así fue como llegué a vivir a Colombia. Se me acaba el tiempo para seguirte contando, Nadia. Pero ya te escribiré para seguir relatándote mi historia.

Kit de maquillaje básico

El mundo del maquillaje es un lugar complejo, difícil e infinito. Adentrarse en él es como comenzar a andar por un frondoso bosque lleno de laberintos y encrucijadas; es sencillo perderse y, a veces, ni siquiera es clara la manera de cómo empezar a recorrer el camino. Existen multitud de productos, trucos, accesorios, colores y técnicas, y en algún momento todo esto llega a ser tan abrumador que simplemente nos dan ganas de ni siquiera intentarlo.

Tratando de presentar una guía introductoria, y sin querer aparentar ser una experta en este tema (no lo soy, sigo aprendiendo), presento un pequeño kit con los productos que considero suficientes para dar los primeros pasos en este maravilloso, pero complejo mundo. Aclaro que este paquete no está pensado para lograr un look de fiesta ni tan siquiera para salir a la calle. No. Su única intención es sacar esa espinita de aplicarnos maquillaje por primera vez.

Las distintas fases de mi feminofilia. Parte 1

Tres décadas son un tiempo considerable en una vida humana. Tres décadas es lo que llevo con mi feminofilia. A través de todo este tiempo, mi gusto por vestirme como mujer ha ido mutando, transformándose poco a poco y generándome ciertas dudas en el proceso, mismas que se han ido disipando hasta dejarme hoy con una idea mucho más clara de lo que soy: una feminófila.

Una gran parte de mi travestismo la viví en secreto, confinada en la soledad de mi habitación y a veces a altas horas de la noche, aprovechando que mis papás dormían. Agazapada en las sombras y sin atreverme a cosas que hoy me parecen imprescindibles, como el uso de maquillaje o de una peluca. No lo sé, pero siento que es la manera en que la mayoría de nosotras comenzamos a andar este femenino camino.

Las únicas prendas de las que disponía en los inicios de mi travesía eran de mi mamá o de una de mis tías, y me quedaban considerablemente grandes. No obstante, ya era yo entonces una fanática empedernida de las sensaciones que el satín producía en mi piel, siendo los fondos las prendas que con mayor frecuencia me colocaba. Algunas veces encontraba también un par de zapatillas, en las que mis pies nadaban y con las que se me dificultaba enormemente caminar. Pero no importaba, me sentía mujer. Por supuesto que en ese momento carecía del entendimiento necesario del fenómeno como para deducir que esa parte de mí necesitaba su propio nombre femenino, pero ya se asomaba mi gusto por utilizar los adjetivos correspondientes a mi vestimenta.

Al ir creciendo, lentamente adquirí las proporciones físicas para que la ropa que tenía a mi alcance ya no me quedara tan holgada, pero seguía dependiendo del gusto de mi mamá, que no siempre concordaba con el mío. Yo anhelaba vestir más juvenil; probarme minifaldas, zapatos de tacón o blusas sin mangas, pero me conformaba con el estilo aseñorado del ropero de mamá. Afortunadamente, ella siempre ha gustado de maquillarse, aunque no de manera muy profesional, sino más bien sencilla. Pero podía encontrar labiales y sombras en su maletín de maquillaje. Así fui también aprendiendo, de forma completamente autodidacta (hablamos de una época sin acceso a internet), algunas primitivas técnicas y trucos para aplicar esos colores en mis labios y párpados.

Hubo un período en que mis dos padres trabajaban, y gracias a eso podía permitirme pasar las tardes enteras sola en casa. Estaba yo cursando la secundaria en ese tiempo, así que todavía mi cuerpo era lampiño, pero mi estatura y proporciones comenzaban a plantear la dificultad de que la ropa de mi mamá no me quedara más. Haciendo acopio de mis ahorros escolares, empecé entonces a comprar mis propias prendas. Claro que esto no fue sencillo, pues desconocía por completo la diferencia entre las tallas de mujer y de hombre; se presentaba además la carencia de un lugar en dónde ocultar esa ropa con seguridad. Mi estrategia consistía en la prueba y el error, y desperdiciaba a veces ese poco dinero que lograba reunir en ropa que no me quedaba. Aun cuando la casualidad me inspiraba para encontrar algunos undies o unas pantimedias de mi talla, prendas que solía comprar por su menor volumen y mayor facilidad de ocultar, el miedo por ser descubierta me llevaba a deshacerme de ellas con relativa rapidez, tan solo después de haberlas utilizado un par de ocasiones.

Siendo hija única, con el pasar de los años desarrollé una relación cercana con mis primos y primas, quienes eran como mis hermanos. Sin embargo, no nos veíamos muy seguido. Pero cuando teníamos oportunidad de convivir, yo envidiaba profundamente los atuendos de mis primas, sobre todo las de edad más cercana a la mía. Así que era natural, supongo, que aprovechara las oportunidades que se me presentaban para probarme algunas de las prendas suyas que más me gustaban. Cabe aclarar que no me robaba estas prendas, sino que solo las tomaba prestadas (sin el consentimiento ni conocimiento de las dueñas, claro está); las llevaba a mi casa a escondidas, me las colocaba y echaba a volar mi imaginación, pensando en que yo era una hermosa y sensual adolescente, y al cabo de unos días las regresaba a sus ubicaciones originales, lo cual a veces planteaba un reto mucho mayor al de sustraerlas.

Más o menos de la misma manera transcurrieron unos veintidós o veintitrés años de mi existencia, travistiéndome con prendas ajenas y sin confesar mi secreto a nadie, fuera de las veces en que mis papás me descubrieron.

Con la pubertad llegaban nuevos problemas: el vello, el ensanchamiento de la espalda, la masculinización de las facciones, el cambio de voz, entre otros. Cada vez era más difícil encontrar ropa que se ajustara a mis medidas entre el guardarropa de mi mamá o de mis primas, pues mi cuerpo se iba diferenciando más del suyo con cada día que pasaba. Además, la utilización de medias o pantimedias ya no me provocaba tanto placer como antes, por culpa de los vellos en mis piernas, que hacían que estas prendas lucieran un tanto grotescas. Algo similar ocurría en mis axilas, provocando que el uso de blusas o vestidos sin mangas se tornara en un recuerdo lejano. Estas mutaciones hicieron que el espejo dejara de reflejar a una tierna niña adolescente, para dar paso a la imagen de un hombre vestido de mujer, aumentando así la distancia entre la mujer que habitaba en mi imaginación y la realidad del hombre en que me estaba convirtiendo.

Después de vivir así por algún tiempo más, llegó una transición importante en mi vida, época que me permitió por primera vez atreverme a rasurarme ese vello de piernas, axilas, pecho y abdomen que ya me resultaba insoportable para mis propósitos travestis. De eso les platicaré en una siguiente publicación.