La travesura del primer día de clases parte 2

-¿Traes sombra?

¡No podía ser posible! Es decir, sí, imaginaba que, eventualmente, alguien notaría algo raro, diferente, en mí. Pero, ¿qué la primera persona con que me topara supiera exactamente que traía sombra? No estaba preparada para ese escenario. Y más aún porque creí que, quien notara algo extraño en mi apariencia, no se atrevería a preguntarme directamente. Por mi cerebro desfilaron múltiples escenarios en microsegundos, pero me decidí a contestar con un firme y seco

-Sí.

Hay verdades tan extraordinarias que, aunque las digas abiertamente, nadie las creerá. Funcionó la estrategia, pues mi compañero pensó que mi respuesta era una broma. Soltó una carcajada y a continuación replicó:

-Ya, en serio, ¿qué traes en los ojos? Se ven distintos.

La seguridad de que yo traía sombra en mis párpados pareció abandonarle para dejar paso a la duda de si podía ser verdad. Yo volví a decirle que sí traía sombra, lo que él siguió sin creer del todo. A continuación, me preguntó el porqué, y entonces le dije, de nuevo, la verdad:

-Porque es el primer día de clases y quise arreglarme bonito.

Su expresión reflejaba, de una manera bastante clara, la vacilación y confusión de las que era presa en ese momento. No supo qué decirme, pues parecía que, por una parte, creía que yo no le estaba diciendo la verdad, que estaba únicamente jugando con él y “dándole su avión”. Pero, por otro lado, yo le decía las cosas con tono y semblante serio, en cuyo caso él no quería seguir indagando sobre el motivo por el que yo estaba usando sombra. Optó simplemente por irse a platicar con otros compañeros.

Yo me apresuré a entrar al salón y dejar mis cosas en el primer pupitre que vi disponible y me dirigí inmediatamente al sanitario para mirarme en el espejo y comprobar que, efectivamente, mis párpados dejaban ver algunos brillos y una coloración ligeramente distinta a la piel que los rodeaba. Me humedecí las manos y pasé los dedos por mis ojos cerrados para tratar de eliminar esos restos delatores. Volví al salón y el día transcurrió con normalidad.

Antes de la última clase del día vi que mi compañero, todavía con la espinita clavada, se dirigía hacia donde yo estaba platicando con una amiga. Adiviné su intención de forma inmediata, pero dejé que se acercara y dijera:

-Eh, Anita, Anita, ¿ya viste que este man trae sombra?

Mi amiga fijó su mirada en mi rostro para examinarme. Yo, segura de que ya había eliminado las huellas de mi fallido maquillaje, no opuse resistencia alguna a su escrutinio, y cerré los ojos para que ella pudiera constatar la falacia de mi compañero.

-Este vato –dije yo con ironía-, desde en la mañana que me vio dice que traigo sombra, ¿tú crees?

-Sí traes, luego luego se ve ahí la sombrota –respondió él con bravuconería-.

Ana, mi amiga, observó con atención, pero al no encontrar algo anormal dijo:

-Pues yo no veo nada

Y yo sonreí triunfante, pensando que allí había muerto esa anécdota.

Sin embargo, años después, ya casi a punto de graduarnos, mi compañero volvió a mencionarme esa ocasión y continuaba dubitativo sobre el tema. A mí me causó gracia en mi fuero interno que, pasado tanto tiempo, él siguiera todavía con la duda en su mente sobre si aquél primer día de clases yo traía sombra o no.

Lo que sí disfruté completamente el resto del día sin que nadie lo imaginara, fue la sensación de la ropa femenina que yo portaba debajo de mi atuendo de hombre. Eso, amigas mías, es uno de mis mayores placeres: que la gente me vea como alguien común sin imaginar la lencería digna de un desfile de modas que llevo algunas veces, completamente oculta a su percepción.

-Nadia.

La travesura del primer día de clases parte 1.

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