Y ¿qué pasó? ¿Soy transexual?

No. Después de un poco más de un mes de reflexionar al respecto, finalmente concluyo que no soy transexual. Y no lo digo por permanecer en la comodidad o el privilegio de la masculinidad (que es una realidad, al menos en un país como México), sino porque de verdad estoy contento con mi dualidad.

Me gusta, me fascina ser mujer y ataviarme con las prendas características del género. Disfruto muchísimo producirme y cuidarme. Creo fielmente que Nadia es la responsable de que ponga atención a los pequeños detalles estéticos de mi físico; por ella me mantengo constante en el ejercicio, hidrato mi piel, me despierto temprano, cuido mi alimentación y varias cosas más. Mi ropa favorita es, sin duda alguna, la de mujer. Reflejo de esto es que mi guardarropa tiene más ropa femenina que masculina, y por un amplio margen.

Es de mi total agrado pasar horas practicando mi maquillaje. Ir de compras a adquirir prendas de mujer me gusta mil veces más que hacerlo para conseguir ropa de caballero. La ocasión en que me animé a ir al cajero automático y a comprar una pizza completamente transformada en mujer me cautivó. Disfruté enormemente salir de casa y que el mundo (la infinitesimal parte de él que me vio) me percibiera como mujer. En mis soliloquios, me refiero a mí misma en femenino el noventa por ciento del tiempo.

Pero, aun teniendo todo esto en cuenta, no me veo viviendo así permanentemente. Creo que esto pasa a menudo en varios aspectos de la vida. Como burdo ejemplo, me sucedió en aquellos años cuando la PlayStation hizo su debut y causó furor entre los gamers. Era la consola más codiciada y no resultaba muy accesible para el nivel económico de mi familia. Sin embargo, uno de mis primos sí que la tenía, y la llevaba a casa de mis abuelos cada diciembre para que los primos jugáramos. Pasábamos, literalmente, días enteros jugando, hasta que las vacaciones llegaban a su fin y se la llevaba de vuelta a su casa. La proximidad de las vacaciones decembrinas me causaba emoción gracias a la perspectiva de jugar con esa consola.

Desde hace dos años soy dueña de una PS4, y si he jugado con ella más de una veintena de veces creo que ha sido mucho. Está ahí, colocada en el mueble de la sala acumulando polvo. Ahora que puedo acceder a la consola permanentemente, se fue la emoción, se le quitó lo divertido. Ya no está presente esa ansia por que llegara diciembre y poder jugar. Estoy convencida de que lo mismo me pasa con mi lado femenino, porque lo he experimentado en más de una ocasión. Cuando no tengo la oportunidad de vestirme muy seguido, mis ganas se van acumulando, como en una olla de presión. Entonces, cuando veo una pequeña oportunidad, libero esas ganas, aprovechando cada mínimo instante para llevar puesta al menos alguna prenda. Si el día se presta, me produzco detalladamente, disfrutando enormemente el proceso, y me pongo triste y de malas cuando llega el momento de tener que quitarme esas prendas.

Busco prolongar el instante femenino lo más que se pueda, y a veces la sensación dura semanas. Pero, después de un período, cuando logro satisfacer mis necesidades femíneas, el ritual se vuelve monótono e insulso. Además, ¡ser mujer es muy cansado! Un motivo más por el que tienen mi completa admiración. Para lograr una imagen satisfactoria no basta solo con ponerse las prendas. Hay que rasurar y depilar varias zonas, escoger el atuendo perfecto después de intentar varias combinaciones, pasar tiempo frente al espejo aplicando y corrigiendo el maquillaje. Luego, antes de acostarse es necesario desmaquillar. Es entonces cuando, nada más de pensar en todo lo que es requerido hacer, me entra la flojera y digo “mejor me quedo de hombre” y vuelven a pasar semanas antes de que las ganas de vestirme regresen a mí.

Así sucedió en esta ocasión nuevamente. Mientras la necesidad de sentirme mujer estaba presente, no me importaba levantarme una hora más temprano para disponer de más tiempo travestida, o acostarme una hora más tarde para maquillarme y desmaquillarme como es debido. Me ponía de malas cuando no podía estar vestida de mujer y ansiaba regresar a mi hogar para aventar mi atuendo de hombre y enfundarme en el abrazo del satín. Ser llamada con adjetivos masculinos me provocaba una sensación por demás desagradable, y convivir con mis congéneres era algo que no soportaba. Esas y algunas otras razones me hicieron preguntarme si esta vez estaba lista para dar el paso hacia la transición y dejar atrás, de una vez por todas, mi vida como varón.

Pero eventualmente, como siempre sucede, la ola femenina cejó, la marea descendió y dejó de nuevo al descubierto mi lado masculino. Aunque sé que esto también es temporal, pues es parte del vaivén de este océano de dualidad. Sinceramente espero con impaciencia el regreso de mi feminidad, pero he confirmado otra vez que no quiero adquirir la nacionalidad femenina, sino seguir siendo una ciudadana con doble pasaporte.

Finalmente, pero no menos importante, quiero agradecer a las personas que se tomaron la molestia de hablar conmigo para aclarar mis dudas al respecto, que me platicaron sus experiencias y que tomaron tiempo de sus vidas para escuchar mis preguntas. Un gran saludo para ustedes, hermanas trans, y sepan que no están solas en esta lucha por la equidad y el reconocimiento de sus derechos y el respeto a su integridad y su vida. Lucha que ni siquiera tendría por qué ser tal, dicho sea de paso.

-Nadia.

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