Top 10: cosas que me fascinan de ser feminófila

¿Cuál es tu top?

Quiero sentirme mujer, pero soy hombre

Quiero vestirme de mujer.

Soy hombre, pero quiero sentirme mujer.

Vestirse de mujer por primera vez.

Quiero vestirme de mujer y soy niño.

Me excito poniéndome ropa de mujer.

Cómo vestirme de mujer si soy hombre.

Quiero sentirme mujer y soy hombre.

Cómo saber si eres travesti.

Estas frases aparecen en las estadísticas del blog como términos de búsqueda que los guiaron hasta aquí. Interpreto lo anterior como evidencia de que existe una cantidad de lectores que, o bien sienten la curiosidad por vestirse como mujer, o ya lo hicieron y desean saber qué les sucede. Así que este post está dirigido a ustedes. Algunos de los temas que trataré en el presente texto ya los abordé con anterioridad. Sin embargo, los retomo para tener la información condensada en un solo sitio.

Para comenzar, deben saber que existe una conducta llamada travestismo heterosexual. En ocasiones se utiliza el término feminofilia para hacer referencia a esta condición, pues la palabra travesti puede sonar un poco agresiva y tiene connotaciones que evocan impresiones erróneas y apartadas del verdadero significado. El vocablo travesti se refiere a toda persona, hombre o mujer, que cruza el límite entre las prendas socialmente etiquetadas como de hombre o de mujer. No tiene nada que ver con la identidad de género ni con la preferencia sexual. No, vestirte de mujer no significa que deben gustarte los hombres, ni que lo hagas para atraerlos. Simplemente es un gusto.

Hay en el mundo muchos como tú. No estás solo o sola. Lo que te sucede no es una enfermedad, ni una anormalidad, ni algo de lo que te tengas que avergonzar. La feminofilia existe desde que la humanidad está presente en este planeta. En todos los continentes, en todas las culturas, en todas las clases sociales, en todas las profesiones han existido siempre hombres que se sienten atraídos por vestir como lo haría una mujer, imaginarse como tal, actuar como tal por unos instantes, para después volver a su rol masculino. Somos ciudadanos con doble pasaporte que podemos habitar temporalmente en ambos lados de la frontera de los géneros.

Esta afición no te condena, no te limita ni te predispone. Tu destino no será terminar prostituyéndote. Los feminófilos vivimos vidas relativamente normales. Digo relativamente porque ninguna vida es igual a otra, pero me refiero a que nuestras vidas no difieren mucho del promedio. Tenemos pareja, un empleo estable, estudiamos una carrera o aprendemos un oficio. El gusto por transformarse en mujer tampoco significa que forzosamente deban gustarte los hombres. La enorme mayoría de nosotras somos heterosexuales, es decir, nos atraen física y sexualmente las mujeres.

Tampoco quiere decir que seas una mujer transexual. Quizá sí, quizá no, pero el travestismo no es una estación de paso para que eventualmente decidas convertirte en mujer permanentemente. En mi caso, llevo más de treinta años vistiéndome con prendas femeninas, y sigo tan a gusto con mi condición de hombre que no me interesa hacer la transición definitiva. No te asustes. Todas las personas tenemos nuestra propia identidad. Si en este momento te sientes confundido o confundida, no te presiones, descubrirás la tuya eventualmente. No hay prisa. Tienes toda una vida para descifrarlo.

Muchas de nosotras preferimos los pronombres y adjetivos femeninos y tenemos nuestro propio nombre de mujer, aunque eso tampoco es un requisito, es al gusto de cada quién. Encuentra lo que a ti te vaya mejor y te haga sentir mayor comodidad. Si lo tuyo es también adoptar un nombre femenino y los adjetivos propios del género, tienes ante ti un lienzo en blanco. ¡Puedes ponerte el nombre que quieras! Combinarlo como desees y cambiarlo cuantas veces sean necesarias hasta que encuentres el definitivo. Yo soy Nadia Mónica, pero antes de adoptar este apelativo pasé por muchos otros.

Respecto al tema de las parejas, no te voy a engañar: es difícil encontrar una que lo acepte y lo entienda. Mas no es imposible. Existen joyas de mujeres que comprenden el fenómeno y cuyo cariño y amor por ti resulta tan grande que deciden apoyarte y quererte al completo, incluyendo tu personalidad femenina. Si logras encontrar a alguien así, ¡considérate afortunado o afortunada! En cuanto a los padres, bueno, depende muchísimo de tu entorno y cada caso también es diferente. Recomiendo mucha prudencia en este sentido. Eso sí, antes de contárselo a cualquier persona, primero es necesario que tú mismo o misma entiendas qué es lo que quieres y sientes e identifiques el rumbo que quieres que tome tu vida. De nuevo, ve con calma, no hay prisa alguna.

Respecto al tema de cómo vestirse de mujer, bueno, la respuesta podría ser muy amplia dependiendo el punto de vista desde el cual se aborde la cuestión, y nunca se deja de aprender ni mejorar. Es algo complicado, pues las mujeres son mucho más complejas que nosotros. Dominar las técnicas de combinar las prendas, los colores, los estampados toma tiempo y dedicación. Del maquillaje mejor ni hablamos, pues eso da para un post completo, pero sí que hay algunas cosas básicas por las cuales comenzar.

Para empezar, depende mucho de tu situación actual. ¿Vives por tu cuenta? ¿Con tus padres? ¿Con tu pareja? ¿Con roommates? Cada situación tendría una respuesta diferente, pero asumiré que los que preguntan esto todavía viven en la casa familiar. Lo más común es ataviarte con la ropa de tu mamá o tus hermanas. Si es así y quieres evitar que te descubran, ten mucho cuidado de no manchar ni ensuciar nada, y dejar todo justo como lo encontraste, poniendo especial atención en los dobleces y la posición de cada prenda.

Necesitarás al menos una blusa y una falda. Creo que esos dos elementos son los más básicos para iniciar. Ve a un lugar seguro, como tu habitación si no la compartes o sabes que estarás en soledad, o quizá el baño. Despójate de tu indumentaria masculina y colócate las prendas de mujer. Pero, ¡ten cuidado! Es muy probable (y dependiendo de tu edad) que la sensación te cause una erección. Si la excitación se apodera de ti y no puedes evitar autoestimularte, nuevamente, revisa que no manches las prendas.

Al terminar, las probabilidades dictan que es posible que te sientas con culpa y que te prometas que nunca más lo volverás a hacer. Es normal. Y, de una vez te adelanto, no podrás cumplir esa promesa, porque las ganas volverán una y otra vez y serán cada vez más fuertes. Mejor deja de limitarte, encuentra maneras de manejar esa culpa pero sin hacer juramentos que no vas a cumplir.

Listo, te has vestido de mujer por primera vez. ¿Lo disfrutaste? Apuesto a que sí. ¡Bienvenida al mundo de la feminofilia! A partir de este punto empezarás a recorrer un largo andar en el que cada vez querrás ir más y más allá, mejorando tu imagen, tus poses, tus movimientos, y creando tu propio estilo femenino. Pero ve con calma y disfruta el proceso, ya que la feminofilia es algo que te acompañará durante toda tu vida. Sé cauto o cauta y no dejes evidencias que delaten tu actividad. Si compras tus propias prendas, asegúrate de tener un lugar apropiado para guardarlas. También es importante tener a la mano un paquete de toallas desmaquillantes, para que el día que decidas experimentar con sombras o labiales, no quede rastro alguno de que lo hiciste.

Para el punto de querer sentirte mujer no tengo ningún consejo. Creo que, desde el momento en que buscas esa frase en internet, es porque ya te sientes mujer. Obsérvalas con ojos de aprendiz. Ve cómo se mueven, como se expresan, como se sientan, cómo caminan, pero, sobre todo, cómo piensan y cómo expresan su feminidad. ¡Buena suerte en este camino, hermana feminófila! Ojalá que lo disfrutes mucho.

Increíbles transformaciones de hombre a mujer

Amigas, hoy les platico que el algoritmo de YouTube me sorprendió de manera más que grata. Me recomendó un canal que se llama Fabricio Castro Fotografía. Contiene videos acerca de varias transformaciones de hombre a mujer. Incluye la de algunos jovencitos que, ya sea por decisión propia o a causa de algún reto, celebran sus fiestas de XV como mujeres. La transformación corre a cuenta de los creadores de contenido del canal, y los resultados son más que convincentes.

Las quinceañeras lucen por demás femeninas y la calidad de la transformación es muy alta. Incluyen extensiones de cabello, maquillaje, vestuario, calzado y, por supuesto, todas las fotografías y videos de los eventos. Estas transformaciones de quinceañeras corresponden a los videos que vi, pero también hay de novias y otras varias que no me he dado la oportunidad de ver.

Ver estos videos me hizo pensar en lo mucho que me hubiera gustado celebrar unos XV como mujer: ponerme mi vestido, ir al salón de belleza a que me peinaran y me maquillaran. Luego, llegar al salón a bordo de una limosina blanca y entrar ante la mirada de todos mis invitados; mi familia, mis amigos, mis compañeros de la escuela, todos viendo cómo llegaba yo, la quinceañera. Y que, para todos, fuera lo más normal del mundo verme celebrar mis XV como mujer, pues yo sería una mujer.

Y sí, ahora, a causa de esos videos, se me ha metido en la cabeza la espinita de celebrar una fiesta con todas las personas que saben y aceptan mi feminofilia. No unos XV, pues ya supero esa edad por más del doble, pero sí al menos una pequeña reunión en donde pueda usar un lindo vestido y pasar un momento agradable rodeada de las personas de mi mayor confianza. Dense una vuelta por el canal, les aseguro que les va a gustar mucho y echará a volar su imaginación.

La primera vez que me vestí de mujer, ¿mi vida cambió?

A diferencia de muchas chicas cuyas historias he leído en distintos foros, blogs y redes sociales a lo largo de los años, yo no tengo presente la primera vez que me puse una prenda de mujer. Y ¡vaya que me encantaría recordarlo! Debe ser una memoria hermosa. En mi caso, les he platicado que empecé con el travestismo desde una edad muy temprana. En mis primeros recuerdos está el de pedirle a mi mamá que me vistiera con mi ropa de bautismo, debido a que me gustaba la sensación tan suave del satín. De ahí, conforme fui creciendo, me sentí atraída por los fondos y camisones de mi mamá y mis tías, y el resto es historia hasta nuestros días.

Pero sí me causa curiosidad, desde mis primeros días de reflexión y autodescubrimiento, qué es lo que motiva a un varón a ponerse una prenda femenina por primera vez. Dejando de lado los juegos entre pareja que se dan en algunas ocasiones, en donde, a manera de broma, el hombre se pone las undies o la blusa de la chica. No, no me refiero a eso. Hablo de esas veces en las que el sujeto en cuestión se encuentra quizá solo en su habitación o en su casa, tal vez jugando, tal vez aburrido y, por azares del destino una prenda femenina se cruza en su camino.

¿Qué proceso mental, qué reacciones químicas en el cerebro causan que unos decidan ponérsela y otros simplemente ignorarla? ¿De dónde vienen esas ganas por saber lo que se siente utilizar esas prendas? ¿Es una predisposición genética latente, dormida, solo en espera de ser disparada a la vista de unas pantaletas y una oportunidad? ¿Qué diferencia a quienes, después de colocarse esa primera prenda femenina, deciden no volver a repetir la experiencia de aquellos que quedan enganchados por el resto de su vida? Los que deciden no repetir la experiencia, ¿es porque realmente así lo quieren o porque temen que la sociedad los condene?

Esta última cuestión es algo en lo que he reflexionado en más de una ocasión. He llegado a teorizar (sin fundamento científico ni evidencia alguna, aclaro) que la mayoría de los hombres no-travestis son tal porque nunca se han probado una prenda femenina. Algo parecido a decir que no te gusta la crema de zanahoria sin haberla comido jamás. ¿Te ha pasado? ¿Decir que no te gusta algo sin haberlo probado, pero, cuando lo haces, para tu sorpresa resulta de tu completo agrado? Apuesto a que sí.

Un argumento en contra de esta teoría puede ser que sí que existen hombres que se han puesto ropa de mujer y no se convierten en travestis: actores, comediantes, los que se visten con la ropa de sus parejas a modo de juego, etcétera. Pero en esas situaciones es posible que su cerebro esté con una especie de protección antitravesti, y bloquee los receptores que causan la sensación de que algo te gusta. Como cuando nosotros, a sabiendas de que estaremos expuestos al sol, nos prevenimos y colocamos filtros antisolares. De esa manera, la radiación solar no causa lo que provocaría en ausencia del filtro.

Me gusta pensar que tengo la razón, y que el hecho de que no haya más travestis es porque muchos hombres no se han dado la oportunidad de dejarse seducir por las exquisitas prendas femeninas. No encuentro una explicación razonable a la cuestión de por qué la ropa diseñada para caballeros debe ser áspera, fría, monótona y aburrida, mientras que las damas tienen a su disposición la más completa variedad de texturas, formas y colores. ¿Quién decidió que las cosas fueran así? ¿En qué punto de la historia de la humanidad alguien decretó que debería haber una división entre ropa para hombres y ropa para mujeres? ¿Es que acaso no disfrutamos todos de la suavidad por igual?

Estas cuestiones probablemente no tengan ninguna respuesta, pero me gusta imaginar que no estamos muy lejos de un mundo que nos brinde una mayor comprensión y en donde los travestis dejemos de ser vistos como lo anormal, lo raro, lo abstracto, y en el que tal vez sea todo lo contrario y nosotras seamos admiradas por ser las que nos hemos animado a redescubrir la normalidad del ser humano.

-Nadia.

La travesura del primer día de clases parte 2

-¿Traes sombra?

¡No podía ser posible! Es decir, sí, imaginaba que, eventualmente, alguien notaría algo raro, diferente, en mí. Pero, ¿qué la primera persona con que me topara supiera exactamente que traía sombra? No estaba preparada para ese escenario. Y más aún porque creí que, quien notara algo extraño en mi apariencia, no se atrevería a preguntarme directamente. Por mi cerebro desfilaron múltiples escenarios en microsegundos, pero me decidí a contestar con un firme y seco

-Sí.

Hay verdades tan extraordinarias que, aunque las digas abiertamente, nadie las creerá. Funcionó la estrategia, pues mi compañero pensó que mi respuesta era una broma. Soltó una carcajada y a continuación replicó:

-Ya, en serio, ¿qué traes en los ojos? Se ven distintos.

La seguridad de que yo traía sombra en mis párpados pareció abandonarle para dejar paso a la duda de si podía ser verdad. Yo volví a decirle que sí traía sombra, lo que él siguió sin creer del todo. A continuación, me preguntó el porqué, y entonces le dije, de nuevo, la verdad:

-Porque es el primer día de clases y quise arreglarme bonito.

Su expresión reflejaba, de una manera bastante clara, la vacilación y confusión de las que era presa en ese momento. No supo qué decirme, pues parecía que, por una parte, creía que yo no le estaba diciendo la verdad, que estaba únicamente jugando con él y “dándole su avión”. Pero, por otro lado, yo le decía las cosas con tono y semblante serio, en cuyo caso él no quería seguir indagando sobre el motivo por el que yo estaba usando sombra. Optó simplemente por irse a platicar con otros compañeros.

Yo me apresuré a entrar al salón y dejar mis cosas en el primer pupitre que vi disponible y me dirigí inmediatamente al sanitario para mirarme en el espejo y comprobar que, efectivamente, mis párpados dejaban ver algunos brillos y una coloración ligeramente distinta a la piel que los rodeaba. Me humedecí las manos y pasé los dedos por mis ojos cerrados para tratar de eliminar esos restos delatores. Volví al salón y el día transcurrió con normalidad.

Antes de la última clase del día vi que mi compañero, todavía con la espinita clavada, se dirigía hacia donde yo estaba platicando con una amiga. Adiviné su intención de forma inmediata, pero dejé que se acercara y dijera:

-Eh, Anita, Anita, ¿ya viste que este man trae sombra?

Mi amiga fijó su mirada en mi rostro para examinarme. Yo, segura de que ya había eliminado las huellas de mi fallido maquillaje, no opuse resistencia alguna a su escrutinio, y cerré los ojos para que ella pudiera constatar la falacia de mi compañero.

-Este vato –dije yo con ironía-, desde en la mañana que me vio dice que traigo sombra, ¿tú crees?

-Sí traes, luego luego se ve ahí la sombrota –respondió él con bravuconería-.

Ana, mi amiga, observó con atención, pero al no encontrar algo anormal dijo:

-Pues yo no veo nada

Y yo sonreí triunfante, pensando que allí había muerto esa anécdota.

Sin embargo, años después, ya casi a punto de graduarnos, mi compañero volvió a mencionarme esa ocasión y continuaba dubitativo sobre el tema. A mí me causó gracia en mi fuero interno que, pasado tanto tiempo, él siguiera todavía con la duda en su mente sobre si aquél primer día de clases yo traía sombra o no.

Lo que sí disfruté completamente el resto del día sin que nadie lo imaginara, fue la sensación de la ropa femenina que yo portaba debajo de mi atuendo de hombre. Eso, amigas mías, es uno de mis mayores placeres: que la gente me vea como alguien común sin imaginar la lencería digna de un desfile de modas que llevo algunas veces, completamente oculta a su percepción.

-Nadia.

La travesura del primer día de clases parte 1.

Chismógrafo parte 2

A petición de algunas de ustedes, presento la segunda parte del chismógrafo con un nuevo set de preguntas.

Gracias a Min por sugerir algunas de ellas.

Recuerda, copia las preguntas y escribe tus propias respuestas en los comentarios.

¿Qué hora es ahorita? 6:05 pm

¿Cuánto es lo más que has pasado vestida de manera continua? 36 horas más o menos
¿Sabes abrocharte el bra por la espalda? Sí. Con práctica resulta sencillo
¿Has llevado lencería bajo tu ropa de hombre? Sí. Lo hago al menos dos veces por semana
Describe tu outfit de mujer favorito: Un atuendo completo de novia: vestido, liga, medias, liguero, lencería blanca, velo, tiara, aretes, collar, anillo y zapatos.
¿Cuál es la prenda que te hace sentir más femenina? La peluca. Creo que puedes arreglarte de maravilla y vestirte muy elegante, pero sin peluca el efecto no es el mismo
Mientras estas transformada, ¿te gusta que te hablen en femenino? Me gusta que me hablen en femenino aunque no esté transformada

¿Has manejado con tacones? Sí. Es una experiencia completamente diferente. Casi como volver a aprender a manejar.

¿Has dormido con ropa de mujer? Sí y ¡me encanta! Amo la sensación de iniciar un día envuelta en un suave camisón de satín

¿Tienes en tu casa o en tu cuarto algún accesorio de decoración femenino? No, pero consideraré poner uno

¿Qué haces para sentirte mujer cuando no puedes vestirte? Usar lencería bajo mi ropa de hombre, pintar las uñas de mis pies, cruzar la pierna “como mujer” cuando me siento, entre otras

¿Te gustaría pasar un mes entero vestida de mujer las veinticuatro horas? Definitivamente sí. Pero no en el encierro, me gustaría animarme a salir a plena luz del día

¿Qué preferirías? ¿Ser por siempre un hombre millonario o vivir solo con lo más básico, pero con el poder de ser hombre o mujer a voluntad? Esta es difícil, pero me iré por cambiar a voluntad.

Si se descubriera un método para eliminar en ti la necesidad y ganas de vestirte de mujer, ¿te someterías a él? Jamás. Me gusta ser travesti, me encanta, me fascina y no lo dejaría por nada, aunque pudiera

¿Medias o piernas descubiertas? Medias una y otra vez. Aunque debo reconocer que hay algunos atuendos que se ven maravillosos con piernas descubiertas

¿Falda o pantalón? Falda

¿Peluca o cabello natural? Peluca. Es padrísimo poder cambiar de estilo, color y peinado tan rápidamente

¿Novia o quinceañera? ¡Novia!

Describe la ocasión en la que más has disfrutado vestirte de mujer: Cuando me vestí de novia. Quiero repetir esa experiencia

¿Cuánta ropa de mujer tienes? No lo sé con exactitud, pero sí es más que la que tengo de hombre

¿Ser travesti te gusta o es algo que desearías dejar de ser? Me gusta. Al inicio, cuando no sabía muy bien qué era esto y por qué me pasaba, sí que deseaba ser “normal”, pero ahora me fascina ser diferente

¿A qué edad te pusiste tu primera prenda femenina? A los cinco o seis años

¿Qué hora es ahora? 6:17 pm

No te olvides de contestar el chismógrafo parte 1.

Diciembre

¡Llegó diciembre! Hoy se inaugura oficialmente la época navideña. Es un período lleno de regocijo, esperanza y la emocionante incertidumbre de lo que el 2022 nos traerá. Ojalá que sean solo cosas buenas, chicas.

A poner el arbolito y preparar nuestra carta a Santa. Espero que esta época esté llena de momentos repletos de feminidad.

¡A disfrutar este mes!

Y ¿qué pasó? ¿Soy transexual?

No. Después de un poco más de un mes de reflexionar al respecto, finalmente concluyo que no soy transexual. Y no lo digo por permanecer en la comodidad o el privilegio de la masculinidad (que es una realidad, al menos en un país como México), sino porque de verdad estoy contento con mi dualidad.

Me gusta, me fascina ser mujer y ataviarme con las prendas características del género. Disfruto muchísimo producirme y cuidarme. Creo fielmente que Nadia es la responsable de que ponga atención a los pequeños detalles estéticos de mi físico; por ella me mantengo constante en el ejercicio, hidrato mi piel, me despierto temprano, cuido mi alimentación y varias cosas más. Mi ropa favorita es, sin duda alguna, la de mujer. Reflejo de esto es que mi guardarropa tiene más ropa femenina que masculina, y por un amplio margen.

Es de mi total agrado pasar horas practicando mi maquillaje. Ir de compras a adquirir prendas de mujer me gusta mil veces más que hacerlo para conseguir ropa de caballero. La ocasión en que me animé a ir al cajero automático y a comprar una pizza completamente transformada en mujer me cautivó. Disfruté enormemente salir de casa y que el mundo (la infinitesimal parte de él que me vio) me percibiera como mujer. En mis soliloquios, me refiero a mí misma en femenino el noventa por ciento del tiempo.

Pero, aun teniendo todo esto en cuenta, no me veo viviendo así permanentemente. Creo que esto pasa a menudo en varios aspectos de la vida. Como burdo ejemplo, me sucedió en aquellos años cuando la PlayStation hizo su debut y causó furor entre los gamers. Era la consola más codiciada y no resultaba muy accesible para el nivel económico de mi familia. Sin embargo, uno de mis primos sí que la tenía, y la llevaba a casa de mis abuelos cada diciembre para que los primos jugáramos. Pasábamos, literalmente, días enteros jugando, hasta que las vacaciones llegaban a su fin y se la llevaba de vuelta a su casa. La proximidad de las vacaciones decembrinas me causaba emoción gracias a la perspectiva de jugar con esa consola.

Desde hace dos años soy dueña de una PS4, y si he jugado con ella más de una veintena de veces creo que ha sido mucho. Está ahí, colocada en el mueble de la sala acumulando polvo. Ahora que puedo acceder a la consola permanentemente, se fue la emoción, se le quitó lo divertido. Ya no está presente esa ansia por que llegara diciembre y poder jugar. Estoy convencida de que lo mismo me pasa con mi lado femenino, porque lo he experimentado en más de una ocasión. Cuando no tengo la oportunidad de vestirme muy seguido, mis ganas se van acumulando, como en una olla de presión. Entonces, cuando veo una pequeña oportunidad, libero esas ganas, aprovechando cada mínimo instante para llevar puesta al menos alguna prenda. Si el día se presta, me produzco detalladamente, disfrutando enormemente el proceso, y me pongo triste y de malas cuando llega el momento de tener que quitarme esas prendas.

Busco prolongar el instante femenino lo más que se pueda, y a veces la sensación dura semanas. Pero, después de un período, cuando logro satisfacer mis necesidades femíneas, el ritual se vuelve monótono e insulso. Además, ¡ser mujer es muy cansado! Un motivo más por el que tienen mi completa admiración. Para lograr una imagen satisfactoria no basta solo con ponerse las prendas. Hay que rasurar y depilar varias zonas, escoger el atuendo perfecto después de intentar varias combinaciones, pasar tiempo frente al espejo aplicando y corrigiendo el maquillaje. Luego, antes de acostarse es necesario desmaquillar. Es entonces cuando, nada más de pensar en todo lo que es requerido hacer, me entra la flojera y digo “mejor me quedo de hombre” y vuelven a pasar semanas antes de que las ganas de vestirme regresen a mí.

Así sucedió en esta ocasión nuevamente. Mientras la necesidad de sentirme mujer estaba presente, no me importaba levantarme una hora más temprano para disponer de más tiempo travestida, o acostarme una hora más tarde para maquillarme y desmaquillarme como es debido. Me ponía de malas cuando no podía estar vestida de mujer y ansiaba regresar a mi hogar para aventar mi atuendo de hombre y enfundarme en el abrazo del satín. Ser llamada con adjetivos masculinos me provocaba una sensación por demás desagradable, y convivir con mis congéneres era algo que no soportaba. Esas y algunas otras razones me hicieron preguntarme si esta vez estaba lista para dar el paso hacia la transición y dejar atrás, de una vez por todas, mi vida como varón.

Pero eventualmente, como siempre sucede, la ola femenina cejó, la marea descendió y dejó de nuevo al descubierto mi lado masculino. Aunque sé que esto también es temporal, pues es parte del vaivén de este océano de dualidad. Sinceramente espero con impaciencia el regreso de mi feminidad, pero he confirmado otra vez que no quiero adquirir la nacionalidad femenina, sino seguir siendo una ciudadana con doble pasaporte.

Finalmente, pero no menos importante, quiero agradecer a las personas que se tomaron la molestia de hablar conmigo para aclarar mis dudas al respecto, que me platicaron sus experiencias y que tomaron tiempo de sus vidas para escuchar mis preguntas. Un gran saludo para ustedes, hermanas trans, y sepan que no están solas en esta lucha por la equidad y el reconocimiento de sus derechos y el respeto a su integridad y su vida. Lucha que ni siquiera tendría por qué ser tal, dicho sea de paso.

-Nadia.