Mi aceptación como travesti

Advertencia: El presente texto contiene palabras como “maricón”, “joto” y otras. Estas no se utilizan en un sentido homofóbico, sino únicamente para dar contexto a los diálogos y situaciones de la sociedad mexicana en la década de los 90 y principios de los 2000.

La primera ocasión en que escuché la expresión “travesti” fue con un significado peyorativo. Tendría yo alrededor de diez u once años de edad y acompañaba en su auto a uno de mis tíos y a su novia para ir los tres al cine. De camino al lugar de la proyección, pasamos por una llamada “zona roja” de la ciudad, punto en donde suelen concentrarse aquellas personas que brindan servicios sexuales a cambio de remuneración. Mi tío hizo un comentario diciendo algo como

-Mira, amor, esa de ahí está bien grandota.

Y mi tía, luego de observar a la persona en cuestión, respondió diciendo

-Ay, Alejandro, esa no es mujer. Luego luego se ve que es travesti.

Travesti. Una palabra que nunca antes había escuchado. Mi corta edad la relacionó con travesura. ¿A qué se referían? Desde el asiento trasero del vehículo, y gracias a la pausa en nuestro trayecto generada por un semáforo en rojo, pude observar detenidamente al aludido travesti. Era un hombre de estatura considerable ataviado con una minifalda muy pequeña, altos zapatos de tacón, medias de red, una blusa de tirantes azul que dejaba su ombligo descubierto, una peluca rubia y maquillaje exagerado. En general, de aspecto vulgar. ¿Eso es un travesti? Me pregunté en mi fuero interno.

Con la intención de aclarar la incertidumbre, expresé esta vacilación en voz alta

-¿Qué es un travesti?

La respuesta me dejó intranquila por años, y no exagero:

-Un hombre como ese que está ahí –señaló mi tío al sujeto, sin disimular-, que les gusta vestirse de viejas para tener sexo con otros hombres a cambio de dinero. Maricones, pues.

Madre santísima. Yo era un hombre que se vestía de mujer. Entonces, ¿yo era un travesti? ¿Yo era un maricón? ¿Mi futuro era acabar parada en una esquina con ropa provocativa para encontrar hombres que me dieran dinero a cambio de favores sexuales? ¿Ese travesti había empezado igual que yo?

Durante esta época yo pasaba por una enorme confusión y no tenía claro quién era. Me había prometido en múltiples ocasiones abandonar el hábito de vestirme de mujer, sin lograrlo, claro está, pero era algo que quería dejar de hacer. A partir de que supuse que lo que me esperaba en mi futuro era la prostitución, intenté todavía con más ahínco dejar de ataviarme con ropas femeninas. Y, cuando recaía, la angustia y tristeza que me atacaban eran enormes. Lloraba en la soledad de mi habitación, sin poder contarle mi pesar a nadie.

No muchos años después de eso entré a la secundaria. Gran parte del humor adolescente masculino se basa en tópicos sexuales, y en ese grado escolar se aprenden muchas cosas, tanto verdaderas como falsas. Pero eso sí, no cabe duda alguna de que nadie quiere ser señalado como el maricón o el jotito del salón, porque los demás compañeros se encargarán de hacerle la vida imposible a base de burlas y bullying. Crecen los estigmas contra lo diferente. A pesar de que yo sabía que era diferente, me esforzaba por proyectar una imagen de normalidad ante los demás, para evitar estos abusos de los que les hablo. Pero yo sabía que esto era solo una fachada, y que, tarde o temprano, mi destino esperaba pacientemente, reservando una esquina de una zona roja nada más para mí.

Fue en estos años cuando mi papá adquirió nuestra primera computadora. Tenía acceso a internet y esto representó una salvación para mí. Todavía novata en el manejo de la red de redes, mi página de inicio era la que el ordenador traía por omisión: el portal de MSN. Tenía este un primitivo buscador que yo utilizaba para investigar información relativa a mis tareas. En una tarde de ocio, introduje en el buscador las palabras que, estoy segura, más de una de nosotras ha escrito en la pulcra caja blanca con el cursor parpadeante

Me gusta vestirme de mujer

Enter.

Ahí inició la apertura hacia la verdad. El buscador devolvió algunos sitios web que abordaban el tema. No existían las redes sociales, pues estamos hablando de 1999. Tampoco YouTube. Pero encontré una primitiva página de una mujer llamada Carla Antonelli en donde explicaba que ella era un varón biológico pero que le gustaba vestirse como mujer. Y, lo que era aún mejor, decía que era algo que les ocurría a muchos hombres en el mundo. La joya de la corona: explicaba que esa condición no estaba relacionada de manera alguna con la homosexualidad. Sentí cómo un enorme peso era retirado de mis hombros. Dejé de percibirme como una rareza, como un error de la naturaleza. ¡Ah! ¿Cómo se llamaba esa condición? Travestismo heterosexual. Pero travestismo al fin y al cabo.

Teclee ese vocablo en el buscador. Me encontré con todo tipo de resultados. Personas que ofertaban sus servicios sexuales, otras que los buscaban, sitios de pornografía… pero había algunas páginas rescatables, y en una de ellas se hablaba de la raíz etimológica del término, que quería decir “cruzar o ir más allá de la vestimenta”. No hay ninguna connotación sexual en la palabra. Tampoco habla de preferencias ni de identidad de género. Tan solo es ir más allá de la vestimenta. ¡Qué alivio! Mi tío, y muchas de las personas que conocía, estaban equivocadas. Es decir, sí, en el sentido estricto, aquel hombre ataviado como mujer en esa esquina que había visto años antes sí era un travesti, pero era solo un tipo de travesti. No todos son así. Todos los pulgares son dedos, pero no todos los dedos son pulgares. Podemos extrapolar esta idea y decir que

Todos los hombres que se visten como mujeres y se prostituyen son travestis, pero no todos los travestis se prostituyen.

Existe el travestismo heterosexual. Tanto de hombre a mujer, como de mujer a hombre, mismo que tiene una mayor aceptación entre la sociedad, dicho sea de paso. Sin embargo, aun conociendo esta información, la palabra “travesti” me seguía haciendo sentir incomodidad, debido a las ideas y prejuicios que se formaban en la mente de las personas al escucharla. Prefería mantenerme alejada de esa expresión.

En una era más tardía de mi travestismo, di con un libro del que ya les he hablado en ocasiones anteriores: El Travestista y su Esposa, cuya lectura fue determinante en un momento de mi existencia. Fue en estas páginas en donde conocí el término “feminofilia”, al parecer acuñado por la propia autora del texto aquel, justamente en un intento de evitar la imagen que “travesti” evoca en la mente de las personas, pero que no logró una trascendencia mediática. Inmediatamente me etiqueté con la palabra. Yo era, y sigo siendo, una feminófila. De ahí el nombre de este blog.

Sin embargo, en últimos años, creo que producto de una madurez emocional (eso quiero pensar), ya no tengo problema alguno en identificarme como travesti. Es lo que soy y no me da pena admitirlo. Si en la mente de la gente se forma una imagen particular al escuchar lo que soy, es el resultado de sus propias ideas, conocimientos y experiencias, y yo no soy responsable de eso. Tampoco soy responsable de explicar la diferencia entre su percepción y la realidad. Un travesti es una persona que va más allá del uso de las prendas que están socialmente aprobadas para su género, y utiliza las del opuesto para diversos fines. Sí, entre esos fines puede que esté la prostitución, pero no es el único propósito. No todas lo hacemos por eso. No a todas nos atraen los hombres. No todas buscamos vivir permanentemente como mujeres.

Mi total respeto para quienes sí persiguen esos objetivos y tienen esos gustos. Yo no las juzgo ni trataré de cambiarlas. Mi propósito hoy es simplemente dejar constancia de que me acepto como soy.

Soy travesti y no me da vergüenza serlo.

3 thoughts on “Mi aceptación como travesti

  1. Cuando tuve que explicarme con mi esposa sobre este asunto, me describí como travesti. Y es verdad, tiene muchas connotaciones negativas, que tal vez no debieran ser.
    Creo que elegí mal el término en esa ocasión y no fue de ayuda. Bueno, nada lo hubiera sido.

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  2. Me encantó, el tema es harto complicado, entender la propia feminofilia lleva todo un proceso, no sé si todas llegamos a la aceptación y vivimos disfrutando de las bondades de vivirla plenamente como una faceta más de nuestra personalidad. En mi experiencia, una vez que la aceptas y la vives sin miedo o remordimiento, te vuelves una mejor persona, más empática, más comprensiva y sobre todo eres feliz!!! 🙂

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    • Hola, Vale. Sabes, tu comentario me puso a pensar mucho. Es verdad que debe haber chicas que no están contentas con su feminofilia, quizá es una carga para ellas. Lamentablemente sí, como lo señalas, es un tema por demás complicado.

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