Platícame tu historia

¡Hola! Desde que este blog comenzó, se han publicado historias, consejos y experiencias desde mi propio punto de vista. Sin embargo, veo necesario dar una mayor apertura a otras vidas, opiniones y perspectivas, con el fin de enriquecer los conocimientos y lograr un mayor índice de ayuda mutua, ya que, algo que te sucedió y pudiste resolver puede significar la salvación para alguien que se encuentre en tu misma situación sin saber qué hacer. Es debido a esta razón que extiendo la invitación para que me platiques tu historia, claro está, en completo anonimato si así lo deseas.

Cuéntame cosas como:

  • ¿Cómo iniciaste en el mundo del travestismo?
  • ¿Cómo fue tu proceso de autoaceptación?
  • ¿Cuál es la experiencia más difícil que has vivido relacionada con vestirte como mujer?
  • ¿Le has platicado a alguien tu secreto?
  • Si sí, ¿cuál fue la reacción de la(s) persona(s) cuando le(s) contaste?
  • ¿Tu pareja lo sabe? ¿Lo acepta?
  • ¿Piensas que estás en un paso previo, tomando valentía para finalmente transicionar a ser mujer a tiempo completo?

Y cualquier otra experiencia que desees compartir y que creas que puede ayudar a otras chicas feminófilas a mejorar su situación.

De igual manera, si eres la pareja de una travesti, también nos encantaría conocer tu punto de vista, tanto si estás de acuerdo con el lado femenino de tu novio o esposo, como si no. Queremos abarcar el mayor panorama posible.

Puedes enviar tu historia a mi correo: nadia_m.mtz@hotmail.com o compartirla a través de los comentarios de esta publicación.

Ningún dato personal será publicado sin tu expresa autorización y toda la información sensible será manejada con extrema confidencialidad.

*Nos reservamos el derecho de editar tu relato por cuestiones de redacción, ortografía e información que pueda resultar sensible.

Nuevo logo de blog

¡Hola! La votación para el nuevo logotipo del blog se cerró el viernes, y los resultados son claros:

Ganó la opción número 3, con 35 votos. Así que, a partir del día de hoy, la imagen ganadora se convierte en la representante de feminofila.com. ¡Muchísimas gracias a todas por su participación en esta encuesta!

-Nadia.

Mi pareja se viste de mujer. ¿Qué hago?

¡Hola! Si la búsqueda en Google de estas palabras te trajo aquí, permíteme presentarme. Mi nombre es Nadia y soy una travesti heterosexual. Estás en un blog llamado Feminófila, en donde encontrarás información que, espero sea el caso, ayude a arrojar luz sobre este asunto que puede llegar a ser confuso. Sí, el travestismo heterosexual existe. No es un mito, no es una invención de tu pareja, no es una excusa ni algo que solo está en su mente. Y, sobre todo, quiero decirte que él no es el único con esta conducta. Habemos muchos más. En todos los ámbitos, en todas las culturas, en todas las edades.

Tranquilízate. Sé que enterarte de algo así puede resultar impactante. Que, quizá, la imagen que tenías de tu pareja se haya desmoronado y pienses en que debiste hacer algo malo para que esto te pasara a ti, pero no tiene nada que ver con karma ni con que tu pareja sea más o menos hombre que todos los demás.

Comúnmente asociamos el término “travesti” con la depravación o la prostitución, pero esto está muy alejado de la realidad. En el estricto sentido, la palabra significa “más allá de la vestimenta”, sin tomar en cuenta preferencias sexuales ni identidades de género. Solo es una persona que se atavía con prendas socialmente asignadas al género opuesto. Y sí, seamos realistas; hay travestis que se prostituyen, pero, como en todo, no es bueno generalizar. Hay mujeres que se prostituyen, pero eso no significa que todas las mujeres lo hagan. Lo mismo ocurre con nosotros.

Lo primero que te recomiendo es dejar atrás los prejuicios y las ideas preconcebidas acerca de este tema. El gusto que tu pareja tiene por vestirse de mujer no está, de ninguna manera, relacionado con sus preferencias sexuales. No, no lo hace para “atraer” hombres ni tampoco porque desee transformarse para siempre y vivir el resto de su vida en el rol del género femenino. No, tampoco es un enfermo mental, ni un desviado, ni un maniático, depravado ni pervertido. Es simplemente un gusto.

Él disfruta de la exquisita suavidad de las telas de las que la mayoría de prendas femeninas están hechas, como el razo, el satín, el nailon o la seda, además de la extensa variedad en formas, texturas, cortes, colores y estilos que la moda para mujer ofrece y que no están disponibles en los monocromáticos y aburridos departamentos de ropa para caballero.

También es preciso entender que el gusto por ataviarse con ropas propias de las mujeres no es algo que se le va a quitar. No hay una “cura”, pues esto no es una enfermedad. Tampoco el ir a terapia, o hablar con el sacerdote, o cualquier otro método pensado para borrar este gusto de su psique va a funcionar, y esa es una esperanza que debes abandonar. Tú no vas a poder “cambiarlo”, así que, por favor, no lo intentes.

¿Qué sí puedes hacer? Comprenderlo. Él simplemente quiere y necesita un tiempo y un espacio para transformarse de vez en cuando. Una vez satisfecha su necesidad, tu pareja volverá, y con mucho gusto, a su vida y a su rol de hombre. ¿Estás dispuesta a compartir con él esa faceta? ¡Estupendo! Estoy segura que lo va a agradecer muchísimo, además de que valorará tus consejos en cuanto a moda y maquillaje se refiere. ¿Aceptas su lado femenino, pero no quieres tener nada que ver con el tema? También es válido, pero en este caso traten de llegar a un acuerdo. Establezcan un tiempo para que él pueda llevar a cabo esta actividad a solas, y respeta ese tiempo, mismo que tú puedes aprovechar haciendo algo que también disfrutes realizar ya sea sola o en compañía de tus familiares o amistades.

Ten presente que, si él necesita ese tiempo para saciar sus ganas de travestirse, eso no significa que prefiera hacerlo a estar contigo. Deja las comparaciones a un lado por favor. No se trata de una competencia entre tú y el lado femenino de tu pareja para ganar su atención. Simplemente se refiere a una necesidad que él tiene en su interior y que requiere satisfacer. Dicha necesidad no puede ser remplazada. No es posible “distraer” a tu pareja a través del ejercicio, de ir al cine o leer un libro, por ejemplo, así que olvida esas tácticas porque, a la larga, generarán frustración en él y ello puede acarrear otro tipo de problemas.

¿Por qué le gusta vestirse de mujer? Para esta pregunta no puedo ofrecerte una respuesta, y es muy probable que tu pareja tampoco lo sepa. La contestación a la interrogante cae en los campos de la psicología y la neurobiología, cosas en las que yo, y muy probablemente tu pareja, somos completamente ignorantes. Ser o no ser travesti no es una elección. No se trata de algo que él decidiera y a lo que pueda renunciar a voluntad. Puede intentarlo, sí, y estoy segura de que ya lo ha hecho en múltiples ocasiones a lo largo de su vida, sin éxito. Es probable que, si tú se lo pides, su amor por ti sea tan grande que de verdad se comprometa a abandonar esa conducta para siempre, pero tarde o temprano caerá de nuevo en la tentación de hacerlo. Cuando caminen por la calle y vea los escaparates de lencería o vestidos, por ejemplo.

¿Y qué pasará? Buscará hacerlo a escondidas para evitar que te enteres y eso les cause un problema. Se valdrá de mentiras para generar las oportunidades de quedarse a solas y vestirse como esa necesidad le dicta. Estoy segura que no quieres ese tipo de relación, en la que haya secretos y cosas ocultas. La honestidad siempre es mejor. Quizá sea difícil, muy difícil, saber que tu pareja está encerrada en la habitación contigua probándose una falda, un vestido, unos tacones o lencería, pero tú sabrás lo que está haciendo con toda sinceridad y las mentiras no formarán parte de su cotidianidad.

Claro está que tampoco se trata de que él goce de la libertad de hacerlo cada vez que las ganas se apoderen de él. Como dije antes, se trata de generar acuerdos. Ni tú deberías de limitarlo completamente al respecto, ni él debería dar rienda suelta a su conducta. Encuentren el equilibrio, lo que mejor les funcione a ambos para su relación y no para sus individualidades.

Sí sientes que requieres la ayuda de la terapia para entender este tema, no dudes en buscarla. Busca información al respecto, pero hazlo en publicaciones serias, especializadas y sustentadas en estudios científicos, porque en internet puedes encontrarte con cosas que no son ciertas y que te generarán más dudas que certidumbres. Platica abiertamente con tu pareja. Exprésale todas tus dudas, sentimientos e inquietudes acerca de su travestismo. Pero, eso sí, procura tener la mente abierta, porque puedes escuchar respuestas que no van a agradarte del todo.

He escrito otros posts que, espero, puedan ser de ayuda y servir como una guía para entender más acerca de esta conducta. Dejo los enlaces a continuación por si gustas leerlos. Si deseas contactarme, puedes hacerlo a través de los comentarios de este blog, a mi correo: nadia_m.mtz@hotmail.com o a mi cuenta de Facebook: Nadia Mónica Martínez.

Carta de la novia de un travesti.

Travestismo no es sinónimo de homosexualidad.

Como convivir con mi pareja que se viste de mujer.

Entrevista a mi otro yo.

Travestismo: preguntas frecuentes.

-Nadia.

Una fantasía largamente postergada. Me vestí de novia

Cada que me transformo en Nadia es para mí un momento por demás disfrutable. Aunque únicamente porte un accesorio, sentirme femenina es algo que me fascina y que no cambiaría por nada del mundo. Sin embargo, hubo una ocasión especialmente memorable, y fue cuando me vestí de novia… bueno, un poco de truco hay en esta definición, ya que el ajuar no era como tal el de una novia, sino un simple vestido blanco, pero como ya dije una vez, la imaginación juega un papel protagonista al momento de no contar con los recursos necesarios.

Siempre he tenido el anhelo de vestirme de novia, y digo sin temor a equivocarme que es una fantasía común a la gran mayoría de feminófilas. Creo que se debe a que una novia es uno de los mayores exponentes de feminidad que existen en el universo observable. Y no, no tiene nada que ver con algo machista relacionado con que la mujer se entrega o se somete a su pareja, sino con que todo en ese momento irradia delicadeza: el hermoso vestido blanco impecable e impoluto, los tacones, la lencería, el maquillaje, el peinado.

Para ese día me preparé con ahínco, tratando de cuidar todos los detalles para que fuera perfecto, como si de una novia real se tratara. La idea nació un día que, atendiendo asuntos completamente desligados de mi lado femenino, me encontraba recorriendo las calles del centro de la ciudad. Pasé afuera de un negocio por el que siempre me gusta hacerlo, pues disfruto de ver las novedades en vestidos que tienen ahí. Un atuendo blanco llamó mi atención y encendió el foco de la idea de adquirirlo para utilizarlo como vestido nupcial. Ya tenía, desde años atrás, la intención de adquirir uno de estos, pero dificultades logísticas como el precio (ya que no suelen ser económicos), el tamaño (pues soy una chica de una estatura fuera del promedio) y el lugar para ocultarlo no me habían dejado consolidar ese plan. Pero ese vestido que vi en la tienda era asequible, había tallas grandes en existencia, y no era muy voluminoso. ¡Perfecto! Entré a la tienda y lo compré.

Conduje hacia mi casa presa de una impaciencia creciente por probármelo, así que, al llegar, me despojé de mi atuendo masculino para enfundarme en tan ansiada prenda. Fue una sensación maravillosa, de esas que nos orillan a cerrar los ojos para concentrarnos en cómo la tela abraza nuestra piel. Pero me detuve. No quería que el momento que por tanto tiempo había soñado se llevara a cabo de esa manera. Caminé hacia el espejo y me observé, como si de mi prueba de vestido se tratase. El atuendo era ceñido, y sobresalían algunas zonas indeseables. Así que me lo quité y me quedé contemplando mi figura desnuda con el fin de identificar lo que sobraba para lograr la imagen tan largo tiempo fantaseada.

Tomé una libreta e hice un plan de tres meses. Me sometería a un régimen alimenticio y de ejercicios para bajar seis kilos. Eso era lo más importante. En paralelo, tenía que adquirir algunas cosas más para complementar la indumentaria, tales como:

  • Velo
  • Tiara
  • Zapatos blancos
  • Bra blanco
  • Undies blancas
  • Pantimedias Blancas
  • Aretes
  • Collar
  • Anillo
  • Peluca
  • Liga

Eran bastantes elementos y no podía permitirme comprar todo de una vez, así que también planee el presupuesto para lograr tener todo dentro de los tres meses que duraría el régimen para bajar de peso. Al igual que la masa de sobra, el espejo también evidenció una notable diferencia de tono a lo largo de mis brazos, producto de mi exposición al Sol con playeras de manga corta, por lo que sería necesario lograr un bronceado uniforme, ya que el vestido blanco dejaba mis brazos descubiertos.

Comencé con el ejercicio y la mejora en la alimentación. Cada semana monitoreaba el avance en la báscula. Tuve algunos reveses, pero, en general, llevaba buen paso. Tres meses para bajar seis kilos no era algo tan exigente. En ese transcurso de tiempo compré un par de revistas de bodas para darme ideas sobre cómo verme más femenina. Pensé en hacerme una pedicura. Pero, ¿cómo me la haría? Yo no tenía ni idea ni las herramientas para realizar tal procedimiento, por lo que debería acudir a un salón de belleza. ¿Me animaría? Un sábado, entré a Google a buscar lugares en donde ofrecieran ese servicio. Llamé a un par y pude agendar una cita para ese mismo día. Llegué nerviosa, con atuendo de hombre, por supuesto, pero la chica que me atendió tenía una actitud que me inspiró confianza. En un punto del tratamiento, le pregunté que si se le haría raro si le solicitaba que me aplicara barniz en mis uñas, a lo que dijo que no, que ella respetaba los gustos de cada quién. Me decidí, obviamente, por un color blanco aperlado. ¡Salí de allí encantada!

Los zapatos fueron imposibles de encontrar. Recorrí todas las zapaterías del centro sin hallar un par de calzado blanco de tacón de mi número. Me di por vencida. Los remplazaría con unas sandalias rosas que ya tenía. El velo fue sencillo de encontrar, aunque por motivos de presupuesto, adquirí uno para primera comunión, pero cumpliría su cometido con creces. La tiara y la liga las compré en la misma tienda que el velo.

La lencería también fue rápida de encontrar. Bastó una visita a aerie para comprarme un bra y unas undies blancas. La peluca la ordené a través de internet y llegó dos días después. Los aretes, el collar y el anillo fueron proporcionados por Todo Moda, también a un precio muy accesible. Wal Mart solucionó el punto de las pantimedias y, una vez en ese almacén, pensé en añadir unas pestañas postizas a la lista. También me llevé unas uñas ficticias, pues concluí que se conjuntarían bien con la pedicura.

Antes de la fecha estipulada ya tenía todos los requisitos cumplidos, así que decidí adelantar la ocasión. Sería un sábado, para tener el día completamente libre y dedicarlo a cumplir mi más anhelada fantasía. La noche anterior al evento dormí completamente ataviada como mujer, como un preámbulo al gran día. Amaneció y estaba impaciente. Fui a correr para aliviar un poco la tensión. De camino a casa pasé por una florería y reparé en que ¡no tenía ramo! No llevaba dinero, entonces fui a mi casa por el necesario y regresé a comprar una docena de rosas blancas. Las puse en agua al llegar a mi domicilio.

A las cinco de la tarde comenzaría mi transformación. Con una creciente ansiedad, comencé a preparar los detalles. Puse a cargar una bocina inalámbrica y mi teléfono, pues las fotos serían algo de vital importancia. Preparé el trípode y lo ajusté a la altura deseada. Me aseguré de tener una iluminación adecuada en la habitación y dejé lista en Spotify la canción de Sueño de una Noche de Verano, más conocida como la Marcha Nupcial. Me metí a bañar, rasurando el vello de cara, axilas, pecho, abdomen, y piernas. Al salir, depilé y di una forma sutilmente femenina a mis cejas e hidraté la piel de cara y cuerpo. 

Había llegado la hora de comenzar a prepararme. Era el día de mi boda y yo era la novia. ¡No podía creerlo! Me atavié con la lencería y la emoción causó una reacción predecible en mi cuerpo. Me relajé para que pasara. Luego me coloqué las medias; Las uñas de mis pies, pintadas de ese blanco nupcial, lucían espectaculares a través del nailon.  Procedí a maquillarme. Sí, antes de ponerme el vestido, porque no quería verme reflejada en el espejo portándolo todavía. Coloqué los correctores, la base, las sombras, las pestañas postizas, el rímel, el delineador y el lápiz labial con esmero. Me tardé más de una hora en esa actividad, comenzando desde cero en varias ocasiones ya que no me convencía el resultado y deseaba que todo fuera de mi total agrado.

Cuando estuve satisfecha, me puse el collar, los aretes de clip y el anillo. Luego fui por los zapatos y la liga. Cada paso provocaba en mí una sensación de estar en la gloria. Me sentía flotar por el suelo, destilando feminidad. Caminé en ese éxtasis hasta el clóset en donde tenía guardado el vestido. No lo había vuelto a sacar desde el día que lo compré y me lo probé, así que verlo de nuevo fue una experiencia estupenda. Lo descolgué del tubo y lo trasladé a la cama, sobre la que lo dejé con cuidado. Lo observé y reflexioné sobre mi situación en ese momento. Era yo una mujer alistándose para su boda. Me encontraba en tacones, pantimedias y bra, preparándome para enfundarme en mi vestido de novia. Mi corazón latía desbocado y escalofríos recorrían mi cuerpo entero.

Tomé el vestido por los tirantes, lo coloqué frente a mí llevando la parte superior a la altura de mis rodillas. Introduje una pierna, luego la otra y lo fui subiendo muy lentamente, disfrutando al máximo cada roce de la tela con mis piernas recién depiladas y cubiertas por las pantimedias. Celestial. Introduje los brazos bajo los tirantes y corregí lo que había quedado mal colocado. No era momento aún de verme al espejo, pero ya me sentía toda una diosa. Saqué la peluca de su envoltorio y me la puse con mucho cuidado. Tomé el velo y la tiara y fui al baño, porque ahí tengo un espejo solo de cara. En ese lugar ajusté la posición de esos dos elementos sobre mi cabeza, también hasta que estuve completamente satisfecha.

Dejé la colocación de las uñas postizas para el último, ya que sospechaba que con ellas puestas se me dificultaría maniobrar y hacer otras cosas. Ya, no había más por hacer. Caminé con toda la calma del mundo hasta el espejo de cuerpo completo, saboreando cada instante previo a la gran revelación, sintiendo cómo el corazón se me salía del pecho. Me posicioné frente al espejo con los ojos cerrados y los abrí poco a poco. Lentamente se materializó frente a mi vista una imagen que había imaginado desde muchos años atrás: yo vestida de novia.

No podía parar de ver mi propio reflejo. Mis ojos recorrían de arriba abajo la imagen que el espejo me devolvía. Nunca en mi vida me había sentido tan femenina, tan mujer. Registraba en mi memoria todos los detalles de ese impecable vestido blanco que, en combinación con el velo y la tiara no dejaban lugar a dudas. Yo era una novia en el día más especial de su vida. Un día con el que había soñado desde hacía años, hoy por fin se materializaba. Pero faltaba una cosa muy importante: el ramo, así que lo tomé del florero en donde lo había dejado unas horas antes.

Tomé mi celular y lo puse en el trípode en modo cámara de video. Comencé a grabar y acto seguido le di al botón de reproducir a la Marcha Nupcial. Me grabé entrando a mi cuarto mientras sonaba esa pieza, imaginando que era el momento en el que entraba a la iglesia de la mano de mi padre, seguida por todo el cortejo nupcial, caminando por una alfombra blanca hasta el altar. Los invitados se volvían en sus asientos para mirarme y escuchaba sus exclamaciones ahogadas cuando contemplaban la belleza y feminidad que de mí emanaba. Yo era la protagonista en ese momento. Todos estaban ahí para verme entrar y caminar hasta el altar. Al llegar, me arrodillé ante mi Diosa y le agradecí por permitirme vivir aquel momento.

Un par de videos y decenas de fotografías quedan como testigos de ese mágico instante. Sí, funcionó para calmar esas ansias de transformarme en una hermosa novia, pero todavía no puedo ponerle palomita al cuadrito del check list, ya que tengo la firme intención de portar un verdadero vestido de novia, además de hacerme un peinado y maquillaje profesionales para la ocasión. Es una de mis metas en la vida.

-Nadia.

La construcción de mi identidad femenina

Ser travesti es complicado por muchas razones, pero entre ellas se encuentra la identidad. ¿Somos hombres que se visten como mujeres? ¿Somos mujeres que se disfrazan de hombre todos los días? ¿Somos una mezcla de ambas facetas sin acabar de ser ni la una ni la otra? Vaya, estas preguntas lucen dignas de un diván de terapeuta, y definitivamente aquí no tendrán una respuesta aclaratoria. Sin embargo, puedo decir que me siento muy orgullosa de mi identidad de mujer, misma que he ido construyendo con el pasar de los años, y se ha afianzado en paralelo con mi identidad masculina, hasta un punto en el que las dos han alcanzado el punto de fusión.

Anteriormente yo era muy celosa con la separación de mis dos personalidades, y me esforzaba por evitar la mezcla entre una y otra.

“A Nadia le gusta el Pop y a mi lado masculino el Rock y el Metal”

“Nadia ve chick flicks y mi lado masculino ve películas de acción o de suspenso”

“Nadia lee novelas rosas y mi lado masculino prefiere la divulgación científica o la ciencia ficción”

“Mi lado masculino es procrastinador, mientras que Nadia es responsable y productiva”

Todas estas frases se expresaban en mi cerebro a manera de pensamientos y reflexiones, hasta que me di cuenta de lo agotador que resulta mantener dos personalidades separadas. En algún punto de mi evolución y maduración como individuo, me di cuenta que Nadia y mi “lado masculino” no somos dos personas distintas ni independientes. No somos divisibles. No tengo doble personalidad ni síndrome de bipolaridad. No somos dos almas habitando un mismo cuerpo ni un cerebro partido por la mitad. Somos la misma persona.

En el sentido más estricto, Nadia ni siquiera existe. Nadia es el nombre que yo mismo (como hombre) le di a la necesidad de expresar mi lado femenino sobredesarrollado, pero no es otra persona. Soy yo. A mí me gusta tanto el Pop como el Rock, los filmes de comedia romántica y las películas de miedo, las novelas con final feliz y el suspenso a lo Stephen King, soy yo quien a veces se levanta con más ganas de hacer las cosas que el día anterior o la semana pasada.

Con el pasar del tiempo he aprendido esta lección. Sí, es verdad que tengo un lado femenino, lo llamo Nadia Mónica, y bajo ese pseudónimo me comporto de una manera diferente a como lo hago en mi vida diaria y cotidiana, pero ella no es alguien que exista por sí misma. Claro que es la responsable de muchos aspectos de mi personalidad, que me hacen exhibir comportamientos sociales que difieren al de los no-travestis, y que tal vez, solo tal vez, me dotan de una capacidad un poco mayor para entender a las mujeres.

A través de la línea del tiempo he tenido varios nombres de mujer, cosa que ya conté en un post anterior. He sido Paola, Karla, Marlenne, Karissa, Valeria, Sharely, Melissa, Andrea, Denisse y varios de los que no me acuerdo, pero todos esos son solo alias que me sirven para meterme en un personaje que al principio yo creé, pero que se fue fundiendo conmigo hasta que la línea de distinción se hizo invisible. Es importante también tener en cuenta que, así como sucede en la industria cinematográfica, los personajes no necesariamente tienen la misma edad que el actor o la actriz que los interpreta. Puede que incluso un personaje nunca envejezca, pero no es el caso de esa mujer a la que decidí llamar Nadia. Reitero, ella no es un personaje, soy yo. Yo envejezco y ella envejece conmigo. Ella madura conmigo. He conocido a algunas feminófilas que avanzan a través del tiempo y van creciendo, pero que dejan a su lado femenino congelado en una cierta edad o época. Ellos viven en sus cuarenta o cincuenta y creen que todavía tienen la edad para que su alter ego luzca una minifalda o una blusa sin mangas como lo haría una veinteañera. Aprendamos que la vida se mueve y algunas cosas ya no van con nuestra edad. Siempre encontraremos prendas que nos permitan lucir lo más bellas posibles, en lugar de apostar por lo que puede verse fuera de lugar.

Carta de la novia de una feminófila

Hace algunos años recibí, como lo especifica el título de este post, la carta de la novia de una chica travesti. En esta misiva, habla acerca de lo que para ella significa el hecho de tener un novio con esta conducta, y que, si bien al inicio fue un shock importante que derivó en días de tristeza y desesperación, al final avistó la luz al término del túnel y aprendió no solo a ver el lado bueno de la condición de su pareja, sino a disfrutarlo, pues comprendió que no hay amor más puro que el de aceptar a una persona con defectos y virtudes. Sin más preámbulo, les comparto la carta en cuestión.

14-Noviembre-2015

Hola.     

Mi novio y yo llevamos tres años con seis meses de una relación hermosa. Hace algunos meses, alrededor de seis, mi novio me confesó que es travesti; eso quiere decir que venera al género femenino a tal grado de que disfruta vestirse como una mujer, usar accesorios, lencería, maquillaje, entre otras cosas.

Por la educación que me dieron mis padres y por mi forma de ser, me considero una persona conservadora. Por esta razón, la confesión de mi novio no fue algo muy agradable para mí, pues no conocía nada sobre el tema. Lo primero que hice fue sentirme terrible, me la pasaba llorando cada que él me tocaba el tema, pues me sentía muy triste. Mi relación con él es maravillosa; es un hombre amoroso, comprensivo, atento, servicial, respetuoso, caballeroso, detallista, siempre al pendiente de mí buscando mi bienestar. Por todo esto, al enterarme de sus gustos, sentí que el mundo se me venía encima, pues siempre pensé que él era demasiado bueno para ser verdad y creí que no me había equivocado cuando estuve al tanto de esa situación.

Por lo que he leído, la mayoría de las parejas de los travestis, al enterarnos, lo primero que pensamos es que son homosexuales, ya que la sociedad siempre ha relacionado el atuendo femenino con la necesidad de atraer a un hombre, cosa que la mayoría de las mujeres (aquellas que nos respetamos y sabemos que somos valiosas sin la necesidad de un hombre a nuestro lado) sabemos que no es cierto. Pero en el momento tenemos tantos sentimientos encontrados, que es muy difícil pensar con claridad. Inconscientemente caemos en este error y a mi parecer es lo que nos hace sentir peor.

Otra cosa que pasó por mi cabeza fue que tal vez yo no era suficientemente “mujer” o femenina para él y que eso lo había orillado a desarrollar esa conducta. Después entendí que, al sentirse tan atraído por la feminidad, él no podría estar con alguien que no cumpliera con esta característica y eso me tranquilizó.

Creo que el error que cometen muchas mujeres cuando sus parejas les confiesan su travestismo o, en el peor de los casos, ellas los descubren “vestidos”, es no permitirles que les expliquen la situación, no escucharlos y abandonarlos. Para mí, es una decisión muy cobarde: ¡qué fácil es salir huyendo de los problemas en lugar de enfrentarlos! Algo que me parece muy impactante es que, tristemente, muchas mujeres perdonan a sus parejas infidelidades, maltratos, golpes, insultos y demás abusos, pero, teniendo a un hombre bueno que las ama con todo su ser, no le permiten ni siquiera hablar, decir lo que siente, por qué lo hace. Simplemente los abandonan en el momento en que más las necesitan, cuando bien saben que ellos jamás, bajo ninguna circunstancia, las dejarían a su suerte por el amor que les tienen, porque son su vida entera. Debemos estar conscientes de esto: somos sus compañeras, las que eligieron para toda la vida, la única con la que comparten absolutamente todo. ¿De verdad es más fácil darles la espalda?

En mi caso, nunca pasó por mi cabeza dejarlo. Lo amo tanto que sé que no podría estar sin él, así que me dediqué a leer todo lo que pude encontrar respecto al tema y a comentarle todas mis dudas e inquietudes. No fue todo perfecto, se cometieron varios errores durante el proceso. A pesar de que le pedía que fuera completamente sincero conmigo, él seguía ocultándome cosas por miedo a mi reacción, lo que nos ocasionó varios problemas. Pienso que lo peor que puedes hacer como travesti al momento de comentárselo a tu pareja es decir verdades a medias. Si decidiste compartir esto con ella, lo mejor será que le des tu plena confianza, para que no se sienta excluida y la ayudes en la medida de lo posible a asimilar todo lo que tenga que entender para que puedan seguir siendo tan felices como antes, o incluso más.

Algo que me ayudó mucho a aceptar la personalidad femenina de mi novio fue leer las características que los hombres con este gusto tienen, que por lo que vi, son muy semejantes en todos ellos. Resultó que todo aquello que me tiene tan enamorada de él, tiene que ver con su lado femenino desarrollado. Aquí fue cuando me di cuenta de que realmente no estaba en presencia de otra persona al conocer a Nallely (nombre con el que bautizamos a la parte femenina de mi novio). Más bien, siempre estuvo presente y fue quien me enamoró.

Muchas soñamos con un hombre que nos entienda, que nos valore, que reconozca todo lo que implica ser mujer y que quiera compartir con nosotras todos los aspectos de nuestra vida, no solo nuestro cuerpo. Eso es precisamente lo que hace un travesti: es el cuerpo de un hombre con la mente de una mujer, no hay mejor combinación para mí.

Otro punto muy importante es que mi novio no tiene características afeminadas durante su faceta de hombre, actúa como los demás (claro, sin ser un machista ni un patán) y hoy que conocí a Nallely pude darme cuenta que también puede ser una mujercita muy linda y femenina, lo cual me encantó.

Por mencionar otra ventaja, un travesti puede ser para nosotras, sus parejas, nuestra creación, si decidimos apoyarlos. Ellos aceptarán cualquier sugerencia de zapatos, ropa, maquillaje… podemos enseñarles muchas cosas y, por supuesto ayudarles, ya que lo necesitan de sobremanera.

Creo que el mayor beneficio que nosotras podemos obtener al aceptar y amar a nuestros queridos novios o esposos, es su inmenso amor. Por supuesto que ya nos aman, por algo decidieron compartir con nosotras este aspecto tan importante de sus vidas; no hay mayor prueba de que quieren una vida a nuestro lado y que los conozcamos por completo, y no solo la faceta que conocen todos los demás. Al aceptar y amar su lado femenino, puedes notar como inmediatamente su amor por ti crece significativamente, porque, como me dijo mi novio, haces su sueño realidad, te conviertes en lo más especial para él, en una mujer por demás única, alguien que no creyeron encontrar jamás y, por tanto, estarán agradecidos de por vida.

En mi experiencia, una vez que mi novio se decidió a ser completamente sincero conmigo, me platicó todo por lo que ha pasado y todo lo que él siente, no pude hacer otra cosa más que brindarle todo mi apoyo, ofrecerle mi ayuda para cualquier cosa que necesite y convivir con Nallely cada que es posible. Ahora que la conocí en persona me hizo muy feliz saber que ambas nos sentimos muy a gusto juntas y disfrutamos mucho el momento.

Hoy puedo decir que no me arrepiento de nada. La relación con mi novio está sin duda en su mejor etapa, pues ahora lo conozco por completo y nos amamos más que nunca, somos una pareja plena y feliz. Nallely se ha convertido en mi mejor amiga, me siento muy a gusto con ella y disfrutamos nuestros días para nosotras. Ella me dijo que está feliz de ya no estar sola, ahora me tiene a mí y me tendrá toda la vida porque la amo.

                                                                                                                     La novia de Nallely.

Mi aceptación como travesti

Advertencia: El presente texto contiene palabras como “maricón”, “joto” y otras. Estas no se utilizan en un sentido homofóbico, sino únicamente para dar contexto a los diálogos y situaciones de la sociedad mexicana en la década de los 90 y principios de los 2000.

La primera ocasión en que escuché la expresión “travesti” fue con un significado peyorativo. Tendría yo alrededor de diez u once años de edad y acompañaba en su auto a uno de mis tíos y a su novia para ir los tres al cine. De camino al lugar de la proyección, pasamos por una llamada “zona roja” de la ciudad, punto en donde suelen concentrarse aquellas personas que brindan servicios sexuales a cambio de remuneración. Mi tío hizo un comentario diciendo algo como

-Mira, amor, esa de ahí está bien grandota.

Y mi tía, luego de observar a la persona en cuestión, respondió diciendo

-Ay, Alejandro, esa no es mujer. Luego luego se ve que es travesti.

Travesti. Una palabra que nunca antes había escuchado. Mi corta edad la relacionó con travesura. ¿A qué se referían? Desde el asiento trasero del vehículo, y gracias a la pausa en nuestro trayecto generada por un semáforo en rojo, pude observar detenidamente al aludido travesti. Era un hombre de estatura considerable ataviado con una minifalda muy pequeña, altos zapatos de tacón, medias de red, una blusa de tirantes azul que dejaba su ombligo descubierto, una peluca rubia y maquillaje exagerado. En general, de aspecto vulgar. ¿Eso es un travesti? Me pregunté en mi fuero interno.

Con la intención de aclarar la incertidumbre, expresé esta vacilación en voz alta

-¿Qué es un travesti?

La respuesta me dejó intranquila por años, y no exagero:

-Un hombre como ese que está ahí –señaló mi tío al sujeto, sin disimular-, que les gusta vestirse de viejas para tener sexo con otros hombres a cambio de dinero. Maricones, pues.

Madre santísima. Yo era un hombre que se vestía de mujer. Entonces, ¿yo era un travesti? ¿Yo era un maricón? ¿Mi futuro era acabar parada en una esquina con ropa provocativa para encontrar hombres que me dieran dinero a cambio de favores sexuales? ¿Ese travesti había empezado igual que yo?

Durante esta época yo pasaba por una enorme confusión y no tenía claro quién era. Me había prometido en múltiples ocasiones abandonar el hábito de vestirme de mujer, sin lograrlo, claro está, pero era algo que quería dejar de hacer. A partir de que supuse que lo que me esperaba en mi futuro era la prostitución, intenté todavía con más ahínco dejar de ataviarme con ropas femeninas. Y, cuando recaía, la angustia y tristeza que me atacaban eran enormes. Lloraba en la soledad de mi habitación, sin poder contarle mi pesar a nadie.

No muchos años después de eso entré a la secundaria. Gran parte del humor adolescente masculino se basa en tópicos sexuales, y en ese grado escolar se aprenden muchas cosas, tanto verdaderas como falsas. Pero eso sí, no cabe duda alguna de que nadie quiere ser señalado como el maricón o el jotito del salón, porque los demás compañeros se encargarán de hacerle la vida imposible a base de burlas y bullying. Crecen los estigmas contra lo diferente. A pesar de que yo sabía que era diferente, me esforzaba por proyectar una imagen de normalidad ante los demás, para evitar estos abusos de los que les hablo. Pero yo sabía que esto era solo una fachada, y que, tarde o temprano, mi destino esperaba pacientemente, reservando una esquina de una zona roja nada más para mí.

Fue en estos años cuando mi papá adquirió nuestra primera computadora. Tenía acceso a internet y esto representó una salvación para mí. Todavía novata en el manejo de la red de redes, mi página de inicio era la que el ordenador traía por omisión: el portal de MSN. Tenía este un primitivo buscador que yo utilizaba para investigar información relativa a mis tareas. En una tarde de ocio, introduje en el buscador las palabras que, estoy segura, más de una de nosotras ha escrito en la pulcra caja blanca con el cursor parpadeante

Me gusta vestirme de mujer

Enter.

Ahí inició la apertura hacia la verdad. El buscador devolvió algunos sitios web que abordaban el tema. No existían las redes sociales, pues estamos hablando de 1999. Tampoco YouTube. Pero encontré una primitiva página de una mujer llamada Carla Antonelli en donde explicaba que ella era un varón biológico pero que le gustaba vestirse como mujer. Y, lo que era aún mejor, decía que era algo que les ocurría a muchos hombres en el mundo. La joya de la corona: explicaba que esa condición no estaba relacionada de manera alguna con la homosexualidad. Sentí cómo un enorme peso era retirado de mis hombros. Dejé de percibirme como una rareza, como un error de la naturaleza. ¡Ah! ¿Cómo se llamaba esa condición? Travestismo heterosexual. Pero travestismo al fin y al cabo.

Teclee ese vocablo en el buscador. Me encontré con todo tipo de resultados. Personas que ofertaban sus servicios sexuales, otras que los buscaban, sitios de pornografía… pero había algunas páginas rescatables, y en una de ellas se hablaba de la raíz etimológica del término, que quería decir “cruzar o ir más allá de la vestimenta”. No hay ninguna connotación sexual en la palabra. Tampoco habla de preferencias ni de identidad de género. Tan solo es ir más allá de la vestimenta. ¡Qué alivio! Mi tío, y muchas de las personas que conocía, estaban equivocadas. Es decir, sí, en el sentido estricto, aquel hombre ataviado como mujer en esa esquina que había visto años antes sí era un travesti, pero era solo un tipo de travesti. No todos son así. Todos los pulgares son dedos, pero no todos los dedos son pulgares. Podemos extrapolar esta idea y decir que

Todos los hombres que se visten como mujeres y se prostituyen son travestis, pero no todos los travestis se prostituyen.

Existe el travestismo heterosexual. Tanto de hombre a mujer, como de mujer a hombre, mismo que tiene una mayor aceptación entre la sociedad, dicho sea de paso. Sin embargo, aun conociendo esta información, la palabra “travesti” me seguía haciendo sentir incomodidad, debido a las ideas y prejuicios que se formaban en la mente de las personas al escucharla. Prefería mantenerme alejada de esa expresión.

En una era más tardía de mi travestismo, di con un libro del que ya les he hablado en ocasiones anteriores: El Travestista y su Esposa, cuya lectura fue determinante en un momento de mi existencia. Fue en estas páginas en donde conocí el término “feminofilia”, al parecer acuñado por la propia autora del texto aquel, justamente en un intento de evitar la imagen que “travesti” evoca en la mente de las personas, pero que no logró una trascendencia mediática. Inmediatamente me etiqueté con la palabra. Yo era, y sigo siendo, una feminófila. De ahí el nombre de este blog.

Sin embargo, en últimos años, creo que producto de una madurez emocional (eso quiero pensar), ya no tengo problema alguno en identificarme como travesti. Es lo que soy y no me da pena admitirlo. Si en la mente de la gente se forma una imagen particular al escuchar lo que soy, es el resultado de sus propias ideas, conocimientos y experiencias, y yo no soy responsable de eso. Tampoco soy responsable de explicar la diferencia entre su percepción y la realidad. Un travesti es una persona que va más allá del uso de las prendas que están socialmente aprobadas para su género, y utiliza las del opuesto para diversos fines. Sí, entre esos fines puede que esté la prostitución, pero no es el único propósito. No todas lo hacemos por eso. No a todas nos atraen los hombres. No todas buscamos vivir permanentemente como mujeres.

Mi total respeto para quienes sí persiguen esos objetivos y tienen esos gustos. Yo no las juzgo ni trataré de cambiarlas. Mi propósito hoy es simplemente dejar constancia de que me acepto como soy.

Soy travesti y no me da vergüenza serlo.