Cualquier parecido con la realidad…

Vestirse de mujer es adictivo. Una vez que descubres que te gusta, es prácticamente imposible dejar de realizar esta actividad. Como toda adicción, empieza siendo pequeña y fácil de controlar pero, conforme va avanzando y se arraiga más y más en nosotras, tiende a expandirse y ocupar un lugar más amplio en nuestra personalidad, hasta el punto de casi ocuparla por completo. Atrévete a dar el primer paso y no podrás parar.

Inicialmente puedes satisfacer tu necesidad de transformarte tan solo con las prendas que encuentras en tu casa. Las de tu mamá o tus hermanas. Todo está bien, no hay ningún problema. De repente, un día en alguna tienda departamental ves una falda que te encanta o, quizá, si eres más atrevida, estás de visita en casa de tus primas, tus vecinas, o tus compañeras de clase y te fascina alguna de sus prendas y la hurtas, porque sientes el deseo irrefrenable de poseerla. Ya tienes tu primera prenda propia y el sentimiento es excitante. Pero necesitas un lugar para esconderla. No hay inconveniente, tienes mucho lugar en tu habitación.

Poco a poco te vas haciendo de más ropa. Y cada vez quieres más y más. Pero se te va acabando el espacio para mantenerla escondida y entonces o te detienes o tiras los viejos atuendos para hacer lugar para los nuevos. Ni siquiera lo consideras, detenerte no es una opción. Las prendas antiguas ya las usaste y disfrutaste, entonces optas por deshacerte de unas cuantas para hacerle lugar a lo que comprarás. Una maleta sigue siendo suficiente.

Sigues creciendo y ya no solamente la ropa te gusta; también el maquillaje. Investigas un poco y descubres que hay cientos de diferentes opciones para lucir bellísima y femenina. Pero tú estás aquí solo por lo básico. Tal vez un estuche de sombras y un lápiz labial sean suficientes… por ahora. Con el tiempo comienzas a mejorar tu técnica de maquillaje con lo que tienes y ahora te resulta exiguo. Necesitas una base, delineador de ojos y rímel. ¡Ah!, pero con ello viene la necesidad de esponjas para distribuir bien la base y unas pinzas para enchinar las pestañas antes de aplicarles rímel. Espera, además de ropa y maquillaje, ¿necesitas utensilios? Sí. ¡Uff!

La vida continúa y en este punto cuentas ya con lo necesario para vestirte y maquillarte a tu estilo y agrado. Ya llevas algunos años siendo travesti de clóset cuando un día te ves frente al espejo después de una de tus transformaciones y piensas

-¡Guau! ¡Me veo realmente hermosa! Pero, ¿cómo luciría este atuendo si tuviera el cabello más largo y quizá de otro color?

Y entonces una bombilla se enciende dentro de ti y se te ocurre que la solución es adquirir una peluca. Y cuando estás en el lugar donde las venden también compras pestañas y uñas postizas… y unos aretes de clip, y un anillo. ¡Mira ese collar! Iría muy bien con el vestido verde. También te llevas una diadema, para que la peluca no se vea tan simple.

Te caracterizas como toda una sexy señorita y todo luce increíble, pero te percatas de que te faltan los zapatos. No sabes andar en tacones, así que decides adquirir unos flats. Listo, deseos completamente saciados. Un día vas tranquilamente caminando por la calle y ves a una chica muy atractiva pasar por la acera de enfrente. Lleva una falda muy parecida a una que tú tienes, pero ella la usa con tacones. ¿Tacones? No, ya sería demasiado. Además, como ya vimos, no sabes caminar en ellos. Bueno, pero nadie nació sabiendo, ¿verdad? Y ¿cómo aprenderás a hacerlo si no practicas? Podrías tomar unos de tu hermana, pero ya no te quedan. Necesitas unos propios. Y entonces vas a la zapatería a buscarlos. Y ahí ves unas botas. Te visualizas con ellas y te agrada el resultado. Te las llevas también. Te diriges a la salida y en eso te percatas de la enorme variedad de colores en los zapatos de mujer. Como hombre solo dispones de negros, cafés y azules. ¿En serio comprarás solo zapatos de mujer negros? ¿Qué hay de las prendas de otros tonos? No todo luce bien con zapatos negros. Te vas pensativa y vuelves una quincena después a comprar unos tacones amarillos que vayan con la blusa que viste en el aparador de la tienda de ropa y que también comprarás… y unas hermosas sandalias rosas de tacón cuadrado y correas al tobillo porque, pues ¡son rosas!

Oye, y ¿si te llevas unas pantimedias? Porque sí, esa minifalda se te ve muy bonita, pero ¿has pensado cómo luciría con unas pantimedias negras? No, mejor que sean medias, de esas que llegan al muslo. Bueno, que sean las dos, para probar. Llegas a casa, te pones las medias y te das cuenta de que unos pasos después empiezan a bajarse y no te agrada. ¿La solución? ¡Sí! Un liguero. El próximo fin de semana irás por el a la tienda de lencería.

Llegas y entras nerviosa, nunca has comprado lencería antes y sientes que las vendedoras y las clientas te fulminan con la mirada. Acopias todo tu valor y sales de ahí con el liguero. No fue tan difícil, ¿verdad? Solo tuviste que decir que era para tu novia. ¿Viste el hermoso conjunto de bra y panty color vino? Sí, lo hiciste. Ya viste que comprar lencería no es complicado, quizá regreses luego por él. Y vuelves al día siguiente.

Tu vestuario hace años que dejó de caber en una pequeña maleta en el fondo del armario. Ahora ocupa tres maletas y dos bolsas. Sin tomar en cuenta la ropa que has tirado porque ya no te gustaba, o no te quedaba, o te deshiciste de ella en una de las crisis de culpa que has tenido y en las que juraste no volver a vestirte de mujer. Además de la ropa, tienes correctores, rubores, polvos traslúcidos, delineadores de ojos, de pestañas y de cejas, brochas, barnices de uñas de varios colores, pinzas de depilar, enchinadores de pestañas, anillos, pulseras, gargantillas, aretes, collares, desmaquillantes, cremas de depilar, tratamientos para la piel. ¿Será momento de parar? Lo más sensato es que sí, antes de que te descubran. ¿Puedes parar? Lo más probable es que sí, al menos por un tiempo. ¿Quieres parar? Definitivamente no. Quieres averiguar hasta dónde puedes llegar, qué tan mujer puedes parecer.

“En esta ¿vocación? Llegas hasta donde te detienen. Cada vez que logras algo, quieres dar un paso más… y si no lo logras, te esfuerzas en hacerlo. Esos logros pueden ser lucir bien cuando te transformas, tener unos lindos tacones, aprender a maquillarte, etcétera y, cuando pasas una de esas pruebas, quieres llegar a la siguiente, y el ciclo se repite hasta que algo o alguien te lo impide” me comenta Mónica, una de las seguidoras de este blog.

Un día estás a punto de casarte y decides que es momento, ahora sí de una vez por todas, de deshacerte de esas maletas con ropa femenina. Sin miramientos, sin nostalgias. Todo se irá a la basura. Te pones a pensar cuánto dinero tienes invertido en tu feminidad, y te das cuenta que la cantidad es muy considerable. Tu colección es tan grande que incluye un vestido de novia, con todo y velo, lo que resulta irónico porque la mujer con la que pronto te casarás todavía no tiene uno. Piensas que, si no tuvieras esta afición por ataviarte y transformarte en mujer por unos instantes, quizá ahora mismo poseerías algunas otras cosas materiales que has deseado desde hace ya mucho tiempo. ¿Todo fue acaso un desperdicio de tiempo y dinero? No, no lo crees así. Invertir en lo que te hace sentir bien y te trae felicidad y plenitud es una decisión sensata.

Un momento. No, no todo puede irse a la basura. Después de todo mira esta blusa, no salió muy barata y es preciosa, no tiene porqué acabar en los residuos. Y esa falda que tan bien combina con ella, será difícil volver a encontrar una parecida. Esas las rescatas, pues no será complicado encontrar sitio para ocultar tan solo una falda y una blusa.

Buena suerte, hermana feminófila.

2 thoughts on “Cualquier parecido con la realidad…

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