Mi travestismo está cambiando. ¿Soy trans?

Siempre he defendido, en este blog y en todos lados en los que se me plantea la cuestión, que el travestismo no es, por así decirlo, un grado previo a la transexualidad. No es una estación de paso en la que el tren hace una escala antes de llegar a su destino, sino que es un destino en sí mismo. Y claro, sé que la variedad de ideologías de género es tan amplia como el propio Universo quizá, y habrá casos en los que sí funcione así. Tal vez muchas de las que hoy son mujeres trans hayan comenzado siendo “solo” travestis (lo pongo entre comillas porque serlo no es simple) y vistiéndose de mujer cada fin de semana, o en fiestas de Halloween, no sobre una base permanente, para después darse cuenta de que eso ya no las satisfacía y querían dar el paso hacia dejar salir su lado femenino todo el tiempo, pero también hay muchos otros casos en los que el travesti sabe que esa feminidad es temporal y está a gusto con ello, y también con su masculinidad. Sabe encontrar el equilibrio.

Siempre me he asociado con este segundo grupo, es decir, saber que yo soy hombre y estar a gusto con mi condición de tal, pero con cruces ocasionales a esa barrera que divide a ambos géneros. Solo una turista que viene del mundo masculino a estas tierras femeninas y trata de encajar en ellas lo mejor que puede, mimetizándose y adoptando las costumbres que le parecen agradables para llevarlas con él de regreso al planeta masculino, junto con algunos souvenirs. Pero siempre, siempre he sabido que debo regresar a mi mundo de testosterona y cromosomas XY… hasta los días pasados.

Verán, las pondré en contexto para explicarme mejor, pero sin tratar de alargar esto y aburrirlas. De manera abreviada, hacía ya más de medio año que no había podido transformarme en mujer, por una causa que no haré pública en este espacio. Me plantee incluso la posibilidad de abandonar el travestismo, como sé que muchas hemos intentado a lo largo de nuestras respectivas historias de vida. Sabía y era consciente de que no podría dejarlo del todo, de que siempre estaría ahí, latente, para despertar a la menor provocación, pero sentía que podría controlar esas urgencias y ayudarme de mi imaginación para visualizarme vestida y transformada aunque no lo estuviera, y así aliviar la necesidad de ataviarme con prendas de mujer. Más que abandonarlo, estaba dispuesta a dejarlo de lado, rezagado, relegado en las sombras como un juguete al que le perdimos el interés.

Todo iba bien y mi plan funcionaba a la perfección, como máquina de Goldberg bien calculada y construida. Incluso, este blog me servía de catarsis para estar en contacto con Nadia, aunque físicamente no pudiera ser ella. Quizá esta es la explicación más fehaciente de por qué he publicado más posts este año que en ningún otro. Pues ahí estaba yo hasta que el plan exhibió su primera falla: yo misma. Creo que podemos diseñar las cosas a prueba de todo, menos de nosotros mismos. El jueves de la semana antepasada, gracias a una maravillosa casualidad del destino, tuve la oportunidad de volver a las andadas del crossdressing. Fue algo inesperado, no tuve ocasión de planearlo. La oportunidad me tomó completamente desprevenida, vamos. Esa historia ya se las conté, pero de ahí se hila lo que en este momento les cuento. Me vestí y me fascinó, como siempre. El fin de semana no mostraba un panorama favorable para hacerlo de nuevo, pero yo hice todo lo que pude para crear la oportunidad y llevarlo a cabo.

La semana continuó de manera cotidiana hasta el viernes en que, de nueva cuenta, me transformé por la mañana, antes de que llegara la hora de ir al trabajo y tuviera que quitarme mis delicadas y hermosas prendas. En ese instante noté algo. Para ponerlo en palabras, fue como si esas prendas que me estaba quitando se aferraran a mí; como si al despojarme de ellas lo estuviera haciendo también de mi propia piel. Mi cuerpo, mi mente y mi conciencia querían prolongar las sensaciones femeninas. Pero fue imposible. En el trabajo ni siquiera podía concentrarme. Mi mente se la pasaba ideando planes para pasar más tiempo en modo chica todos los días sin que fuera muy evidente: llevarme ropa interior de mujer debajo de mi atuendo masculino; agregar algún pequeño accesorio que no llamara mucho la atención, pero que a mí me hiciera sentir mujer; poner un atisbo imperceptible de sombra en mis párpados… ya saben, los sospechosos habituales, los viejos confiables.

Por azares del destino, y ahora sí sin buscarlo (bueno, quizá un poquitín, lo confieso) ese día se me abrió la perspectiva de poder nuevamente travestirme. No por unas horas. No por un día. ¡Por todo el fin de semana! ¡Comenzando la misma tarde del viernes y acabando hasta que me tuviera que ir a mi empleo el lunes! En ese momento entré en una especie de trance y creo que sigo en él, porque no sé si estoy pensando con claridad. Las horas para salir de la oficina se me hacían interminables a causa de la ansiedad y la prisa que tenía por ser yo misma. Cuando finalmente se cumplió el plazo, salí disparada hacia la plaza comercial más cercana a adquirir aun más cosas de las que previamente había comprado, pero que me hacían falta. Eventualmente llegué a casa y comenzó el desenfreno. Me despojé de mi indumentaria de hombre y no volví a ver esa ropa hasta hoy por la mañana. Dormí, desperté, me ejercité, cené, comí, desayuné, limpié la casa, cociné, leí, vi series, canté y bailé siendo mujer. Y sí, fue maravilloso. Pero se repitió la historia.

La misma sensación que me sobrevino el viernes por la mañana llegó hoy también, pero amplificada. Mi falda se resistía a abandonar mi cuerpo. La simple perspectiva de volver a enfundarme en prendas masculinas me causaba repulsión. Y no solo era la ropa, sino la idea de tener que enfrentar el día como hombre y ser llamada por mi nombre de varón y adjetivos masculinos. En un punto antes de salir de casa mi padre me mandó un audio de WhatsApp, saludándome con la frase

-Buenos días, hijo…

El mundo se giró de cabeza. Les juro que sentí algo parecido a un nocaut, pero en el alma. Hijo. ¡No! No soy tu hijo, ¡soy tu hija! Obviamente no se lo dije, pero mi espíritu lo gritaba. En verdad sentía un malestar físico, y no exagero, causado por tener que ser hombre. Fue como estar todo el fin de semana pintando al óleo una obra, puliéndola, afinando sus detalles, mejorándola con cada movimiento del pincel, meticulosamente intentando dejarla impecable y que, cuando mejor creí que estaba quedando, alguien pasara y le aventara un bote de solvente, arruinando de un solo movimiento lo que tanto me costó ir construyendo, viendo cómo la imagen se escurría irremediablemente hacia el suelo. No quería salir de mi casa. Estuve tentada a reportarme enferma y quedarme a trabajar en home office para seguir disfrutando de mi lado femenino, pero supe que esa solución solo serviría hasta que llegara el día de mañana y se repitiera la historia, así que me resigné e hice acopio de todas mis fuerzas mentales para desprenderme de la falda, las pantimedias, la blusa y la peluca que me ataviaban. Me atreví, sin embargo, a llevarme pantimedias bajo el pantalón. No creo que hubiera podido enfrentar el día sin ese enlace a lo femenino.

Toda esta situación sembró una duda inquietante en mi cabeza: ¿por qué me sentí así? ¿Por qué me disgustó tanto la idea de regresar a mi normalidad de hombre? No sé si se deba a que pasé mucho tiempo sin poder disfrutar de travestirme y, ahora que tuve las oportunidades, no quería que se terminaran. Algo parecido a como si de una olla de presión se tratase: el vapor se acumula en el interior y se expande, ocupando todo el volumen disponible, queriendo salir y cada vez generando más presión. Cuando al fin encuentra una abertura pequeña sale desbocado. La abertura dura algunos segundos y de repente vuelve a taparse. Sí, la presión se alivió un poco, pero no lo suficiente. Se necesita más tiempo. La interrogante es, ¿cuánto tiempo necesito yo para aliviar mis masivas ganas de estar en contacto con mi yo mujer? Tres días continuos no bastaron. ¿Cuatro lo harán? ¿Seis? ¿Un mes? ¿Y si me quedo aquí para el resto de mi vida?

¿Y si soy una mujer transexual?

No puedo responder eso ahora con certeza. Pero quiero descubrirlo, porque sospecho que sí lo soy. Aunque solo el tiempo dirá si se trata de algo real o es solo la inercia de estar tanto tiempo en mi rol femenino. Solo pido que aquellas chicas travestis que me han leído y han encontrado en este blog algunas respuestas para sus propias dudas existenciales no me juzguen y no se sientan traicionadas porque, después de tanto proclamar que el travestismo no necesariamente lleva a la transexualidad, al final resulta que a mí sí me llevó a esa condición. No tiene por qué ser su caso, chicas. Pero siempre sean honestas con ustedes mismas.

-Nadia.

8 thoughts on “Mi travestismo está cambiando. ¿Soy trans?

  1. Nadia, pie si que uno mismo se da cuenta poco a poco que no nacimos para esconder nuestra hermosa y oculta identidad, esta, cada vez se afuera a nuestro interior femenino, como se aferran las prendas en la intimidad, hoy puedo decir que cada vez me siento más mujer. Nuestro cuerpo no miente, el mismo delata su placer de estar cubierto con el toque femenino. Hice un disfraz y me lo coloque junto a mis prendas femeninas, vieras que díabiita salió.

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  2. Yo sentí lo mismo y mi respuesta fue no y llegué a la conclusión de que más que otra cosa soy Género Fluido, puedo fluctuar entre la feminidad y la masculinidad… Soy las dos caras de una moneda, el equilibrio Soy ella y él… Piénsalo quizás vayas por ahí…

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  3. Comentaba una vez una amiga feminofila que en esta ¿vocación? llegas hasta donde te detienen. Cada vez que logras algo, quieres dar un paso más… y si no lo logras te esfuerzas en lograrlo.
    Esos logros pueden ser lucir bien vestida, tener unos lindos tacones, aprender a maquillarte… cuando pasas una de esas pruebas, quieres llegar a la siguiente y así, hasta que algo o alguien te lo impiden.
    Verte transformada a tu satisfacción debe ser algo que te cambia la perspectiva por completo (yo no lo he vivido) y siento que de algo así proviene la pregunta que da título a tu post.
    Tu vive cada paso que das. Disfrútalo. No trates de responder preguntas tan trascendentes en lo inmediato. Las respuestas llegarán a su tiempo.
    ¡Un abrazo hermana!

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  4. En lo personal…con el paso de los años y madurando en mi travestismo, coincido totalmente con muchas de Uds. y contigo misma querida…cada vez quieres mas y mejores resultados. Eso me ha llevado a cuidar mi dieta, mi figura, mi piel…no bueno…todo por verme mas linda al vestirme de niña. Si bien, no me siento inclinado a ser una trans…debo aceptar q verme más femenina me ha despertado la cosquillita de estar con un hombre en la intimidad, de ser admirada y llevada por un chico, es decir, siento que deseo experimentar el sentirme más mujer y arreglarme no sólo para mi. Es de hecho ahora una de mis fantasías…y no necesariamente me veo como trans…pero si quisiera sentir algo distinto…ir más allá.

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