¡Me fascina ser travesti!

En el post anterior a este les había platicado que la semana pasada tuve de nuevo la oportunidad de transformarme en Nadia como es debido (recuerden que ya les había escrito sobre la diferencia entre vestirme y transformarme), pero la oportunidad se dio solo el jueves por la tarde, y se me quedó la espinita guardada, ya que una tarde no bastó para saciar todas las ganas que tenía de ser yo misma. Así que me agendé un tiempo para el domingo y así poder pasarlo como más me gusta: vestida de mujer.

Armada de valor y habiendo tomado las precauciones pertinentes, me dirigí al súper secreto y remoto lugar en donde tengo guardadas mis cosas, que están, por decirlo así, encargadas con alguien. El inconveniente es que no disponía de un tiempo holgado para poder buscar entre todas las bolsas y maletas y elegir los atuendos adecuados. Ni qué decir de la posibilidad de seleccionar el maquillaje, las esponjas, las brochas o las sombras. Era una oportunidad muy pequeña, pero oportunidad al fin y al cabo, así que hice lo mejor que el tiempo me permitió y salí de allí con una selección cuasi aleatoria de atuendos, accesorios, zapatos y maquillaje. Bueno, en honor a la verdad debo confesar que antes de eso acudí a una tienda Suburbia y compré tres blusas, dos faldas y unas pantimedias de red, así que ya podía formar combinaciones más acertadas.

Completamente a merced de la urgencia por rodearme de feminidad, conduje hasta mi casa con nerviosismo y emoción. Cada auto frente a mí, cada semáforo, cada vuelta eran para mí obstáculos que retrasaban mi momento soñado y esperado. En mi cabeza desfilaban las imágenes de mis prendas; tanto las recién adquiridas como las que rescaté del exilio. Imaginaba la sensación del raso y el satín acariciando la totalidad de mi cuerpo, envolviendo toda mi piel. Al fin llegué, y juro que el cuerpo me temblaba completito. Bajé del auto las cosas e inmediatamente las llevé a la habitación. Con una rapidez digna de Flash, me despojé de mi aburrida y monótona ropa de hombre y la aventé fuera de mi vista. No quería en ese momento tener nada que ver con algo ni minúsculamente masculino.

Tomé un top de satín y me dispuse a ponérmelo, pero en ese momento me sentí sucia… no de la conciencia o algo por estilo, sino literalmente sucia. Percibí que mi cuerpo no era lo suficientemente limpio como para ser digno de portar esas diáfanas e impolutas prendas tan hermosas y relucientes. No, eran tan pulcras que no quise ensuciarlas con mi sudor y mis células muertas, así que primero una ducha, misma que aproveché para volver a rasurarme todo el vello del cuerpo. Como dije, no quería tener nada masculino en mí.

Al salir, y una vez seca y habiéndome aplicado gel de aloe para después de afeitar en todo mi cuerpo, me dirigí otra vez a donde tenía aventada (sí, porque era tanta mi emoción que no acomodé la ropa) toda la indumentaria de mujer. Escogí unas panties moradas de Fiorentina que no había estrenado cuando tuve que deshacerme de mi guardarropa, porque las estaba guardando para una ocasión especial. Consideré que esa era una ocasión bastante especial, y me las puse. No sé si lo mismo les pasa a ustedes, pero retirar las etiquetas de la ropa interior es algo que no me gusta hacer, porque siento que rompe su condición de nuevas, que arruina su aspecto, pero no había manera de utilizarlas con esa etiqueta puesta, así que con el dolor de mi corazón la corté, pero la guardé en mi cartera como souvenir. En este punto es preciso confesar que, antes de salir del secreto lugar en donde mi ropa se encuentra exiliada, tuve la precaución de tomar también una toalla femenina, pues antes acostumbraba a usarlas con regularidad, así que también me la puse ese domingo para celebrar la especial ocasión.

Tomé de nuevo el top que me orilló a bañarme, la misma falda que unos días antes había comprado en Forever 21 y de la que les hablé en el post anterior, y las pantimedias de red recién adquiridas. Me vi al espejo y suspiré de emoción. Mi cuerpo comenzaba a temblar de nuevo. Revisé los accesorios y el maquillaje que empaqué para tratar de averiguar qué podía hacer con eso. Tenía base, sombras, delineador líquido, pestañas postizas y pegamento para ellas. Nada mal, aunque sí que eché de menos el corrector anaranjado para ocultar la barba (que por más al ras que se rasure siempre deja un rastro), el polvo traslúcido, el rímel y el lápiz labial. Me dispuse a maquillarme con lo que tenía y el resultado, si bien no fue óptimo, me agradó, Me coloqué mi peluca favorita, que también rescaté momentáneamente de su confinamiento, unas botas de tacón y ¡voilá! ¡Nadia Mónica Martínez en su máximo esplendor!

Volví a verme en el espejo y una cosa muy masculina apareció bajo mi falda, producto de la emoción y éxtasis que estaba sintiendo en ese momento, pero traté de no prestarle atención a esa parte de mí. Desconozco la razón, pero en mi mente yo me veía como Taylor Swift. Al menos, esa era la imagen que en ese rato tenía de mí misma. Haciendo caso a mi instinto, encendí la pantalla de mi habitación y la conecté vía bluetooth al sistema de audio. Abrí Youtube y busqué el video con letra de la canción Blank Space. Coloqué mi celular en modo grabación en una repisa, orientado hacia mí, y me tomé un video cantando esa canción, sintiéndome justamente Taylor Swift. Me imaginé sobre el escenario de un auditorio abarrotado por miles de fanáticos, rodeada de luces, pirotecnia, bailarinas, músicos y pantallas gigantes, siendo yo misma, sin miedo a esconderme y sin tener que fingir que soy un hombre común y corriente. Canté la canción, la bailé, la brinqué y, al terminar, quería continuar.

Supuse que necesitaba un cambio de vestuario ya que, después de todo, tenía muchas prendas esperando turno. Así que me cambié la falda por una azul de satín que también compré en Forever 21, y sustituí las pantimedias de red por unas naturales. El top y la peluca se quedaron igual. Pero ya no me apetecía ser Taylor Swift. Para ese segundo round me pareció apropiado rendir homenaje a mi Diosa Absoluta: Ariana Grande. Puse el video de Touch It y de nuevo me grabé cantando.

Al finalizar la canción, quise continuar, y seguí con cinco canciones más de ella, todas con cambio de atuendo entre cada una. Para finalizar mi concierto, escogí Hot N Cold de Katy Perry. Terminé lanzando besos a todos mis fanáticos imaginarios, quienes coreando mi nombre pedían que no me fuera, que cantara una más, que me tomaban fotos desde sus lugares y deseaban un autógrafo mío. Pero ni modo, era la hora de bajar del escenario. Más que por propia voluntad, era porque los tacones me estaban ya lastimando los pies a causa de tanto brincar y bailar. Ya saben, problemas femeninos que me encantan.

Me cambié a unos zapatos más cómodos, pero caí en la cuenta de que todavía había varias prendas que no me había puesto ese día. Así que dije ¡sesión de fotos! Preparé un lugar en la sala y una iluminación más o menos decente ayudada por una lámpara de escritorio. Fui desfilando frente a la lente por unos cuarenta y cinco minutos, probándome diferentes combinaciones de blusas, faldas, pantalones, zapatos y pelucas. Al terminar esta sesión, tuve ganas de fumar un cigarrillo. La noche ya estaba avanzada, y me convencí de que no era una mala idea fumar afuera de mi casa. El último atuendo que me había puesto era un minivestido color vino con transparencias en las mangas. Decidí salir así a la calle. Primero asomé la cabeza para cerciorarme de que la calle estaba desierta y así fue, así que me salí al pórtico y ahí me fumé mi cigarrillo, siempre alerta de mi entorno, para volver a meterme a la primera señal de presencia humana. Confieso también que aquí mi cuerpo se excitó al imaginarme como una prostituta: parada en una esquina, con ropa provocativa y fumando en búsqueda y espera de cliente para aliviar su carga sexual.

El cigarrillo llegó a su fin, al igual que el tiempo que podía pasar vestida de mujer y viviendo mis mil fantasías. Ahora debía volver a guardar la ropa en bolsas y maletas para no dejar rastro de mi actividad travesti de ese domingo, pues el lunes esperaba visitas a primera hora de la mañana. Me tardé un par de horas en borrar todo rastro, pero lo logré… bueno, no guardé todo; dejé afuera un camisón y unas panties. Con el camisón puesto me dormí, y las panties las traje puestas el lunes todo el día.

Hoy es miércoles y desde ese día no he tenido ocasión de travestirme de nuevo, pero me sigo sintiendo increíblemente femenina. No sé cuántas veces lo he dicho pero aquí va una más:
¡ME FASCINA SER TRAVESTI!

-Nadia

6 thoughts on “¡Me fascina ser travesti!

  1. Que lindos pensamientos acabas de escribir amiga, literal esa es nuestra vida, creo que todas empezamos queriendo imitar a alguna mujer del medio artístico y bailar como toda una diva jeje

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  2. Otro excelente post, en mi caso nunca me identifiqué con alguna artista , mas bien con situaciones como vestirme de secretaria o de ama de casa con el mindset que eso implica , por ejemplo deleitandome con mis cruces de piernas bajo el escritorio usando minifalda, medias y tacones como una sensual ejecutiva o por el contrario usando un vestido floreado con delantal mientras lavo los trastes

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    • ¡Wow! ¡Esa es muy buena idea! En la siguiente oportunidad que tenga de hacer home office, me pondré en el mindset de secretaria. ¡Gracias por el tip!

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  3. No creo que nos debamos parecer a alguien, llevamos una artista por dentro, que se apasiona, que siente, que se ama, que se adora como mujer, y vive un drama que intriga, que reta, por ser parte de una sociedad que respete nuestra pasión femenina que cada día se fortalece.

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