Mi primera salida.

Tradicionalmente me autodenomino como travesti de clóset. ¿Qué significa esto para mí? Que solo me visto de mujer en los confines de mi intimidad, rodeada y protegida por las cuatro paredes de mi habitáculo. La principal razón por la que esto sucede es debido a mi inseguridad ante “pasar” como una verdadera mujer ante los ojos de extraños. Mi estatura no me ayuda. Incluso para el promedio nacional de estatura masculina quedo grande. Por mucho que me arregle o por muy bien que me maquille, siento que destacaré entre la multitud y será obvio que soy un hombre vestido de mujer.

No me importaría salir si los murmullos de la gente, o las risas, o los señalamientos y miradas indiscretas se quedaran solo en eso, pero viviendo en un país latinoamericano tercermundista y de mentalidad tradicionalmente conservadora y santurrona, temo convertirme en blanco de agresiones físicas, y lo que menos quiero es aparecer en un noticiario amarillista de Facebook como “el travesti agredido en el centro de la ciudad”.

Sin embargo, sí que me he animado tímidamente a salir de mi guarida en algunas ocasiones. Siempre amparada bajo el cobijo de la oscuridad. ¿Por qué me cruza la mente el pensamiento de abandonar la seguridad de mi casa y adentrarme en el peligro potencial? Simplemente porque a veces me gusta mucho cómo me arreglo, y siento que es una injusticia poética el tomarse el tiempo para ataviarse con un atuendo digno de una cena de gala en la alta sociedad tan solo para quedarse a mirar la televisión o leer un libro. Así que espero a que no haya mucha gente en la calle y salgo a dar unos cuantos pasos.

Nunca me alejo más de diez metros a la redonda, pero es excitante escuchar el resonar de mis tacones en la calle e imaginar que, dentro de la casa de alguno de mis vecinos, escuchan el clac clac y asumen que una mujer es quien va caminando por allí. A la menor señal de presencia humana, regreso corriendo a mi casa con una taquicardia y la adrenalina a tope, pero invariablemente con una sonrisa en el rostro. Esas experiencias suelen ser las comunes, las que me he atrevido a disfrutar más a menudo, pero hay dos en las que sí me he animado a ir más allá. La que hoy les contaré es la primera de ellas, que estuvo motivada por mi exnovia, aquella que sabía de mi feminofilia y la disfrutaba junto conmigo. Una tarde en la que ella saldría de trabajar a eso de las siete, me mandó un mensaje diciendo más o menos lo siguiente:

-Ya voy para allá, Nadia. Espero encontrarte muy linda y arreglada, tal como una esposa debe recibir a su pareja cuando llega de trabajar.

Ese mensaje me colocó a mil, cuando ese día yo ni siquiera tenía la intención de transformarme en mi álter ego femenino, pero en ese momento puse manos a la obra para recibirla como se merecía, porque me fascinó su idea. Me esforcé como nunca en el maquillaje y, si me equivocaba en algún detalle, desmaquillaba esa zona y lo corregía. Me coloqué pestañas y uñas postizas; arreglé mi peluca hasta dejarla casi como nueva y experimenté con una manera diferente de peinarla. Estrené unas medias que tenían meses guardadas, limpié los tacones y planché un vestido.

Un par de horas después, yo esperaba su llegada sentada en el sillón de la sala, impaciente y emocionada. Cuando por fin escuché el sonido característico de las llaves abriendo la puerta, instintivamente me puse de pie y me quedé inmóvil. Ella entró y al verme lo primero que hizo fue inspeccionar mi aspecto. Yo estaba totalmente quieta, recibiendo con agrado la inspección. Al final sonrió y dijo:


-Excelente, Nadia. Te ves preciosa. Así es como una ama de casa debe recibir a su mujer después de un largo y cansado día de trabajo.

Ella traía un atuendo nada femenino, propio de su trabajo en la industria: playera de algodón, pantalón de mezclilla y zapatos de seguridad. Su indumentaria era más bien masculina. Le serví de comer y, al terminar me dijo que me veía demasiado bien como para nada más quedarnos en la casa encerradas. Saldríamos a pasear. No era una petición, era una orden. Yo me puse muy nerviosa, pero al mismo tiempo emocionada ante la perspectiva de ser vista fuera de mi enclaustramiento. Subió a la habitación a arreglarse y quedó muy hermosa. Ese aspecto un poco hombruno dio paso a una imagen completamente femenina y hermosa. Eran ya cerca de las diez y media de la noche y dos princesas se disponían a salir de paseo.

Ella abrió el portón de la casa y sacó el auto de la cochera. Una vez estuvo afuera, me pidió salir y me abrió la puerta para dejar que me sentara en el asiento del copiloto. ¡Vaya! Yo era la mujer en esta cita y me lo estaba haciendo notar. Condujo cerca de veinte minutos. En cada semáforo que nos deteníamos, yo me congelaba viendo hacia el frente, tratando de evitar que los autos que se acomodaban a nuestro lado se percataran de mi verdadera identidad. Poco a poco me relajé al darme cuenta que nadie nos ponía atención. Éramos solo un automóvil más en el tráfico nocturno.

Llegamos a la plaza comercial y detuvo el coche en un lugar apartado de los demás en el estacionamiento. Me preguntó si estaba lista para bajar y entrar a la plaza a dar una vuelta, pero la verdad es que mi miedo era muy grande y no me animé a hacerlo. Nos limitamos solo a caminar por el oscuro aparcamiento y nos tomamos un par de fotografías con el fin de documentar el momento para la posteridad. Unos minutos después íbamos de regreso hacia mi casa, pero con la satisfacción de saber que Nadia había asomado la cabeza al mundo exterior y había dicho

¡Hola! Aquí estoy.

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