La travesura del primer día de clases.

Agosto 2012. Primer día de clases del tercer semestre de la Universidad.

6:00 am. Suena mi despertador e inmediatamente me levanto de la cama. Esto casi nunca sucede, suelo aplazar la alarma un par de veces antes de dejar la comodidad de mi colchón, pero ese día estaba emocionada. Me sentía particularmente femenina y quería que el mundo lo notara o, al menos, que se quedara con la duda. Fui al baño a darme una ducha a detalle y volví a mi habitación.

6:15 am. Entonces todavía vivía con mis padres y no tenía mucha libertad para poseer un guardarropa femenino considerable, pero me las había apañado para esconder unas pantimedias naturales, una blusita de tirantes negra con encaje que bordeaba la parte superior y un medio fondo negro de satín también con encaje, pero en la parte de abajo. Saqué las prendas de su escondite y me las coloqué. Me miré en el espejo que colgaba detrás de la puerta y aprobé el resultado. En mi mente tenía fijo el objetivo de acudir a la escuela aquél día vestida de mujer. Claro que esa habría sido la situación ideal, pero en el mundo real tenía que cubrir ese atuendo con mi aburrida ropa masculina, cosa que hice con desgano.

6:40 am. Después de desayunar, de nuevo me metí al baño y cepillé mis dientes. Mientras hacía dicha actividad, contemplaba mi rostro y sabía que algo me faltaba. Yo me estaba sintiendo muy mujer, como ya mencioné, y me molestaba la idea de que nada más yo lo supiera. Quería que alguien más me viera, quería asomarme al mundo como realmente soy. Las universitarias acudían a clase con sus mejores ropas y las técnicas de maquillaje más envidiables, para que todos pudieran apreciarlas. ¿Por qué no podía hacerlo yo?

6:50 am. Salí del baño y vi que mi mamá ya se había despertado y esperaba afuera su turno para entrar. Mi papá ya se había ido a trabajar, pues su hora de entrada era a las 6:00 am. Voltee a la habitación de mis padres. Estaba vacía. Yo sabía en dónde guardaba mi mamá su maquillaje y no dudé en abalanzarme por él. Mi ventana de tiempo no era muy holgada, así que tomé la primera sombra que encontré.

7:00 am. Cuando mi mamá salió del baño, pretexté un ligero malestar para entrar nuevamente. Aseguré la puerta y, frente al espejo apliqué la sombra sobre mis párpados. Observé el resultado desde diferentes ángulos y concluí que la cantidad era excesiva, y muy evidente, así que, con un dedo, traté de desvanecerla para que se notara menos. Volví a evaluar el resultado y esta vez quedé conforme. No quería que pasara desapercibida, pero tampoco que no cupiera lugar a dudas. Mi intención era que la gente se quedara con la duda de si llevaba o no maquillaje. Tiré de la palanca del inodoro vacío para no levantar sospechas, y salí. Me llevé la sombra conmigo, pues ya no hubo oportunidad de regresarla a su lugar.

7:10 am. Abordé el transporte público que me llevaría a la escuela. Nadie notó absolutamente nada raro en mí. No obtuve ninguna mirada curiosa. Solo la indiferencia típica de los desmañanados que se concentran en sus propios asuntos.

7:50 am. Llegué a la Universidad. Entré por el torniquete de acceso y pasé al lado de los guardias de seguridad. Ni una sola reacción.

7:53 am. Entré a mi salón y coloqué la mochila en un lugar vacío al lado de un compañero con el que me llevo bien. Él dejó en pausa su plática con otro amigo y volteó a saludarme. Él sí lo notó. Me doy cuenta de que su mirada inspecciona mi cara por más tiempo de lo normal y al final me pregunta en voz baja:

-¿Traes sombra?

Continuará.

Mi lista de vestidos icónicos

El otro día navegaba por los internets en busca de material visual para ilustrar algunos posts que tengo pensado escribir, y me encontré con una lista de los vestidos más icónicos de la historia, así que se me ocurrió hacer la lista de los que, para mí, son no solo los vestidos, sino los atuendos que más me han gustado en diferentes aspectos de la vida. Sin ningún orden en particular y sin ninguna explicación, aquí están.

Sin duda alguna sería todo un placer tener la oportunidad de portar cualquiera de estos atuendos. ¿Cuál agregarían? ¡Déjenmelo saber en los comentarios!

Mi primera salida.

Tradicionalmente me autodenomino como travesti de clóset. ¿Qué significa esto para mí? Que solo me visto de mujer en los confines de mi intimidad, rodeada y protegida por las cuatro paredes de mi habitáculo. La principal razón por la que esto sucede es debido a mi inseguridad ante “pasar” como una verdadera mujer ante los ojos de extraños. Mi estatura no me ayuda. Incluso para el promedio nacional de estatura masculina quedo grande. Por mucho que me arregle o por muy bien que me maquille, siento que destacaré entre la multitud y será obvio que soy un hombre vestido de mujer.

No me importaría salir si los murmullos de la gente, o las risas, o los señalamientos y miradas indiscretas se quedaran solo en eso, pero viviendo en un país latinoamericano tercermundista y de mentalidad tradicionalmente conservadora y santurrona, temo convertirme en blanco de agresiones físicas, y lo que menos quiero es aparecer en un noticiario amarillista de Facebook como “el travesti agredido en el centro de la ciudad”.

Sin embargo, sí que me he animado tímidamente a salir de mi guarida en algunas ocasiones. Siempre amparada bajo el cobijo de la oscuridad. ¿Por qué me cruza la mente el pensamiento de abandonar la seguridad de mi casa y adentrarme en el peligro potencial? Simplemente porque a veces me gusta mucho cómo me arreglo, y siento que es una injusticia poética el tomarse el tiempo para ataviarse con un atuendo digno de una cena de gala en la alta sociedad tan solo para quedarse a mirar la televisión o leer un libro. Así que espero a que no haya mucha gente en la calle y salgo a dar unos cuantos pasos.

Nunca me alejo más de diez metros a la redonda, pero es excitante escuchar el resonar de mis tacones en la calle e imaginar que, dentro de la casa de alguno de mis vecinos, escuchan el clac clac y asumen que una mujer es quien va caminando por allí. A la menor señal de presencia humana, regreso corriendo a mi casa con una taquicardia y la adrenalina a tope, pero invariablemente con una sonrisa en el rostro. Esas experiencias suelen ser las comunes, las que me he atrevido a disfrutar más a menudo, pero hay dos en las que sí me he animado a ir más allá. La que hoy les contaré es la primera de ellas, que estuvo motivada por mi exnovia, aquella que sabía de mi feminofilia y la disfrutaba junto conmigo. Una tarde en la que ella saldría de trabajar a eso de las siete, me mandó un mensaje diciendo más o menos lo siguiente:

-Ya voy para allá, Nadia. Espero encontrarte muy linda y arreglada, tal como una esposa debe recibir a su pareja cuando llega de trabajar.

Ese mensaje me colocó a mil, cuando ese día yo ni siquiera tenía la intención de transformarme en mi álter ego femenino, pero en ese momento puse manos a la obra para recibirla como se merecía, porque me fascinó su idea. Me esforcé como nunca en el maquillaje y, si me equivocaba en algún detalle, desmaquillaba esa zona y lo corregía. Me coloqué pestañas y uñas postizas; arreglé mi peluca hasta dejarla casi como nueva y experimenté con una manera diferente de peinarla. Estrené unas medias que tenían meses guardadas, limpié los tacones y planché un vestido.

Un par de horas después, yo esperaba su llegada sentada en el sillón de la sala, impaciente y emocionada. Cuando por fin escuché el sonido característico de las llaves abriendo la puerta, instintivamente me puse de pie y me quedé inmóvil. Ella entró y al verme lo primero que hizo fue inspeccionar mi aspecto. Yo estaba totalmente quieta, recibiendo con agrado la inspección. Al final sonrió y dijo:


-Excelente, Nadia. Te ves preciosa. Así es como una ama de casa debe recibir a su mujer después de un largo y cansado día de trabajo.

Ella traía un atuendo nada femenino, propio de su trabajo en la industria: playera de algodón, pantalón de mezclilla y zapatos de seguridad. Su indumentaria era más bien masculina. Le serví de comer y, al terminar me dijo que me veía demasiado bien como para nada más quedarnos en la casa encerradas. Saldríamos a pasear. No era una petición, era una orden. Yo me puse muy nerviosa, pero al mismo tiempo emocionada ante la perspectiva de ser vista fuera de mi enclaustramiento. Subió a la habitación a arreglarse y quedó muy hermosa. Ese aspecto un poco hombruno dio paso a una imagen completamente femenina y hermosa. Eran ya cerca de las diez y media de la noche y dos princesas se disponían a salir de paseo.

Ella abrió el portón de la casa y sacó el auto de la cochera. Una vez estuvo afuera, me pidió salir y me abrió la puerta para dejar que me sentara en el asiento del copiloto. ¡Vaya! Yo era la mujer en esta cita y me lo estaba haciendo notar. Condujo cerca de veinte minutos. En cada semáforo que nos deteníamos, yo me congelaba viendo hacia el frente, tratando de evitar que los autos que se acomodaban a nuestro lado se percataran de mi verdadera identidad. Poco a poco me relajé al darme cuenta que nadie nos ponía atención. Éramos solo un automóvil más en el tráfico nocturno.

Llegamos a la plaza comercial y detuvo el coche en un lugar apartado de los demás en el estacionamiento. Me preguntó si estaba lista para bajar y entrar a la plaza a dar una vuelta, pero la verdad es que mi miedo era muy grande y no me animé a hacerlo. Nos limitamos solo a caminar por el oscuro aparcamiento y nos tomamos un par de fotografías con el fin de documentar el momento para la posteridad. Unos minutos después íbamos de regreso hacia mi casa, pero con la satisfacción de saber que Nadia había asomado la cabeza al mundo exterior y había dicho

¡Hola! Aquí estoy.

La feminofilia en la era del Internet

Vivimos en una época realmente afortunada, en la que tenemos acceso a cualquier información con tan solo dar un click. Por otro lado, la feminofilia es un gusto que, estoy segura, ha acompañado al hombre (o a la mujer, depende) desde tiempos muy pretéritos, quizá incluso estuvo presente desde el momento mismo en que la civilización comenzó a definir los roles sociales para el hombre y la mujer.

Habiendo nacido en la década de los 80 alcancé todavía a formar parte de una generación que tenía que acudir a las bibliotecas para buscar cualquier tipo de conocimiento y, durante los primeros años de mi existencia, viví privada de saber que mis sentimientos y ganas por ataviarme como una mujer eran compartidos por muchos otros hombres alrededor del mundo, así que veía a mi travestismo como un castigo, como una abominación, y no comprendía las razones y motivos que me llevaban a emprender aquella actividad.

En el seno familiar, así como en la escuela y en la religión, se me educaba para comportarme como un “hombrecito”, y cuando alguna conducta exhibida era apreciada como femenina, se reprendia y castigada, buscando corregirla y eliminarla, así que yo me sentía fuera de lugar y no tenía acceso a ningún registro escrito que me hablara del travestismo y me ayudara a sentirme parte de una colectividad. Cuando la era digital me alcanzó, fui rescatada de un destino que seguramente tenía mucho sufrimiento reservado para mí debido a mi afición por sentirme y vestirme como una mujer.

¿Pueden imaginar los sentimientos de soledad, confusión e incluso demencia que deben haber padecido nuestras hermanas femonófilas de antaño, cuando el tema era aún más desconocido y había menos acceso a la información? Hoy podemos escudarnos tras el anonimato digital y platicar con otras chicas como nosotras; intercambiar vivencias, dar y recibir consejos, convivir, aunque sea de manera remota, con personas que saben cómo nos sentimos y que no nos juzgan. Hoy estamos seguras de que no estamos solas, de que la feminofilia es más común de lo que antes se creía, hay una mayor apertura de mente y una mayor comprensión. Aunque no nos confiemos, falta todavía mucho camino por recorrer para eliminar los tabúes y los estereotipos de género.

Imaginar que alguna feminófila de épocas pasadas vivió la totalidad de su vida creyendo que su preferencia por las ropas y las actitudes femeninas la hacía ser una enferma mental y merecedora del infierno, sin posibilidad de compartir su gran secreto con nadie, me da escalofríos, pero también me hace valorar más el período que me tocó vivir, esa transición y este mayor acceso a la información y al conocimiento, que me ayudó a conocer e informarme sobre el tema y entender que no soy un fenómeno ni un error de la naturaleza.

Este acceso es una herramienta invaluable y que, sin exagerar, puede salvar muchísimas vidas y ayudar a mejorar otras tantas.

Repito, vivimos en una época realmente afortunada.