Una fantasía de ser famosa

5:30 de la mañana suena el despertador (es mi historia, ¿ok? Así que en ella seré madrugadora). Despierto y poco a poco tomo conciencia de mí misma. Soy Sharely Stevens, famosa cantante y estrella de pop. Hoy es el gran día, que he estado esperando desde hace tres meses, cuando se anunciaron las nominaciones a los premios Grammy 2024. Soy candidata a llevarme tres preseas:

  • Mejor Álbum Femenino
  • Mejor Álbum Solista
  • Álbum del año

Tengo admiradores en todo el mundo, y mi fandom se hace llamar Sharylovers. Lo primero que hago en el día es tomar mi teléfono, abrir mi Instagram, en donde tengo 181 millones de seguidores (soy la tercera mujer más seguida en dicha red social) y compartir un estado para animar a mis fanáticos a seguir la transmisión en vivo del evento, en el cual también tendré un performance. Al terminar, me levanto y me dirijo hacia la ventana, para abrir las pesadas y opacas cortinas. Todavía está oscuro, pero desde mi habitación alcanzo a contemplar el inmenso jardín de mi mansión californiana, con sus tres fuentes y la alberca. Siento el frío matutino, que es amplificado por el delgado y corto camisón de satín que es mi pijama. Voy hacia el clóset y tomo una bata a juego con el camisón, tratando de atenuar la sensación de frío.

Arreglando mi largo cabello en una coleta, voy bajando las escaleras para dirigirme a la cocina. El personal de servicio, acostumbrado a mi rutina matutina, se encuentra también ya despierto, pero nunca me ha gustado tomar mis alimentos en mi habitación. Bebo mi taza de café que ya se encuentra lista. Al lado está una botella de jugo vitamínico, misma que tomo y acto seguido me llevo conmigo al gimnasio privado. Estando ahí, abro el guardarropa y me despojo de mi ropa de dormir para colocarme el atuendo deportivo, consistente en sport bra, leggins y tenis; todo de la marca Adidas, que es mi patrocinadora y de la que soy imagen oficial. La rutina dura un par de horas, en las que hago cardio, pesas y un poco de box en un costal. Al terminar, camino hacia la ducha del gimnasio para bañarme y, una vez ataviada con un outfit casual, tomar mi desayuno en la cocina.

Lo ingiero con calma, mientras leo un libro en mi lector electrónico. Mi staff sabe que no deben molestarme antes de las 8:30 de la mañana, pues ese es tiempo para mí. A las 8:40 me dirijo a mi despacho y tomo una videollamada con mi asistente personal, quien me da la agenda para el día de hoy. Será un día ocupado, dado el evento que tendrá lugar en la noche. Al terminar la llamada con ella, otra videoconferencia, pero esta vez con la mesa directiva de mi empresa. Soy dueña de una marca de ropa juvenil, que también elabora fragancias, lentes y accesorios. Ayer ganamos casi 500 mil dólares. Nada mal para un solo día.

A continuación, otra reunión más. Ahora con los ejecutivos de la disquera con la que trabajo, y con mi abogada (todo mi staff está compuesto únicamente por mujeres). Me interpusieron una demanda por supuesto plagio de una canción. Nada de qué preocuparse, es una banda desconocida que solo quiere dinero, y sabemos que el conflicto se arreglará fuera de los tribunales.

Terminan las juntas de hoy. Bueno, falta una, pero esa no puedo tomarla en mi casa. Salgo del despacho y camino hacia un rincón muy especial de mi mansión: la capilla. No profeso ninguna de las religiones existentes, sino que desarrollé mi propio culto. En la capilla hay imágenes impresas de esa mujer a la que idolatro, la que es mi deidad, así como algunos objetos relacionados con ella. Me arrodillo para hacer una oración rápida y encomendarme a ella. Me quedó ahí, atrapada por el aroma de las flores y el incienso, y medito por unos minutos.

Hora de trasladarme hacia la junta que no podía tomar en mi casa. Llego al garaje y trato de discernir qué auto utilizar hoy. Me decido por el Audi R8 negro. Mi equipo de seguridad me seguirá en dos Chevrolet Tahoe también de color negro. Manejo de Los Ángeles, en donde vivo, hacia Long Beach, en un recorrido aproximado de cuarenta minutos. Me recibe un equipo de seguridad que me lleva al interior de una bodega. Ahí se encuentra el vestuario que portaré esta noche en la entrega de premios: un hermoso vestido verde esmeralda diseñado por Versace y unos tacones Jimmy Choo a juego. La prueba de vestuario salió exitosa, después de que se realizaron los arreglos que sugerí hace tres días. Una vez aprobado el outfit, este se empacó y se envió al aeropuerto para subir a mi avión privado, custodiado por una camioneta de mi equipo de seguridad.

Terminando ese compromiso, volví a Los Ángeles, en donde quedé de verme con mis papás en un restaurante para almorzar y platicar con ellos. Al llegar, capté la atención de algunos papparazi, quienes me acosaron con fotografías tomadas muy de cerca. Mi jefe de seguridad se interponía entre ellos y yo, mientras trataba de abrirme camino.  Al fin logré entrar al establecimiento, pero los fotógrafos seguían intentando tomar una imagen mía desde afuera. En cuanto vi a mis padres, me olvidé de los molestos pseudorreporteros y pasé un rato muy agradable con ellos. Platicamos durante un par de horas y al final ordenamos unos deliciosos postres que acompañamos con café americano. Al terminar la reunión, partieron hacia su casa y yo hacia la mía.

Tuve otra videollamada, pero esta vez con mi manager, quien se encontraba en San Francisco. Ella volaría conmigo hacia Las Vegas, ciudad en donde se llevaría a cabo la ceremonia de los Grammy. El plan era que ella tomaría un avión hacia Los Ángeles, abordaría mi jet privado y nos iríamos las dos juntas hacia la cuidad de los casinos, pero la aerolínea estaba en huelga y no podía viajar. Así que tendría que ir por ella.

Continuará…

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