Mi salida del clóset como travesti. La confesión.

Antes de entrar a la universidad, conocí a un individuo en una escuela de inglés y nos hicimos buenos amigos. Él me presentó a más gente y solíamos pasar las tardes tocando guitarra en el centro de la ciudad donde vivo. Él tenía novia, y con ella también comencé a llevarme muy bien. Con el tiempo, me hice más amigo de la chica que del chico, pero eventualmente la vida nos llevó por rumbos diferentes. Cuando yo ya estaba en la carrera, ellos dos tuvieron un bebé, se casaron y nunca volví a verlos en persona, pero la chica y yo manteníamos comunicación esporádica por Facebook. Un buen día, armada de valor tras el refugio de la pantalla de mi computadora, le conté mi secreto. Así, tal cual. Escribí en el chat de la red social “Ale, me gusta vestirme de mujer”, cerré los ojos y presioné enter.

Muerta de miedo, abrí los ojos lentamente para leer su respuesta y, contrario a todos los miedos que habitaban en mi pensamiento, su reacción fue muy favorable. Al principio creyó que estaba bromeando, pero le expliqué que no era un juego. Le conté que era algo que hacía desde muy pequeña, que no me gustaban los hombres, que me fascinaba que me llamaran con adjetivos y pronombres femeninos, y a partir de ese momento, sin que yo se lo pidiera, comenzó a tratarme como una más de sus amigas. Me animé a enviarle solicitud desde mi cuenta de Nadia y vio mis fotos. Sus comentarios fueron positivos y nunca sufrí ninguna clase de burla ni ofensas por su parte. Lo único que le pedí fue que no se lo comentara a su novio, que el secreto quedara entre nosotras nada más. El primer paso estaba dado y, hasta el momento, el balance era positivo. Ya tenía un dedito del pie afuera del clóset.

El siguiente paso era contarle a alguien de mi familia. Esto me daba un poco más de miedo porque el rumor podría correr como pólvora y las consecuencias podrían ser catastróficas. Sin embargo, había una persona en la que confiaba mucho: una de mis primas. Por razones de privacidad, mantendré su verdadero nombre en secreto, pero llamémosla Cecilia. Entre Ceci y yo existe una diferencia de edad importante, pero eso nunca fue impedimento para que nos lleváramos de maravilla; incluso nos consideramos hermanos, pues la convivencia con ella y con sus verdaderos hermanos y hermanas fue muy cercana en nuestra niñez.

De igual manera, dándome valor desde la distancia, le conté por Messenger acerca de mi travestismo. Su reacción no fue tan positiva como la de mi amiga, pero tampoco fue de rechazo, sino de sorpresa y hasta un asomo de preocupación. Me preguntó lo esperado, que si me gustaban los hombres, que si alguna vez había tenido alguna experiencia homosexual, que desde cuándo lo hacía, que si me gustaría cambiar definitivamente mi género y vivir como mujer a tiempo completo, que si mis padres lo sabían… entre otras cosas. Nuestra conversación duró entre dos y tres horas y, cuando nos despedimos, me expresó su apoyo y su cariño, pero no su comprensión. Se llevó muchas dudas.

En esa época (estamos hablando del 2015 más o menos) mi prima y yo hablábamos muy seguido por Whatsapp. Si bien no todos los días, sí al menos cuatro veces por semana. A partir de mi confesión, tratamos de seguir haciendo lo mismo y de la manera más natural posible, pero se notaba un atisbo de tensión, de incomodidad. Algunas semanas después, retomamos la cuestión a petición suya, y me dijo que había estado buscando información en la red acerca del tema, pero que lo que había encontrado le resultaba confuso. En algunas fuentes se decía que la gran mayoría de los travestis son (somos) hombres heterosexuales y sin deseos de vivir plenamente como mujeres, pero en otras encontró testimonios de transexuales que pasaron mucho tiempo de sus vidas solo como travestis, por no atreverse a dar el paso definitivo, hasta que un día lo hicieron.

Me preguntó de nuevo cuál era mi situación y me pidió que le contestara con total honestidad, diciéndome que, independientemente de lo que yo le contestara, ella iba a ser mi aliada y mi apoyo, y que no me dejaría sola. Una vez que volví a explicarle que yo estoy contento con mi condición de hombre, que no siento atracción por ellos y que no me interesa convertirme en mujer, sus palabras fueron las siguientes:

“¡Qué bien! ¡Ahora además de un hermano, tengo en ti a otra hermana!”

Esa frase hizo que me brotaran lágrimas de felicidad, pues ¡me había atrevido a confesar un secreto que había estado guardado por al menos dos décadas a dos personas que eran importantes para mí, y ninguna de las dos me había rechazado! Parecía ser que mis miedos y temores estaban infundados. ¿Era ya la hora de contarle a mi novia la verdad? Estén pendientes de la tercera parte de este post.

¡Gracias por leerme!

Mi salida del clóset como travesti. Prólogo.

Mi salida del clóset como travesti. Se lo digo a mi novia.

Mi salida del clóset como travesti. El desenlace.

Mi salida del clóset como travesti. Prólogo.

El momento de confesarle a alguien un gusto culpable o del que, por alguna razón, nos avergonzamos, es algo que por instinto tratamos de evitar. Con mayor razón si ese gusto se trata de utilizar prendas del género femenino, maquillaje, zapatos de tacón, pelucas y demás parafernalia relacionada al travestismo o feminofilia. Es por ello que, a través de platicarles mi experiencia, busco arrojar un poco de luz acerca de cómo hacerlo, si es que ya lo han meditado y concluido que contarle a alguien esta afición es lo más conveniente para ustedes.

Ya he comentado que mi gusto por lo femenino lo descubrí desde una edad muy temprana, y también que mis papás me descubrieron en flagrancia en algunas ocasiones alrededor de los 10 u 11 años de edad, y en otras, si bien no me encontraban ataviada con faldita o vestido, sí que encontraban los precarios escondites de ropa de mujer en mi habitación, exigiendo explicaciones inmediatas. Eso me sirvió para ser más cuidadosa en mi andar travesti a partir de mi adolescencia.

Como hombre, soy completamente heterosexual, o sea que siento atracción física y sexual exclusivamente por las mujeres, y a partir de la secundaria comencé a tener algunas novias. En paralelo yo vivía una etapa de autodescubrimiento y aceptación, poco a poco iba entendiendo que había más hombres como yo y eso me dio más confianza y seguridad. Ninguna de estas parejas supo ni sospechó nunca de mi condición de feminofilia.

Ya durante veintes, mis papás pensaban que mis episodios de vestirme de mujer habían quedado en el pasado como simples fantasías infantiles, así que yo vivía una doble vida en ese momento más que en cualquier otro; tenía una personalidad ante la sociedad, pero era una muy diferente en los momentos en los que me quedaba a solas. Así fue pasando el tiempo, que alternaba entre comprar unas pocas prendas, usarlas por unos meses y luego desecharlas por la imposibilidad de guardarlas en un escondite seguro y permanente.

Eventualmente entré a la universidad y ahí conocí a la chica que, al día de hoy, es el amor de mi vida (aunque, desafortunadamente, ya no seguimos juntas). Fue sin duda la relación más seria, formal, duradera y bonita que he tenido hasta el momento. Para este punto, yo llevaba ya bastantes años vistiéndome de mujer en la intimidad y había aceptado por completo esta dualidad, que sabía (creía yo) manejar con maestría, pero comenzaba a sentir el gusanito de querer “salir del clóset”, pues ya me había aburrido de disfrutar en soledad de esta experiencia femenina, y tener que relegarme a las sombras y la clandestinidad.

Después de más o menos tres años de relación, comencé a plantearme seriamente la posibilidad de confesarle mi travestismo, debido a que ya habíamos tenido pláticas de casarnos, formar una familia y compartir juntos nuestra existencia. Ella merecía saber exactamente con quién estaba, quién era aquel hombre con quien tenía planeado comprometerse ante las leyes humanas y espirituales. Sin embargo, yo era presa fácil del pánico que, estoy segura, hemos sentido todas a la hora de plantearnos decirle a nuestra pareja esto que nos gusta hacer, del miedo a que reaccionara mal, que no comprendiera y decidiera dejarme para siempre.

Así que comencé a experimentar. Pensé ¿qué es lo que hace un deportista o un músico antes de una competencia o un concierto? Entrenar. Ensayar. No llega el atleta a la pista y comienza a correr despavorido buscando llegar a la meta sin antes hacer estiramientos, calentar, hacer algunos sprints, medir sus tiempos. Entonces eso hice yo; decidí contar mi secreto primeramente a un par de amigas y a una de mis primas y ver su reacción. De esto les platicaré en la segunda parte de este post.

Mi salida del clóset como travesti. La confesión.

Mi salida del clóset como travesti. Se lo digo a mi novia.

Mi salida del clóset como travesti. El desenlace.

Para las musas desconocidas

Imagino que hablo por muchas de nosotras cuando digo que a veces vamos caminando por la calle tranquilamente, ya sea solas o acompañadas por alguien, pero sin sentir muy presente nuestro lado femenino, cuando vemos pasar a nuestro lado, o en la acera de enfrente, o dando la vuelta en la esquina, o en el súper, o en la oficina, a una mujer que logra captar nuestra atención e inevitablemente atrae hacia ella nuestra mirada.

Esto podría parecer, para el ojo inexperto, como un comportamiento netamente masculino y primitivo, en el que el espécimen del varón identifica una hembra que le parece un excelente ejemplar para el apareamiento. Sin embargo, nosotras las feminófilas sabemos que no se trata (nada más) de eso. Lo que acaba de llamar nuestra atención, más que la mujer en sí misma, es el atuendo que porta. Esa hermosa falda amarilla de tul; aquella blusa de tirantes con estampado floral; unas fabulosas sandalias rosas de tacón; unas indescriptibles pantimedias ahumadas a juego con una minifalda tableada; un pantalón negro ajustado de vinil con una playera blanca que deja entrever un bra… infinitas opciones y combinaciones que nos llevan a imaginarnos vestidas con esas prendas.

Son ellas las musas anónimas a quienes rinde tributo este post, las que nos inspiran a crear e intentar looks distintos a los que estamos acostumbradas, las que nos muestran las últimas tendencias de la moda y hacen que nos den ganas de ir de compras para adquirir esa prenda que les vimos usar y nos fascinó. Y ¿por qué no? Llegar a nuestra casa y vestirnos en la intimidad y privacidad de nuestras habitaciones e imaginar que somos ella, caminando libremente por la calle y generando miradas de envidia de otras mujeres, y de asombro por parte de los hombres.

Están también esas otras musas del cine, la televisión o las redes sociales, que no son tan anónimas como las anteriores, pues conocemos sus nombres y un poco de sus vidas también, y que causan en nosotros el mismo efecto de imaginar y desear ser ellas, aunque sea por unos minutos. Actrices, modelos, cantantes, youtubers, atletas, bailarinas y un largo etcétera, que con sus personajes y actuaciones nos sumergen en un mundo de fantasía y hacen que imaginemos ser Wonder Woman, o Bella, o Ariana Grande, o la Power Ranger rosa. Un enorme agradecimiento a cada una de ellas, pues al estimular nuestra imaginación y nuestras ganas de ser más femeninas, nos llevan a mejorar y refinar cada vez más nuestros rituales de transformación para acercarnos, aunque de manera asintótica, a su feminidad, delicadeza y belleza.