Mi ritual de transformación

Anteriormente he escrito acerca de la diferencia entre solo “vestirme”, y lo que llamo “transformarme”, pero en esta ocasión deseo compartir con ustedes la descripción de ese ritual de transformación, que a veces resulta mucho más placentero que el resultado final.

Lo primero que hago es deshacerme de vello. Comienzo por rasurarme la cara y para ello utilizo un rastrillo de mujer. Es fundamental que toda la experiencia sea lo más femenina posible. Al terminar, aplico un gel que reduce la irritación.

Luego viene lo más complicado, que es la remoción del vello que crece en el pecho, el abdomen, las piernas, las pompis, los pies y las axilas. Esto es lo que me toma más tiempo porque, dependiendo del lapso existente entre una rasurada y otra, hay que comenzar recortando los vellos con tijeras para dejarlos lo más pequeños posible, y luego ya pasar al rastrillo. Sé que más de una argumentará que existen otros métodos, como la cera fría, la cera caliente o las cremas depilatorias, pero para mí el rasurado es la elección. De igual manera que para con el rostro, utilizo también un rastrillo de mujer para este propósito.

Una vez que el vello ha sido eliminado, es momento de depilar mis cejas, y para esto me valgo de unas pincitas con el fin de retirar los pelitos que crecen entre mis cejas y los que se salen de la forma natural de las mismas.

A continuación, el baño. Con agua caliente para que se abran los poros. En este paso el champú, el jabón y el estropajo son también lo más femeninos posibles, ya que es relevante para mí que el aroma que desprenda al salir de la ducha sea un aroma característicamente de mujer. Antes de cerrar la regadera, una rápida aplicación de agua fría para cerrar los poros y ayudar a reducir la irritación del rasurado corporal. De nueva cuenta una aplicación del gel para después de afeitar al terminar el baño.

Una vez afeitada y bañada (y ya seca), me coloco la toalla en la cabeza como si tuviera el cabello largo, y me envuelvo en una bata de satín floreada color azul, mientras me dirijo a la parte de la casa en donde se encuentra mi guardarropa femenino. Abro el cajón de la ropa interior y escojo unas panties y un bra. A continuación, mi momento favorito llega: el de escoger blusa y falda. No es que tenga miles de opciones, pero sí las suficientes para tardarme diez o quince minutos para decidir qué usaré, quizás después de probarme dos o tres combinaciones.

Ya que estoy ataviada con el atuendo de mi elección, viene la hora del maquillaje. Tengo que reconocer que no soy muy diestra en la aplicación del mismo, pero disfruto muchísimo el proceso de hacerlo. Comienzo siempre poniéndome un corrector anaranjado en la zona donde me sale el bigote y la barba, que se extiende hasta la parte superior del cuello. Luego viene un corrector blanco para las ojeras, y este también lo aplico en mis párpados móviles. Por último, me aplico un corrector verde para los granitos y manchitas rojas. Una vez que todos los correctores están difuminados, utilizo la base en todo el rostro. Termino esto con una capa ligera de polvo compacto translúcido.

Sigue la sombra. Generalmente aplico tres tonos: uno medio para el párpado móvil, uno claro para la zona cercana al lagrimal, y uno oscuro para la parte externa. Ya que me he maquillado los párpados, viene lo que más problemas me causa, que es la colocación de las pestañas postizas. Usualmente me quedo satisfecha (o resignada) al segundo o tercer intento. Ya que están puestas, me valgo de rímel y un enchinador para fundirlas con las mías y que no se note la división. Finalizo el maquillaje con el lápiz labial e, invariablemente, me mando un beso a mí misma en el espejo al terminar.

Lo que sigue es el esmalte de unas. Elijo un color que vaya de acuerdo a mi blusa y pinto las de los pies y las de las manos. El tiempo que tardan en secar lo ocupo leyendo alguna revista de mujeres, como Cosmopolitan, Vogue o Vanidades.

Una vez que secó el esmalte de uñas, me pongo unas pantimedias naturales y los zapatos de tacón. Después me coloco alguna gargantilla y pulseras o anillos. Saco las pelucas de su escondite y elijo el look y el color que más me agrade en ese momento. Tomo dicha peluca, la arreglo con un cepillo y me la pongo. Vuelvo a cepillarla y, como último paso me cuelgo de mis orejas unos aretes de clip.

La transformación está completa y soy, al fin, Nadia Mónica Martínez S.

La culpa de travestirse

De acuerdo con mi terapeuta, la culpa no es un sentimiento innato, es decir, no nacemos con ella programada en nuestro abanico de emociones. Es algo que se aprende de la sociedad y el entorno que nos rodean. Su propósito: mostrar que estamos arrepentidos y que entendemos que lo que hicimos no estuvo “bien”, de acuerdo al código de conducta establecido por dicha sociedad.

Como he comentado en ocasiones anteriores, mi feminofilia comenzó desde una edad muy temprana. Recuerdo que en aquellos días solía pedirle a mi madre que me vistiera con un atuendo de mi bautismo que se asemejaba a un vestido. Yo lo hacía con toda la inocencia y sin culpa alguna, pues no sabía que era “malo” pero, con el tiempo aprendí que no “debía” sentir atracción por las prendas femeninas y comenzó la culpa por este gusto.

Eso me llevó, como creo que a muchas de nosotras, a refugiarme en la clandestinidad. A aprovechar los exiguos minutos a solas para vestirme con las escasas prendas que podía esconder en los rincones más variopintos de mi habitación. Al terminar de “vestirme” estaba tan excitada que inevitablemente venía la masturbación e inmediatamente después me invadía la mayor culpa y vergüenza de todas, que me llevaba a despojarme de esas prendas a toda velocidad, para después tirarlas y jurar que nunca lo haría de nuevo.

Pero ¡adivinen qué! De manera invariable, recaía. A veces unos días después, a veces incluso sólo unas horas después, y el ciclo se repetía. Yo hacía planes cada vez más sofisticados para no volver a vestirme de mujer. Me autoimponía castigos y sanciones con el fin de evitar hacerlo, pero nada funcionaba. Antes y durante el proceso de travestirme me sentía muy bien; motivada, emocionada, feliz. Pero, después, me sentía sucia, avergonzada e, incluso, pecadora, debido a mi educación bajo la religión católica tradicional.

Querida amiga feminófila: si tú estás en esta situación, quiero decirte que esta etapa es completamente normal y es parte del proceso de autoaceptación. La feminofilia o el travestismo heterosexual no es una enfermedad ni algo por lo que deberías sentirte avergonzada. Forma parte integral de quién eres y no puedes separarlo de ti. Es algo de lo que te hace ser tú. Aprende a aceptarte primero tú, si deseas que eventualmente los demás te acepten. Debes saber de antemano que, no importa cuánto arrepentimiento o culpa sientas luego de vestirte de mujer, es una sensación que siempre regresará. Te lo digo por experiencia.

Puedes tratar con todas tus fuerzas de alejar ese sentimiento de ti. Puedes prometerte dejarlo. Probablemente lo intentarás con toda la voluntad el día en que tengas novia o conozcas a una mujer con quien quieras compartir tu vida. Es muy probable que lo logres contener durante un tiempo; unas semanas, unos meses o, en el mejor de los casos, unos años. Pero déjame decirte, también por experiencia, que tarde o temprano las ganas por vestirte volverán, y con más intensidad entre más trates de reprimirlas.

Mi recomendación: acéptalo. ¡Vive tu travestismo sin culpas y disfrútalo! Que definitivamente te traerá muy buenas experiencias.