Control Z: Una serie que aborda la transexualidad

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Hoy vi el primer episodio de Control Z en Netflix. Confieso que no tenía idea ni de la existencia ni de la temática de la serie hasta que Zion Moreno, a quien sigo en instagram, la mencionó hoy en una de sus historias. Soy una fiel seguidora de Moreno, y no porque yo me considere transexual, sino porque sí que siento una gran empatía por ellas y admiro su valentía. Pues aquí estaba yo, sola en casa, con palomitas y recostada en mi sillón reclinable lista para sintonizar el estreno más reciente de Netflix en México. Acabé de ver el episodio de apertura de la serie y debo decir que, si bien no es el hilo negro y tampoco hablamos de actuaciones dignas de un Emmy, el programa cumple la función de entretener si la tarde de sábado se estaba convirtiendo en algo aburrido.

La trama me parece, a priori, semejante a lo que en su momento fue Pretty Little Liars: estudiantes de preparatoria de economías privilegiadas son contactados por una identidad anónima a través de mensajes de texto, y este personaje desconocido amenaza con revelar misterios que afectarán las vidas de los protagonistas. El primer secreto que se publica es (¡ALERTA DE SPOILER! SI NO HAS VISTO EL PRIMER EPISODIO, DEJA DE LEER EN ESTE PUNTO) la transexualidad del personaje de Zion Moreno (quien en la vida real también es una mujer transexual), de nombre Isabela de la Fuente. Lo que quiero resaltar de este primer episodio es que me parece muy acertado que en una plataforma tan importante en México como es Netflix, se trate este tema. No me queda duda de que en las próximas semanas habrá un halo de hype rodeando a esta serie, y eso me parece muy bueno, porque pondrá el tema trans en boca de la audiencia y el debate alrededor de un tema tan crítico siempre es bien recibido.

Al ver el primer capítulo, me pareció que la serie logra retratar una de las problemáticas más grandes a las que se enfrentan no solo las trans, sino cualquier persona que presente alguna disforia de género, y quiero incluir a la feminofilia en este grupo a manera de generalización. Cuando el círculo de amigos del novio de Isabela se entera de su condición, lo primero que hacen es realizarle preguntas inapropiadas a manera de burla, tacharla de “puto” y hacer ademanes de asco. El novio, que conocía de antemano su situación pero quería mantenerla en secreto por temor justamente a las burlas de su grupo social, finge no saberlo cuando el secreto sale a la luz, diciendo que se siente traicionado por Isabela.

El punto que quiero expresar es que últimamente se habla mucho de tolerancia, de mentalidades abiertas, de que la sociedad está migrando hacia una actitud más respetuosa en temas de homosexualidad, transexualidad, feminismo, aborto y, en general, de derechos de ciertos nichos poblacionales; a mí me parece que todo eso sigue siendo una utopía. En este episodio no pude evitar sentirme identificada con el personaje interpretado por Zion,  ya que, si yo decidiera salir de mi clóset, diciendo a todos que me gusta transformarme en mujer durante algunos episodios, pero que conservo mi gusto físico y sexual por las féminas, también sería tachado de “puto”, incluso por personas a quienes en este momento considero amigos y amigas, y eventualmente muchos y muchas acabarían dándome la espalda y alejándose de mí. Otros quizás seguirían dándome su apoyo, pero a escondidas, para evitar ser juzgados por mantener una amistad con un “rarito”, con un “maricón”.

Bravo por Control Z y bravo también por Netflix. Aplaudo el acierto de mostrar esa realidad, que dista mucho de la idea de tolerancia que nos quieren vender. Y es que creo que todo se resume a que todos somos tolerantes cuando escuchamos que alguien abortó, o que alguien se unió en matrimonio igualitario con su pareja del mismo sexo, y aplaudimos la apertura de la sociedad… pero únicamente cuando esas noticias provienen de protagonistas distantes; en el momento en que sucede algo similar en nuestro círculo íntimo, es cuando volteamos la espalda o, en el mejor de los casos fingimos estar de acuerdo de una manera completa, pero hablando pestes a las espaldas de esa o esas personas. Por supuesto que no todas los casos son así pero, de nuevo, solo estoy generalizando y describiendo la big picture.

En fin, a seguir viendo qué es lo que sucede en el Colegio Nacional.

Mi primera salida.

Tradicionalmente me autodenomino como travesti de clóset. ¿Qué significa esto para mí? Que solo me visto de mujer en los confines de mi intimidad, rodeada y protegida por las cuatro paredes de mi habitáculo. La principal razón por la que esto sucede es debido a mi inseguridad ante “pasar” como una verdadera mujer ante los ojos de extraños. Mi estatura no me ayuda. Incluso para el promedio nacional de estatura masculina quedo grande. Por mucho que me arregle o por muy bien que me maquille, siento que destacaré entre la multitud y será obvio que soy un hombre vestido de mujer.

No me importaría salir si los murmullos de la gente, o las risas, o los señalamientos y miradas indiscretas se quedaran solo en eso, pero viviendo en un país latinoamericano tercermundista y de mentalidad tradicionalmente conservadora y santurrona, temo convertirme en blanco de agresiones físicas, y lo que menos quiero es aparecer en un noticiario amarillista de Facebook como “el travesti agredido en el centro de la ciudad”.

Sin embargo, sí que me he animado tímidamente a salir de mi guarida en algunas ocasiones. Siempre amparada bajo el cobijo de la oscuridad. ¿Por qué me cruza la mente el pensamiento de abandonar la seguridad de mi casa y adentrarme en el peligro potencial? Simplemente porque a veces me gusta mucho cómo me arreglo, y siento que es una injusticia poética el tomarse el tiempo para ataviarse con un atuendo digno de una cena de gala en la alta sociedad tan solo para quedarse a mirar la televisión o leer un libro. Así que espero a que no haya mucha gente en la calle y salgo a dar unos cuantos pasos.

Nunca me alejo más de diez metros a la redonda, pero es excitante escuchar el resonar de mis tacones en la calle e imaginar que, dentro de la casa de alguno de mis vecinos, escuchan el clac clac y asumen que una mujer es quien va caminando por allí. A la menor señal de presencia humana, regreso corriendo a mi casa con una taquicardia y la adrenalina a tope, pero invariablemente con una sonrisa en el rostro. Esas experiencias suelen ser las comunes, las que me he atrevido a disfrutar más a menudo, pero hay dos en las que sí me he animado a ir más allá. La que hoy les contaré es la primera de ellas, que estuvo motivada por mi exnovia, aquella que sabía de mi feminofilia y la disfrutaba junto conmigo. Una tarde en la que ella saldría de trabajar a eso de las siete, me mandó un mensaje diciendo más o menos lo siguiente:

-Ya voy para allá, Nadia. Espero encontrarte muy linda y arreglada, tal como una esposa debe recibir a su pareja cuando llega de trabajar.

Ese mensaje me colocó a mil, cuando ese día yo ni siquiera tenía la intención de transformarme en mi álter ego femenino, pero en ese momento puse manos a la obra para recibirla como se merecía, porque me fascinó su idea. Me esforcé como nunca en el maquillaje y, si me equivocaba en algún detalle, desmaquillaba esa zona y lo corregía. Me coloqué pestañas y uñas postizas; arreglé mi peluca hasta dejarla casi como nueva y experimenté con una manera diferente de peinarla. Estrené unas medias que tenían meses guardadas, limpié los tacones y planché un vestido.

Un par de horas después, yo esperaba su llegada sentada en el sillón de la sala, impaciente y emocionada. Cuando por fin escuché el sonido característico de las llaves abriendo la puerta, instintivamente me puse de pie y me quedé inmóvil. Ella entró y al verme lo primero que hizo fue inspeccionar mi aspecto. Yo estaba totalmente quieta, recibiendo con agrado la inspección. Al final sonrió y dijo:


-Excelente, Nadia. Te ves preciosa. Así es como una ama de casa debe recibir a su mujer después de un largo y cansado día de trabajo.

Ella traía un atuendo nada femenino, propio de su trabajo en la industria: playera de algodón, pantalón de mezclilla y zapatos de seguridad. Su indumentaria era más bien masculina. Le serví de comer y, al terminar me dijo que me veía demasiado bien como para nada más quedarnos en la casa encerradas. Saldríamos a pasear. No era una petición, era una orden. Yo me puse muy nerviosa, pero al mismo tiempo emocionada ante la perspectiva de ser vista fuera de mi enclaustramiento. Subió a la habitación a arreglarse y quedó muy hermosa. Ese aspecto un poco hombruno dio paso a una imagen completamente femenina y hermosa. Eran ya cerca de las diez y media de la noche y dos princesas se disponían a salir de paseo.

Ella abrió el portón de la casa y sacó el auto de la cochera. Una vez estuvo afuera, me pidió salir y me abrió la puerta para dejar que me sentara en el asiento del copiloto. ¡Vaya! Yo era la mujer en esta cita y me lo estaba haciendo notar. Condujo cerca de veinte minutos. En cada semáforo que nos deteníamos, yo me congelaba viendo hacia el frente, tratando de evitar que los autos que se acomodaban a nuestro lado se percataran de mi verdadera identidad. Poco a poco me relajé al darme cuenta que nadie nos ponía atención. Éramos solo un automóvil más en el tráfico nocturno.

Llegamos a la plaza comercial y detuvo el coche en un lugar apartado de los demás en el estacionamiento. Me preguntó si estaba lista para bajar y entrar a la plaza a dar una vuelta, pero la verdad es que mi miedo era muy grande y no me animé a hacerlo. Nos limitamos solo a caminar por el oscuro aparcamiento y nos tomamos un par de fotografías con el fin de documentar el momento para la posteridad. Unos minutos después íbamos de regreso hacia mi casa, pero con la satisfacción de saber que Nadia había asomado la cabeza al mundo exterior y había dicho

¡Hola! Aquí estoy.