Me entrevistaron otra vez

Desde hace mucho tiempo tenía ganas de hacer la segunda parte de aquella autoentrevista que me realicé hace ya un par de años. Sin embargo, por cuestiones logísticas, no me había tomado el tiempo de poner manos a la obra; pero hoy por fin lo logré. Son nuevas preguntas y espero que les resulten interesantes. Les dejo aquí la versión editada de 20 minutos pero, si quieren entrar más a detalle, también les dejo el enlace a la versión completa, que dura 33 minutos. !Espero ansiosa sus comentarios!

Aquí el enlace de la versión completa: https://youtu.be/vBhYz5M3ToU

Un relato de travestismo heterosexual, parte 4.

El trayecto a casa no era muy largo; treinta minutos en auto separaban ambos hogares. Mamá intentó conversar con Rodrigo durante ese lapso pero, al no obtener nada más que monosílabos como respuesta, decidió dejar morir la conversación. En cambio, pidió a papá que hicieran una parada en el centro comercial para abastecerse de víveres que hacían falta en el hogar. Después de aparcar el automóvil en el estacionamiento de la plaza comercial, papá pidió a Rodrigo que acompañara a mamá mientras él esperaba en el auto, de esa manera las compras serían más rápidas.

-Hijo -dijo mamá-, trae un carrito de súper para poner las cosas que vayamos comprando. No tengo una lista, pero compraremos lo indispensable.

Al adentrarse en la tienda, fueron bombardeados por carteles que anunciaban grandes descuentos en los departamentos de electrónica, papelería, línea blanca y ropa. Tras examinarlos superficialmente, mamá decidió darse una vuelta por el departamento de ropa para damas y ver si había algo que valiera la pena. Rodrigo, todavía malhumorado y confundido, siguió a mamá. Una vez llegaron al departamento de Damas, lo primero que Rodrigo vio fue una vasta colección de faldas escolares en oferta, dada la proximidad del regreso a clases. Había de cuatro colores: blancas, negras, azules y cafés. Cafés, como la de Valeria. Ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos, era el precio de cada una. Por primera vez en su vida, Rodrigo pudo ponerle precio a un sueño; ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos costaba su felicidad en aquel momento.

Mamá revisó algunas prendas de manera superficial pero decidió no adquirir nada y darse prisa con las compras, debido a que papá esperaba en el auto. Salieron de la tienda con un par de bolsas y las pusieron en el maletero; abordaron el auto y pusieron rumbo a casa. Rodrigo parecía estar ya de mejor humor, pero mostraba cierta impaciencia por llegar.

-¿Todo bien, hijo? -Preguntó papá mirándolo por el espejo retrovisor y notando la impaciencia del pequeño-.

-Sí, papá -respondió éste con voz temblorosa y evitando mirar a su padre-. Es solo que me han dado ganas de ir al baño, es todo.

-Podrías haber aprovechado e ir a los sanitarios del centro comercial.

-Ya. Pero es que no he tenido ganas entonces.

-Aguanta -intervino mamá, falta solo un poco para llegar. Mientras tanto, trata de no pensar en líquidos.

-¡Mamá! -Protestó Rodrigo-.

Ni bien se había detenido el auto al llegar a casa, Rodrigo abrió la puerta y descendió del vehículo vigorosamente. Pulgoso se asomó por la ventana moviendo su cola de manera frenética, ladrando y arañando el vidrio en señal de reclamo por haberlo abandonado tantas horas. Mamá se acercó llaves en mano mientras papá bajaba del maletero las bolsas de las compras. Una vez la puerta estuvo abierta, Rodrigo subió corriendo las escaleras, ignorando las advertencias de mamá, y se encerró en el baño. Allí dentro, se quitó deprisa el pantalón y la sudadera, quedando al descubierto un bulto bajo su playera. Al despojarse también de esta, cayó al suelo la prenda mágica que representaba para el supermercado una pérdida de ciento cincuenta y nueve pesos con noventa y nueve centavos.

La diferencia entre vestirme y transformarme.

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Hoy me han dado ganas de vestirme de mujer.

Nada raro, ¿verdad? Considerando mi feminofilia. Sin embargo, un hecho que ya me había sucedido en innumerables ocasiones, y que había pasado inadvertido en todas ellas, hoy llamó mi atención: no quise esforzarme demasiado; la actividad de esta tarde estuvo lejos de las transformaciones a fondo que suelo hacer cuando Nadia viene a visitarme. Me limité a ponerme una blusa lisa (sin siquiera utilizar un brassiere o bralette), un par de pantalones holgados sobre unos undies de mujer, y unos zapatos sin tacón. Nada de lencería súper elegante, ningún vestido sofisticado, maquillaje o peluca fue añadido a mi atuendo. ¡Ah! También es necesario recalcar que me he dejado crecer la barba desde hace un par de meses, y no quise afeitármela tampoco.

¿Qué es lo que sucede? ¿Acaso estoy perdiendo las ganas de dejar salir a mi mujer interior? ¿Poco a poco me estoy “curando” de mi travestismo? Mmmm no, no lo creo (y quiero dejar bien claro que ser travesti no es ninguna enfermedad que requiera una cura). Simplemente creo que he identificado dos diferentes ramas en este árbol que me lleva a vestirme de mujer.

La primera de ellas es la transformación como tal. Este ritual es el que a todas nos fascina, y a veces es incluso más disfrutable el proceso que el resultado en sí mismo. La transformación es completa, es total. En mi caso, comienza afeitándome la barba al ras, metiéndome a la ducha y rasurando todo mi cuerpo, para lo cual incluso utilizo un rastrillo de mujer… todo tiene que ser femenino en este proceso; continúo depilando mi entreceja y dando forma a mis cejas, retirando todos los vellos que estén fuera de la forma natural que tienen. Luego, viene la elección de la ropa interior, cosa que es complicada dada la cantidad de opciones de las que dispongo. Una vez que he escogido algo, toca tomar la decisión del atuendo: ¿blusa lisa o estampada? ¿Vestido, falda o pantalón? ¿Pantimedias negras, naturales o decoradas? ¿Zapatos de tacón o de piso? ¿Abiertos o cerrados? Cuando ha terminado este difícil proceso, viene mi parte favorita, que es el maquillaje. Debo reconocer que soy pésima maquillándome, pero eso no quita el hecho de que disfruto enormemente hacerlo. Me gusta también ponerme pestañas y uñas postizas, cuando tengo el tiempo de hacerlo. Finalmente, la peluca. Después de que estoy totalmente transformada, viene el irrefrenable deseo de tomarme muchas fotos. Una vez satisfecha con las imágenes, y después de pasar un rato haciendo actividades cotidianas vestida de esa forma, comienza el proceso inverso, para regresar a mi faceta masculina.

La otra rama la llamo simplemente “vestirme”. No es una transformación, pues no estoy haciendo todos los pasos descritos en el punto anterior. Es simplemente lo que hice hoy: tomar una blusa, un pantalón, unos zapatos y listo. Mi necesidad de vestirme de mujer está cubierta. Me siento a gusto también así. Algunas veces el vestirme responde simplemente a la falta de tiempo para hacer la transformación completa, pero otras veces es únicamente que es lo que necesito. No siempre requiero de pestañas, uñas, maquillaje y peluca para sentirme femenina, y es algo que también disfruto demasiado.

A ustedes ¿les ocurre algo similar? ¿O solo a mí? ¡Comenten!