Un relato de travestismo heterosexual, parte 3.

Capítulo 2.

-Trato hecho –Valeria extendió la mano para cerrar el acuerdo. Rodrigo asintió con la cabeza y estrechó la mano de su prima.

 -Mira que no sé si eres tonto o valiente. ¿Sabes que he participado en concursos nacionales de ortografía? –Dijo ella.

-Sí, pero hasta el momento no has ganado ninguno, ¿verdad? –apuntó Rodrigo con un hilo de satisfacción en su voz-, lo que significa que no eres invencible.

-Ya lo veremos, mocoso. Has escogido un castigo muy extraño si es que pierdes. ¿Seguro que no quieres apostar otra cosa?

-Estoy seguro. Tu cabello es muy valioso para ti, y no he encontrado de momento algo que yo pudiera apostar que valiera el precio de tu larga cabellera.

Rodrigo se acercó a su prima y tomó un mechón de pelo entre sus dedos. Al estar más cerca de Valeria notó que llevaba las pestañas enchinadas y una fina capa de delineador.

-No sabía que ya te maquillabas –le dijo de pronto, con una expresión de genuina sorpresa-. ¿Lo saben tus padres?

-Pfff –soltó ella alejándose con un ademán que le restaba importancia al asunto-, no tienen por qué saberlo. Lo hago sólo por juego, tratando de que no se note mucho que llevo algo puesto. Además, estoy a punto de entrar a la secundaria, pronto seré una señorita.

Se volvió hacia su mochila decorada con unicornios con grandes ojos y largas pestañas, y sacó un cuaderno con hojas rosa pastel y dos bolígrafos con tinta azul con brillos. Arrancó un par de hojas y le tendió una a su primo junto con uno de los llamativos lapiceros.

-Y ¿cómo lo haremos? ¿Quién de nosotros decidirá la palabra que vamos a escribir? Si yo lo decido, yo sabré escribirla, y si tú la decides pasará al revés. A no ser que seas tan bobo como para escoger una palabra sin saber cómo se escribe.

Rodrigo volteó a ver furtivamente la falda, respiró profundo y se dijo que llevarla puesta valdría todos los insultos de Valeria.

-Pues para ir en secundaria te falta bastante imaginación. Se nota que sólo haces lo que te dicen los profesores y nunca piensas por ti misma. Imagino que, siendo tan ñoña como eres, tendrás un diccionario a la mano. Lo haremos de la siguiente forma: escribiremos diez palabras cada uno –de repente, a Rodrigo le vinieron ganas de decir “cada una”, pero pudo contener ese deseo-. Las palabras serán dictadas por el rival, quien antes las buscará en el diccionario. Al final, entre los dos calificaremos la lista y el que obtenga más aciertos será el ganador.

-Bien, me parece justo.

Se dio media vuelta para encaminarse al librero; era un mueble de madera de mediano tamaño que contenía volúmenes como El Principito, Momo, La Historia Sin Fin y otras obras clásicas para lectores jóvenes. Del segundo estante extrajo un grueso diccionario enciclopédico de pasta dura y lo llevó a su mesa de trabajo, igualmente decorada con unicornios.

-¿Sabes algo de Biología? –Preguntó.

Rodrigo ni siquiera contestó, se limitó a negar con la cabeza.

-Bien –continuó Valeria-. Escogeremos palabras sólo de esta sección del diccionario, para que ninguno tenga ventaja sobre el otro. Ya que tú eres el retador, te toca dictarme primero. Diez palabras. Estoy lista.

Las manos de mi álter ego trataron de levantar el diccionario, pero de inmediato notaron que era bastante pesado. Torpemente, Rodrigo abrió el libro en la sección acordada y así comenzó la búsqueda de palabras. Era necesario escogerlas no muy complicadas, pues resultaba vital para sus planes que su prima ganara la apuesta.

Desfilaron poco a poco las palabras.

-Fotosíntesis –fue diciendo mientras seguía recorriendo las hojas en busca de otros vocablos-. Metamorfosis. Biosfera. Evolución. Célula. -Rodrigo estudió la expresión de Valeria justo a la mitad del listado. Se le veía confiada y tranquila. La competencia parecía pan comido para ella.

-Ácido –continuó-. Enzima. Colágeno. Mutación. Glicérido.

-Bien –dijo la malcriada chiquilla al terminar de escribir la última palabra, para después sonreír con malicia-. Mi turno.

Tomó el diccionario y fue pasando las páginas una a una, buscando los términos más complicados en ese mar de texto. Sonrió nuevamente con malicia antes de soltar el primero.

-Glucogenolisis.

Fue imperceptible la sonrisa que se dibujó en el rostro de Rodrigo. Tenía la certeza de que iba a perder. Valeria buscaba las palabras más extrañas con tanto ahínco que pasaron casi veinte minutos para que le dictara la última.

-Abscisión –dijo por fin.

Al terminar Rodrigo de escribir, comenzó la revisión de los listados. La prima pidió ser la calificadora, pues su espíritu competitivo era insaciable; quería saber cuánto antes lo bien que le había ido para tener una idea exacta su destreza, así que comenzó por revisar su propio examen.

En ese momento, los oídos de Rodrigo captaron algo que no le gustó: pisadas de tacones. Sabía que la única mujer que llevaba tacones en ese momento era su madre, nuestra madre. Supo que la hora de regresar a casa se aproximaba, la visita a casa de sus tíos estaba a punto de terminar, pues nuestra mamá llevaba a cabo la misma rutina cuando acudíamos con nuestros tíos: se encaminaba de la sala a la cocina para ayudar a mi tía con los trastos, tarea que solía durar no más de veinte minutos. ¡No podía estar pasando! ¡Estaba tan cerca de cumplir ese extraño deseo de usar esa falda!

Para colmar las cosas, la calificación de los listados de palabras estaba tardando más de lo pensado, debido a que ninguno de los dos tuvo la precaución de anotar las palabras que le dictaba al otro, y entonces tuvieron que volver a buscarlas en el diccionario para compararlas y saber si estaban bien o no.

Afortunadamente, la futura estudiante de secundaria tenía destreza para encontrar las palabras y terminó pronto de calificar su prueba. Seis aciertos de diez posibles. No le había ido tan bien como esperaba, sobre todo por culpa de algunas tildes que no había considerado. La decepción era evidente en su expresión facial. Y también en la de Rodrigo, que esperaba una victoria contundente de su prima.

Inquieto, apuró a su irritante contrincante a calificar su hoja. Cuando llevaba cinco palabras revisadas, Rodrigo acumulaba únicamente tres aciertos. Al terminar de comparar la séptima palabra llevaba cuatro, y en ese momento los sonoros tacones de mamá subían las escaleras en dirección a la habitación donde se encontraban, sin duda para anunciar que era hora de ir a casa. Octava palabra: error.

-¿Qué pasa si empatamos? –Preguntó Rodrigo, haciendo una mueca.

-Nada. Si nadie gana, nadie pierde tampoco –respondió ella, sin duda molesta ante esa posibilidad, pues ella siempre buscaba vencer.

La puerta se abrió.

-Rodri, hora de irnos –dijo mamá asomando la cabeza por la abertura -. Despídete de tu prima y trae tus cosas. Te esperamos afuera en el auto.

-Sí, mamá. Bajo en cinco minutos, sólo debemos finalizar un juego.

-No tardes –dijo nuestra madre. Se volvió y bajó las escaleras provocando el mismo bullicio como cuando había subido. Rodrigo divagó, imaginando que era él quien hacía el mismo ruido portando también unos tacones.

-¡No puedo creerlo! –Anunció Valeria, sacándolo de su breve ensimismamiento-. ¡Llevas cinco aciertos de nueve!

Al parecer la estratagema empleada por el pequeño Rodrigo había resultado a la inversa de como lo había planeado. Él no conocía la mayoría de las palabras, pero las había escrito diferente a como había imaginado que era lo correcto. Todo indicaba que su imaginación lo iba a traicionar. Finalmente, llegó la décima palabra.

Abscisión. Incorrecta.

Instintivamente, Rodrigo fingió coraje y frustración. Aunque este último sentimiento se convirtió en sincero rápidamente al darse cuenta de que, a pesar de que su plan había funcionado, ya no disponía del tiempo suficiente para cumplir el “castigo” pactado con Valeria. Ella sonrió y alzó las manos en señal de triunfo.

-¡Sí! –Gritó. Luego señaló a su primo con ambos índices mientras resonaban carcajadas de superioridad-. ¡Gané! ¿Quién es el tonto ahora?

-Sí, sí. Ya –Respondió él, torciendo la boca hacia un lado, pretendiendo estar molesto-. Tú ganaste, pero de nada te sirvió, ya no hay tiempo para que pague la apuesta.

-Cierto –expresó, cayendo en la cuenta de que su primo tenía razón-. Hoy no, pero esto no se me va a olvidar. La próxima vez que vengas tendrás que pagar, de ésta no te vas a librar tan fácil, primito. ¿O debo decir primita?

-¿De qué hablas? –Rodrigo frunció el ceño al decir esto.

-Pues sí –dijo Valeria sin dejar de burlarse-. ¡Los niños no usan falda! Así que si te la pones vas a ser mi prima.

Los niños no usan falda. Este pensamiento no había cruzado la mente de Rodrigo. Pero entonces ¿por qué sentía un deseo tan fuerte de hacerlo? Él era un niño. Tenía pene, que era lo que todos los hombres tenían, de acuerdo a lo que su padre le había dicho. Le gustaba jugar a la pelota y se había peleado a golpes una vez en la escuela. No conocía a ninguna niña que peleara a golpes ni que jugara a la pelota.

-¡No soy niña¡ Y esta fue una apuesta estúpida –respondió, visiblemente irritado. Salió apresuradamente de la habitación y se dirigió escaleras abajo, a reunirse en el auto con sus padres.

Se sentía confundido. Él no quería ser niña. Quería ponerse la falda del uniforme escolar, pero eso no significaba que quisiera ser mujer. ¿Era eso posible? ¿Qué estaba sucediendo? Cuando salió de la casa, papás y tíos caminaban por el camino de gravilla que cruzaba el jardín hacia el auto, programando la próxima visita. Se despidió de los tíos de mala gana y subió al auto antes que papá y mamá. Se quedó en silencio, pensativo.

 

Parte 1.

Parte 2.

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