Pequeños placeres que los hombres jamás disfrutarán.

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Existe una enorme cantidad de satisfacciones, tanto sexuales como no sexuales, derivadas de esta extraordinario gusto por vestirse de mujer. Y dichas satisfacciones son algo que los hombres que no practican la feminofilia nunca experimentarán. Y al ser algo cotidiano para las mujeres, lo más seguro es que ellas ni siquiera se fijen en esos detalles que para nosotras son la gloria, tales como:

  • Sentir la suavidad de las medias cuando las piernas están recién depiladas.
  • Despertar completamente vestida de mujer y admirar cómo el camisón se ciñe a tu piel, formando pequeñas arrugas de increíble suavidad.
  • Acomodarte los tirantes del sujetador cuando se resbalan.
  • Cuando abrochas el sujetador sin ver por primera vez.
  • Comprar ropa de mujer en los grandes almacenes y que sepas que la empleada sospeche que es para ti.
  • Cuando logras caminar con tacones sin parecer Bambi.
  • Hacer las labores domésticas vestida como para una noche de gala.
  • Cuando alguien que conoce tu secreto te trata como mujer.
  • Acomodar tus medias cada que se bajan.
  • Orinar sentada.
  • Alisar la falda cada que te sientas
  • Cuidar de no abrir tus piernas cuando ya estás sentada.
  • Cómo lucen tus piernas con falda y medias.
  • Ese dolor en los pies cuando te quitas los tacones después de traerlos por mucho tiempo.
  • Dejar manchas de lipstick en los vasos.
  • Doblar las rodillas cuando te agachas a recoger algo.
  • La primera vez que te encanta cómo te queda tu maquillaje.

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Podría pasar toda la tarde listando razones para amar la feminofilia, ¡pero prefiero que tú me digas cuáles son las tuyas!

 

Lo que he aprendido en 25 años de ser feminófila. Parte 1.

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25 años es, en otras palabras, un cuarto de siglo; tiempo suficiente para aprender muchas cosas, e incluso dominar alguna disciplina, como un idioma, un instrumento musical o un arte marcial. Si bien no considero que yo domino el arte de vestirme de mujer, sí creo que he aprendido lecciones muy importantes que hoy quiero compartir con ustedes.

La primera de ellas, y probablemente la que más trabajo me costó entender, es que no soy homosexual. Sé que este gusto por vestirme de mujer no va de la mano con mis preferencias sexuales. Soy feminófila, pero sigo siendo un hombre heterosexual, lo que me lleva de la mano al segundo punto que quiero compartir.

No soy y jamáś seré una mujer. Ni quiero serlo tampoco. Es comúń entre la sociedad la falsa idea de que todos los hombres que nos vestimos de mujeres tenemos el deseo de convertirnos eventualmente en una de ellas. Habrá muchas feminófilas para las que sí aplique dicha idea, pero en mí no. Me fascina jugar a ser mujer durante algún lapso, pero no es mi intención cambiar de sexo.

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A lo largo de estos años, mi mujer interna ha madurado junto con mi ser masculino, pues cuando ambos éramos adolescentes, pensábamos que la apariencia era lo más importante. Hoy en día, sé que lo que importa más que cómo me veo vestida de mujer es cómo me siento al hacerlo: si me siento hermosa soy hermosa, si me siento sexy soy sexy, si me siento atractiva es porque lo soy. Al final del día, ser mujer es algo que está en mi imaginación, así que más me vale ser la mujer que tengo en mente cuando me visto.

Hablando de imaginación, la mujer que aparento ser cuando me visto vive en mí, y depende precisamente de mí si deseo que el mundo exterior conozca su existencia. ¿Es indispensable salir del clóset? Depende de cada quién. En mi caso, no lo es. Basta con que lo sepan las personas que para mí son importantes y/o sé que lo entenderán y apoyarán esa faceta mía. No quiero que lo sepa el mundo, pues como ya lo dije antes, no deseo ser mujer de manera permanente.

Creo que es momento de dejar este post en pausa, y continuarlo en una segunda parte.