Las desventajas de vestirse de mujer.

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Para mí, existen dos reglas inviolables en el Universo, dos conceptos que no pueden ser cambiados ni traspasados: la velocidad de la luz y el equilibrio de las cosas. Dado que éste no es un blog de ciencia o tecnología, dejaré de lado la primera y me enfocaré en la segunda, el equilibrio.

Todo, absolutamente todo tiene una contraparte. El bien tiene al mal, la luz tiene a la oscuridad, la felicidad tiene a la tristeza, y los pros tienen a los contras. Por mucho que amemos vestirnos de mujer, por más que disfrutemos ponernos un vestido, una falda, una blusa encantadora o un par de los tacones más altos que podamos encontrar (y soportar), hay que reconocer que existen ciertas desventajas al hacerlo. La primera de ellas, y que considero la más importante, es la soledad. Vestirse de mujer es una actividad que suele estar reservada para hacerse a solas, por lo menos, durante los primeros años de practicarla.

Es verdad que esto no ocurre con todas las feminófilas, pero sí que les pasa a la gran mayoría -incluyéndome.- Debido a que no es muy bien visto por la sociedad que un hombre tenga afición por ataviarse con ropas propias de las mujeres, las transformaciones generalmente ocurren cuando estamos a salvo en la soledad de nuestras habitaciones. Conforme pasan los años y aprendemos a mejorar nuestras técnicas de maquillaje y somos capaces de adquirir mayor guardarropa, podemos arreglarnos de una manera increíble, con las ropas más elegantes, las pelucas más caras y el maquillaje más fino, pero nos limitamos a quedarnos en casa a ver películas o hacer labores domésticas, pese a portar atuendos dignos de un evento de gala.

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En mi caso, siendo feminófila 100% heterosexual, y con un balance más o menos equilibrado entre mis lados masculino y femenino, mi feminofilia me ha impedido en varias ocasiones dejarme crecer la barba, pese a ser algo que mi lado de hombre quiere hacer. Me explico: yo no me siento mujer todo el tiempo, y mientras mi personalidad es dominada por mi yo masculino, decido dejarme la barba; pero cuando ya tengo un avance de una o dos semanas, Nadia aparece de repente, con unas ganas tremendas de transformarse, y ponerse inmediatamente ropa de mujer, forzándome a rasurar esa barba que durante un par de semanas me he esforzado en crecer. Y entonces, cuando ella se va, tengo que volver a empezar y el ciclo se repite.

Otra desventaja que considero importante es la complexión. Por muy mujeres que podamos llegar a sentirnos, nuestro cuerpo no es de mujer. No estamos diseñadas para entrar en esas coquetas y sensuales ropas femeninas. Teniendo en cuenta mi propia estatura (1.82 m), cuando veo alguna prenda que me encanta, me resulta prácticamente imposible encontrar una de mi talla, y esto me obliga a establecer, como primer criterio para adquirir ropa, la que me queda, por encima de la que me gusta. Y si hablamos de zapatos ¡ni se diga! Calzando del 8 1/2, es literalmente imposible hallar un par que me quede.

Además de todo lo anterior, está el hecho de que mis hormonas masculinas hacen que me crezca vello por todas partes y en una cantidad considerable, obligándome a rasurarme piernas, abdomen, pecho y demás zonas por lo menos 2 veces a la semana, si quiero estar lista para usar una falda o un vestido cuando me lleguen las ganas de hacerlo.

En fin, podrá haber éstas y otras desventajas, incluso algunas que lleguen algunas veces a hacer que nos preguntemos si realmente vale la pena vestirse de mujer. Yo sé que la respuesta siempre será “sí”, No hay ninguna posible desventaja que se compare a las sensaciones que esta condición brinda, y no cambiaría mi feminofilia por nada.