Tolerancia… vino del ser menos pensado.

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Hay un dicho que reza: “entre más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. Nunca había sido tan consciente de la veracidad de dichas palabras hasta una vez que, presa de esa irrefrenable urgencia por transformarme en Nadia, esperé hasta que mis papás se fueron a dormir para encerrarme en mi cuarto, sacar mis mejores ropas de su escondite y comenzar con el maravilloso ritual de feminización que sólo nosotras sabemos lo mucho que se disfruta.

Ahí estaba yo, tan concentrada en aplicarme debidamente correctores, bases, polvos, delineadores, poniéndome las medias naturales con cuidado de que subieran derechitas, deslizando la falda de patinadora hacia mi cintura, disfrutando la deliciosa sensación del roce de su tela con mis medias y mis piernas recién depiladas, poniendome la blusa de encaje y la peluca rizada con fleco, que me olvidé por completo de la otra presencia que había en mi habitación: la de mi perro.

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Él, por supuesto, se encontraba acostado en su lugar y no prestaba atención a lo que yo estaba haciendo. Cuando terminé y me levanté de la silla en donde estaba sentada fue cuando llamé su atención, y lo que pasó a continuación me dejó perpleja y me hizo reflexionar profundamente: se me quedó mirando, clavó su mirada en la mía, vino hacia mí y con su lengua lamió mi mano, buscando mi caricia en su cabeza y bajo el mentón… como siempre lo hacía. Es decir, su aparente falta de intelecto hizo que fuera capaz de darse cuenta de que yo seguía siendo yo, sin importar la ropa o accesorios que trajera puestos.

En ese momento lamenté que el ser humano utilice su capacidad de razonamiento para sinsentidos como los prejuicios y la discriminación. Que a pesar de que nos proclamamos como los seres más inteligentes que han pisado la faz de este planeta, nuestro cerebro siga juzgando a las personas basándose más en la ropa que visten que en la propia personalidad.

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Tenemos mucho que aprender de aquéllos a quienes consideramos intelectualmente inferiores, pues ellos, en su presunta ignorancia, son capaces de distinguir la esencia de las personas a quienes quieren, dejando de lado aspectos tan mundanos como la ropa que los viste en determinado momento. Ellos nos quieren igual cuando somos hombres y cuando nos transformamos en esas lindas mujeres llamadas feminófilas.

 

Noche mexicana… y femenina.

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Me encanta septiembre. Pero a diferencia de la enorme mayoría de mexicanos, mi gusto por estas fechas no tiene nada que ver con la perspectiva de las borracheras o la parranda. Mi concepción de una noche mexicana ideal incluye, por supuesto, los tradicionales antojitos, pero además un toque un poco diferente: en lugar de asistir caracterizado con carrilleras, un rifle falso, sombrero y bigotes exagerados, ansío asistir a una fiesta mexicana ¡caracterizada como Adelita!

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Llegar al lugar de la fiesta luciendo una falda hecha de las telas más suaves y con los colores de la bandera mexicana, una fajilla de satín, una blusa de razo con mangas muy cortas y femeninas, un rebozo de seda y una cabello precioso amarrado en dos hermosas trenzas.

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Y es que en serio, cada que voy caminando por las calles y paso por alguno de los infaltables triciclos llenos de banderas y demás parafernalia septembrina, mis ojos inmediatamente se posan en los accesorios femeninos, como los aretes, los moños, los rebozos, las blusas, etc., y sueño con el día, o mejor dicho, la noche mexicana, en que pueda celebrar así con mi novia y un selecto grupo de mis mejores amigas feminófilas.¡Viva México!