Tres vestidos.

El primer vestido que mi memoria recuerda haber utilizado perteneció a una de mis tías; la hermana menor de mi mamá. Se trataba de una hermosa prenda blanca en corte de princesa que, obviamente, al contar yo con 5 o 6 años de edad, me quedaba enorme. Durante esa edad, la inocencia de la niñez me hacía ignorar completamente el hecho de que vestirme con las prendas propias del género femenino era algo “malo”, pues  para mí era sólo ropa diferente a la que yo solía vestir, y que me gustaba mucho. Sin embargo, recuerdo que mi mamá parecía molestarse y preocuparse cada vez que lo hacía, pero otra de mis tías, quien –hasta la fecha- es capaz de hacer cualquier cosa con tal de consentirme, tuvo la ingeniosa idea de decirle a mi mamá que yo usaba ese vestido con el único propósito de jugar a ser un ángel.

princesa

El camino estaba allanado para que yo me pusiera el vestido cuando así deseara hacerlo, pero la preocupación de mi mamá no se esfumó con esa mentirilla y, al poco tiempo, el vestido desapareció del ropero en donde invariablemente se encontraba, lo cual, a la edad con la que contaba entonces, constituía el más grande de mis problemas: mi hermoso vestido de princesa se había ido para siempre.

Los años pasaron entre varios incidentes relacionados con mi feminofilia, incluyendo algunos episodios amargos y confusión, pero las ganas de vestirme de mujer nunca se fueron. Ya en mi adolescencia, tuve la fortuna de que mis dos papás trabajaran todo el día, y, como además tengo a mi favor la circunstancia de ser hij@ únic@, las tardes después de la escuela eran simplemente maravillosas. La rutina era llegar a casa y despojarme inmediatamente de mi ropa masculina, quedándome solamente en ropa interior; dirigirme al armario de mi mamá, en donde ya tenía perfectamente ubicadas mis prendas favoritas; enfundarme en ellas y estar así hasta que calculaba que mis padres estaban a punto de regresar.

Durante una de esas incursiones al clóset de mamá, mis mal-maquillados ojos vieron algo inusual, algo que saltaba a la vista como una bola de baloncesto en una alberca de pelotas: un vestido. ¡Un vestido! Mi emoción fue tanta, que comencé a temblar completita. Recuerdo que mis brazos se estiraron lentamente, disfrutando cada segundo de la distancia que me separaba de esa preciosa prenda, y que cada vez se acortaba más y más. Cuando mis manos al fin asieron la suave tela de la que estaba hecho, mis ojos se cerraron por instinto, para permitirme agudizar el sentido del tacto y disfrutar de esa maravillosa textura.

verde

Al descolgarlo del gancho, mi euforia se encontraba al límite; por fin, después de más de una década de no hacerlo, ¡estaba a punto de ponerme un vestido otra vez! Lo coloqué en el suelo y metí mis piernas en esa especie de círculo que formaba. Tomé los delicados tirantes y comencé a subirlo muy despacio, con mi respiración agitada y mi corazón desbocado. El contacto del forro con mis piernas me hizo lanzar un pequeño suspiro de emoción. Una vez que estuvo colocado por completo, no podía dejar de mirarme y sonreír. La pequeña cantidad de pasos que se interponían entre mi posición y el espejo de cuerpo completo de la casa fue enormemente disfrutable gracias al roce de la tela con mi cuerpo.

Al llegar, no contemplé la verdadera imagen que el espejo me ofrecía, sino aquella que mi imaginación formaba en mi mente: una hermosa y sexy adolescente lista para asistir a un evento social familiar. El resto de la tarde se me fue imaginando que estaba así vestida sentada en una mesa en un elegante salón de fiestas platicando con mis primos y primas, para quienes yo no era un hombre vestido de mujer, sino la más preciosa e interesante de sus primas. Mis tíos me hacían cumplidos, diciéndome que me veía más linda que la última vez que me habían visto y yo sonreía con toda la naturalidad y delicadeza de una adolescente consciente de su belleza.

,Lamentablemente, la hora en la que mis padres habrían de volver se acercaba de manera peligrosa, así que tuve que guardar el vestido en donde originalmente había estado y regresar a mi aburrido atuendo masculino. Ese vestido me proporcionó inconmensurables momentos de feminidad absoluta, hasta que, al parecer debido a que mi mamá sospechaba que lo usaba, un fatídico día desapareció. El segundo vestido se había ido de mi vida para nunca regresar.

Dos vestidos han marcado, hasta el momento, un par de los mejores recuerdos que tengo de mi lado femenino. Un tercero está a punto de dejar su marca también: el que mi novia me regaló en mi cumpleaños. Estoy segura que la historia que esa prenda escribirá en mi vida será digna de recordarse también. Tengo una linda relación con los vestidos, pero sé que el que hoy tengo en mis manos no habrá de abandonarme misteriosamente.

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