La vez que me descubrieron vestida de mujer… parte 1.

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Estoy casi por cumplir 30 años de edad y mi gusto por vestir ropas femeninas lo descubrí desde que tenía como 3 o 4, así que ya llevo bastante rato en esto. Siendo así, la probabilidad dicta que, viviendo con mis padres, era cuestión de tiempo para ser descubierta en flagrancia. Y así fue. He sido atrapada “con las manos en la masa” en más de una ocasión y pienso platicárselas todas. Sin embargo, no pienso comenzar en orden cronológico, sino de importancia. Así que hoy les contaré la primera parte de la última vez que me descubrieron, misma que fue la peor.

En aquélla ocasión estábamos mis dos padres y yo de visita en casa de unos tíos que no tienen hijos. Cursaba yo sexto de primaria y era un domingo. Después de haber comido, mis papás y mis tíos se quedaron en la sala platicando de “cosas de grandes” y yo subí a la planta alta de la casa a mirar la TV, o al menos eso fue lo que les dije, pues mi intención en todo momento había sido dirigirme a probarme una falda que mi tía se había comprado el día anterior en el Palacio de Hierro.

Pensaba hacerlo rápido, pues era consciente de que no contaba con mucho tiempo para poder disfrutar de la suavidad de aquél forro y de la caída de la tela, pero quedé seducida por sus atributos y me la dejé puesta más de lo que tenía planeado. Estaba tan contenta estrenando yo la faldita, que me puse realmente a ver la TV con ella puesta, imaginando que era yo la dueña de la casa y que me encontraba descansando, agotada después de un largo día de shopping y descansando antes de una pesada jornada de trabajo al día siguiente, seguramente en algún empleo que requiriera el uso de falda, medias y tacones (aeromoza, secretaria ejecutiva, corredora de bolsa…)

En ese ensueño me encontraba, cuando de pronto escuché que mi papá me llamaba desde la planta baja mientras sus pies recorrían rápidamente los escalones hacia la habitación en donde me encontraba. Presa del pánico, sólo atiné a correr al baño con la falda puesta y mis pantalones en la mano, pero al salir de la habitación me crucé en el camino de mi padre, quien me ordenó detenerme y comenzó a llamar a mi madre, exhortándola a subir.

Mi papá empezó a cuestionarme (de manera retórica, pues la respuesta era evidente) sobre lo que estaba haciendo, y yo, sin poder articular palabra, me puse a llorar y me desplomé a sus pies. Cuando mi mamá llegó, observó la escena: mi papá de pie y yo tendido y abrazado a sus pies ataviado con una falda y llorando. Como ya he dicho antes, no era la primera vez que me sorprendían vestido de chica, por lo que ya existían antecedentes. No estaban dispuestos a tolerarlo una vez más.

Me obligaron a cambiarme y sin que hubiera todavía dejado de llorar, nos despedimos de mis tíos y partimos hacia casa. Sólo 15 minutos en automóvil separaban ambos hogares, pero el silencio glacial los hizo parecer los más largos que yo recuerde haber vivido. Al llegar a casa la situación no mejoró en absoluto, sino todo lo contrario. Pero como no quiero aburrirlas eso se los contaré en el siguiente post. ¡Hasta entonces¡

Sigue leyendo la segunda parte aquí.

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